21 de septiembre de 2014

Usos amorosos de la posguerra española. III - El legado de José Antonio.



"Échale amargura al vino
y tristeza a la guitarra,
camarada, que se ha muerto
el mejor hombre de España".


Esta copla, que al parecer nació en las trincheras, se propagó mucho por Salamanca a partir del 20 de noviembre de 1936, y el general Franco, que el 3 de octubre había instalado su Cuartel General en el Palacio del Obispo de aquella ciudad, seguro que tendría que oírla más de una vez, porque no había nada que no llegara a sus oídos alertas y suspicaces.

Pero, a pesar de lo dura que era de tragar la última estrofa, nunca la prohibió. No sabemos si se miraría al espejo alguna noche, como la madrastra de Blancanieves, y vería dibujarse al fondo del azogue la sonrisa de aquel abogado joven, guapo y de encendido verbo, con el pelo peinado para atrás, cuya muerte lloraban las guitarras de la zona «nacional» en el umbral del primer duro invierno de la guerra. En todo caso, se encogería de hombros, respiraría con alivio y se iría a la cama, complaciéndose una vez más en su buena estrella.

El oportuno fusilamiento de José Antonio Primo de Rivera en el patio de la cárcel de Alicante le quitaba de en medio al único líder con «carisma» que tal vez hubiera podido discutirle años más tarde, desde su mismo campo, la supremacía de un mando único, asentado sobre las componendas y la manipulación. Bien es verdad que le dejó también la espinosa faena de lidiar con el mito del «Gran Ausente», expresión mediante la cual se estuvo aludiendo durante mucho tiempo al fundador de la Falange Española. Pero a Franco, que en esto no hacía honor a su origen galaico, siempre le trajo mucho más sin cuidado la sombra de los muertos que la presencia de los vivos. Los despojaba de lo que sirviera de provecho a su propio relumbrón, los enterraba con todo el boato y los discursos que hicieran falta y seguía adelante sin un pestañeo por el camino que se había trazado, amparándose en el nombre de los caídos para meter de matute su propia gramática parda y desactivar cualquier ideología que le pudiera hacer competencia.

Tres años después de la muerte de José Antonio, cuando se inició el espectacular traslado de sus restos al monasterio de San Lorenzo de El Escorial, la Falange ya se había adulterado, unificada bajo el control del Régimen, y muchos de sus miembros se habían convertido en inoperantes corifeos del ganador glorioso de la Guerra, que, vestido con camisa azul y saludando brazo en alto, ostentaba el mando del viejo partido, titulado ahora con un nombre más largo: FET y de las JONS. Los militantes menos acomodaticios y más difíciles de domesticar, a quienes empezó a conocerse con el nombre de «camisas viejas», iban a verse —sobre todo a partir de la condena a muerte de Hedilla— obligados a arrastrar una existencia lánguida o amenazada, cuya compleja historia nos alejaría del propósito de este libro.

"La única pieza del nuevo partido que mantuvo la identidad del partido anterior —escribía años más tarde uno de estos disidentes— había sido la Sección Femenina de Falange, y ello por la sencilla razón de que su jefatura la encarnaba una hermana de José Antonio que, por serlo, quedaba como sacralizada para los militantes y como intocable para los nuevos ejecutivos... momento, sería la Sección Femenina de Falange — sus locales, sus congresos, sus publicaciones— la vestal colectiva del antiguo culto". (1)

Una vestal de cariz más bien doméstico, hay que reconocerlo, y que venia como anillo al dedo en tiempos de racionamiento y restricción.

Porque Pilar Primo de Rivera, que mantenía en aquellos congresos el ideario de ama de casa ahorrativa y prudente propuesto siglos atrás por Fray Luis de León en La perfecta casada, era ella misma lo que llamaban nuestras madres «una mujer muy apañada».

Suscribía este juicio por la vía del humor un chiste de los muchos que se inventaron en la posguerra para burlar la opresión de la censura y en el que se decía que «de una camisa vieja de su hermano se había hecho una combinación de las que duran toda la vida». Buen resultado, desde luego, sí le dio, porque de hecho duró más que el propio Franco, aunque ya en sus postrimerías, desteñida y hecha un trapo. Pero me parece de justicia quitarle a la palabra «combinación» sus posibles resonancias de negocio desaprensivo, ya que ni Pilar Primo de Rivera ni las colaboradoras de su apostolado amasaron una fortuna predicando el ahorro, la sonrisa, la gimnasia al aire libre y el baile regional. La clave del buen resultado de la Sección Femenina de Falange hay que buscarla en su antifeminismo, que la hacía grata a los ojos de Franco, y en la borrosa personalidad de su creadora, siempre dispuesta a someterse a una jerarquía superior. La descripción que hace de ella Dionisio Ridruejo nos evoca a la señorita provinciana educada en la circunscripción y en la modestia.

