Lo Último

Recordando a Carmen Laforet.

Carmen Laforet Díaz
(Barcelona, 6 de septiembre de 1921 - Madrid, 28 de febrero de 2004)




Del silencio mortal caído sobre España una vez conclusa la guerra civil se ha levantado ahora un testimonio que, quienes participamos de cerca o de lejos en aquella tremenda lucha, deberán escuchar temblando: la nueva generación, que padeció la catástrofe desde el margen de la infancia, irrumpe a la existencia histórica para pronunciar su palabra propia. Palabra llegada, por lo pronto, bajo la forma de relato fingido… Hace, en efecto, poco más de un año constituyó acontecimiento literario la aparición de una novela, el nombre de cuya autora –desconocido entonces y pronto divulgado- pertenecía a una muchacha de veintidós años. Ese nombre era Carmen Laforet. El título de su libro se reducía a esta singular palabra: Nada. Su revelación suscitó enseguida, y todavía sigue suscitando, comentarios diversos en toda el área de nuestro idioma. 

Considerar este libro en la actitud, entre cauta y suficiente, con que la crítica profesional recibe de ordinario la producción primera de un autor nuevo, sobre que resulta siempre un tanto ridículo, es en la ocasión de todo punto inadecuado. El suceso literario -la vibración de una voz distinta y genuina entre los melancólicos acentos con que consuman el destino de sus postrimerías aquellos viejos maestros a quienes no cupo la suerte, dichosa a su manera, de Unamuno y Machado; entre la recatada, casi inaudible queja con que destilan otros el jugo secreto de una desconcertada madurez; entre el monótono trabajo nauseabundo de la gusanera escribidora- el suceso de esta voz fresca, aunque transida de dolor y empañada por la angustia, rebasa cualquier estricta significación literaria para asumir un sentido mucho más hondo: es la señal que de sí misma ofrece una generación recién llegada. La discusión acerca de las calidades imaginativa o estilística manifiestas o prometidas en el libro, acerca del grado de su realización o frustración artística, se hace baladí ante dicho significado. Pues ya no interesa tanto apreciar el mérito de la obra, ni discutirlo, como apurar su valor de documento: es ante todo un mensaje cuya sinceridad lo destaca con vigor enorme sobre la rala y rastrera producción libresca rendida por España en estos años, mensaje primero, y, hasta hoy, testimonio único de esa generación española que, todavía en la infancia, hubo de sufrir la guerra sin el apoyo que, contra sus horrores, pudiera acaso prestar la pasión a los adultos combatientes.

No se diga que, por tratarse de un caso individual, ha de ser, cuando no ilegítima, sospechosa la inferencia generalizadora: cada generación trae consigo su tono propio, que la define por encima de las diversidades de temperamento, ideología e intención. Un solo trazo de una sola mano basta ya a marcar en el tiempo el signo espiritual por el que toda ella se distingue, con tal de que ese trazo delate la autenticidad vital que nadie, creo yo, discutirá al libro de Carmen Laforet.

Quince años era la edad de su autora cuando se desencadenó el gran torbellino que asolaría la tierra. Cinco años después de acabado, esta muchacha, irguiéndose sobre las ruinas, contempla con extrañeza el mundo en torno, y lo interpreta según la experiencia de su vida. Carácter autobiográfico se ha insistido en atribuir a su novela. En definitiva, toda creación artística –es bien sabido- puede valer en algún modo de autobiografía. Si hay aquí una muy escasa elaboración y reajuste de los materiales de aquella experiencia vital, eso no restaría por sí mismo alcance a la obra, ni siquiera en el orden estético. El que precisamente ellos, tal cual se encuentran dados, hayan sido percibidos como relevantes, decisivos y dignos de obtener expresión espiritual, el que por entenderlos cargados de sentido se les haya querido dar una proyección artística, es lo que importa: han sido captados como significativos; de expresión vital han pasado, mediante el acto creador, a constituirse en documento de una actitud frente al mundo. Que esta actitud no corresponde a la sensibilidad de un exquisito extravagante, lo atestigua a su vez el éxito mismo logrado por la novela en España: es el documento, no tanto de un alma, como de toda esa generación, que abrió sus ojos a un horror del que era inocente y que, sin embargo, debía marcarla a hierro y fuego. “Es difícil –escribe Carmen Laforet- entenderse con las gentes de otra generación, aun cuando no quieran imponernos su modo de ver las cosas”. Y esta observación trivial, único enunciado abstracto, quizás, que la novela contiene, es en verdad su clave: una cesura insalvable separa a la generación joven de aquellas otras, anteriores, con quienes está conviviendo y de las que depende, pues todavía ocupan el plano de la decisión histórica, ya que no pueda decirse que la gobiernan.

¿Cómo ve a sus mayores esta joven estudiante, que en primera persona, escribe la novela de una joven estudiante? ¿Cómo ve a las gentes situadas al otro lado de la grieta generacional? Son gentes desquiciadas, desvencijadas, rotas, caídas al borde de la demencia; gentes cuyo vivir carece de rumbo y de sentido: son los protagonistas de la guerra civil.

Quien tenga presencia de ánimo para mirarse en ese espejo, para mirarse en los ojos implacables (al mismo tiempo que infinitamente piadosos) de los hijos, encomiéndese a Dios; quien no, piense si gusta que se trata de un espejo cóncavo:puede consolarse regateando exageraciones…

“Román había sido el espectro de un muerto. De un hombre que hubiera muerto muchos años atrás y que ahora se volviera por fin a su infierno”, dice la autora a propósito de uno de sus personajes, loco malvado y seductor que se suicida tras haber ejercitado en vano su inútil poder sobre las vidas que lo rodeaban. Pero ¿qué son, sino muertos que se sobreviven, todas las demás figuras?: el otro loco, furioso y lleno de ternura; la mujer estúpida, manejada por los impulsos más violentos; la solterona desconcertada en su fracaso; y, sobre todo, esa patética anciana que nunca duerme, único personaje de la novela al que, en la total ineficacia de su bondad, llega, desde la otra orilla del tiempo, la simpatía plena de la generación de los nietos.

