Lo Último

El Proceso 1001.






Los micrófonos de la Pirenaica hicieron posible nuevamente que mis palabras de protesta contra el terror del franquismo agonizante pero permanentemente brutal y mi solidaridad fraternal con los camaradas de CC.OO. del Proceso 1001, llegaran a Carabanchel:

Mañana, día 20 de diciembre, vísperas del 40 aniversario del famoso proceso incoado por los hitlerianos contra el heroico comunista búlgaro Jorge Dimítrov, van a ser juzgados en España un grupo de dirigentes de Comisiones Obreras acusados de luchar por las libertades sindicales, por el restablecimiento de la democracia y la libertad en nuestro país.

Son diez hombres, en la más alta acepción de la palabra, que con dignidad y firmeza revolucionarias representan a la España del trabajo y de la cultura frente a la sangrienta dictadura franquista.

Por ironía de la historia van a ser juzgados no los victimarios que ahogaron en sangre a la República española, sino un grupo de hombres cuyo delito es luchar en defensa de los derechos de los trabajadores contra los desafueros de los detentadores del poder.

De la justicia y de la nobleza de la causa por la que fueron encarcelados los «diez de Carabanchel», como cariñosamente nombra nuestro pueblo a los hombres que mañana van a comparecer ante los tribunales, habla la simpatía y la solidaridad hacia ellos, no sólo de la clase obrera, sino de todas las fuerzas políticas democráticas y progresivas de nuestro país.

Las más destacadas figuras del foro español, entre ellas conocidas personalidades católicas, van a ser los defensores de los «diez» ante los tribunales.

Las grandes centrales sindicales, los partidos comunistas, socialistas, radicales, las organizaciones de masas de los países de Europa, de América y de todo el mundo, levantan su voz exigiendo la libertad de los dirigentes obreros españoles.

Expresión de esta amplia y humana solidaridad, son las delegaciones de observadores y de juristas que, según se anuncia, irán de Inglaterra, Italia, Francia y otros países para asistir al proceso y llevar su apoyo y simpatía a sus hermanos de clase.

Pero esto, siendo mucho, no es suficiente. Todos debemos participar en esta campaña de defensa, que es una obligación sagrada para todos los trabajadores, para los intelectuales, para quienes aspiran a vivir en una patria libre, democrática y soberana.

El enfrentamiento con el régimen de las fuerzas progresivas de nuestro país a escala nacional en los campos políticos y religiosos a todos los niveles alcanza ya límites sin precedentes.

No es solamente la clase obrera, acostumbrada a duras luchas por sus reivindicaciones económicas o políticas. Son los universitarios, alumnos y profesores, son los profesionales, son las mujeres, son los más destacados intelectuales de nuestro país.

Son sacerdotes y jerarquías eclesiásticas. Es, y ello constituye un signo de los tiempos, la clase media. Son las fuerzas nacionales de Cataluña, Euskadi y Galicia. Es Navarra, la vieja Navarra de tradición combativa que hoy marcha junto a todas las fuerzas que luchan por la libertad y la justicia.

Es la juventud obrera y estudiantil, que no vivió la guerra, pero que se rebela contra la dictadura, porque toda la mentira del franquismo va desmoronándose ante la descarnada realidad.

Entre el régimen franquista y el pueblo en su más amplia acepción existe un abismo insalvable.

Y en estos momentos cruciales, en la víspera del monstruoso proceso yo llamo, con toda confianza en la solidaridad internacional que siempre nos acompañó en nuestras luchas, a ayudarnos para imponer, por ser de justicia, la libertad de los dirigentes obreros españoles, Camacho, García Salve, Sartorius, Soto, Saborido, Marcos, Acosta, Zamora, Santiesteban y Fernández Costilla.

¡Viva la solidaridad internacional con los trabajadores españoles!

¡Libertad para los «diez de Carabanchel»!


