23 de agosto de 2014

Concha Monrás Casas. El anarquismo consorte.

Concha Morrás con Katia y Sol Acín (1931)



Por Lola Campos.

En los primeros años del siglo XX llegaba a Huesca, procedente de Cataluña, un nuevo profesor, Joaquín Monrás Casanovas, que se establecía con su esposa, María Casas y sus tres hijos. Estaban criando a María Pilar, Conchita y Joaquín, que crecían en medio de comodidades aunque en una España inquietante.

La hija intermedia se casaría años después con Ramón Acín, un artista anarquista con el que vivió momentos apasionantes durante trece años. Ambos fueron fusilados en 1936, dejando un legado artístico importante y una leyenda que sigue en pie.

Huesca fue el principal escenario de las dichas y sinsabores de Concepción Monrás Casas, nacida en Barcelona un 8 de diciembre de 1898. Los primeros pasos de Conchita por Cataluña han sido borrados por el paso del tiempo. Queda su huella en una Huesca de apenas quince mil habitantes, conservadora y desigual, que contemplaba con respeto las evoluciones de una familia acomodada cuyas hijas estudiaban en el colegio de Santa Rosa y el hijo en el Instituto. La madre moriría pocos años después, de modo que los niños vivieron con la abuela y el padre, quien contrajo años después nuevo matrimonio.

La primera hija acabaría cursando Farmacia en Barcelona y el único hijo montó, al concluir los estudios, negocios de exportación de vinos y casó con una hermana de Ramón J. Sender. Conchita era entonces, y lo serí a después, algo diferente.

Una mujer enérgica e independiente, un espíritu libre que se adelantaba a su tiempo. Pero, al fin y al cabo, una buena hija que acabó sus estudios y sacó la carrera de piano. Si Conchita Monrás hubiera sido una mujer al uso habría matrimoniado con un hombre corriente que le reportara una vida cómoda y sin sobresaltos. Pero no era el caso.

Conchita y Ramón Acín, que trabajaba como profesor de Dibujo en las Escuelas Normales, contrajeron matrimonio el 6 de enero de 1923 en la iglesia de Santo Domingo. Dejaba él una vida de ajetreo entre Huesca y Madrid, donde había entablado relación con la intelectualidad progresista, entre quienes se encontraban García Lorca, Luis Buñuel y otros miembros de la Residencia de Estudiantes. La joven pareja se llevaba diez años de diferencia pero entre ellos había compañerismo, complicidad y un común concepto de la vida.

Habían tenido un noviazgo apasionado en el que Ramón Acín puso a prueba sus dotes de escritor, otra habilidad que le reportó tantos éxitos como problemas. Conchita era una mujer esbelta, de porte fino, una morena resultona a quien su novio, citando a Maupassant, escribió que sería esfinge de belleza, estrella del amanecer, vaso espiritual, puerta del cielo o rosa mística. Y algunas cosas más que resultarán certeras, “serás siempre el consuelo de mi aflicción y la causa de mi alegría”. Esto quedaba escrito antes de la boda ya que después vendría la vida cotidiana. Que resultó poco cotidiana.

El joven matrimonio se instaló en la casa del marido, en un piso del antiguo palacete de los Ena, situado en la calle de las Cortes, subiendo a la catedral. Vivían de alquiler compartiendo vecindad con otros miembros de la familia. Fueron trece años de vida frenética, de esperanzas y riesgos. En ese mismo año nacería Katia, la primera hija de Ramón y Conchita. Dos años después vendría al mundo Sol, la segunda y última descendiente de la pareja. Formaban una familia feliz, preocupada porque el nivel del que ellos disfrutaban no alcanzara al resto de la poblacion.

En aquella casa de amplias escaleras, con suelos de ladrillo rojizo y fogones de carbón en la cocina, se respiraba anarquismo. Un espíritu de libertad que no impedía ser social con los vecinos, cordial con los adversarios, combativos con el pensamiento y firmes en la acción. Las niñas no iban a colegios de la ciudad porque tenían profesores en casa. Era una libertad vigilada, de modo que no leían un libro o no veían una película que antes no hubieran sido supervisados. Los padres odiaban la violencia y no deseaban que las niñas se recrearan en ella. Conchita jugaba con sus hijas a dibujar y leer Platero de Juan Ramón Jiménez o a recorrer el mundo con libros de viajes. Mientras les hacía sus rubias coletas investigaba sobre sus conocimientos en Geografía.

En la casa de Concha Monrás las jaulas sólo contenían pajaritas de papel. A fin de cuentas se creía en un mundo sin ataduras ni crueldades. Ramón Acín llevaba su ideario anarquista a las cosas más domésticas y su mujer, lejos de disuadirle, le acompañaba entusiasmada en esta lucha a favor de un mundo más justo. La sensatez de ella impedía que, pese a la generosidad de él con todo y con todos, la familia se quedara sin sustento. Concha vivía bien, tenía la ayuda de alguna criada pero debía poner prudencia al idealismo del marido.

Ya en la década de los años treinta el matrimonio tuvo que enfrentarse a un montón de acontecimientos en los que se vio envuelta toda la sociedad española. Concha seguía siendo el sustento de la casa, ayudaba a planificar los veraneos en el Pirineo, un año en Saqués, otro en Aínsa o el siguiente en Cataluña. Las niñas continuaban sus estudios en casa o sus juegos en el hortal próximo, donde se reunían con toda la chiquillería del barrio. Katia y Sol eran dos chicas felices, perfectamente ataviadas y su madre una mujer dispuesta a vivir con el reloj adelantado. Así se apuntaba a jugar al tenis en las improvisadas pistas del Velódromo cuando pocas mujeres se atrevían a ello. O acompañaba al marido en sus viajes a Barcelona o Madrid.

Conchita Monrás y su marido eran, por lo tanto, un matrimonio poco convencional. A Ramón le consentían en casa que prolongara sus jornadas laborales con las obligaciones políticas. Se reconocía la labor que el artista hacía con los obreros de la ciudad, a los que daba clases gratuitas de dibujo en el Círculo Oscense. Otros no entendían sus meriendas de fin de semana con los trabajadores en un intento de cambiar el mundo desde abajo. Concha no era una mujer temerosa y por lo tanto entendía que su marido escribiera artículos incendiarios en los periódicos o que fuera como delegado de la CNT a congresos y mítines. Los sueños requieren sacrificios.

La familia Acín-Monrás digería todo con naturalidad. El padre le había prometido un día a Buñuel que si le tocaba el gordo de la lotería le produciría la película Tierra sin pan. Cuando en 1931 la suerte le sonrió con un premio de buen nivel todos entendieron que Ramón cumpliera su palabra, de modo que Conchita y sus hijas también disfrutaron de los preparativos del rodaje en Madrid antes de partir a Las Hurdes, o del coche descapotable amarillo que se compró para la película.

Conchita, en este mundo en creciente agitación, era el complemento de su marido. Donde no llegaba él llegaba ella, o al revés. Por las noches, en un rito que recuerda a la perfección Katia, la única superviviente de esta especial familia, la madre interpretaba obras musicales al piano hasta que las niñas caían rendidas a los sones de Mozart o Chopin. El aire cultural que respiraba la casa iba de lo clásico a lo moderno, dando paso, por ejemplo, a la radio. Aquel aparato con lámparas refulgentes deslumbró no sólo a la familia sino al vecindario, de forma que los niños del barrio se agrupaban en las escaleras para escuchar las voces que salían de esa caja mágica. En la casa las tertulias eran algo familiar para Conchita, como lo eran las piezas antiguas que su marido llevaba para crear un Museo de Antropología y a las que ella quitaba chinches y mugre. Entre tanto cultivaba el esperanto.