Con su protagonista, la autora busca en esos abismos, siempre de sorpresa en sorpresa, de asombro en asombro, hasta desembocar por todas partes en la nada. Jamás la literatura española conoció una desesperación tan absoluta, un tan radical nihilismo; se diría que la guerra civil ha consumido las últimas fes y, con ellas, cualquier sentido de la existencia humana. Y lo que más desoladora hace esta visión del mundo es el no aparecer torcida ni forzada por propósito alguno: la novela ni envuelve tesis, ni responde a doctrina filosófica, política o estética, así como tampoco refleja la influencia de modelos definidos; en ella, una mirada limpia, fresca y denodada atraviesa un medio turbio, febril, quebrado, viscoso… Se limita a presentar testimonio.

Ante ese vacío lúcido, ante el testimonio de la nada, hay que echarse a temblar; pues, en almas excelentes como la de esta criatura que tiene todavía el valor de aportarlo, es pura desesperación; en el rebaño, brutalidad y cinismo. Y hay que echarse a temblar, porque la nada que ella condensó en el título de su novela, coincide con la nada que, de diversos modos, vienen proclamando las más características manifestaciones literarias de otros países. Ingenuamente, Carmen Laforet cifra en ese título la actitud espiritual del existencialismo que, filosofía en Alemania, se ha hecho invención narrativa en Francia para alcanzar fulminante boga. Lo que J.P.Sartre, por ejemplo, está realizando sobre base filosófica y con una conciencia estética muy refinada, reviste la misma significación profunda contenida ya en esta obra juvenil, escrita en forma directa y no sin algunos tropiezos de la pluma, por una muchacha de veintidós años, que expresaba sus experiencias inmediatas de la vida cuando todavía la guerra mundial estaba indecisa y Francia ocupada por fuerzas de invasión.

Lo que es una evidencia de significación terrible. 


Francisco Ayala 
"Testimonio de la Nada"
Realidad, Revista de ideas. 
Enero-febrero 1947. Vol.I Buenos Aires págs. 129-132 




1941. Lo que será la República española VI





VI. La República y el separatismo.

Solamente la República puede evitar la disgregación nacional que ha empeza​do a iniciarse en España, especialmente en Cataluña y algunas provincias del Norte.

Este separatismo no es más, en el fon​do, que una tendencia instintiva de los órganos que aún gozan una existencia propia a separarse de la monarquía espa​ñola, que consideran muerta. Abominan de España porque esta carece de libertad, y a causa de la política de sus reyes forma aparte de las demás naciones de Europa, como si perteneciese a otro con​tinente, menos civilizado. Además de​sean una amplia autonomía, en relación con su enérgica individualidad, y esta autonomía resulta incompatible con la constitución monárquica.

Dentro de una República española desaparecerá el separatismo. Nadie quiere irse de allí donde se ve respetado y atendido, gozando el pleno uso de sus derechos.

La República española será federal, siguiendo así las verdaderas tradiciones de España. Grandes geógrafos como Reclus, célebres viajeros que estudiaron atentamente la constitución física y étnica de nuestro país, están acordes en afirmar que España, por la conformación de su suelo, por su historia y por la diversidad de sus razas, debe ser una nación federal. En ella, el unitarismo es obra de los reyes, ansiosos de autoridad absoluta; nunca lo fue de la voluntad de los pueblos.

Pero el federalismo dentro de ia Repú​blica española no será general, instantá​neo y obligatorio. El federalismo no debe imponerse. Son imprescindibles una edu​cación preparatoria y un deseo unánime, para obtener su instauración.

Yo he vivido en varias Repúblicas fe​derales, especialmente en la más impor​tante de ellas, los Estados Unidos de América. No todos los componentes de una República federal son Estados autó​nomos, en el pleno uso de su soberanía. Hay porciones de terreno, menos prepa​radas para la vida particular e indepen​diente, que mientras realizan su evolu​ción educativa para llegar en lo futuro a ser Estados se llaman simplemente «Te​rritorios» y dependen del Gobierno central.

En los Estados Unidos quedan ya po​cos «Territorios». Algún tiempo antes de la guerra europea, el presidente Wilson elevó casi todos ellos a la categoría de Estados, considerando que estaban ya en condiciones para una vida autonó​mica; pero hace veinte años, nada más, el número de los Territorios era todavía considerable en la gran República de la Unión.

La España republicana, una vez re​sueltos los primeros problemas de su vida, cuando sea oportuno arrostrar nuevas reformas, podrá constituirse siguien​do las mismas reglas de los Estados Uni​dos y otras Repúblicas federativas. Exis​tirán en ella, a un mismo tiempo. Estados regionales con Gobierno autónomo, y provincias que dependerán del Gobierno central de la República.

Cataluña y otras regiones, si las hay, que deseen unánimemente un Gobierno autonómico, podrán constituirse en Es​tados regionales, dentro de la gran República española. Y las más de las antiguas provincias, en las cuales el absolutismo de Austrias y Borbones borraron a san​gre y fuego el espíritu autonómico repre​sentado por los Fueros, podrán ir hacien​do poco a poco dentro de la República su educación federalista, su aprendizaje de vida autónoma, hasta que suprimido el antiguo caciquismo y habiendo adqui​rido cada grupo provincial una nueva vida orgánica, reclame su autonomía, constituyéndose en Estado.

¡Ojalá en lo futuro toda la Península, desde los Pirineos al Estrecho, del Medi​terráneo al Atlántico, sea una confedera​ción de Estados autónomos con vida propia, un conjunto de organismos ro​bustos, en admirable equilibrio, sin so​breponerse unos a otros, que unan, para la gloria de una patria común, las diver​sas lenguas, los múltiples caracteres, las variadas crónicas de su riqueza histórica, y ostenten con noble orgullo el título de «Estados Unidos Hispano— Lusitanos», gran República Federal de Iberia! 



Vicente Blasco Ibañez
Lo que será la República española - Capítulo IV
París 1925

IV.-A los trabajadores
V.-Los tributos y el progreso del país
VI.- La República y el separatismo








1936 - 1939 (Recordando a José García Nieto)

José García Nieto
(Oviedo, 6 de julio de 1914 - Madrid, 27 de febrero de 2001)




Como quien desatara un paquete de cartas para decir al nuevo amante «quiero que sepas que no me importa nada el otro tiempo, que ya no hay huella alguna, que ya no reconozco lo que me hizo sufrir».