Dolores Ibarruri
Memorias de Pasionaria (1939 - 1977)
Editorial Planeta, 1984





1229. Una helada ciudad de provincias.

La población huye de la ciudad de Teruel ante la inminente ofensiva franquista. 23 de diciembre de 1937




Las cosas habían empezado así: en Noviembre de 1.937, Franco, tras la captura del Norte gubernamental, preparaba una nueva ofensiva contra Madrid que permitiera acabar la guerra rápidamente. Contaba para ello con cinco Cuerpos de Ejército: el recientemente creado Marroquí, que mandaba Yagüe, inicialmente compuesto de las divisiones 13, 15 y 108. El Cuerpo de Castilla del dos veces laureado Varela, un gaditano templado y sin escrúpulos, mandando lo que habían sido las Brigadas Navarras II, III y VI y otras fuerzas castellanas y vascas de última hora, formando las divisiones 61, 62 y 63. El cuerpo de Galicia, de Aranda, un traidor para los republicanos que confiaron en él, con las divisiones 81, 82 y 83, mezcla heterogénea de curtidos soldados gallegos, reclutas asturianos, y ex-soldados de la República, muchos de ellos purgando sus pecados y bajo la atenta mirada de los comisarios políticos rebeldes, es decir, falangistas, capellanes castrenses, y alféreces provisionales. Otro cuerpo más, el de Navarra, con las divisiones 1, 2 y 5, antiguas Brigadas Navarras. Franco había diluido tras la victoria en el Norte, sus seis Brigadas Navarras, base de su masa de maniobra y choque, con nuevos reclutas y ex-soldados republicanos en otras tantas Divisiones. Si bien, los Tercios Navarros continuaron siendo el eje de estas tropas de choque, junto con los regulares y legionarios, en la batalla de Teruel, las antiguas Brigadas Navarras tuvieron momentos de flaqueza, más a menudo de los acostumbrado, sobre todo frente a las divisiones de Líster (11) y Durán (47), no siendo raro que secciones enteras de ex-soldados republicanos se pasaran de nuevo al bando gubernamental, sobre todo al principio de la batalla. Y finalmente, Franco contaba también con el Cuerpo de Tropas Voluntarias, una mezcla de falangistas, conscriptos italianos, y militares profesionales de dicho país, formando las divisiones "Littorio", "Llamas Negras" o "XXIII de Marzo" y la denominada "Flechas". Y como no, la omnipresente Legión Cóndor. El general Vicente Rojo, gloria y cabeza de las armas republicanas conocía estas intenciones y preparó una estrategia, donde entraba un ataque rápido en pinza sobre la ciudad de Teruel y otras operaciones posteriores en otros frentes. La ofensiva de Teruel no fue concebida en absoluto por Rojo para que se desarrollara tal como fue. Rojo siempre quiso salir de Teruel para iniciar otras maniobras, pero las cosas salieron de otra forma.

La batalla había comenzado así: El día 15 de diciembre con un ataque combinado a ambos lados del saliente, en una pinza de las mejores fuerzas republicanas con el objetivo de cercar y tomar la capital de provincia. La 11 División (Líster) alcanzó sus objetivos iniciales y enlazó con el otro eje de ataque, la 64, al día siguiente. A su retaguardia, la 25 (Vivancos) con sus anarquistas, completaba el cerco de la ciudad estrechando el frente interior con el apoyo de otras divisiones entre las que destacaba la 40 de carabineros que mandaba el Teniente Coronel Nieto. Y, pese a los refuerzos que Franco enviaba, cuerpo tras cuerpo, las líneas se mantuvieron permitiendo que el cerco continuara hasta la rendición de la guarnición rebelde, cuyo jefe fue posteriormente vituperado por Franco. Para nochebuena el Coronel Rojo creyó tener la batalla resuelta y ordenó el relevo de los cuerpos del Ejercito de Maniobra por las unidades del Ejercito de Levante que inicialmente defendían la zona. Este fue su primer gran error en esta batalla. El relevó coincidió el día 28 con una contraofensiva de las mejores unidades franquistas, y pese a la fuerte resistencia de las tropas republicanas en vanguardia del frente exterior a Teruel, hubieron de retirarse en una terrible confusión, cuando aún resistía la guarnición franquista de Teruel. Fue un momento terrible para las fuerzas republicanas. Una inmensa nevada de más de un metro cubría todo el frente. Columnas de quince y mas kilómetros de vehículos blindados, camiones, tractores, ambulancias, motocicletas y carros de tracción animal, trataban de acceder a la ciudad, con suministros, relevos, y toda clase de impedimenta, en medio de un temporal con vientos heladores de más de ochenta kilómetros por hora, por destrozadas carreteras y pistas recién construidas y que se convertían en trampas mortales para vehículos, animales y hombres. La División de Líster, en proceso de relevo, hubo de dar media vuelta y enfrentarse con los castellanos de la 62 División Nacionalista. Estos avanzaban penosamente por el llano que flanquea Concud. Los veteranos de Líster les hicieron papilla, pese a su desventajosa posición táctica. La 62 hubo de detener su avance. Pero los moros de la 150, descendiendo desde Cerro Gordo obligaron a los hombres de Líster a replegarse, que ahora se encontraban entremezclados con las unidades de la 68 que venían con ordenes de relevarlos. No hubiera sido esto suficiente para obligar a la División estrella de la República a retirarse. Fue el conocimiento que tenían de que en todo el frente al sur del Turia, desde Campillo hasta La Muela, los gallegos de la 82 División de Aranda habían batido a la 64 División republicana (Cartón) del XIX C.E., y los navarros de la 1ª se encontraban a dos pasos de Teruel.