La militancia anarcosindicalista de Ramón Acín marcó, lógicamente, la rutina de la familia, sometida a tantos vaivenes como la vida política española. Cuando el artista daba con sus huesos en la cárcel a causa de algún artículo periodístico o reunión prohibida, Conchita procuraba que todo siguiera igual a la espera de su regreso.

Concha sufría por los avatares políticos del marido pero disfrutaba de estar casada con un buen escritor, con un magnífico ilustrador y con un escultor en auge. Sus exposiciones fuera de Huesca y su actividad social alimentaban esa satisfacción nunca completa ya que el futuro se adivinaba incierto. Así pudieron comprobarlo todos en 1930, el día que Fermín Galán, gran amigo de la familia, fracasó en su sublevación junto a García Hernández. Nadie se equivocó al temer entonces lo peor.

Ramón tuvo que huir hacia Francia dejando aquí a su familia. Y Conchita se quedó en Huesca esperando acontecimientos, procurando que las niñas no se angustiaran.

Muchas tardes cogía a una hija de cada mano y marchaba a las Mártires a poner flores sobre la tierra donde Galán había sido fusilado. Era su último tributo a este amigo, nada afortunado en amores, que envidiaba a su marido por tener una compañera como ella.

La llegada de la II República supuso otro inmenso alivio para Concha e hijas que a punto estuvieron de marchar a vivir a París, donde Ramón compartía vivencias con lo más granado del exilio español. Fue incluso uno de los momentos más gratificantes para todos. El mismo 14 de abril ella y las niñas tuvieron que salir al balcón de casa a saludar a los manifestantes que se arremolinaban en la calle gritando a favor del marido y padre ausente antes de tomar la Alcaldía. Ramón Acín era entonces un héroe. Al día siguiente Concha, Katia y Sol se reencontraron con él en la plaza mayor de Ayerbe, donde fue recibido por una multitud enfervorizada.

Los años siguientes no fueron cómodos para nadie y menos para Conchita y los suyos. Ramón viajó continuamente a Madrid, unas veces solo y otras acompañado por la familia, hospedándose siempre en el hotel Dardé. Las represiones del Gobierno republicano alcanzaron al esposo de Conchita, que de nuevo tuvo que disimular ante las hijas por las ausencias del padre. Ramón Acín entraba y salía de la cárcel, agitaba a las masas en el Olimpia, escribía artículos defendiendo un mundo más limpio y sin violencia y trabajaba en su taller.

Aquel verano de 1936 Conchita y familia permanecían en la casa de Huesca. El día 17 de julio a Ramón un conocido le dijo que algo raro se estaba preparando. En su casa nadie se alarmó lo suficiente pero tomaron precauciones, no salían y vigilaban los movimientos de los falangistas oscenses, que se habían presentado en varias ocasiones a buscarlo. El día 6 de agosto, a las cinco de la tarde, un grupo de ellos volvió a la casa con intenciones más ejecutivas. A sus once años de edad algo intuyó Sol, que los vio llegar desde una ventana. Y algo más profundo sintió Concha cuando empezó a ser presionada por los fascistas, que la golpearon hasta obligar a su marido a abandonar el escondite.

El matrimonio fue llevado a la cárcel. Por la noche Ramón sería fusilado en las tapias del cementerio, siendo una de las ciento treinta personas que cayeron ese día. Conchita estuvo presa hasta el día 23 de agosto, en una celda sin luz y sin colchón, acusada de haber insultado a la autoridad. Ese día fueron fusiladas ciento treinta y ocho personas, entre ellas la esposa de Ramón Acín y madre de Katia y Sol. Dejó un recado a una compañera de cárcel: Dales besos a mis hijas, si es que llegas a salir.

Muchos años después este encargo pudo ser transmitido a las hijas de Conchita, que tras aquella tragedia fueron obligadas a llamarse Ana María y María Sol. Pero ellas siempre han sido Katia y Sol y siempre han guardado la memoria fresca del ideario paterno y los restos con los que se encontraron tras el saqueo oficial. Un mural dedicado a Galán y García Hernández fue arrojado al Isuela y buena parte de las antigüedades coleccionadas por Ramón Acín y conservadas por Concha Monrás fueron robadas por los falangistas. La casa fue desmantelada y las niñas pasaron a vivir con unos tíos, junto a unas primas.

Vestidas de luto riguroso, incluidas las enaguas, a las hijas de Conchita el destino les obligó a pasar de una familia de izquierdas a una familia de derechas, les hizo ir a colegios e incorporarse a una sociedad diferente a la soñada. Del blanco al negro. Pero apoyadas por sus familiares salieron adelante. Conservaron buena parte de la obra artística del padre y algunos recuerdos de la madre. Eso sí, mantuvieron el espíritu de sus progenitores, el sentimiento de ser diferentes, y subsistieron con ese fondo de tristeza que invade a cuantos les ha sido pisoteada la vida. Katia, la hija superviviente de Conchita, lo recuerda todavía hoy en voz baja, esperando que un día la obra de su padre tenga un cobijo digno. Sería el final feliz a una historia desgraciada.


Aragonesas en la historia
Concha Monrás Casas
Barcelona, 1898 - Huesca, 1936

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22 de agosto de 2014

1059. El héroe valenciano que liberó París: Amado Granell.


KRISTIN SULENG  - 9 AGO 2014 - El País.com

Su tenacidad lideró uno de los episodios clave de la Segunda Guerra Mundial. El 24 de agosto de 1944, el teniente Amado Granell fue el primer oficial del Ejército francés en llegar al Ayuntamiento de París para liberarla del dominio de las tropas alemanas. Siete décadas después de aquel hecho heroico, símbolo de la liberación de Francia, la asociación 24 août 1944, presidida por la periodista alicantina Evelyn Mesquida, homenajeará en París a los soldados españoles de la Novena Compañía integrada en la Segunda División Blindada del general Leclerc, conocida como La Nueve, con unas jornadas divulgativas del 22 al 24 de agosto que culminarán con la primera marcha en memoria de los combatientes y republicanos españoles.

Aunque la instrucción de los aliados dictaba rodear París, Leclerc, por orden de De Gaulle, decidió obviarla y asignar en su lugar la entrada en la capital a una de sus secciones de soldados españoles, cuyos carros de combate, que llevaban por nombre las principales victorias republicanas en la guerra civil española, acababan de derrotar a los alemanes en la población cercana de Longjumeau. El teniente Granell, al mando de la unidad, recibió la consigna de estudiar la posición germana en la ciudad sin otra orden que la de avanzar.

Acostumbrado a estar siempre en la primera línea, Granell no se limitó a inspeccionar la situación del ejército alemán en París, cuyo despliegue superaba los 12.000 soldados. Al atardecer del 24 de agosto, desde la Puerta de Italia, su centenar de hombres se adentró en la capital con la decisión de liberarla, sin mapas y con carros Sherman y half-tracks, orientados hasta el Ayuntamiento por una guía Michelin y la ayuda espontánea de un ciudadano. En un trayecto que no levantó violencia ni oposición, La Nueve fue recibida por una marea humana enloquecida de emoción al ver a sus salvadores.