"Era una muchacha sencilla, poco preocupada de su arreglo y agradablemente tímida, que hablaba con voz de niña". (2)

Hay una foto familiar muy elocuente tomada antes de la guerra, donde aparece don Miguel Primo de Rivera, el dictador jerezano, con su esposa y sus cinco hijos. Los tres varones y el padre están de pie detrás, mirando al frente muy tiesos y aguerridos, dominando el cotarro de las mujeres, que aparecen sentadas en primer término —la madre en medio y las dos chicas a los lados— en actitud pasiva, con los pies un poquito cruzados y las manos descansando sobre la falda. Pilar, casi una adolescente, lleva un vestido de talle bajo, zapatos de trabilla con discreto tacón, raya al lado y collar; en la expresión de su rostro se adivina la tranquilidad de la joven de buena familia respaldada por una muralla de hombres encargados de proteger al sexo más débil y de encauzarlo. Tal vez en ese tiempo soñara con un novio o lo tuviera. Más tarde, al ofrendar su vida a la tarea de «guardar ausencias» al «Gran Ausente» y de erigirse en heredera de su partido, se aproximó más al tipo de la «novia eterna» comentado en el capítulo anterior que al de la solterona. Tenía unos ojos redondos y algo tristes, de mirada más obsesiva que espabilada, pues la pólvora se demostró que no la había descubierto. Pero no era fea. Ni tampoco se dijo nunca de ella que fuera mala persona.

José Antonio, como buen señorito andaluz, fue siempre abiertamente contrario a la emancipación de la mujer. En un acto celebrado en Don Benito el 28 de abril de 1935, se dirigió en los siguientes términos a un auditorio principalmente femenino:

"No entendemos que la manera de respetar a la mujer consista en sustraerla a su magnífico destino... El hombre es torrencialmente egoísta; en cambio la mujer casi siempre acepta una vida de sumisión, de servicio, de ofrenda abnegada a una tarea". (3)

Esa parcela de sus convicciones fue la que inculcó en su hermana Pilar, hacia quien, según parece, sentía marcada predilección, tal vez porque hubiera descubierto en su carácter maleable madera de discípula.

Tuvo buen ojo, desde luego. Porque en todo lo tocante a la exaltación del magnífico destino de la mujer abnegada, nadie hubiera podido seguir las huellas del maestro con mayor ortodoxia que Pilar.

"Tenéis que buscar el apoyo constante de nuestros Jefes Provinciales —dijo una vez a sus afiliadas en Guadalupe—... Porque en esto nuestra vida falangista es un poco como nuestra vida particular. Tenemos que tener detrás de nosotros toda la fuerza y decisión del hombre para sentirnos más seguras, y a cambio de esto nosotras les ofreceremos la abnegación de nuestros servicios y el no ser nunca motivo de discordia. Que éste es el papel de la mujer en la vida. El armonizar voluntades y el dejarse guiar por la voluntad más fuerte y la sabiduría del hombre".

En este mismo discurso, de principios del año 1944, es decir, cuando acababan de regresar de Rusia con las orejas gachas los últimos expedicionarios de aquel descabellado sueño imperial que se llamó la División Azul, y se temía una derrota de las potencias del Eje, a Pilar se le nota cierta preocupación por el futuro de su apostolado falangista cuando habla de las pusilánimes que tímidamente se van apartando de la Falange por si cambian las cosas.

Y añade, inflamada de renovados bríos, que no se puede perder el tiempo.

"No perder ni minuto, ni hora, ni día en esta complicada misión de enseñar, que de toda esta prisa necesita la Patria para que ni una sola mujer escape a nuestra influencia y para que todas ellas sepan después, en cualquier circunstancia, reaccionar según nuestro entendimiento falangista de la vida y de la historia". (4)

Cualquiera que lea este texto, sin estar en antecedentes de la cuestión, podría sacar la consecuencia engañosa de que aquella urgente y «complicada» misión formativa de las afiliadas requería unos conocimientos especializados y difíciles de improvisar por parte del equipo que impartía las enseñanzas encaminadas a que cualquier mujer española pudiera reaccionar «según un entendimiento falangista de la vida y de la historia». Y se quedaría bastante sorprendido al enterarse de que las asignaturas de la Escuela Municipal del Hogar, núcleo principal de la Sección Femenina, tenían un contenido que no distaba sustancialmente del baño de «cultura general» con que tendían a complementarse los encantos naturales de las burguesitas casaderas del siglo XIX retratadas por Galdós o Pérez Lugín. Bastará con enumerar estas asignaturas, cuyos títulos eran los siguientes: Religión, Cocina, Formación familiar y social, Conocimientos prácticos, Nacionalsindicalismo, Corte y Confección, Floricultura, Ciencia doméstica, Puericultura, Canto, Costura y Economía doméstica.