Líster hubo de ordenar la retirada y abandonar Concud. El frente exterior de Teruel se había derrumbado amenazando con fundirse con el interior. El día de nochevieja, algunas brigadas de la 40 y de la 25 que se encontraban combatiendo en Teruel y muy próximas a la toma de los últimos y ya débiles reductos facciosos, abandonan sus posiciones presas del pánico. Varios batallones de la primera de Navarra llegan a los arrabales de la ciudad, pero sin saber que el Ejercito Republicano la ha abandonado. Los sitiados tampoco lo saben. Los comisarios de las unidades en desbandada reciben órdenes de Rojo: ¡hay que reagrupar las fuerzas y volver a ocupar la ciudad! Y así se hace. La 25 retoma posiciones, la 40 regresa a la ciudad y la 68 contraataca. Y todo ello, la tarde de nochevieja, en medió de una tormenta infernal, con el corazón encogido, el cuerpo aterido y a mas de veinte grados bajo cero. Los carlistas hubieron de retirarse, los moros también. Teruel, salvo los reductos del seminario y el gobierno civil, sigue en manos gubernamentales. Las operaciones en campo abierto deben detenerse, sólo en el centro de la ciudad, los minadores y los hombres de la 25 combaten casa por casa, piso por piso hasta la total rendición del enemigo el día 8 de enero. A principios de enero el mando republicano se rehizo de su error. Vicente Rojo reorganiza sus fuerzas. Hay que rectificar las posiciones si se quiere conservar la ciudad. El V C.E. de Modesto es llamado para esta tarea. El eficiente Juan Guilloto, por todo el mundo conocido como Modesto, ordena a Duran (un refinado músico pero también competente militar) y a su División, la 47, que recuperen la Muela de Teruel, y a los internacionales de la 35 que contraataquen para reducir el peligroso saliente de las fuerzas navarras en dirección a Concud. Ambas acciones no fueron enteramente satisfactorias, pero conjuraron el peligro que las avanzadas nacionalistas tenían para la inminente liberación de Teruel. Igualmente produjeron dos efectos contrapuestos. Uno, demostraron a los franquistas que Teruel no iba a ser un paseo y que la situación militar se había vuelto amenazante. Otro, Rojo volvió a cometer el error de creer que la batalla había concluido cuando el coronel franquista Rey d´Harcourt rinde su último reducto, la Comandancia Militar. Ahora Rojo es un héroe. Le conceden la Laureada de Madrid. Teruel es otra vez gubernamental. Llueven los ascensos. El Jefe del Estado Mayor Republicano estaba tan deseoso de retirar los Cuerpos del Ejercito de Maniobra de Teruel (XVIII, XX, XXI, XXII y V) para emprender el famoso plan "P" en Extremadura, que confundió sus deseos con la realidad. Pero Franco no pensaba igual. Teruel no había hecho más que empezar. Le importaban un rábano los 3000 casos de congelación que sólo la 1ª de Navarra había tenido, ni los miles de bajas del Cuerpo de Aranda en la batalla por Concud, ni las terribles fatigas que las tropas de Varela habían sufrido para alcanzar los arrabales de Teruel en su fracasada ofensiva para reconquistar la plaza. A Franco le encantaba encerrarse en un cajón con el león republicano y destrozarse mutuamente a zarpazos. Esa era su mejor estrategia. Tiempo al tiempo y venga carne de cañón. Ahora que el Norte era suyo, reemplazos no le iban a faltar. Pertrechos militares tampoco. ¿Qué importaba que sus legionarios hubieran acudido al frente Turolense en alpargatas, mientras abundara la munición? Y ahora, a preparar una demoledora ofensiva en su mejor estilo. Un terrible bombardeo aéreo bien coordinado con devastadores ataques artilleros, siempre sobre los flancos más desguarnecidos de la República y sobre sus tropas más bisoñas o menos combativas. El 17 de enero, el Cuerpo de Ejercito rebelde del norte del Turia reforzado con cuatro divisiones de choque (las 13, 150, 5 y 84), apoyados por más de setenta baterías de todos los calibres y una eficaz aviación (toda la que los fascistas pudieron reunir) se lanzó en una carga infernal a la toma de las alturas de las Celadas y el Muletón, posiciones clave para cualquier planteamiento de cerco a la ciudad. Durante tres espantosos días, los republicanos de la 39, 67 y los internacionales de la 35, resistieron encarnizadamente el asalto del acero y la metralla fascista. Finalmente perdieron sus posiciones y los franquistas adquirieron considerable ventaja estratégica. Rojo reorganizó de nuevo las fuerzas y ordenó algunos contraataques que mejoraran la desventajosa situación. Al Norte, la 27 División gubernamental recibió órdenes de cortar la carretera de Calatayud a la altura de Singra, una población del valle del Jiloca a las faldas de la Sierra Palomera. La operación se concibió sin ninguna ambición y sin fuerzas