Bajo el mítico titular de Ils sont arrivés, el diario Libération publicó el 25 de agosto la fotografía histórica del encuentro en la Alcaldía de Granell, el presidente del Comité Nacional de la Resistencia, Georges Bidault, y el prefecto del Sena. Pero el texto nunca mencionó al teniente castellonense, al asumirlo “oficial francés”. “Se publicó que el primero en llegar fue Bronne, refiriéndose al capitán Raymond Dronne. De manera deliberada, le habían dejado de lado al borrar su nombre”, sostiene Evelyn Mesquida, autora de La Nueve, obra de referencia de la compañía española del Ejército de la Francia Libre, y una de las organizadoras de los actos conmemorativos de La Nueve en París. “Este año celebramos por primera vez el 24 de agosto para homenajear a los españoles. Esperamos que el discurso del Presidente de la República el 25 por la noche reconozca su presencia enorme durante el combate francés contra los nazis”.

Aquel oficial español, que De Gaulle invitó a liderar el desfile de la Victoria, había nacido en 1898 en Burriana, principal enclave de la exportación de naranja. Criado en Valencia, a los 21 años se enroló, aún menor de edad, en el tercio español de la Legión Extranjera. En el desastre de Annual, en Marruecos, donde se graduó de sargento, vivió como legionario su primera experiencia con las armas.Tras 10 años de investigación, a Mesquida le costó meses localizar aquella portada, que vio por primera vez reproducida en la única entrevista a Granell en España publicada en el diario Pueblo en 1970, en la que el teniente, de 71 años y retirado en Alicante, declaraba no extrañarle el silencio de su hazaña: “Si me hubiese nacionalizado francés, mi lugar en los episodios del 24 de agosto estaría claro, pero como español no es extraño que me han hayan pospuesto y olvidado. No reivindico nada, si acaso el respeto a tantos españoles heroicos y desconocidos. De la guerra mundial me ha quedado el dolor de tantos millares de vidas españolas truncadas”.

Instalado en Orihuela, donde regentó una tienda de bicicletas, se afilió a la UGT y fue concejal por Izquierda Republicana. Hombre de acción y luchador por la libertad, al estallar la guerra civil se alistó en el bando republicano, con el que llegaría a combatir en las principales batallas, fraguándose en un auténtico líder al mando de la 49ª Brigada Mixta del Ejército Popular como comandante, responsabilidad equivalente al actual general de brigada. “Con la liberación de París, todos han olvidado su relevancia en la guerra civil, cuando su actuación fue muy importante”, señala Ricardo Pardo, coronel retirado y director del Museo Militar de Castellón, el primero en exponer material del oficial castellonense.

Aficionado a la historia, el coronel Pardo ha sido el único militar español en reconocer en público la figura de Granell. “Es una obligación cuando España no tiene ningún problema en olvidar su historia y vive feliz en la ignorancia. Granell fue decisivo, pero estoy convencido de que si De Gaulle hubiese podido, nunca habría elegido a un español para liberar París”, sostiene.

Aurora Granell, la mayor de los tres hijos del oficial, destaca “la gran vocación militar” de su padre, quien prefirió la trinchera a la vida tranquila del comerciante, explica. De 83 años, tenía nueve cuando su padre partió al acabar la contienda como pasajero del carguero Stanbrook rumbo a Orán. “Mi madre lloraba, y mi padre no quería marcharse, pero unos amigos le obligaron. Nunca dejó de escribirnos cartas, y no lo volví a ver hasta 1948, cuando fui a verlo a París”, evoca su hija. “Fue un hombre de un encanto especial, pero para muchos sigue siendo un desconocido”.

Desde su ingreso en el Cuerpo Franco de África en 1942, luchando en la guerra de Túnez contra las tropas del general Rommel, hasta su simbólica despedida de la guerra lavándose la cara y las manos con agua del Rin al abandonar las trincheras en Estrasburgo para ser hospitalizado por sus heridas, la persistencia del teniente de La Nueve fue calificada por el Ejército francés de “valentía temeraria” y laureada con la Cruz de Guerra con palmas y la Legión de Honor francesa.

De carácter sereno y reservado, Granell también destacó como hombre político. Al final de la gran guerra, cuando trabajaba de gerente en una agencia de noticias en París, inició contactos con personalidades como Largo Caballero, Indalecio Prieto y Don Juan de Borbón, para formar un gobierno de oposición que devolviera la libertad a España. Frustrado en su intento, volvió en 1952, primero instalándose en Santander y después en Alicante, donde abrió un comercio de electrodomésticos.

Superviviente de tres guerras y con el mérito de haber ganado galones desde abajo del escalafón, Granell perdió la vida en 1972 en un accidente de tráfico, cuando se dirigía al Consulado francés en Valencia para tramitar su pensión de excombatiente. Enterrado en Sueca, su lápida fue sufragada por el Gobierno francés, a modo de reconocimiento a su heroica contribución. Su muerte dejó pendiente un esbozo de memorias que tituló La guerra hecha por un civil: Recuerdos de un combatiente, un enunciado que atestigua la vocación por la libertad de este héroe de la liberación de París, que en septiembre contará con la primera plaza en su nombre, ubicada en el Instituto Francés de Valenci.





1058. Hay que darle un sentido a la vida de los hombres. (España ensangrentada)


Hay que darle un sentido a la vida de los hombres.

Todos nosotros, bajo palabras contradictorias, expresamos los mismos impulsos.

Dignidad de hombres, pan de nuestros hermanos. Nos dividimos por los métodos que son fruto de nuestros razonamientos, no por nuestras metas. Y vamos a la guerra los unos contra los otros en dirección a las mismas tierras prometidas.

Para reconocerlo, basta con observarnos desde cierta lejanía. Entonces se nos descubre en guerra contra nosotros mismos. Entonces, nuestras divisiones, nuestras luchas, nuestras injurias son las de un solo cuerpo que se contrae en sí mismo y se desgarra en la sangre del alumbramiento. Algo nacerá, que sobrepasará esas imágenes diversas, pero apresurémonos a forjar la síntesis. Hay que ayudar al nacimiento, no sea que acabe en muerte. No olvidéis que hoy en día la guerra se dirime con la bomba y la yperita. El cuidado de la guerra no se confía ya a una delegación de la nación, que recoja los laureles sobre las fronteras y, a un precio más o menos oneroso, enriquezca, quiero admitirlo, el patrimonio espiritual de un pueblo. La guerra no es ya más que una cirugía de insecto que inflige sus picaduras en los ganglios del adversario.

Desde la declaración de una guerra, explotarán nuestras estaciones, nuestros puentes, nuestras fábricas. Nuestras ciudades asfixiadas esparcirán su población por el campo. Y, desde el primer instante, Europa, un organismo de doscientos millones de hombres, habrá perdido su sistema nervioso, como quemado por un ácido, sus centros de control, sus glándulas reguladoras, sus canales quilíferos, y sólo constituirá un enorme cáncer y comenzará a pudrirse allí mismo. ¿Cómo alimentarían ustedes a esos doscientos millones de hombres? Nunca desenterrarán las suficientes raíces.

Cuando la contradicción se hace tan urgente, hay que darse prisa para superarla. Pues nada puede vencer a una necesidad que busca su expresión. Si a falta de otra cosa, encuentra dicha expresión en la ideología que conduce a la guerra, no dudemos que haremos la guerra. Podemos responder mejor a las necesidades que atormentan al hombre que a través de la guerra, pero es estéril que las neguemos. Pueden ustedes gritar sus razones para odiar la guerra a ese oficial del sur de Marruecos que conocí, pero cuyo nombre no oso decir, no fuera a molestarlo. Si no se convence, no lo traten como a un bárbaro. Escuchen primero este recuerdo.

Él estaba al mando, en la guerra del Rif, de un pequeño puesto situado entre dos montañas disidentes. Una tarde recibió a parlamentarios provenientes del macizo del Oeste. Y estaban bebiendo té, como es debido, cuando estalló el tiroteo. Las tribus del macizo Este atacaban el puesto. Cuando el capitán expulsaba a los parlamentarios enemigos para entrar en combate, éstos respondieron: “Hoy somos tus huéspedes, Diosno permite que te abandonemos...”. Se unieron pues a sus hombres, salvaron el puesto y volvieron a su territorio disidente.