En cuanto al temor de Pilar Primo de Rivera de que alguna española escapase a su influencia, era totalmente infundado. Porque, aunque el número de las afiliadas a la Sección Femenina no coincidiera, como tal vez su jefa habría deseado, con el censo total de las muchachas españolas, el verdadero poder de aquella organización se ejercía a través del famoso Servicio Social, inesquivable requisito para obtener trabajo y cuya obligación comprendía:

"A todas las mujeres solteras o viudas sin hijos desde los 17 a los 35 años que quieran tomar parte en oposiciones y concursos, obtener títulos, desempeñar destinos y empleos retribuidos en entidades oficiales o Empresas que funcionen bajo la intervención del Estado. Y a partir del 1º de enero de 1945, se exigirá el certificado de haberlo realizado totalmente para obtener pasaportes, carnets de conducir y licencias de caza y pesca, así como seguir perteneciendo a centros o asociaciones artísticas, deportivas, culturales, de recreo o análogas". (5)

Leyendo atentamente este documento restrictivo para el trabajo y el recreo de la mujer, se echa de menos una puntualización en lo que se refiere al deporte de la pesca. Era para los barbos y las truchas para lo que había veda; para los hombres no. Todo lo contrario. Pescar marido era lo único que podía hacer una muchacha sin que se le exigiera ostentar en la solapa la preciada chapita de esmalte azul acreditativa de haber cumplido su Servicio Social. Y una vez convertida en «señora de», ya estaba eximida de todo lo que no fuera aguantar a ese marido. Con lo cual queda demostrado que era una ciencia que sólo se aprendía de verdad metiéndose a ejercitarla.

Pero aquellas esforzadas monitoras, muchas de las cuales no se casaron nunca, creían de buena fe que todas sus enseñanzas estaban contribuyendo a formar la esposa ideal. Y entre estas enseñanzas una de las más exaltadas era la de la gimnasia:

"La gimnasia y el deporte adecuados ejercen una acción bienechora sobre la mujer..., le ayudan a conseguir la plenitud de su gracia y armonía física; desarrollan su agilidad y fuerza; despiertan en ella el sentido de la disciplina y esclarecen su inteligencia, constituyendo a la vez un entretenimiento alegre, sano y honesto. Y la hacen más apta para su misión maternal". (6)

Primo de Rivera, aunque no se tiene noticia de que practicara deporte alguno, había heredado del fascismo aquella retórica de las altas cumbres, las montañas nevadas y el aire libre. Teóricamente la gimnasia se inscribía en la lucha de lo limpio contra lo sucio, de lo sano contra lo malsano. La afición al aire libre y al sol era un antídoto contra el ambiente impuro de bares, cines y tertulias.

"En los años que precedieron a nuestra Cruzada, la juventud se dividía en dos sectores: los que jugaban a conspirar en todas las encrucijadas de lo exótico y lo malsano y aquellos que preferían ejercitar sus músculos y su vigor en los juegos físicos para ofrecer cuerpos más fuertes, más ágiles al resurgimiento español que preparaban con las vigilias de su pensamiento". (7)

Pero aquellas menciones al cuerpo no hicieron mucha gracia en algunos sectores de la Iglesia, que veían en el «mens sana in corpore sano» predicado a la mujer limpia moralmente que el Estado quiere para la madre de sus hombres del porvenir y una asechanza larvada de pagamismo.

"El desenfreno deshonesto —amonestó el obispo de Madrid-Alcalá Eijo Garay— no necesita ciertamente de grandes estímulos para desarrollarse. Antes bien, se revela con pujanza en cualquier circunstancia favorable, pero en la juventud suele acrecentarse, so pretexto de lícitos ejercicios deportivos y gimnásticos, hasta enmascarar un neopaganismo de incalculables consecuencias". (8)

A estas reticencias de la parte más integrista del clero oponía Pilar Primo de Rivera la garantía de estar creando una gimnasia genuinamente española, es decir, decente:

"Y el peligro que pudiera haber para las mujeres de que se aficionen a presentarse delante del público con unos trajes que no se acomoden quizás a las normas de la moral cristiana, o la cosa un poco pagana que tiene en sí de darle demasiada importancia a la belleza del cuerpo, está salvada con una vigilancia constante sobre la indumentaria". (9)

La verdad es que si alguna cumplidora del Servicio Social tendía a darle importancia a la belleza de su cuerpo o a complacerse en su gracia y armonía físicas, la vigilancia constante sobre la indumentaria a que alude el texto reseñado alcanzaba cotas tan antiestéticas como para apagar cualquier conato de narcisismo. El uniforme reglamentario para aquellos ejercicios mediante los cuales la mujer del nuevo Estado se capacitaba para cumplir sus especiales funciones creativas era tan incómodo y tan feo que convertía en sacrificio lo que hubiera podido ser placer. Estorbaba Embarazaba. Y era como un presagio de que aquella misma sombra de incomodidad y freno habría de extenderse a las «especiales funciones creativas» de las cuales se suponía preludio. En un caso y en otro, penoso e impuesto embarazo que no ha conocido el placer del cuerpo en libertad.