Abro la ventana de la cárcel donde ni quiera «la mentira y la envidia» me tuvieron encerrado.

Yo sé lo que es el miedo, y el hambre, y el hambre de mi madre y el miedo de mi madre; yo sé lo que es temer la muerte, porque la muerte era cualquier cosa, cualquier equivocación o una sospecha; porque la muerte era un accidente en la primavera, una pared contra la ternura, un día con boca de muerte, y dientes de muerte y esperanza mortuoria.

Yo sé lo que es enfermar en una celda, y defecar entre ratas que luego pasaban junto a tu cabeza por la noche... ¿qué me decís ahora los que creíais que sólo me han movido a cantar los lirios de un campo imaginario, y la rosa de papel, y la novia como Dios manda...?¿qué me decís los que pronto me visteis limpio y peinado, como un niño que quiere llegar con puntualidad al colegio sin que nadie adivine el estrago de su corazón familiar?

Aunque también os digo que todo era hermoso cerca de la muerte menos la muerte misma.

Respirar, y amar de lejos, y morder un pedazo de pan era hermoso.

Y era hermoso que me prepararan un hato de ropa limpia, y que me hiciera llorar el olor que traían las sábanas.

Y todo era como nacer cada día, y cada día era más bello que la propia esperanza, y reír tenía un valor más profundo que el profundo pozo de la inquietud, que la oscura caverna de la impotencia...

Gracias, Señor, por haberme dejado sin heridas en el alma, y en el cuerpo, por haberme dado la salida sin odio, por no tener lista de enemigos, ni lugares donde llorar por el propio desamparo... 

Yo sé lo que es el amor; de lo demás no sé.

Quito el balduque porque ahora es tiempo.

He leído en un periódico: «Voici enfin les lettres de Víctor Hugo á Juliette Drouet».

Se abren ahora porque ya no importa.

Así yo quiero abrir mi corazón, desatando la cuidada cinta que le rodeaba sin herirle, y quiero que leáis estas cartas antiguas que el mar violento de mi patria trajo hasta el arenal de mi juventud absorta e invadida.

Os juro que no hay una sola gota de sangre que haya querido conservar fresca sobre el tiempo; que quisiera haberme dolido más para ofrecer ahora reparación con mi olvido, o mejor, con mi memoria reclinada en la triste memoria de mi hermano, como aquel que en la noche del invierno se junta al caminante, y no pregunta, y une su frío al frío como alivio...

¿No oís cuánto he callado?

¿Qué piedra iba yo a arrojar contra los añicos de vuestros cristales? ¿qué cuenta podía pasar a los muertos o a los hijos de los muertos?

Ahora quito la cinta de las cartas.

Leed; leamos. Son amor vencido.

Tiempo del corazón. Males del hombre. 

Golpes de España...

Quemo lo que es mío. 

Yo, solo, me he quitado «el dolorido sentir».


José García Nieto
"Memorias y compromisos", 1966



1339. Manifiesto de los intelectuales de España por la victoria total del Pueblo.

María Torres / 27 Febrero 2015

El Manifiesto de los intelectuales españoles por la victoria total del Pueblo fue la respuesta de los intelectuale al discurso pronunciado por Juan Negrín en Barcelona el día 26 de febrero de 1938, en el que el presidente del Consejo de Ministros de la República hacía un llamamiento a todos los españoles que luchaban por España y por la República.

Más de 250 intelectuales españoles mostraron su apoyo al Manifiesto, que apenas conocido comenzó a tener una gran repercusión. Los rectores de las Universidades de Madrid, Barcelona y Valencia, profesores universitarios, escritores, científicos, pintores, escultores, artistas y profesionales liberales, no dudaron en adherirse.

Jacinto Benavente lo hizo telefónicamente desde Valencia. El continuador de Ramón y Cajal, Pío del Río Hortega, que se encontraba trabajando en Oxford, a través de telegrama: «Siempre con la República y Gobierno, únome a quienes reiteran su adhesión y seguridad triunfo». También a través de telegrama, Juan Ramón Jiménez se sumó desde la Habana: «Adhiérame fervorosamente manifiesto intelectuales». Desde París lo hicieron Pablo Picasso,  José Bergantín, Victorio Macho, Juan Miró y Juan Larrea. Pedro Salinas, que se encontraba ocupando una cátedra en Wellesley se sumó con estas palabras: «Ruégole unan mi firma manifiesto intelectuales. En ésta como en todas las ocasiones deseo afirmar y reiterar mi firme entusiasta adhesión República pueblo español. Consideróme honrado estar lado ustedes». Américo Castro, también desde Estados Unidos, se declaró «entusiastamente adherido a ese admirable Gobierno». 



Manifiesto de los intelectuales de España por la victoria total del Pueblo. 
  
«Hemos oído la voz de advertencia y confianza dirigida a España por el presidente del Consejo, en nombre del Gobierno legítimo que con tanta dignidad ostenta la representación de nuestro país.Hondamente compenetrados con todas sus palabras, tan claras, tan valientes, tan españolas, sin eufemismos ni veladuras —y que, como él ha dicho con entera verdad, pueden ser así por la confianza inquebrantable con que el pueblo español sostiene hoy a sus gobernantes—, nosotros, hombres de ciencia, escritores y artistas, queremos reiterar pública y solemnemente nuestra adhesión al Gobierno de la República española, nuestro decidido propósito de ayudarle a defender, hasta la victoria total, la independencia y la libertad de España. 

Nos dirigimos a los intelectuales de la España aherrojada por el fascismo, para que, conscientes de su deber y de los destinos de nuestro pueblo, señalados por la Historia, ayuden desde su campo a la victoria de la República, que será la liberación y el resurgimiento de nuestro país. 

Nos dirigimos asimismo a los intelectuales de todos los países para que laboren tenazmente en favor del pueblo español, que combate no sólo en su propia defensa, sino también por la libertad y la cultura universales.

La guerra nos ha endurecido y ha hecho aún más vivo nuestro sentimiento patriótico. Nos sentimos, hoy más que nunca, parte de nuestro pueblo. Y sabemos que no hay sacrificio capaz de detener al pueblo español en su decisión inquebrantable de ganar la guerra, sirviendo de base, sustento y ayuda al glorioso Ejército Popular.