Pero la víspera del día en que, a su vez, se preparaban para atacar al capitán, volvieron:

“La otra noche, te ayudamos...”

-Es verdad

-Por ti disparamos trescientos cartuchos...

-Es verdad.

-Sería justo que nos los devolvieras”.

Y el capitán, gran señor, no puede aprovechar una ventaja que obtendría a costa de su nobleza. Les devuelve los cartuchos por los que quizá él va a morir...

La verdad, para el hombre, es lo que hace de él un hombre. Cuando aquél, que había visto esa altura de las relaciones, esa lealtad en el juego, ese don mutuo de una estima que compromete a la vida, compara esa expansión, que le fue permitida, con la mediocre calidad del demagogo que hubiera expresado su fraternidad a los mismos árabes con grandes palmetadas en la espalda, que hubiera halagado, quizá, al individuo, pero humillado al hombre a través suya, aquél no sentirá ante vuestra mirada, si le culpáis, más que una piedad un poco despreciativa. Y tendrá razón.

No intentéis explicarle a un Mermoz que se lanza sobre la vertiente chilena de los Andes, con su victoria en el corazón, que se ha equivocado, que una carta, de comerciante probablemente, no merecía arriesgar la vida. Mermoz se reirá de vosotros. La verdad es el hombre que ha nacido en él cuando atravesaba los Andes.

Y si el alemán, hoy en día, está dispuesto a derramar su sangre por Hitler, comprendan pues que es inútil discutir sobre Hitler. Es porque Alemania encuentra en Hitler la ocasión para entusiasmarse y ofrecer su vida lo que hace que para ese alemán todo sea grande. ¿No comprenden que la potencia de un movimiento reposa sobre el hombre que éste libera?.

¿No comprendéis que el don de sí, el riesgo, la fidelidad hasta la muerte, son ejercicios que han contribuido enormemente a fundar la nobleza del hombre?. Cuando buscáis un modelo, lo descubrís en el piloto que se sacrifica por su correo, en el médico que sucumbe en la lucha contra las epidemias, o en el meharista que, a la cabeza de su pelotón moro, se hunde en la indigencia y la soledad. Algunos mueren cada año. Si incluso su sacrificio es en apariencia inútil, ¿creéis que no ha servido para nada? Ellos han tallado en la pasta virgen que somos originariamente una bella imagen, han sembrado en la misma consciencia del niño pequeño, acunado por los cuentos nacidos de sus gestos. Nada se pierde y el mismo monasterio cerrado de clausura resplandece.

¿No comprendéis que en algún momento, nos hemos desviado de nuestra ruta?.

La termitera humana es más rica que antes, disponemos de más bienes y de más placeres, y, sin embargo, algo esencial nos falta que no sabemos definir bien. Nos sentimos menos hombres, hemos perdido en algún lado misteriosas prerrogativas.

Yo he criado gacelas en Juby. Todos criábamos allí gacelas. Las encerrábamos en un cercado, al aire libre, pues las gacelas necesitan el agua corriente de los vientos, y nada es más frágil que ellas. Capturadas jóvenes, viven sin embargo y pastan en tu mano. Se dejan acariciar y ponen su húmedo hocico en el hueco de la palma de la mano.

Y uno cree que están domesticadas. Uno cree haberlas resguardado de la tristeza desconocida que sin hacer ruido extingue a las gacelas, y les da la más tierna muerte...Pero llega el día en que la encontráis, haciendo fuerza con sus pequeños cuernos contra el cercado, en dirección al desierto. Están imantadas. Ellas no saben que os huyen; la leche que les dais, van a beberla, todavía se dejan acariciar, más tiernamente aún hunden el hocico en vuestra palma...Pero apenas las dejáis, descubrís que tras algo parecido a un galope feliz, de nuevo vuelven contra el cercado. Y si no intervenís más, allí se quedan, sin intentar siquiera luchar contra la barrera, sino pesando simplemente contra ella, con la nuca baja, y sus pequeños cuernos, hasta morir. ¿Es la estación del amor, o la sencilla necesidad de un galope hasta perder el aliento?.

No lo saben. Sus ojos no se habían abierto aún cuando las capturásteis. Ellas ignoran todo de la libertad en las arenas, como del olor del macho. Pero vosotros sois más inteligentes que ellas. Lo que ellas buscan, lo sabéis, es la extensión que las realizará. Quieren ser gacelas y bailar su danza. A ciento treinta kilómetros por hora, quieren conocer la fuga rectilínea, cortada por bruscos saltos, como si, aquí y allá, las llamas escaparan de la arena. ¡Poco importan los chacales, si la verdad de las gacelas es sentir el miedo que, único, las obliga a sobrepasarse, y saca de ellas las más altas acrobacias!. Qué importa el león si la verdad de las gacelas es quedar abiertas de un golpe de garra bajo el sol. Las miráis y pensáis: están ahítas de nostalgia...La nostalgia es el deseo de no se sabe qué.

Existe, el objeto del deseo, pero no hay palabras para decirlo.

Y a nosotros, ¿qué nos falta?

¿Cuáles son los espacios que nosotros pedimos que nos abran?. Buscamos liberarnos de los muros de una prisión que se espesa en torno nuestro. Han creído que, para hacernos crecer, bastaba con vestirnos, alimentarnos, responder a nuestras necesidades. Y poco a poco se ha fundado en nosotros un pequeño burgués de Courteline, el político de pueblo, el técnico cerrado a toda vida interior. "Se nos educa, me responderán ustedes, se nos ilustra, se nos enriquece más que antes, con las conquistas de nuestra razón”.

Pero se hace una flaca idea de la cultura del espíritu quien crea que ésta reposa en el conocimiento de fórmulas, en la memoria de resultados adquiridos. El mediocre que ha terminado el último la carrera politécnica sabe más sobre la naturaleza y sus leyes que Descartes, Pascal y Newton. Sin embargo, sigue siendo incapaz de una sola de las hazañas espirituales de las que fueron capaces Descartes, Pascal y Newton. A éstos se los cultivó en primer lugar. Pascal, ante todo, es un estilo. Newton, ante todo, es un hombre. Éste se hizo espejo del universo. La manzana madura que cae en un prado, las estrellas de las noches de julio, las oyó hablar el mismo lenguaje. La ciencia, para él, era la vida.

Y hete aquí que descubrimos con sorpresa que hay condiciones misteriosas que nos fertilizan. Ligados a los otros por un fin común, y que se sitúa fuera de nosotros, solamente entonces respiramos. Nosotros, los hijos de la era del confort, sentimos un inexplicable bienestar compartiendo nuestros últimos víveres en el desierto.

A todos los que entre nosotros han conocido la gran alegría de los rescates saharianos, todo otro placer les parecerá fútil.

Por todo ello, no os asombréis. Aquél que no sospechaba siquiera el desconocido que dormía dentro de él mismo, pero que lo ha sentido despertarse, una vez, en una trinchera anarquista, en Barcelona, a causa del sacrificio de la vida, de la cooperación, de una imagen rígida de la justicia, ése no conocerá más que una verdad: la verdad de los anarquistas. Y el que una vez haya hecho guardia para proteger a un grupo de monjitas arrodilladas, aterrorizadas, en los monasterios españoles, ése morirá por la iglesia de España.

Queremos ser liberados. El que da un golpe de piqueta quiere conocer un sentido para su golpe de piqueta.