suficientes para ello. En palabras de Modesto, la táctica prietista de golpear a ver qué pasa. Más a sur, la 46 del Campesino y la 66 del XX C.E. tenían por misión recuperar las Celadas. Ambas acciones fueron pobres en su concepción y estuvieron mal dirigidas. Los soldados republicanos derrocharon valor aún a sabiendas de las escasas probabilidades de éxito. Aquellas acciones debilitaron a las divisiones 27 y 46 sin ninguna consecuencia táctica. La 46 realizó varios ataques a la bayoneta calada contra la cota 1205 que dominaba la zona. Sufrió grandes bajas y la moral del soldado de primera línea se resintió por aquellas estúpidas órdenes y la pésima dirección de su jefe divisionario, Valentín González, por todos conocido como el Campesino, muy amigo de las medidas draconianas cuando él creía que la División flaqueaba. Pese a todo, estas acciones ofensivas demostraron al mando franquista que no sólo tenían flancos débiles, susceptibles de ser rebasados, sino que jamás ganarían esta batalla de frentes encajonados. Franco decidió entonces atacar más al Norte, en una zona montañosa, pelada y muy mal guarnecida, desde Pancrudo a Argente por el norte, hasta las Celadas y Peralejos por el sur. Así que, en medio de la más terrible de las climatologías, a principios de febrero de 1938, Franco inicia una fuerte ofensiva al norte de Teruel, con concentraciones masivas de artillería y aviación táctica. Los soldados gubernamentales del XIII cuerpo del ejercito de Levante, y en especial los de la 42 División, que han sufrido lo indecible —para muchos de ellos era su primera experiencia bélica—, se aprestan a la defensa. Apenas tienen reservas, no cuentan con apoyo artillero significativo y menos aéreo. Pero en definitiva la contraofensiva fascista está ahí, tres días de cañoneo, bombardeo aéreo y tanteos de la infantería para comprobar la resistencia de las líneas republicanas. El último día las unidades gubernamentales menos fogueadas cedieron por tres sitios. Los franquistas irrumpen en masa con grave riesgo de cerco para muchas brigadas republicanas, que deben ceder terreno. La ofensiva franquista embolsó y tomó prisioneras a unidades del XIII cuerpo de ejercito republicano, destrozadas por la superioridad rebelde y desmoralizadas ante lo que fue una de las últimas y más impresionantes cargas de caballería de nuestro siglo. Todo el frente al norte de Teruel se hundió aplastado por fuerzas seis veces superiores y dotadas de medios y armas que el ejercito de la República ni soñar podía en aquellos momentos de penuria para sus parques. Se lucha durante todo un terrible mes. Franco prepara la ofensiva final sobre la pequeña ciudad. Bien, este era el momento. 20 de febrero, 46 División, 101 brigada mixta, bajo el mando del Campesino. Cementerios de la ciudad de Teruel, el gélido Turia a la espalda. En frente, unidades de la 1ª de Navarra, donde, entre otros, sirven esos odiosos requetés cargados de crímenes contra sus hermanos vascos. La 101 Brigada Mixta, que pertenecía a la 46 División, no había participado en la batalla desde el principio. El V Cuerpo de Ejercito de Modesto, donde se encuadraba la División, había sido llamado por el Jefe del Estado Mayor, Vicente Rojo, para recuperar determinadas posiciones perdidas tras la primera contraofensiva franquista. Los hombres del Campesino habían sufrido un terrible castigo en el infructuoso asalto a los altos que rodeaban las posiciones enemigas en las Celadas (la cota 1205). Tras esta dura pelea, la División quedó maltrecha y el V cuerpo fue reorganizado en las cercanías de Teruel. A principios de febrero el cuerpo de Modesto fue movilizado de nuevo y la 46 División fue emplazada en la propia ciudad de Teruel (la 101 brigada) y en las posiciones que se conservaban en la Muela (la 209 Brigada), que en la subsiguiente batalla que se esperaba el mando republicano pensaba sería un frente menor. Seis kilómetros de frente hubieron de cubrir los hombres que le quedaban al Campesino. Tiritando pese a ir arropados con el excelente capote y el abrigo del uniforme de la República confeccionados en una fabrica catalana colectivizada. Con los pies helados a pesar de calzar unas buenas botas especiales para la nieve de las fabricas de compañeros valencianos. Y agarrados a un helado fusil ruso Mousin-Nagant del 7,62 que empitonaba una terrorífica bayoneta que perforaba los sacos terreros con la facilidad de un estilete. Era un buen fusil. Todo lo ruso parecía bueno, excepto el pan enlatado y sus malditos agentes, mitad generales mitad espías. La 101 brigada disponía también de algunos cañones contra-carro del 45, los restos de una compañía de morteros, y de otra de ametralladoras Maxim, amén de distintos modelos