La prenda más típica de aquel uniforme embarazoso que aprendieron a confeccionar todas las madres y costureras modestas de posguerra eran unos calzones oscuros de corte moruno que se ajustaban por encima de la rodilla y se conocían con el nombre de pololos.

"El pololo es un invento de la Sección Femenina. Ni siquiera la palabra viene en el diccionario. El pololo es prenda ambigua, ya que parece que permite moverse con libertad, pero, al no ser de tela elástica y pegadiza a la piel, resulta que tira y estorba, además de lastimar con sus gomas la cintura y los muslos de la usuaria". (12)

Si el cardenal Segura o el obispo Eijo Garay hubieran descendido de sus altas sedes para visitar uno de aquellos locales, con pinta de hangar mal ventilado, donde las adolescentes cumplían en pololo con el penoso deber de la gimnasia, como más adelante cumplirían sin quitarse el camisón con el débito conyugal, hubieran podido dormir tranquilos. El paganismo no aparecía por ninguna parte. Ni tampoco el exotismo. Porque aquellos ejercicios siempre tenían alguna reminiscencia de baile regional.

"La Sección Femenina concede una gran importancia al baile popular español, que reúne en la forma más pura el sentido hispano del ritmo y del movimiento, base fundamental para conseguir la gimnasia genuinamente española que aspiramos a lograr". (13)

Cuando empezábamos a hacer el Servicio Social nos daban una chapita roja de esmalte con las iniciales S.S. grabadas en dorado, indicadora de que se estaba cumpliendo. En el plazo, a veces de años, que mediaba entre la penitencia de esa insignia provisional y la adjudicación liberadora de otra exactamente igual pero en esmalte azul, a algunas nos había dado tiempo a terminar una carrera y soñábamos con ejercerla, a despecho del mes de formación teórica, los dos de asistencia a escuelas del hogar y los tres de prestación que se podían cumplir en comedor infantil, taller o cocina. Además de gimnasia y un poco de baloncesto, se había aprendido, haciendo empanadillas de escabeche y la canastilla del bebé, que para la mujer la tierra es la familia.

"Para la mujer la tierra es la familia. Por eso en la Falange, además de darles a las afiliadas la mística que las eleva, queremos apegarlas con nuestras enseñanzas de una manera más directa a la labor diaria, al hijo, a la cocina, al ajuar, a la huerta, y darle al mismo tiempo una formación cultural suficiente para que sepa entender al hombre y acompañarlo en todos los problemas de la vida". (14)

Las cumplidoras del Servicio Social que, gracias a sus estudios o a un ambiente familiar más propicio, no tuvieran totalmente atrofiada la neurona sacaban en consecuencia, más tarde o más temprano, que aquella formación cultural entendida como andamio previo para el matrimonio no pasaba de ser el timo de la estampita disfrazado con frases sublimes.

¿En qué consistía aquella mística que elevaba a las mujeres y que las llevaba a representar un papel sin entenderlo

Quien aprendió algo fue a base de apasionada pesquisa personal, pero ninguna de aquellas enseñanzas ayudaban, como falazmente insinúa el texto reseñado, a entender al hombre ni a acompañarlo en sus problemas. Pero es que asemás se introducía otro elemento de desconexión sobre el que insistiremos al hablar de la retórica del amor. Esa misma mística que elevaba a la mujer también al hombre lo incapacitaba para verla y entenderla de verdad. Cualquier análisis de sus verdaderas necesidades afectivas —y ya no digamos sexuales— estaba desterrado.

"El hombre —dice un texto— necesita a la mujer «tal como debe ser» (el entrecomillado es mío). Todo estudio frío de la sexualidad femenina, de la psicología, del amor, de la volubilidad no hace sino alejarnos del punto al que queremos llegar. La mujer ha de ser siempre un poco Dulcinea, porque nosotros somos siempre, más que ninguna otra cosa, Don Quijote... Necesitamos de este respetuoso concepto de la mujer... La investigación, el análisis, la historia, encontrarán muchas veces una Aldonza Lorenzo. ¿Pero qué nos importa a nosotros de esa zafia labradora carirredonda y chata? Lo importante es, naturalmente, doña Dulcinea, señora y princesa universal, andando entre ámbares y flores. Y sin dejar por ello, a ratos, de ahechar trigo". (15)

En nuestro paso por las dependencias del Servicio Social se nos instaba, efectivamente, a disfrazarnos de Dulcineas, sin dejar de ser Aldonza Lorenzo. Y durante aquellos ensayos, demasiado largos para lo mal que luego salía la función, ambos disfraces nos pesaban por postizos e irreconciliables. Nos enseñaban, en resumidas cuentas, a representar. No a ser.