Y el golpe de piqueta del presidiario no es igual ni mucho menos que el golpe de piqueta del explorador, que engrandece al que lo da. La prisión no reside allí donde los golpes de piqueta se propinan. No hay un horror material. La prisión está ahí donde se dan golpes de piqueta sin sentido, que no ligan al que los da con la comunidad de los hombres.

Y nosotros queremos evadirnos de la prisión.

Hay doscientos millones de hombres en Europa que no conocen el sentido de sí mismos y que querrían nacer. La industria los ha arrancado del lenguaje de los linajes campesinos y los ha encerrado en esos ghettos enormes que parecen cocheras, llenas de trenes de vagones negros. En el fondo de las ciudades obreras, ellos querrían despertar.

Hay otros, aprisionados en el engranaje de todos los oficios, a los cuales les están prohibidas las alegrías de un Mermoz, las alegrías religiosas, las alegrías del sabio, y que también querrían nacer.

Podemos, ciertamente, animarles vistiéndoles de uniforme. Entonces cantarán sus cánticos de guerra y partirán su pan entre camaradas. Habrán reencontrado lo que buscan, el sabor de lo universal. Pero, por el pan que se les ofrece, morirán.

Se pueden desenterrar los ídolos de madera y resucitar los viejos lenguajes que,  mal que bien, han servido, podemos resucitar las místicas del pangermanismo, o del imperio romano. Se puede embriagar a los alemanes de ser alemanes y compatriotas de  Beethoven. Podemos hincharlos hasta el sombrero. Desde luego es más fácil que sacar del sombrero un Beethoven. Pero esos ídolos demagógicos son ídolos carnívoros. El  que muere por el progreso del conocimiento o la curación de las enfermedades, ése sirve a la vida, al mismo tiempo que muere. Es bello morir por la expansión de Alemania, de Italia o de Japón, pero el adversario no es ya entonces esa ecuación que se resiste a ser  integrada, ni el cáncer que se resiste al suero, el enemigo es aquí el hombre de al lado. 

Hay que enfrentarse con él, pero ya no se trata, hoy, de vencerlo. Cada uno se instala al  abrigo de un muro de cemento. Cada uno, a falta de otra cosa, lanza, noche tras noche, escuadrillas que bombardeen al otro en sus entrañas. La victoria es para el que se pudra el último, como en España, y los dos adversarios se pudren juntos.

¿Qué necesitaríamos para nacer a la vida?. Darnos. Hemos sentido oscuramente  que el hombre no puede comunicarse con el hombre más que a través de una misma  imagen. Los pilotos se reencuentran si luchan por el mismo correo. Los hitlerianos si se  sacrifican por el mismo Hitler. El equipo de escaladores, si tienden hacia la misma  cima. Los hombres no se reúnen cuando se abordan directamente unos a otros, sino  cuando se confunden en el mismo dios. Tenemos sed, en un mundo convertido en  desierto, de reencontrar a camaradas: el gusto del pan partido entre camaradas nos ha hecho aceptar los valores de la guerra. Pero no necesitamos la guerra para hallar el calor  de los hombros vecinos en una carrera hacia la misma meta. La guerra nos engaña. El odio no ayuda nada a la exaltación de la carrera.

Dado que basta, para liberarnos, con ayudarnos a tomar consciencia de un objetivo que nos une los unos a los otros, es mejor buscarlo en lo universal. El cirujano  que pasa consulta no escucha en absoluto las quejas de aquél a quien ausculta: a través de él, es al hombre al que quiere sanar. El cirujano habla un lenguaje universal. Con su  pulso fuerte, el piloto de línea aplasta las turbulencias, y es un trabajo de forzudo. Pero luchando así, sirve a las relaciones humanas. La potencia de ese pulso acerca unos a  otros a quienes se aman y desean reunirse: ese piloto también ingresa en lo universal. Y  el simple pastor mismo que vela a sus ovejas bajo las estrellas, si es consciente de su  papel, se descubre más que un pastor. Es un centinela. Y cada centinela es responsable  de todo el Imperio.

De qué sirve engañar al marinero echándole, en nombre de Beethoven, contra el  hombre de al lado. Qué estupidez cuando, en un mismo territorio, se encarcela a Bethoven en un campo de concentración, si no piensa como el marinero. La meta para éste debe ser crecer y hablar un día, como Beethoven, un lenguaje universal.

Si nosotros tendemos hacia esa conciencia de lo Universal, retornaremos al destino mismo del hombre. Sólo lo ignoran los tenderos que se han instalado en paz a la orilla, y no ven correr el río. Pero el mundo evoluciona. De una lava en fusión, de una pasta de estrellas, nace la vida. Poco a poco, nos hemos levantado hasta escribir cantatas o pesar las nebulosas. Y el comisario, bajo los obuses, sabe que la génesis no está acabada y que debe proseguir su elevación. La vida marcha hacia la consciencia. La pasta de estrellas alimenta y compone lentamente su más alta flor.

Pero ya es grande ese pastor que se descubre centinela.

Cuando marchemos en la buena dirección, la que hemos tomado desde el origen, despertándonos de entre la arcilla, entonces solamente seremos felices. Sólo entonces podremos vivir en paz, porque lo que da sentido a la vida da sentido a la muerte.Es tan dulce a la sombra del cementerio provincial, cuando el viejo campesino, al final de su reinado, ha devuelto en depósito a sus hijos su lote de cabras y de olivos, para que ellos lo transmitan, a su vez, a los hijos de sus hijos. No se muere más que a medias en un linaje campesino.

Cada existencia se quiebra a su vez como una vaina y libera sus granos.

Yo he visto de cerca una vez a tres campesinos, frente al lecho de muerte de su madre. Y ciertamente, era doloroso. Por segunda vez se rompía el cordón umbilical. Por segunda vez se deshacía un nudo; el que liga una generación a la otra. Esos tres hijos se descubrían solos, teniendo que aprenderlo todo, privados de una mesa familiar donde reunirse los días de fiesta, privados del polo en el que todos se reencontraban. Pero yo descubrí también, en aquella ruptura, cómo la vida se daba por segunda vez. Esos hijos, ellos también, a su vez, se harían cabezas de familia, puntos de reunión y patriarcas hasta la hora en que, a su vez, pasarían el mando a esa camada de pequeños que jugaban en el patio.

Yo miraba a la madre, aquella vieja campesina de rostro tranquilo y duro, con los labios apretados, ese rostro cambiado en máscara de piedra. Y reconocía en él el rostro de los hijos. Esa máscara había servido para imprimir el de ellos. Ese cuerpo había servido para imprimir esos cuerpos, esos bellos ejemplares de hombres que se tenían derechos como árboles. Y ahora ella descansaba rota, pero como una rica cáscara de la que se ha retirado el fruto. A su vez, hijos e hijas, con su carne, imprimirían hombres en los pequeños.

Nada moría en la granja. ¡La madre ha muerto, viva la madre!.

Dolorosa, sí, pero tan sumamente simple aquella imagen del linaje, abandonando uno por uno, en su camino, sus bellos despojos de blancos cabellos, marchando hacia no sé qué verdad, a través de sus metamorfosis.


Antoine de Saint-Exupéry, 
"Paz o Guerra", "España ensagrentada"
Paris-Soir,  4 de octubre 

Fotografía: Manifestación de mujeres contra la guerra con el lema "Más vale ser viuda de heroe que mujer de miserable" del Secretariado Femenino del POUM. 




21 de agosto de 2014

1057. Hombre de Guerra, ¿Quién eres? (España ensangrentada)


Hombre de Guerra, ¿Quén eres?