de ametralladoras ligeras y algunos subfusiles Degtyàrev, antecesores del famoso modelo PPS M-41. A la retaguardia, cerca de la plaza de toros, el Estado Mayor de la División tenía en reserva varios autos blindados del Modelo 35 de la Unión Naval de Levante, restos de un disuelto Batallón del Regimiento de Autos Blindados y que por azares de la guerra se había adjudicado la 46. En el centro de la ciudad reina la confusión. Los heridos se amontonan en la plaza del Torico en espera de evacuación. Nadie sabe a ciencia cierta si Teruel ha sido ya cercado. Pero lo que sí se sabe es que el escalón de municionamiento ha dejado de servir a las unidades. Todo soldado veterano sabe que cuando esto ocurre, el fin está próximo. Malo que no se evacue a los heridos, pero estremecedor que no llegue la munición. A todo lo largo de la línea que ocupaban los soldados republicanos, una espesa capa de barro helado, duro como la piedra, dificultaba el movimiento de la impedimenta y de los propios hombres. En el cementerio, algunas tumbas de personalidades que fueron en Teruel, servían ahora de improvisado abrigo, ignorando los soldados si sus fogatas calentaban algo los viejos huesos de los difuntos. La moral era baja. Llevaban aguantando durísimos ataques desde el día 17. En el Tercer Batallón se había fusilado a varios oficiales por cobardía, y la tropa estaba muy nerviosa. Las pérdidas eran cuantiosas en hombres y material. Los comisarios chillaban por cualquier bobada. Los soldados llevaban demasiado tiempo en campaña, y la Brigada se había convertido en una azarosa mezcla de curtidos veteranos y esforzados pero bisoños voluntarios de las JSU valencianas, aunque capaces de los más valientes contraataques. En realidad, lo más granado del Ejercito Republicano provenía de las juventudes de los partidos del frente popular, en especial de las JSU, que eran las Juventudes Socialistas y Comunistas unificadas, en un magno ejemplo de sentido común político del que muchas veces carecían sus próceres de la generación anterior. Y pese a que se decía que la 46 era una de las divisiones estrella del Partido Comunista, allí había soldados de todos los partidos del frente popular. Y todos tenían ahora el mismo aspecto renegrido que da la falta de agua y jabón cuando se vive a la intemperie. Todos sufrían los piojos, los sabañones, y todos tenían un hambre endemoniada. Enfrente había carlistas y moros. ¡Estupendo! Fanáticos y mercenarios. Al menos las balas no se desperdiciaban en soldaditos españoles. Una reata de mulas estaba evacuando a la retaguardia a los heridos habidos días atrás. La última no regresó. Eso alarmó a la tropa. Toda la mañana habían estado oyendo el jaleo que había a su espalda. ¡Mal asunto! A nadie le gusta que se combata a su espalda. El cuerpo pide salir huyendo. Y hay que ser muy templado para sujetar las piernas. Por lo demás, ¿a quién coños, le importaba Teruel?, este helado lugar dónde no sé qué les pasó a unos amantes que eran bobos. Y encima, la ciudad estaba hecha fosfatina, el Seminario, el Gobierno Militar y otros edificios robustos no eran más que esqueletos, fríos esqueletos de una pequeña ciudad de provincias que por unos días lo fue todo para la República. Y que al parecer, Franco, estaba dispuesto a recuperar aunque se le congelara la Legión entera, que ya había ido bien despachada, ellos, los moros, y los carlistas, se habían llevado su ración de metralla, gangrena y hielo. Un duro precio para su victoria. Como todas las que conseguía Franquito, Franquito el cuquito, como decía Sanjurjo. Ese mediocre general al que el sabor de la carne española debía entusiasmar, pues nunca estaba del todo satisfecho con su personal cosecha roja. Una tempestad de sangre que hasta a su más duros generales asustaba ya en Teruel. El propio Yagüe estaba desquiciado por las bajas de sus amados legionarios. En la 1ª de Navarra habían desaparecido compañías enteras segadas en parte por la guerra y en parte por el frío. Dávila, Aranda, Varela, los centuriones de Franco, a todos les importaba un pimiento Teruel. Lo que querían era acabar la guerra cuanto antes. Y ahora les ordenaban reconquistarlo, como si no hubiera habido suficiente con los dos meses de combates más estremecedores que su dilatada experiencia bélica les hubiera deparado. Lo que ignoraban era que aún les esperaba a sus tropas dos terribles batallas, amén de su victoriosa ofensiva de primavera: el frustrado ataque hacia Valencia, donde perderían treinta mil soldados de su mejor vanguardia contra la tenacidad republicana, y la ofensiva del Ejercito del Ebro, que aunque tumba de la República, fue gloria de sus armas y dolor y sufrimiento para los agotados soldados de ambos ejércitos.