La verdad es que el cumplimiento del Servicio Social constituía un trago que únicamente el buen humor y los pocos años podían hacer más llevadero. Duraba seis meses a seis horas diarias, o sea que, descontando los domingos y fiestas de guardar, era una media de quinientas horas las que tenía que emplear la soltera o viuda sin hijos menor de treinta y cinco años para doctorarse como «mujer muy mujer», antes de aspirar a otro tipo de doctorados o expansiones propias de los hombres. Venía a ser así como una especie de vacuna obligatoria contra el tifus, aunque en lo relativo a su dosificación existiera bastante manga ancha. Es decir, de la misma manera que se dan facilidades para el pago de una deuda demasiado onerosa, la que no quería —y éramos muchas— cumplir aquellos seis meses a destajo, en plan de sufrido recluta, y prefería darle largas al asunto, podía solicitar treguas y permisos, algunos de los cuales, sin embargo, como el de la salida al extranjero, aparejaban una declaración jurada y el consiguiente recargo de días que se iban acumulando al total. Con lo cual muchas veces el remedio venía a ser peor que la enfermedad, y no acababa una de quitarse de encima aquella pesadilla de las genuflexiones gimnásticas, la tarta de manzana y los bodoques e iniciales bordados en el embozo de la sabanita infantil. Que quién sabe si no sería precisamente eso lo que pretendían nuestras monitoras al concedernos tanto plazo: irnos encariñando con la ilusión del marido abstracto, padre del bebé no menos abstracto que dormiría cubierto por aquella sabanita, irnos minando arrestos para afrontar nuestra entrada en el mundo laboral y darnos tiempo a encontrar un novio en la Universidad o entre aquellos camaradas de camisa azul encargados de predicarnos el espíritu de la Falange durante el primer mes dedicado a la parte «teórica o de formación».

Este título era, en verdad, demasiado pomposo si se compara con la vacuidad de unos discursos que, empezaran por donde empezaran, siempre llegaban a la misma moraleja: la de que esquiváramos la galantería, que era, según José Antonio, una estafa y un soborno para la mujer. En su arenga de 1935 a las mujeres de Don Benito, donde estableció que el hombre es «torrencialmente egoísta» y cuyo texto se reprodujo en múltiples ocasiones, el Gran Ausente había dicho también:

"Nosotros sabemos hasta donde cala la misión entrañable de la mujer y nos guardaremos muy bien de tratarla como tonta destinataria de piropos"(16)

La Falange nos tenía que acostumbrar a ser altivas y dignas, a guardar las distancias, a encastillarnos. Y dentro de esa mística, el halago verbal a bocajarro tenía mala prensa, tal vez también por descubrir en él ciertas reminiscencias plebeyas.

Recuerdo haber escuchado a cierto profesor de Formación Política, un rubio fornido del que todas las chicas estibamos algo enamoradas, aconsejarnos en uno de sus discursos que si nos decían algún piropo por la calle, no debíamos limitarnos a callar o a apretar el paso con apuro, porque eso era anticuado. Que lo que había que contestar con la cabeza alta era: «¡Yo soy de Falange!», cuya declaración se suponía conjuro de suficiente eficacia como para poner en fuga al osado tentador de nuestra fortaleza.

Pero, por otra parte, a aquellos mocetones tan «varoniles», Delegados de no sé qué o Jefes provinciales de no sé cuántos, que muchas veces se iban a tomar el té con las jefas mientras discutían nuestros destinos, los teníamos que llamar «camaradas», que eso era lo más chocante de todo. A la que le diera, en plan de pesquisa intelectual, por indagar la esencia de la camaradería podía acabar en Leganés. Sobre todo si buscaba su orientación en textos como el siguiente:

"Muy inteligentes, todo lo «en camarada» que se quiera, pero en su puesto ellas, de mujeres siempre, en lo cual debe estribar precisamente el destello más deslumbrador de su talento". (17)

Desde luego, el derroche de talento que hubiera hecho falta para poner de acuerdo extremos tan dispares suponía, en todo caso, un virtuosismo digno de mejor causa.

La polémica sobre la camaradería hizo gastar mucha tinta y mucha saliva en la década de los cuarenta. Más que nada porque incidía en las relaciones de amistad entre hombre y mujer, que la entrada en la Universidad no podía ya por menos de propiciar. El diccionario, sin hacer distinción de sexos, definía a un camarada como a aquel que «anda en compañía de otros tratándose con amistad y confianza». Y sin embargo, las relaciones de amistad con persona del sexo contrario parecían sospechosas y tendían a frenarse invocando las razones más variadas, aunque todas inconsistentes.

"Existen en nuestros días hombres y mujeres muy dados al cultivo de la amistad con el sexo opuesto. En teoría es precioso y personalmente lo he defendido mucho... Pero la mayor parte de las veces somos nosotras las incapaces del dulce experimento... No podemos comprender que «Él» no nos quiera más que a sus numerosas amigas". 