Para curar un malestar, es necesario aclararlo. Y, ciertamente, nosotros vivimos en el malestar. Hemos elegido salvar la Paz. Pero, al salvar la paz, hemos mutilado a los amigos. Y, sin duda, muchos entre nosotros estaban dispuestos a arriesgar la vida por los deberes de la amistad. Éstos sienten ahora una especie de vergüenza. Pero si hubieran sacrificado la paz, sentirían la misma vergüenza. Porque en ese caso estarían sacrificando al hombre: estarían aceptando el derrumbamiento irreparable de las bibliotecas, las catedrales, los laboratorios de Europa. Estarían aceptando arruinar sus tradiciones, habrían aceptado cambiar el mundo en nube de cenizas. Y por eso hemos oscilado de una opinión a la otra. Cuando la Paz nos parecía amenazada, descubríamos la vergüenza de la guerra. Cuando la guerra nos parecía evitada, sentíamos la vergüenza de la Paz.

No hay que dejarse ir en ese asco por nosotros mismos: ninguna decisión lo podría haber evitado. Es necesario que nos repongamos y busquemos el significado de ese asco. Cuando el hombre choca con una contradicción tan profunda, es que ha planteado mal el problema. Cuando el físico descubre que la tierra con su movimiento arrastra al éter donde la luz se mueve, y cuando, al mismo tiempo, descubre que ese éter permanece inmóvil, no por ello renuncia a la ciencia, sino que cambia el lenguaje y renuncia al éter.

Para descubrir dónde reside ese malestar, es preciso sin duda dominar los acontecimientos. Es necesario, durante unas horas, olvidar a los Sudetes.

Si miramos demasiado de cerca, estaremos ciegos. Nos es preciso reflexionar un poco sobre la guerra, ya que, a la vez, la rechazamos y la aceptamos. 

Sé que se me dirigirán ciertos reproches. Los lectores de un periódico reclaman reportajes concretos, no reflexiones. Las reflexiones están bien en las revistas o en los libros. Pero sobre esto yo tengo una opinión diferente.

Tengo siempre ante mis ojos la imagen de mi primera noche de vuelo en Argentina. Una noche de tinta.

Pero, en aquella nada, vagamente luminosas como estrellas, las luces de la humanidad en la llanura.

Cada estrella significaba que en plena noche, allí abajo, alguien estaba pensando, alguien leía, alguien buscaba las confidencias. Cada estrella, como un fanal, señalaba la presencia de una consciencia humana. En una, quizás alguien meditaba sobre la felicidad de los hombres, sobre la justicia, sobre la paz. Perdida en aquel rebaño de estrellas, era la estrella del pastor. Allá en otra, quizás alguien entraba en comunicación con los astros, ocupándose en cálculos sobre la nebulosa de Andrómeda. Allá al otro lado alguien amaba. Por todas partes ardían esos fuegos en el campo, reclamando su alimento, hasta los más humildes. El del poeta, el del profesor, el del carpintero. Pero, entre aquellas estrellas ardientes, cuántas ventanas cerradas, cuántas estrellas apagadas, cuántos hombres dormidos, cuántos fuegos que ya no daban luz, por no haber sido alimentados.

Poco importa que el periodista se equivoque en sus reflexiones, nadie es infalible. Aunque no penetre en todas las moradas, poco importa, son las moradas donde hay alguien despierto las que crean el significado de un territorio. El periodista ignora cuáles son las que comunicarán con él, pero poco importa, él espera, cuando echa los sarmientos al viento, mantener alguno de esos fuegos que de trecho en trecho arden en el campo.

Fueron trabajosas las jornadas que vivimos ante los altavoces. Era como la espera de contrataciones ante el portón de hierro de una fábrica. Los hombres, amontonados para oír hablar a Hitler, ya se veían hacinados en los vagones de mercancías, después repartidos detrás de los instrumentos de acero, al servicio de esa fábrica en la que la guerra se ha convertido. Ya enrolados en una gigantesca tropa de faena, el investigador renunciaba a los cálculos que le ponían en comunicación con el universo, el padre renunciaba a las sopas de la anochecida que embalsamaban la casa y el corazón, el jardinero, que había vivido para una rosa nueva, aceptaba no embellecer ya la tierra. Todos nosotros estábamos ya desarraigados, confundidos y arrojados a montón bajo la piedra de molino.

No por espíritu de sacrificio, sino por abandono al absurdo. Ahogados en las contradicciones que no sabemos ya resolver, desanimados por la incoherencia de los acontecimientos que ningún lenguaje aclara ya, admitíamos oscuramente el drama sangrante que por fin nos había impuesto deberes sencillos.

Nosotros sabíamos sin embargo que toda guerra, desde que se dirime con el torpedo y la yperita, sólo puede abocar al derrumbamiento de Europa. Pero somos poco sensibles, mucho menos de lo que imaginamos, a la descripción de un cataclismo. 

Asistimos cada semana, hundidos en nuestras butacas de cine, a los bombardeos de España o de China. Sin sentirnos destrozados nosotros mismos, podemos oír las bombas que hieren las profundidades mismas de las ciudades. Admiramos los tirabuzones de seda y de cenizas que esas tierras volcánicas lentamente propalan en el cielo. Y ¡sin embargo! es el grano de los graneros, son los tesoros familiares, la herencia de las generaciones, la carne de los niños quemados la que, dilapidada en fumatas, engorda lentamente esa negra nube. 

Yo he recorrido en Madrid las calles de Argüelles, donde las ventanas, como ojos reventados, no encerraban ya más que blanco cielo. Sólo los muros habían resistido, y tras las fachadas fantasmales, el contenido de los seis pisos quedaba reducido a cinco o seis metros de escombros. Del techo a la base, los tablones de roble macizo sobre cuyos cimientos habían vivido generaciones su larga historia familiar, donde la sirvienta, en el instante mismo del trueno, ponía quizás los blancos manteles para servir la cena y el amor, donde las madres, quizás, ponían unas manos frágiles en las frentes ardorosas de niños enfermos, donde el padre meditaba la invención del día siguiente, esos cimientos que todos pudieron creer eternos, de un solo golpe, en la noche, se habían tambaleado como canastas, vertiendo su carga al hoyo.

Pero el horror no pasa la batería y, ante nuestros ojos, con la indiferencia del espectador, los torpedos del avión caen sin ruido, en vertical, como sondas, sobre esas moradas vivientes a las que vaciarán sus entrañas.

No lo digo con indignación, aquí nos falta la clave de un lenguaje. Somos los mismos hombres que aceptarían arriesgarse a morir por un solo minero atrapado o por un solo niño desesperado. El horror nada demuestra. Yo no creo que esas reacciones animales tengan eficacia alguna. El cirujano entra en el hospital y no experimenta ese encogimiento de corazón que el espectáculo del sufrimiento desencadena en las niñas. Su piedad, de otra manera más elevada, pasa por encima de esa úlcera que va a curar. Él palpa y no escucha las quejas.

Así, a la hora del alumbramiento, cuando los gemidos comienzan, un gran fervor sacude la casa. Hay pasos precipitados en el vestíbulo, preparativos, llamadas, y nadie se asusta de esos gritos que la joven madre misma olvidará, que se enquistarán en la memoria, que no cuentan. Y sin embargo ella se retuerce y sangra. Y unos brazos nudosos la sostienen, brazos de verdugo, que ayudan a la expulsión del fruto, que arrancan la carne de su carne. Pero se trabaja; y se sonríe. Y se cuchichea: “Todo va bien”. Se prepara una cuna; se prepara un baño tibio; hay carreras bruscas a la puerta; se oye un enorme portazo, y alguien grita: “¡Gracias al cielo, es un niño!”.