Aquella oscura tarde, una angustia atroz se extendió a todo lo largo de las posiciones. Los soldados buscaban la mirada de sus oficiales, los oficiales la del comandante. Y todos se miraban entre sí. Habían soportado el cañoneo de las piezas del quince y medio toda la mañana y lo que todo el mundo quería era largarse de allí. De acuerdo, la batalla estaba perdida. Eso lo sabían todos los soldados de la Brigada. Allí no había nada que hacer. Además, los navarros y los moros fusilaban a todos los prisioneros. Ya tendríamos oportunidad de darles su merecido. Sí, estas eran las ideas que recorrían las holgadas filas que cubrían las trincheras tan penosamente cavadas. Y para rebajar aún más la moral, se sabía que una brigada de la 40 División se había amotinado días atrás cuando se la instaba para regresar al frente que recientemente había dejado con la esperanza de no volver. Se decía que el SIM los había fusilado a todos. Pero el Comisario de la compañía les explicó que muchos de aquellos soldados provenían de antiguas columnas anarquistas muy reacias a la militarización. Y además, el comandante de la 40 sólo había ordenado el fusilamiento de unos suboficiales y unas decenas de soldados que en realidad sólo eran traidores y emboscados. Si bien, el mando no supo explicarlo correctamente, y la moral de esta división quedó por los suelos. Pero este no era el caso de los hombres de la 101. Claro que temblaban de sólo pensar en quedar cercados. Eso significaba la muerte segura, pues ninguno de ellos ignoraba lo que les esperaba si se rendían, con aquellas bestias sanguinarias de los moros a los que Franco pagaba por devolvernos la visita, y los fríos criminales del requeté que le miraban a uno con sus ojos glaucos carentes de la más mínima piedad. No, allí no se iba a rendir ni dios. Unos morterazos les indicaron que el ataque había comenzado. Cayeron más de cuarenta en un par de minutos. Luego aparecieron aviones italianos que ametrallaron las posiciones y dejaron caer bombas de pequeño calibre pero con increíble puntería. Su efecto dentro de la trinchera era devastador. Los heridos blasfemaban cubiertos de sangre y barro mientras los supervivientes apretaban sus manos sobre los cascos esperando un receso para abandonar la posición y guarecerse en mejores refugios hasta que comenzara el ataque de la infantería enemiga. Pero no había manera de moverse. Llegó un enlace con ordenes de resistir a toda costa. Se fusilaría a quien retrocediera. La orden estaba firmada por el mismísimo Campesino a quien un extraño incidente horas antes había dado por muerto en ambos bandos, hasta que en uno de sus arranques saltó del parapeto y se cagó en los muertos de todos los fascistas que descubrieron así su error. El enlace puso pies en polvorosa, no sin antes confirmarles que la Brigada y otras unidades estaban prácticamente cercadas. Al parecer, algunos batallones que defendían el casco sur de la ciudad se retiraban contraviniendo esta misma orden. Un Comisario de Batallón se desplazó al centro de Teruel para contactar con el mando. Se encontró con un panorama desolador, los heridos yacían por todas partes, había soldados merodeando sin rumbo fijo, presumiblemente desertores, y nadie parecía tener el mando. Para colmo, otra brigada de la División que guarnecía el flanco izquierdo, la 209, ya se había retirado de sus posiciones de La Muela de Teruel. La 101 tomó la decisión de replegarse ordenadamente y con todos sus heridos. Pero eso no pudo ser, la infantería enemiga atacó en su mejor estilo, bayoneta calada, y bombazos de mano. La 101 retrocedió, incapaz de organizar la resistencia: apenas le quedaban efectivos. Los hombres corrieron hacía Teruel. Dentro de la ciudad se podría organizar una defensa mejor. Pero en Teruel sólo reinaba el caos. Y el caos siempre corre parejo con la desbandada. La 101 emplazó las Maxims y las DP que le quedaban, recontó la munición, repartió las bombas de mano y se parapetó lo mejor que pudo para resistir el embate enemigo. El asalto era impresionante. Los carlistas corrían a cientos sorteando los escasos obstáculos entre el campo a través y las primeras casas de la ciudad. Algunos árboles les protegían de la enfilada de las ametralladoras de la 101. Allí quedó detenido un tercio entero de la primera de Navarra bloqueado por nuestras ametralladoras y bombas de mano. Por fortuna, pues la 101 había dejado de existir prácticamente. ¡Había que abandonar Teruel antes de que cayera la noche! Los hombres