Al entrecomillar ese pronombre masculino y escribirlo con letra mayúscula, ya se está resaltando, sobre toda otra discusión, la noción predominante del varón como redentor de la soltería. Y, de la misma manera que a los hombres de posguerra no les gustaban las chicas tristes o «raras», tampoco solían inclinarse por las que practicaban con naturalidad la camaradería, que con tanto freno, claro, no podían ser muchas. A algunos escritores de ideología tradicional les parecía incluso mal el tuteo, porque acortaba distancias y atentaba contra el mito de la mujer inaccesible.

"La convivencia constante que se observa entre chicos y chicas... desde el punto de vista de la mujer en estas latitudes no creo que sea positiva. Conviene que las mujeres conserven cierto misterio, conviene que no se dejen tratar fácilmente de tú... ¿Por qué eliminar incógnitas que pueden ser la base de muchas ilusiones?" (19)

Abundando en este mismo tema, que suscitó en la revista Destino una larga polémica, la señorita X. escribía el 21 de septiembre de 1946:

"Es absurdo colocar a la mujer fuera de su centro, que es el hogar, fomentando unas ideas que forzosamente han de desplazarla y desorientarla. Si distinta es la mujer del hombre, distinta ha de ser su educación... y sabemos hasta qué punto el hombre se desanima al ver los resultados de una persistente camaradería". (20)

La condena de una camaradería sincera y sin trabas late también en el fondo de la cautela con que en las publicaciones de Sección Femenina se suelen aconsejar los estudios universitarios para una chica.

Naturalmente no se proscribían, pero se rodeaban de salvedades o se idealizaban con una retórica superflua, cuya ñoñería resulta a veces inaguantable:

"Se han abierto de nuevo las puertas de las viejas y vetustas Universidades. Por ellas entra un tropel de muchachas con el semblante sano y la piel bronceada... Su paso deja en el ambiente cálidos olores de algas marinas y de tomillos y espliegos... ¿Podrán decir los que las contemplan que los estudios han borrado su feminidad? ¡No y mil veces no! La mujer es como la rosa, que por más cuidados que le dedique el jardinero, jamás podrá convertirla en clavel..., nunca cambiarla de especie". (21)

El Estado se sentía en la obligación de velar por la conservación de esa especie y por la integridad moral de las provincianas que se desplazaban a otra ciudad más importante para emprender una carrera universitaria. Las residencias para señoritas, traspasadas de ese celo, tenían en sus estatutos y en sus horarios cierto tufillo de colegio de monjas. Dependientes del Ministerio de Educación Nacional y supervisadas por la Delegación Nacional de Falange Femenina, se regían por normas que ponían el acento más que en las condiciones idóneas para el estudio, en la formación moral de las residentes, con vistas a su posterior actuación en la vida familiar; y solían contar con un asesor religioso. Con ocasión del nombramiento para tal cargo, en uno de estos centros madrileños, del padre Félix García Vielba, se escribió:

"Arraigada tradición española ha sido considerar las residencias de estudiantes como centros de formación moral y religiosa. El espíritu del Movimiento tiende a restaurar esa concepción, devolviendo a aquellos valores su puesto de preferencia". (22)

En las palabras «restaurar» y «devolver» que aparecen en este texto otra vez asoma la alusión temerosa a épocas recientes del pasado donde el estudio no iba asociado necesariamente con la religión, ni era considerado como un adorno más en el ajuar que la mujer aportaría un día al matrimonio. Ahora se recomendaba la prudencia en el estudio, como si se tratara de una droga peligrosa que hay que dosificar atentamente y siempre bajo prescripción facultativa. A los primeros síntomas de que empezaba a hacer daño, lo aconsejable era abandonarla.

Y el primer aviso de tales síntomas, aunque en la práctica resultara difícil de detectar por su carácter abstracto, nuestros Consejeros de la Salud Pública femenina lo hacían coincidir con el más leve menoscabo de aquellas exquisitas esencias tan traídas y llevadas de la feminidad.

"No nos parece mal este avatar que transforma a la inútil damisela encorsetada en compañera de investigación. Pero a nadie más que a ella es necesario un freno protector que la detenga en el momento en que una desaforada pasión por el estudio comience a restar a su feminidad magníficos encantos.. Nos asusta tanto para mujer propia o simplemente para amiga leal la mujer que calla sin atreverse a formular controversia como aquella otra que sabe tanto como nosotros y no nos mira con admiración cuando le explicamos un tema de mecánica o geopolítica. Y, puestos a elegir, preferimos a aquella callada y silenciosa, que nos considera maestros de su vida y acepta el consejo y la lección con la humildad de quien se sabe inferior en talento". (23)

De forma bien tajante lo había establecido Pilar Primo de Rivera en su catecismo particular. A las que pretendieran surcar los aires del saber con vuelo tan seguro y ambicioso como el del varón convenía cortarles las alas.