En las escuelas, en los laboratorios, en los estudios o en el lugar que se nos asigne, nos dedicaremos desde hoy con más ahínco al trabajo, seguros de que los demás trabajadores harán lo mismo en las fábricas y en los campos. No puede ser otra la respuesta de nuestro pueblo al llamamiento que acaba de dirigir a todos los españoles el Gobierno legítimo por boca de su presidente.

Nosotros prometemos responder a ese llamamiento con toda nuestra energía. 

¡Todos unidos para salvar a España, traicionada e invadida, pero imperecedera y segura de victoria!»


Profesores:

Navarro Tomás
Ignacio Bolívar
Pompeyo Fabra
Juan Madinaveitia
José Gaos
Pedro Bosch Gimpera
José Puche
Juan María Aguilar
Pedro Carrasco
Antonio Madinaveitia
Joaquín Xirau
José Xirau
Joaquín Trías
Ramón Velasco
José María Oís
Fernando Ferrando
Luis Urtubey
Odón de Buen
J. Balinaga
J. Serra Hunter
José Cuatrecases
Arturo Dtiperier
Enrique Moles
Maftuel Márquez
Agustín Millares
José Prat
Abelardo Fábregas
W. Roces
Ramón Frontera
Martín Echevarría
Lope Rubio
Emilio García Gómez
Dámaso Alonso
José Sánchez Covisa
Rodríguez Bachiller
Augusto Pi y Sunyer
Antonio Trías
Emilio Mira
Cándido Bolívar
J. M. Bellido
Deleito Viñuéla
Emilio G. Nadal
Enrique Rioja
Miguel Prados Such
Ramón Frontera
Ricardo Vinos
Osorio Tafall
Juan Bonet
Rubén Lauda
Gabriel L. Trilla
José Miranda
Agustín Iscar
Miguel Santaló
A. Fólch y Pi
S. Sarrá Serravinyals
César G. Lombardía
Luis Alvarez Santullano
Florentino M. Torner
Fernando Sáiz
Antonio Ballesteros
Luis Alaminos
Vicente Blanco
Sánchez Barrado
Urbano González da la Calle
Luis Pericot
Francisco Royo Gómez
Martín Cardoso
Rafael Candell
Cayetano Alcázar
Juan de Mata Carriazo
Juan Peset
José María Giner Pantoja
Andrés Ovejero
Lorenzo Rodríguez Castellanos.


Escritores:

Jacinto Benavente
Antonio Machado
Rafael Alberti
Ramón J. Sender
Enrique Diez Cañedo
Julio Alvarez del Vayo
Antonio Zozaya
Ricardo de Orueta
Corpus Barga
Roberto Castrovido
José Bergamín
Antonio Porras
Margarita Nelken
Carlos Riba
Juan de la Enema
C. Díaz Plaja
Juan J. Domenchina
Manuel Altolaguirre
María Teresa León
J. Pous y Pagés
María Arconada
María Zambrano
José María Quiroga Pla
León Felipe
Emilio Prados
Max Aub
G. García Maroto
Paulino Masip
Fernando Vázquez
Miguel Hernández
Pedro Coraminas
Rafael Tassis y Marca
Arturo Serrano Plaja
Domingo Guansé
José Herrera Petere
Antonio Sánchez Barbudo
Juan Gilabert
Francisco Trabal
Lorenzo Varela
Pedro Garfias
César Falcón
Pía y Beltrán
Jesús Valí
Vicente Alenxandre
José María Sbert
María Luz Morales
Rafael Dieste


Artistas:

Carlos Amiches
Manuel Sánchez Arcas
Amos Salvador
Luis Lacasa
Jesús Martí
Alberto Sánchez
Ángel Ferrán
Vicente Beltrán
Jorge Viladomat
Bartolomé Pérez Casas
Juan Bautista Halffter
Eduardo M. Torner
Salvador Baearisse
Enrique Casal Chapí
Roberto Gerhard
Luis Buñuel
Vázquez Díaz
Alfonso R. Casteláo
Junyer
José Renau
Timoteo Pérez Rubio
Eduardo Vicente
Miguel Prieto Flórez
R. Fernández Valbuena
Gori Muñoz
Angeles Ortiz
Ramón Gaya
Francisco Carreño
Torres Clavé 


Médicos:

J. Planelles
Luis Calandre
José María Sacristán
Santiago Pi y Sunyer
T. Arroyo
Manuel Rivas Cherif


Ingenieros:

Carlos Pi y Sunyer
Carlos Montilla
Adolfo Vázquez Humasqué
José María Dorronsoro
José Navarro Alcázar


Juristas:

Juan Díaz del Moral
Demonio de Buen.


El texto del Manifiesto, así como la anterior relación de adhesiones fué publicado en La Varguardia, el 1 de marzo de 1938.

Casa de la Cultura editó posteriormente el texto y la totalidad de las adhesiones. Se puede leer aquí.





1338. Discurso radiado de Juan Negrín a todos los españoles.





El sábado 26 de febrero de 1938, tras la pérdida de Teruel, el Presidente del Consejo de Ministros de la República, Juan Negrín,  emitió desde Barcelona un discurso radiado a todo el país.

Invitados por Jesús Hernández Tomás, ministro de Instrucción Pública, se reunieron en un salón del ministerio numerosas personalidades científicas, literarias y artísticas para escuchar el discurso. Entre los asistentes, se encontraban el consejero de Cultura de la Generalidad, Carlos Pi y Suñer, Augusto, José y Joaquín Xirau,  Amóa Salvador, Navarro Tomás, Alvarez del Vayo, Juan María Aguilar, doctor Quero, José Gaos, José María Ote. Carlos Montilla, Enrique Diaz Cañedo, doctor Trías, Serra Unter, Ramón ,J. Sender, Agustín Millares, doctor Mira, Castelao, Madinoveitia, Dubosier, Puig Elias, entre otros.