cargaron con los heridos. Abandonaron las maquinas en un montón al que prendieron fuego, y con los naranjeros, y pistola y granadas en mano se aprestaron a romper el cerco. Sin embargo, en el centro de la ciudad todavía se encontraron hombres sin rumbo, heridos y reclutas aterrorizados de otras unidades, que quién sabe cómo habían llegado allí. Los comisarios los agruparon, les calmaron con palmaditas y les prometieron que no los abandonarían. Incluso les pasaron las cantimploras mediadas de coñac y café. La sombría luz que sobre Teruel caía no ocultó a los veteranos de la 101 el desolador panorama de la ciudad, la terrible aprensión que su contemplación producía en el ánimo. Una pequeña ciudad de provincias, heladora, ruinosa, dramática y petrificada del horror que había vivido, cuyos ahora únicos habitantes, derrotados soldados de la República, se miraban unos a otros, queriendo encontrar en sus negros y hundidos ojos, en sus pobladas barbas, en sus bocas recortadas por la intemperie, algo de decisión y de valor, algo que fuera mayor que el mero miedo a los regulares y a los carlistas y que les permitiera resistir, precisamente allí, donde no hacia dos meses, los rebeldes habían dado tantas pruebas de valor. Pero no había nada que hacer, los mandos, refugiados en un portal y alrededor de una improvisada estufa, estudiaban en un deteriorado plano, la forma de salir de aquella trampa mortal. Un Teniente y un Comisario de Compañía recibieron la orden de preparar una mínima defensa a retaguardia. Había que volver atrás y formar un línea, que garantizara algunas horas de ventaja a la columna en retirada. Pero la compañía en pleno se negó a volver atrás. Nadie gritaba ni abría la boca. Únicamente negaban con la cabeza y desviaban la vista. El Teniente miró y remiró a todos y cada unos de los soldados supervivientes de su compañía. Tras una leve e indecisa pausa, el Teniente miró a su Comisario a los ojos. Entonces, con gran parsimonia, y en completo silencio, solo roto por el cercano rumor de las ametralladoras enemigas, el Comisario bajó la cabeza y caminó unos pasos hacia la tropa. El Comisario llevaba un gabán completamente embarrado, y debajo un uniforme extrañamente oscuro del que sobresalía notablemente un raído jersey de cuello alto que casi trataba de confundirse con sus espesa y crecida barba. No llevaba distintivo alguno excepto las delgadas barras rojas a ambos lados de una gran C en la gorra. Su mirada era indefinible. Estaba agotado, sin duda, pero a la largo de sus mandíbulas los rabiosos músculos que la tensaban, denotaban una sorda ira contra su tropa. Pero era una rabia completamente despojada de razones. Se acercó a un cabo que llevaba una DP y se la quitó de las manos, casi con suavidad. Era la única de toda la compañía. El Comisario se terció la ametralladora y se encaminó hacía las afueras, un barrio que le llamaban precisamente El Arrabal. Entonces, el desarmado cabo corrió tras él, el grueso macuto donde llevaba los cargadores de tambor le golpeaba la espalda al correr. Al llegar a su altura le pidió que le devolviera el arma, después de todo el era cabo de ametralladoras. Luego, las dos sombras fatigadas, subieron una empinada calle y se perdieron de vista. El Teniente se recostó contra la pared, se quitó los sucios guantes de lana y se calentó las manos con su aliento. Durante un largo rato no se atrevió a levantar la vista de ellas. Transcurridos unos minutos se escuchó el inconfundible rasgado de la Degtyàrev. La tropa, nerviosa, comenzó a recoger sus pertenencias y en largas hileras y sosteniendo a los hombres heridos, emprendió la marcha hacía el centro de la ciudad, sin esperar orden alguna. Pero no había ya mando organizado en Teruel y de las otras Brigadas nada se sabía. Una compañía del Cuerpo de Seguridad de la República aún mantenía guardia en los derruidos edificios que habían sido últimos bastiones de los cercados rebeldes. El Teniente al mando no dejaba de mirar a la columna con aprensión. Preguntó y preguntó pero nadie sabía nada. En los rostros de sus hombres se adivinaba la angustia de su incierto destino. Dudaban si abandonar sus puestos, pues tenían miedo a ser fusilados por deserción y por ello buscaban algún Jefe en el que ampararse. Entonces sucedió algo extraordinario: por una de las bocacalles de la plaza aparecieron unos auto-ametralladoras y en el que en la torreta del primero se adivinaba la inconfundible silueta del Campesino. La tropa no podía creerlo.