Si sólo disponemos de descripciones del horror, no tendremos razón alguna contra la guerra, pero tampoco tendremos ninguna razón si nos contentamos con exaltar la dulzura de la vida y la crueldad de los duelos inútiles. Hace ya algunos millares de años que hablamos de las lágrimas de las madres. Hay que admitir ya que ese lenguaje no impide en absoluto que los hijos mueran.

No es desde luego en los razonamientos donde encontraremos la salvación. Más o menos numerosos, los muertos... ¿a partir de qué número son aceptables?. No fundaremos la paz sobre esa miserable aritmética.

Diremos: “Sacrificio necesario... La grandeza y la tragedia de la guerra...” O, más bien, no diremos nada. No poseemos en absoluto un lenguaje que nos permita expresar sin razonamientos complicados la diferencia de las muertes. Y nuestro instinto y nuestra experiencia nos hacen desconfiar de los razonamientos: todo puede demostrarse. Una verdad no es aquello que se demuestra: es lo que simplifica al mundo.

Nuestro tormento es un tormento viejo como la especie humana. Ha presidido los progresos del hombre.

Una Sociedad evoluciona y sigue intentando captar, mediante el instrumento de un lenguaje caduco, las realidades presentes. Válido o no, somos prisioneros de un lenguaje y de las imágenes que éste acarrea. Es ese lenguaje insuficiente el que se hace, poco a poco, contradictorio: nunca lo son las realidades. 

Solamente cuando el hombre forja un concepto nuevo, entonces se libera. La operación que hace progresar no es en absoluto la que consiste en imaginar un mundo futuro: ¿cómo sabríamos tener en cuenta las contradicciones inesperadas que nacerán mañana de nuestras premisas, y que, imponiendo la necesidad de síntesis nuevas, cambiarán la marcha de la historia?. El mundo futuro escapa al análisis. El hombre progresa forjando un lenguaje para pensar el mundo de su tiempo. Newton no preparó el descubrimiento de los rayos X previendo los rayos X. Newton creó un lenguaje simple para describir los fenómenos que conoció. Y los rayos X, de creación a creación, surgieron de él. Toda otra acción es utopía.

No busquéis más qué medidas salvarían al hombre de la guerra. Deciros: “¿Por qué hacemos guerras si al mismo tiempo sabemos que son absurdas y monstruosas?. ¿Dónde está la contradicción?. ¿Dónde reside la verdad de la guerra, una verdad tan imperiosa que domina el horror y la muerte?”. Si lo conseguimos, entonces no nos abandonaremos ya, como a algo más fuerte que nosotros, a la ciega fatalidad. Solamente entonces nos salvaremos de la guerra.

Ciertamente, podéis responderme que el riesgo de la guerra reside en la locura humana. Pero con ello estaréis renunciando a vuestro poder de comprensión. Podríais igualmente afirmar: la tierra gira en torno al sol porque ésa fue la voluntad de Dios. 

Puede ser. Pero ¿qué ecuaciones pueden traducir esa voluntad? ¿En qué lenguaje claro podemos traducir esa locura, para así liberarnos de ella?.

Así, me parece que los instintos salvajes, la rapacidad o el gusto por la sangre siguen siendo claves insuficientes. Suponen dejar de lado lo que quizás es esencial. Es olvidar todo el ascetismo que rodea a los valores de la guerra. Olvidar el sacrificio de la vida. Olvidar la disciplina. Olvidar la fraternidad en el peligro. Olvidar, a fin de cuentas, todo cuanto nos impresiona de los hombres de la guerra, de todos los hombres que en las guerras han aceptado las privaciones y la muerte.

El año pasado, visitaba el frente de Madrid y me parecía que el contacto con las realidades de la guerra era más fértil que los libros. Me parecía que, sólo del hombre de la guerra, era posible sacar enseñanzas sobre la guerra.

Pero para encontrar lo que hay en él de universal, es preciso olvidar que hay bandos y no discutir en absoluto las ideologías. Los lenguajes acarrean contradicciones tan inextricables que hacen desesperar de la salvación del hombre. Franco bombardea Barcelona porque, dice, Barcelona ha masacrado a los religiosos. Franco protege pues los valores cristianos. Pero el cristiano asiste, en nombre de los valores cristianos, en Barcelona bombardeada, a la carnicería de mujeres y niños. Y ya no comprende más. 

Son, me dirán ustedes, las tristes necesidades de la guerra... La guerra es absurda. No obstante hay que elegir un bando. Pero me parece que primero es absurdo un lenguaje que obliga a los hombres a contradecirse.

No objetéis tampoco la evidencia de vuestras verdades, pues tenéis razón. Todos tenéis razón. Tiene razón incluso el que achaca la desgracia del mundo a los jorobados. 

Si declaramos la guerra a los jorobados, si lanzamos una imagen de una raza de jorobados, aprenderemos rápidamente a exaltarnos. Todas las villanías, todos los crímenes, todas las prevaricaciones de los jorobados, se las reprocharemos. Y así habrá justicia. Y cuando ahoguemos en su sangre a un pobre jorobado inocente, nos encogeremos de hombros tristemente: “Son los horrores de la guerra... Éste paga por otros... Paga por los crímenes de los jorobados...” Pues, ciertamente, los jorobados también cometen crímenes.

Olvidad pues esas divisiones que, una vez admitidas, conllevan todo un Corán de verdades inquebrantables y el fanatismo asociado a ellas. Podemos clasificar a los hombres en de derechas y de izquierdas, en jorobados y no jorobados, en fascistas y demócratas, y esas distinciones son inatacables; pero la verdad, ya lo sabéis, es aquello que simplifica el mundo, y no aquello que crea el caos. ¿Y si preguntáramos al hombre de guerra, sea quien sea, no escuchándole justificarse con su lenguaje insuficiente, sino viéndole vivir, cuál es el sentido de sus aspiraciones profundas?.


Antoine de Saint-Exupéry, 
"Paz o Guerra", "España ensagrentada"
Paris-Soir,  2 de octubre de 1938






1056. El misterio del hombre que liberó París.

Portada del periódico francés 'Libération' que muestra una foto en la que se puede ver a la derecha al primer soldado 

del ejército francés que entró en París para liberar la ciudad en agosto de 1944



A. Alvarez - Ciudadana española en Francia
Memoria Pública/Público/12/07/2014

Desde el pasado 6 de junio, en el país de los franceses se ha comenzado a celebrar el 70 aniversario de todo: desembarco, liberación... Pero se les olvida algo.

El 25 de Agosto de 1944, el periódico francés Libération publicaba en su portada la foto del primer soldado de Leclerc que entraba en París. El titular decía que era americano y no daba su nombre. En Francia se conocen obra y milagros de cualquier combatiente de última hora que pasaba por allí y no ha transcendido cómo se llamaba el primer soldado del ejército francés que el 24 de agosto entró en París para liberar la ciudad. ¿No les parece raro?

Fíjense bien en la foto de esa portada. Está tomada la noche del 24 en el Ayuntamiento de París. En el centro, George Bidault, presidente del Consejo Nacional de Resistencia, y a su derecha nuestro hombre, quien el 26 de agosto abría el desfile de la Victoria por los Campos Elíseos. Desfile en el que De Gaulle legitimó su posición frente a los aliados que hasta ese momento se frotaban las manos esperando "administrar" Francia.

A este soldado, sus convicciones democráticas le guiaron allí donde reside el poder civil de la ciudadanía. El Ayuntamiento de París se convirtió en símbolo del pueblo soberano por cuya defensa estaba dispuesto a morir. La Prefectura también se había sublevado, pero a esa no la vota el pueblo.