Discurso de Juan Negrín el 26 de febrero de 1938


ESPAÑOLES: 

La superioridad de material acentuada, pero transitoria, de los ejércitos adversariosos, ha. impuesto a los soldados de la República el abandono de Teruel. La noticia de su evacuación no fue sustraída al conocimiento público ni un solo instante. La divulgó el Gobierno mucho antes de que los propios rebeldes pudieran consignar en su parte la toma de la plaza.


La verdad ante todo.

Orgullo del Gobierno de la República ha sido siempre tener informado al país del curso exacto de nuestra guerra. Ninguno de sus episodios, dramáticos o venturosos, le ha sido ocultado o desfigurado jamás. Fiel a la conducta que acredita a un régimen democrático, seguro de la fortaleza moral de nuestro pueblo, tantas veces puesta de manifiesto, el Gobierno ha ido a él sin temor y en todo momento, para exponerle la verdad escueta y para señalarle al mismo tiempo las causas determinantes de una situación dada y los consejos, las orientaciones, las soluciones que se imponían; para gobernar, en suma, sin ninguna vacilación, de cara al pueblo, con su colaboración entusiasta y al servicio de su victoria. 

Este acatamiento a la verdad está justificado por el sentimiento de confianza de que están influidas todas las determinaciones del Gobierno. 

Tan claro proceder no pueden permitírselo todos los Gobiernos. Ni en nuestra Historia se registran muchos casos parecidos. Solamente puede obrar así un Gobierno que tiene la seguridad de que cuenta con la confianza y adhesión del pueblo, confianza y adhesión gue se le manifiestan por mil motivos y se la presta de mil y mil maneras.

Investido de esta autoridad, me dirijo hoy a todos los españoles, a los de aquí y a los de allende las trincheras, para proclamar ante todos, ante los que en los frentes luchan por España y por la República; ante los que aportan su esfuerzo en sus estudios, en el laboratorio, en la fábrica o en el campo; y también para que lo sepan los enemigos embozados y los descubiertos, que la victoria rotonda, indiscutible, arrolladora, será del pueblo español, el cual posee aprestos, energías y recursos sobrados para imponerla.


La toma de Teruel.

Durante dos meses han tenido lugar en uno de nuestros frentes de lucha los más violentos combates habidos desde el comienzo de la guerra. El frente de Levante ha cobrado por ello una extra ordinaria importancia naciónal e internacional. Y el vaivén de las operaciones desarrolladas allí arroja para la República un balance positivo. 

El mando italoalemán del ejército enemigo preparaba desde mediados de noviembre una ofensiva, ofensiva que era anunciada jactanciosamente con todos los medios de publicidad: por la Prensa y por las radios de los facciosos y por los periódicos de los países invasores; ofensiva con la que especulaban incluso los diplomáticos de estos países para sus maquinaciones en las cancillerías. La propaganda de esta ofensiva, que se anunciaba como arrolladora. constituía de por sí un asma que utilizaba el enemigo contra nosotros. Y era también, para los cabecillas de la facción, un puntal con el que pretendían sostener la ruinosa moral de su retaguardia. Querían animar, con la promesa de una victoria fulminante, a aquellos de sus partidarios que mostraban cansancio y duda. Y querían, sobre todo, desanimar, descorazonándolos, a los españoléis, más numerosos cada día, que en la zona facciosa anhelan nuestro triunfo.

En estas circunstancias, el Gobierno de la República decidió aplicar una norma elemental de estrategia: desbaratar los planes del enemigo, adelantándose a él; imponerle nuestra voluntad, obligarle a combatir donde a nosotros nos conviniera. Y a mediados de diciembre se emprendió la ofensiva de Teruel. En una semana conquistamos la ciudad fortificada. Nuestro ejército hizo miles de prisioneros. Nuestra mil veces gloriosa aviación derribó numerosos aparatos alemanes o italianos. Por todo el mundo corrió entonces la nueva, de sobra conocida por nosotros, de que la República poseía un ejército, no sólo animado por el espíritu y el entusiasmo que en los primeros meses le permitieron hacer frente a, un enemigo superior, sino dotado también de las condiciones precisas para acometer con éxito las empresas más arriesgadas y difíciles desde el punto de vista de la técnica militar.


La controversia facciosa.

Nuestro éxito fue un golpe terrible para el adversario. El prestigio militar de Italia y Alemania se vino a tierra como ocurriera antes en el Jarama, en Guadalajara, Bruñete y Belchite, comprometiendo así sus maniobras diplomáticas. Y la retaguardia facciosa sufrió una conmoción, de pánico en los unos, de júbilo en los más, ante la potencia comprobada del Ejército de la República. El enemigo tuvo entonces que renunciar a sus planes. Para recuperar Teruel volcó sobre nuestras líneas sus mejores fuerzas de choque, las que tenía preparadas para su ofensiva, y durante dos semanas, Divisiones enteras del ejército rebelde fueron cayendo ante el coraje de nuestros soldados. La reconquista de la ciudad que los cabecillas rebeldes daban como segura desde primeros de enero, aparecía erizada de dificultades insuperables. Los traidores hubieron de pedir nueva ayuda a sus amos del extranjero, y desde los puertos alemanes e italianos llegaron a la zona facciosa numerosos barcos cargados de aviones y cañones. Con estos refuerzos considerables de material, pagados con trozos de nuestra patria, pudo el enemigo, al cabo de dos meses de desesperadas tentativas, recuperar un terreno que ha sido cementerio de sus más escogidas tropas. Pues bien: el día en que el Ejército Popular se posesionó de Teruel, rindiendo los últimos focos de su resistencia interior, creíamos en la victoria de la causa republicana con la misma convicción, con la misma fe que creemos en ella ahora que Teruel, por obra exclusiva de la artillería y la aviación italo-germánicas, no es de la República, no es de España. Nuestra voluntad de victoria y nuestra segura confianza en el triunfo no han sufrido disminución. Las conservamos intactas y las vivificamos con nuestros entusiasmos y trabajos.