"Las mujeres nunca descubren nada: les falta desde luego el talento creador, reservado por Dios para inteligencias varoniles; nosotras no podemos hacer nada más que interpretar mejor o peor lo que los hombres han hecho". (24)

Eso sí, nos quedaba a las mujeres el inmenso consuelo de nuestro pequeño «ingenio mecánico», de nuestra dulzura ante las torpezas o asperezas de aquellos grandullones, a las que generalmente se alude con una clemencia que tiene mucho de maternal. Y con esto volvemos, que tendremos que volver muchas veces, al tema de la sonrisa como panacea:

"Sonríe dulcemente sin enfadarte... y diles cuantas veces necesitan de tu «pequeño ingenio mecánico» para el funcionamiento de su casa, de tu genio musical para cantar al niño, de tu cirugía para curarles cuando se cortan y ponen el grito en el cielo, y de tu filosofía para consolarles cuando su ciencia les falla". (25)

Pero no era solamente el fantasma del feminismo el que se agazapaba detrás de estos consejos represivos. También se temía una vuelta a las andadas si cundía la subversión de valores que podría derivarse de la vulgarización de los estudios universitarios para chicas de clase social inferior. A ellas especialmente abría los brazos, como sucedáneo de la Universidad, la maternal Sección Femenina, declaradamente racista en alguno de sus textos:

"La vocación estudiantil en las mujeres no debe ser ensalzada a tontas y a locas... La S.F. ha desviado la atención de la mujer hacia profesiones netamente femeninas. Ha dignificado la profesión de enfermera, ha creado el profesorado de las Escuelas del Hogar... y hasta en el trabajo manual y de Artesanía ha creado para la mujer una serie de trabajos remunerados y exquisitos redimiendo a tanta mujer del pueblo del difícil y cansado camino de los libros".

En el mismo texto, un poco más abajo, se habla ya sin ambages de quienes eran las «elegidas», las estudiantes «cien por cien», y no en nombre —como sería de esperar— de un mayor grado de competencia o interés hacia la carrera en que se habían matriculado, sino con arreglo a su aspecto y a su cuna, que las obligaban a ser más «exquisitamente femeninas» que las demás. La «elegida» era:

"Esa muchacha de aire deportivo y alegre, de familia intelectual cuyo medio la lleva a refinarse... sin abandonar su ser exquisitamente femenino... que es ante todo preparación del hogar, modales suaves y pureza de pensamiento y costumbres". (26)

Y si de este cariz eran las cortapisas para que llegara a cuajar una médico, abogado o profesora de Filosofía realmente competente, ya no se diga nada del miedo a que una mujer se mezclara en política. Había que aceptar sin más preguntas que la única española a quien Franco consentía pronunciar discursos y venir retratada en los periódicos como jefe de una asociación política, a lo que se estaba dedicando con mayor empeño era a despolitizar a las afiliadas a su partido y a imposibilitarlas para discutir ningún asunto de fuste con sus «camaradas». Lo dijo así textualmente en una de sus arengas:

"A las Secciones Femeninas, mientras menos se las vea y menos se las oiga, mejor. Que el contacto con la política no os vaya a meter a vosotras en intrigas y habilidades impropias de las mujeres. Nosotras atendamos a lo nuestro y dejemos a los hombres, que son los llamados para que resuelvan todas las complicaciones que lleva en sí el gobierno de la Nación". (27)

Y en otra ocasión, contestando a una entrevistadora que le preguntó si consideraba a la mujer tan dotada como el hombre para las funciones públicas, puntualizó Pilar:

"Siempre que se limite a colaborar con él y a no tener iniciativas propias". (28)

Los nombres «tristemente famosos» de aquellas republicanas discurseadoras como Victoria Kent, Margarita Nelken, Federica Montseny o Dolores Ibárruri, que habían abjurado de su femineidad en aras de un quehacer que no era de su incumbencia, solamente volvieron a ser mencionados en la posguerra para escarnecerlos y presentarlos a manera de espejos negativos en los que ninguna mujer de bien debía mirarse.

Porque de la pasión por una idea se podía llegar incluso al crimen. Y a este respecto, ninguna evocación capaz de ser manejada de forma más esperpéntica y eficaz para estremecer las conciencias femeninas que la de Aurora Rodríguez Carballeira, la madre de Hildegart, aquella nietzchiana dama roja de los paseos eugenésicos por las rondas de Madrid en pos del garañón padre, ideal del superhombre que quiso concebir. Y que Dios no quiso que concibiera cuando, como escarmiento, le dio una hija —la señorita Hildegart—, que se llegó a aburrir de tantas filosofías, de tantas letras, tantas Casas del Pueblo, tanta sierra de Guadarrama y tanto círculo federal y fue a morir de aburrimiento y de ocho navajazos cuando su dulce mami... descubrió en ella no al superhombre soñado sino a la mujercita que —¡oh maldición!— se había enamorado. Que es una de las tres únicas cosas serias que puede hacer una mujer. Las otras dos, ya sabéis, son coser la ropa de su marido y darle todos los hijos que se ofrezcan. (29)