Nuestro hombre lleva uniforme americano, pertenece al ejército francés, ha luchado con Leclerc en el norte de África, pasado por Inglaterra, desembarcado en Normandía y por si fuera poco, se trata de un republicano español. ¿Acaso se le levantó un monumento al europeo del año? No, Francia se limitó a echarle de la historia con minúscula, la que se amolda a las necesidades políticas del momento.

Vichy creó escuela y la "razón de Estado" que todo lo justifica siguió ganando adeptos en la posguerra. Siempre hay alguien que quiere decidir lo que el pueblo debe o no debe saber. Necesitamos la verdad si queremos construir libertades.

Los ciudadanos franceses y españoles, por mucho que sus gobernantes se hayan empeñado en lo contrario, siempre han estado preparados para conocer la verdad, cualquier verdad, incluso el nombre de este hombre y el de tantos miles de republicanos españoles que lucharon y murieron con las Fuerzas de la Francia Libre. En el ejército, en la resistencia y en la guerrilla. No fueron los únicos extranjeros, pero sí los más numerosos con diferencia. Ellos continuaban una guerra contra el fascismo que había empezado en España en el 36. Libertad, igualdad y fraternidad. Bonitas palabras que no significan nada si no hacemos justicia a la memoria de los hombres que sí creyeron en ellas y abrazaron la causa de Francia y de Europa porque era la causa de la libertad.

Qué inocencia o qué grandeza hacer la guerra por ideales y no por conquistar y mantener imperios que aseguren la explotación de los recursos del otro. Si el objetivo hubiera sido acabar con el fascismo, los aliados hubieran entrado en Madrid junto al ejército de la República española. Europa nos ha recordado, con la utilización de la crisis dentro de los parámetros de la doctrina del shock y los resultados electorales del 25-M, que no se acabó con el fascismo, más bien se le permitió mantenerse en un discreto segundo plano, a la espera de tiempos mejores.

Setenta años de silencio son demasiados. El hombre de la foto, el primer soldado aliado que entró en París, se llamaba Amado Granell. Oficial del Ejército Republicano Español y voluntario del Ejército de la Francia Libre, llegó al Hotel de Ville el 24 de agosto de 1944, tras ocho años de lucha contra el fascismo.

Granell no entró solo, le seguían sus hombres de La Nueve, la legendaria 9ª compañía del III Batallón de Marcha del Tchad, de la 2ª División Blindada (2ªDB), conocida como División Leclerc. Aunque había republicanos españoles en todo el ejército de la Francia Libre, La Nueve era conocida por su nombre en español, idioma oficial de la compañía. Dirigida por el Capitán Dronne y el Teniente Amado Granell, estaba compuesta por 160 soldados, de los que 146 eran españoles, ex combatientes del ejército republicano español. Habían empezado su lucha contra el fascismo de Hitler, Mussolini, Franco y Salazar en 1936, cuando la mayoría de ellos no contaba ni 20 años.

Con el Pacto de Múnich, Europa abandonaba a la República española, pero los republicanos españoles no abandonaron nunca ni sus ideales ni a Europa. Pagaban así una deuda de honor contraída con los Brigadistas Internacionales.

Granell y Dronne siguieron recorridos distintos y Granell llegó al ayuntamiento a las 21:20 horas después de cruzar el Sena. Hitler había dado la orden de destruir la ciudad y las Fuerzas del Interior (FFI) no aguantaban más. No había tiempo para comprobar si el puente estaba o no minado, Granell lo verificó sobre la marcha. Cruzando solo, al volante de su vehículo en un ejemplo de las muchas acciones casi suicidas que realizaban estos míticos soldados. Estaban hechos de otra pasta, héroes forzados por las circunstancias, con un fuerte sentido de justicia y solidaridad. Granell es el primer oficial del ejército francés que llega al ayuntamiento y es recibido por el Consejo Nacional de Resistencia que ocupa el palacio. En ese momento le toman la foto junto a G. Bidault.

Los half-tracks, vehículos blindados semiorugas de La Nueve, toman posiciones en la plaza del ayuntamiento y esperan acontecimientos. Llevan en el frente nombres como Gernika, Madrid, Don Quijote, Guadalajara, Teruel o España cañí. El Capitán Dronne llega más tarde con los tres tanques de la 501ª llamados Montmirail, Champaubert y Romilly, que curiosamente sí han pasado a la historia.

Suenan las campanas de Notre Damme y le siguen las de todo París. La radio entrevista a esos hombres y al exilio español ya no le cabe duda de que Madrid será la siguiente.

La Nueve era la compañía de choque de la 2ªDB de Leclerc. Siempre los primeros, siempre adelante, sin retroceder jamás. Desde Normandía hasta Berchtesgaden, el nido de las águilas de Hitler. De los 146 iniciales sólo llegaron 16. El General Leclerc conocía muy bien a estos hombres, por eso les confió París. Eran antimilitaristas e incluso pacifistas, pero estupendos soldados. Su iniciativa e independencia a la hora de hacer la guerra encajaba perfectamente con el espíritu indómito de Leclerc. Como él, no aceptaban órdenes estúpidas, necesitaban entender el objetivo y la razón de las mismas. Y sólo respetaban a los mandos que daban ejemplo en el combate y a los franceses libres de primera hora.

Los republicanos españoles salieron de España perseguidos por el ejército de Franco en el 39. Fueron internados como indeseables en los vergonzosos campos de concentración franceses. Al trasladarse la guerra a Europa, se ofrecieron como voluntarios para luchar bajo bandera española, pero sólo se les dio la opción de la Legión o la vuelta a España a una muerte segura. Algunos llevaban con Leclerc desde el principio, habían asistido al juramento de Koufra y participado en la epopeya del desierto desde el Tchad hasta la Cirenaica. Otros habían luchado desde Noruega a Bir Hakeim con la Legión. Muchos se unieron en cuanto pudieron desertar del ejército al servicio de Vichy tras el armisticio. No faltaban los que iban escapando de los campos de concentración franceses en el norte de África. Verdaderos centros de exterminio cuyos mandos fueron juzgados y algunos fusilados.

En la liberación de París, La Nueve participó en diversos combates y lo hizo junto a los cuatro mil compañeros españoles del exilio que estaban en la Resistencia y la guerrilla de la ciudad. La Nueve ocupa la posición de honor durante el desfile de la Liberación. El día 26, los half-tracks con nombres españoles y banderas de la República española escoltan a De Gaulle y al Consejo de las Fuerzas del Interior y reciben la aclamación y el cariño del pueblo francés. Los españoles ven más cerca el día en que los aliados les ayuden a entrar y liberar Madrid. Pero los aliados tienen otros planes y mantienen a Franco.

Amado Granell sobrevivió a la guerra, recibió la Legión de Honor de manos de Leclerc y pasó el resto de su vida entregado a la causa de liberar pacíficamente a España del fascismo. No lo consiguió.

El 25 de agosto, 70 aniversario de la liberación de París, el presidente Hollande, que dice que "para que todo cambie no hay que borrar nada", tiene la ocasión histórica de honrar la memoria de los luchadores por la libertad que parecen haber sido "borrados" de la historia de Francia. La Europa que ayudaron a liberar tiene una deuda de honor con los republicanos españoles.

El fin de semana del 24 de agosto, París tiene que ser una fiesta. Sin subvenciones ni ayudas se ha creado una asociación que ha organizado charlas, coloquios, teatro y una manifestación festiva por el recorrido de La Nueve.

Estamos todos invitados.

Más información sobre actos en París en www.24-aout-1944.org