Ni optimismo excesivo, ni pesimismo injustificado 

En el legítimo júbilo suscitado en todo el país, absolutamente en todo, incluso en la zona no sometida a la autoridad del Gobierno, que no es en ella donde con menos afecto se reciben las victorias republicanas; en él júbilo suscitado por la toma de Teruel, el Gobierno se cuidó de insertar advertencias saludables, convencido de que los días adversos no habían acabado. Obligado por su responsabilidad, entendió de su deber prevenir al país contra los abusos del optimismo, que, al sentirse contrariado, determina desplomes del ánimo difíciles de curar; llevó su advertencia hasta el Parlamento, avisando de la manera más solemne los riesgos de lo excesivo. Igual declaración hace hoy. Teruel fue ayer, y sigue siendo hoy, un episodio de la guerra sin ningún carácter decisivo.

No quiere el Gobierno, ni cuadra con la entereza hispánica, neutralizar el amargor de una mala noticia. Prefiere, porque los fundamentos de su seguridad son más sólidos, no engañar con mitigaciones ficticias de la adversidad, entre otras razones, porque se siente con ánimos para hacer de ella una fuerza, para transformarla en energía nacional. Pero una vez más reitero ante vosotros, españoles, con la solemnidad que mi condición de jefe del Gobierno puede conferir a estas palabras, que nuestro plan militar logró en Teruel su propósito fundamental de destruir los planes del enemigo, y que la evacuación de la ciudad por nuestro Ejército no modifica en nada lo esencial de las ventajas entonces alcanzadas.


Éxitos y dificultades son solo nuestros 

Plantea, no obstante, este hecho, deberes y obligaciones que el Gobierno expone pública y abiertamente al pueblo español. Porque así como nuestros éxitos son sólo nuestros, jamás desmerecidos por vengonzosas protecciones ajenas, nuestras dificultades hemos de resolverlas nosotros. Nuestro pueblo ha demostrado múltiples veces en el curso de su historia lo que es capaz de hacer por defender su dignidad y su independencia. Sin armas, sin Ejército, traicionado por los gobernantes, logró derrotar, hace poco más de un siglo, a los ejércitos napoleónicos. Desarmado también, aeororalado por la perfidia y la traición, supo oponerse a los militares en julio de 1936 y vencerlos, Y ahora, ante la agresión de que es objeto por parte de las potencias fascistas, ha acertado a organizar un ejército potente y hará cuantos esfuerzos y sacrificios sean necesarios para hacerle invencible. Como conclusión de este período de batallas, después de haber visto la capacidad de nuestro Ejército, sopesando exactamente las disponibilidades del enemigo, pero teniendo también en cuenta la cantera inagotable de energía que constituye nuestro pueblo, yo os puedo decir, sin miedo a equivocarme: Triunfaremos. Al servicio de esta convicción han de ponerse en juego los esfuerzos de todos para hacer desaparecer rápidamente el desequilibrio de material bélico que nos desfavorece, y acelerar así la victoria.


Podemos superar el desequilibrio de material bélico.

A la artillería y a la aviación extranjeras hay que oponer en masas equivalentes, artillería y aviación republicanas. El empeño es realizable. Lo afirma el Gobierno con pocas palabras, pero con suma convicción. Hace intervenir en su seguridad el conocimiento que tiene del heroísmo de los trabajadores antifascistas que se complacerán en contribuir, con un aumento de su capacidad creadora, a dotar a nuestros soldados del material que precisan para afirmar la victoria. La industria propia, de una parte, y los recursos que tiene en juego el Gobierno, de otra, harán que en un plazo próximo desaparezca la actual diferencia de material que da efímero predominio a las tropas rebeldes. El Gobierno se vincula con este nuevo compromiso a su responsabilidad: dotar al Ejército de los elementos que le son indispensables para hacer y ganar la guerra. Cuantos nos ayuden, con toda la pasión de sus brazos, al logro de esa finalidad urgente contribuirán de manera poderosa al acabamiento victorioso de la guerra y merecerán la gratitud de la República. El propio Ejército popular no dejará de ser sensible a esa mayor contribución de esfuerzos de la retaguardia. El Gobierno, que sabe de un modo exacto lo que puede esperar de fuera, solicita de todos los productores un crecimiento de los cupos de producción.

Alcanzará a tener el Ejército republicano, conforme a su necesidad y a nuestro deseo, el material que le falta para imponerse a las columnas rebeldes y a los soldados extranjeros, que unos y otros son, en paridad de condiciones, inferiores a nuestros combatientes. Frente a un Ejército nutrido de forzados coloniales y de legiones extranjeros, la República ha opuesto un Ejército español, regular y disciplinado, capaz por sí mismo para poner término a la guerra si Europa, escindida en países de inverecunda audacia y en naciones vergonzosamente complacientes, no consintiese que Italia y Alemania continuasen enviando, en cantidades voluminosas, los últimos modelos de su material bélico a los rebeldes españoles. La guerra no acaba en España porque Europa no lo desea. Su, llamémosla, política de «no intervención» es responsable de nuestras mayores desventuras: de los bombardeos, de las ciudades abiertas, de la piratería en el Mediterráneo, de la evacuación de Teruel. El material que sistemáticamente niegan las democracias al Gobierno legítimo de la República, se lo proporcionan las naciones totalitarias, con servidores expertos, al general Franco. En los primeros meses de la guerra se hizo secreto de esos envíos. En la actualidad ni Italia ni Alemania tienen el menor interés en pastar tiempo fabricando apariencias de neutralidad. En tanto las cancillerías especulan morosamente sobre la necesidad de encontrar una fórmula para la retirada de lo que ellos llaman voluntarios, desde los puertos marítimos y aéreos de Italia y Alemania se pone en viaje hacia la España invadida el material Indispensable para que los rebeldes puedan prolongar la guerra: aviones de mucha velocidad y potencia militar, gruesas piezas de artillería pesada, máquinas automáticas de fuego... Suprímanse esos envíos y la guerra de España, motivo de justificada inquietud para la paz de Europa, terminará en una fecha próxima con la victoria de la República. Si los rebeldes hubieran necesitado vivir atenidos a sus recursos económicos para la adquisición de material de guerra, va para mucho tiempo que la guerra sería un suceso pasado. Las disponibilidades económicas de los sublevados de julio se acabaron en los primeros meses y si con ellas no desaparecieron los suministros, es porque en su desafección por España, no dudaron en cederla en hipoteca a sus proveedores de armamentos, Italia y Alemania, que buscan en la operación asegurarse, para sus futuras iniciativas contra Europa, una admirable base de operaciones en el Mediterráneo y en los Pirineos. Al beneficio de mañana sacrifican su material de hoy, abiertamente cedido a una fracción rebelde de un país que, independiente y libre según el Derecho internacional, no encuentra en los mercados del mundo quien le suministre el armamento que está decidido a pagar con su dinero. Esta es la verdad fundamental con que España puede abochornar al mundo. De ella nacen los otros reproches que Europa no ve obligada a paliar fingiendo preocupación por los acontecimientos de España.