Acerca de estas tres únicas «cosas serias» que, según tan burdo resumen, podía hacer una mujer, nadie le proporcionó a la jovencita de posguerra receta o información esclarecedora alguna más que para llevar a cabo la segunda. No porque el amor y la maternidad dejaran de ser temas mencionados y exaltados hasta la náusea, sino porque la retórica ambigua que los glorificaba al unísono, no solamente no proporcionaba datos concretos para captar sus respectivas esencias, sino que más bien la única noción que lograba a veces sacarse en consecuencia era la de que se trataba de fenómenos contradictorios e irreconciliables. La mayoría de las preguntas dirigidas a los consultorios sentimentales partían como veremos en su lugar, de la incertidumbre de la chica casadera en busca de puntos cardinales para desempeñar de forma ortodoxa aquellas dos funciones antagónicas de enamorada y de madre que se veía obligada a representar sin que nadie le enseñara cómo. A coser si. A coser la enseñaban desde muy pequeña. Y a bordar y a remendar y a calcetar y a hacer vainica.

Sobre estos temas, además, se podía pedir por oral o por escrito la información más exhaustiva, llamando al frunce frunce y al bodoque bodoque, que nadie iba a afearle a una mujer tal curiosidad ni a dejarla insatisfecha, todo lo contrario. Tal vez bastaba, pues, con aplicarse a perfeccionar las labores de aguja. Los hombres, al parecer, se enamoraban de las chicas que cosían más que de las que se entregaban a cualquier otra actividad.

"Amamos a la mujer que nos espera pasiva, dulce, detrás de una cortina, junto a sus labores y sus rezos. Tememos instintivamente su actividad, sea del tipo que sea". (30)

El hombre era un núcleo permanente de referencia abstracta para aquellas ejemplares penélopes condenadas a coser, a callar y a esperar.

Coser esperando que apareciera un novio llovido del cielo. Coser luego, si había aparecido, para entretener la espera de la boda, mientras él se labraba un porvenir o preparaba unas oposiciones. Coser, por último, cuando ya había pasado de novio a marido, esperando con la más dulce sonrisa de disculpa para su tardanza, la vuelta de él a casa. Tres etapas unidas por el mismo hilo de recogimiento, de paciencia y de sumisión. Tal era el «magnífico destino» de la mujer falangista soñada por José Antonio.


Carmen Martín Gaite
"Usos amorosos de la posguerra española"
Capítulo III - El Legado de José Antonio.

Capítulo III - El legado de José Antonio
Capítulo IV - La otra cara de la moneda
Capítulo V - Entre santa y santo, pared de cal y canto
Capítulo VI - El arreglo a hurtadillas
Capítulo VII - Nubes de color rosa
Capítulo VIII - El tira y afloja
Capítulo IX - Cada cosa a su tiempo




NOTAS

1. Dionisio Ridruejo: Casi unas memorias, ed. Planeta, 1976, p. 103.
2. Dionisio Ridruejo, op. cit., p. 52.
3. Cit. por Medina, 25 de abril de 1943.
4. Cit. por Y, febrero de 1944.
5. Cit. por Y, abril de 1944.
6. María Pilar Morales, op. cit., pp. 55—56.
7. Medina, 31 de mayo de 1942.
8. Idem, 10 de julio de 1941.
9. Eccíesia, 15 de diciembre de 1941.
10. Pilar Primo de Rivera, «Discursos circulares y escritos», cit. en Historia del franquismo, op. cit., fascículo 42, p. 235.
11. Haz, marzo de 1939.
12. Natacha Seseña, revista Ozono, agosto de 1977.
13. Medina, 17 de julio de 1941.
14. Pilar Primo de Rivera, Prólogo a Mujeres de María Pilar Morales, op.cit.
15. Medina, 3 de abril de 1941.
16. Cit. por Medina, 25 de abril de 1943.
17. Américo Latino, en Haz, 24 de junio de 1941.
18. Medina, «Consúltame», 23 de enero de 1944.
19. Josep Pla, «Calendario sin fechas», en Destino, 8 de junio de 1946.
20. No todas las opiniones fueron tan reaccionarias en esta polémica suscitada par Pía y que se prolongó en las páginas de dicha revista hasta el 19 de octubre de 1946
21. Medina, 5 de octubre de 1941.
22. Semana, 19 de marzo de 1940.
23. José Juanea, Medina, 9 de mayo de 1943.
24. Primer Consejo Nacional del S.E.M. (Servicio Español de Magisterio), Afrodisio Aguado, Madrid, febrero de 1943, p. 72.
25. Chicas, 1 de octubre de 1950.
26. Carmen Werner, «Diario de una estudiante», en Medina, 1 de noviembre de 1942.
27. Cit. por Medina, 16 de enero de 1944.
28. Meridiano femenino, 1 de octubre de 1948.
29. El Español, 30 de octubre de 1943.
30. Editorial de Medina, 20 de marzo de 1941.