El grotesco simulacro de la no intervención.

La prolongada simulación de un sentimiento está expuesta a constantes imperfecciones y tallas, por una cualquiera de las cuales se viene en conocimiento del grotesco simulacro. En relación con nuestro problema nacional, las imperfecciones de la simulación vienen siendo constantes. Ni una hay entre ellas que interesa que no pase sin el indispensable subrayado. Nótese que en tanto la República no consiguió constituir su Ejército regular, el peso de las aportaciones que en unidades combatientes hicieron a los rebeldes Alemania e Italia, fue decisivo. En Europa, donde sin duda estaban mejor enterados que nosotros, no se quiso conocer la presencia en España de tropas ínvasoras, y fueron inútiles cuantos esfuerzos se hicieron para enfrentarla con tan grave acontecimiento. Hubo necesidad de que las Brigadas Internacionales -congregación generosa y espontánea de homtres de las cinco partes del mundo que pedían una plaza para morir por la libertad- se personasen en la defensa de Madrid para que, considerada su fuerza, se pensase, buscando un efugio que no molestase a los dos países invasores, en la retirada de «voluntarios». Las conversaciones iniciadas entonces continúan al presente. Nadie con imaginación bastante para calcularlas el termino. Ya hoy esa conversación diplomática carece de interés para nosotros, iniciada a tiempo y llevada con eficacia, pudo habernos sido útil. Ahora, no. Los soldados invasores pueden ser contenidos y derrotados -allí esta la prueba de Guadalajara- por los soldados de la República. El problema de las tropas de invasión es de segundo plano, y de primero, el de los armamentos. Pero por lo mismo que su importancia es grande y actual, Europa se olvida examinarlo simulando una ignorancia, tanto mas cómica cuanto que desarrolla la más elevada curiosidad por conocer la clase y calidad del nuevo material que Italia y Alemania envían a los rebeldes. Estamos en nuestro derecho a rechazar la fingida preocupación con que Europa pretende excusarse ante nosotros de sus agravios profundos al Derecho internacional. Nunca han dejado de ser claros los términos del problema español, pero hoy lo son quizá más que nunca.


La pérdida de Teruel nos contraria, pero no nos amilana.

Merced a la acumulación de elementos que Italia y Alemania han hecho en la zona rebelde, la República ha perdido la plaza de Teruel que su Ejército reconquisto valerosamente. Pérdida que nos contraría, pero no nos amilana. Tenemos tal seguridad en los libres destinos de nuestra patria, que de igual modo que sabíamos  ayer que la República disponía de un Ejército ejemplar en la disciplina y abnegado en los heroísmos, sabemos hoy que dispondrá mañana -con tiempo para no perjudicar a la victoria- del material adecuado. Sabiduría que esta al alcance de cuantos no han perdido la fe en la reciedumbre moral de nuestro pueblo que ama por encima de todo otro beneficio, el de la independencia, sin la cual sabe que no le es dado aspirar a la libertad.


Un plazo breve.

La pérdida de Teruel nos pone en la necesidad de declarar, quebrantando la decisión colectiva del Gobierno de trabajar en estos problemas con la mayor cantidad de eficacia, sí, pero en silencio, que de la misma manera que la República superó el período confuso y heroico de las milicias, superará el presente en que la desigualdad de armamentos ha consentido a los rebeldes rescatar una plaza que les había sido conquistada en el momento en que, con mayor ruido, amenazaban con una ofensiva a la que atribuían valor decisivo. Superaremos esa desigualdad y colocaremos de nuevo al Ejército en condiciones de asumir la iniciativa.

El Gobierno tiene la posibilidad de fijar un plazo a eso logro, pero está obligado a reservárselo y cuenta con que la aportación de las masas populares contribuirá a disminuirlo. Se trata, desde luego, de un plazo breve. Tanto más corto cuanto mayores sean los esfuerzos de la clase trabajadora, a la que ninguna propaganda tendenciosa debe apartar de su confianza en la victoria. Confianza que, para ser fecunda, necesita ser activa y no pasiva. Hacer y ganar una guerra civil es siempre doloroso: hacer y ganar una guerra civil y otra de invasión es, además de doloroso, difícil.

Para triunfar de lo uno y de lo otro necesitamos una concentración de energías que deben manifestarse en los frentes y en la retaguardia, en el parapeto más adelantado y en la fábrica más escondida. Ni una sola actividad está disociada de la guerra. Con todas, hasta con las de apariencia más pacífica, se contribuye a ganarla. Ahora el déficit es de material. Italia y Alemania, con la complacencia de los celadores europeos de la pureza de la neutralidad, han enriquecido a los rebeldes hasta superar nuestras disponibilidades.

El Gobierno tiene recursos económicos para adquirir en los mercados del mundo los elementos bélicos que neutralizarían esa superioridad. El acuerdo internacional es que nadie se los venda. En su consecuencia, precisamos producirlos. Y los produciremos. Es un compromiso que adquirimos ante el Ejército. No será, exclusivamente con su fusil y con su heroísmo con lo que defienda y reconquiste su patria. Dispondrá de artillería y de aviación que le desembarace el camino de sus conquistas. Lo verán los incrédulos y lo comprobarán los excépticos. Y un dia se podrá tablar de la evacuación de Teruel como de la única operacíón que, con apariencia de derrota, es uno de los puntos de arranque de la victoria republicana. En las gueiras largas, y esta nuestra ya lo es, no suele ser raro que el adversario contribuya por razones razones de vanidad o terquedades del capricho a afirmar la potencia de aquel  a quien se propone aniquilar.

Si la rendición de Toledo fue, por la pérdida de tiempo que ello significó para los rebeldes, el fracaso del asalto a Madrid -la afirmación es ya un problema de Historia, pero con la verosimilitud suficiente para no desdeñarlo-, es posible que la toma de Teruel signifique —lo veremos sin gran tardanza- comienzo del acabamiento de la guerra pura los rebeldes.


De nosotros depende.

De nuestra voluntad de trabajo y de victoria depende. Las condiciones de ese acontecimiento venturoso están contenidas en potencia en ese hecho de armas que se nos presenta como adverso. De nosotros depende. De nosotros, es decir, de todos los españoles. De los que respondemos, poniéndonos en línea, a la voz de la tierra de que hemos sido formados cuando reclama contra las ofensas y las heridas de que la hacen víctima quienes ensayan en ella su capacidad destructora y su potencia sojuzgadora. Recalquemos esa verdad primaria: el secreto de la victoria está en nosotros mismos y no, como algunos se empeñan en creer, fuera del límite de nuestros esfuerzos. El resto del mundo puede continuar en paz, que con su conflagración poco o nada, contra lo que ha dado en creerse, nos sería posible adelantar en nuestro territorio. Las soluciones catastróficas no son recomendables, y el Gobierno las descarta de sus cálculos, entre otros motivos porque no las necesita. Para reafirmarse en su fe tiene elementos suficientes en el heroísmo de los soldados y en el entusiasmo de su retaguardía. De ese heroísmo y de ese entusiasmo obtiene, con la segundad de las victorias la confianza para seguir en su trabajo, que cuida de las necesidades presentes y de las del porvenir, razón por la cual se complace en sacrificar las fáciles decisiones que le congraciarían con toda clase de egoísmos a las eficacias previsoras del mañana, que está en su decisión el que la guerra, prolongúese cuanto se prolongue, no se liquide en perdida para la República. Firme en esa decisión, puedo declarar que el Ejército republicano, recio de moral, alto de heroísmo, dispondrá con generosidad de los elementos que le devolverán, con el derecho de iniciativa, la plaza de Teruel. Y Teruel es, para la ambición de independencia del Ejercito. Popular, España. Para esa victoria, el Gobierno ha hecho acopio de recursos y hará, con ayuda de la clase obrera, que se transforme en material. De la conjunción de los tres esfuerzos -Ejército, retaguardia y Gobierno-, surgirá la victoria republicana de la que España espera su renacer.


Aplastar al enemigo.

Hombres y mujeres de España: En los frentes de batalla tenemos un excelente Ejército, que ha escrito ya muchas páginas de gloría y al que le esperan nuevos laureles. A él se dirige hoy el Gobierno, y en vuestro nombre le dice: Tendréis, soldados del pueblo, todo el armamento que necesitéis para alcanzar, con vuestro valor y vuestra pericia, victorias decisivas en la lucha por la libertad de España. Para ello se afanará nuestra retaguardia, trabajando mas y mejor, estimulados todos por el sublime anhelo de aportar esfuerzos, desvelos y sacrificios al más rápido triunfo en esta lucha que enorgullece a cuantos en ella participan.

No es hora más que de tener un solo pensamiento y una sola voluntad: aplastar al enemigo. Aplastarle luchando en el frente, trabajando más en la retaguardia, persiguiéndole y desenmascarándole cuando se oculta entre nosotros. Porque el enemigo no fia tanto en sus éxitos militares como en sus manejos en nuestra retaguardia. Aprovecha y utiliza a los pusilánimes, a los que por falta de fe en el pueblo dudan de que éste pueda vencer. Aprovecha a los cobardes, a los que cualquier éxito se les sube a la cabeza, pensando que en seguida van a terminar los sacrificios y que se aterran ante el primer contratiempo y piensan en la huida o en la entrega al enemigo a través de intermediarios extraños.


Contra los traidores claros o encubiertos. 

Trato de traidor debe dar nuestro pueblo al que se complace en destacar la superioridad momentánea en armamento de que goza el enemigo. 

Y al que no se ocupa de ayudar a movilizar todas las energías del pueblo español y de poner también a contribución las suyas para duplicar y centuplicar nuestro armamento. Quienes asi se conducen son los mismos que tiempo atrás hubieran negado que en España pueden construirse aviones. Y hoy construímos aviones y material de guerra en sitios donde jamás se soñaba en que existiera esta industria.

Todo nuestro problema consiste en producir más. A ello ha de contribuirse por todos tos medios. Como traidor debe tratarse al que no anteponga a cualquier otra cuestión la voluntad común de aplastar al enemigo y de ayudar al Gobierno en esta tarea. Al que dude de que nuestro pueblo puede hacer los esfuerzos que sean necesarios para satisfacer plenamente las necesidades de nuestro Ejército.

Momentos son estos de sacrificio, pero también de seguridad en la victoria.

Momentos que exigen fortalecer más aun la voluntad común que a todos los españoles nos une contra los enemigos del pueblo.


El pueblo español no ha dejado nunca imponer voluntades extrañas.

Hace unos días, un aventurero internacional proclamaba cínicamente su propósito de disponer a su capricho, desde Alemania, de los destinos de nuestra patria. Esto no lo conseguirá jamás, jamás. El pueblo español no se ha dejado nunca imponer voluntades extrañas. Luchó en el pasado y lucha hoy por el derecho a decidir el solo su propia suerte.

Los últimos cañonazos extranjeros en Teruel no han podido apagar el eco de nuestra primera victoria, que reverdecerá con el concurso de todos en nuevos y decisivos triunfos.

La voluntad cíe vencer debe resonar como un canto de segundad y firmeza en los tornos, en los volantes de las fábricas, en la faena del campesino, en oficinas y talleres. Y con una retaguardia ejemplar, puesta toda ella en tensión, al servicio da nuestras armas, podremos decirles a nuestros heroicos combatientes:

¡Jefes, comisarios y soldados del Ejército Popular! Todos los españoles se esfuerzan por superarse. Superaos también vosotros. Ni un palmo de tierra al extranjero. Con disciplina rígida, con capacitación concienzuda, con heroísmo inabatible, haced de nuestro Ejército el Ejército victorioso de una España independiente, libre y feliz.


Juan Negrín López
Barcelona, 26 de febrero de 1938