El Campesino no se anduvo esta vez con sus interminables discursos, ordenó cargar los vehículos con los heridos y organizó la retirada de toda fuerza republicana capaz de maniobrar. Los oficiales y comisarios supervivientes de la Brigada le pidieron al Campesino información sobre el estado del resto de la División, qué se sabía de la 209 y de la 10 Brigadas. El Campesino blasfemó. Era un tipo moreno, fornido y de mediana estatura, que gustaba de las perillas bien recortadas y del pelo repeinado. Era un bravucón por naturaleza, un mentiroso y un farsante. Pasaba de los momentos a todas luces heroicos, a la mayor de las cobardías, y tenía siempre problemas con sus inmediatos superiores e inferiores, ya fueran mandos militares o políticos. Broncas en todas direcciones. Igualmente, podía ordenar el fusilamiento ipso facto de unos desertores, como les daba una charla concienciadora y les perdonaba la vida a la par que les prodigaba afectuosas palmaditas en la espalda. La tropa sabía de sus prontos y le temía, no dejando de reconocer que había salvado a la División de muchos apuros, con sus encorajinadas rabietas, aunque en algunas gordas también había metido a la 46 sin ninguna necesidad. Odiaba fraternalmente a Modesto, su superior, que le correspondía de la misma forma, y a su igual, Líster, que era un tipo muy decidido pero también muy peligroso como enemigo, y que en esta ocasión se había negado a socorrer a los hombres del Campesino alegando la debilidad de las unidades de la 11 División. Por tanto, y fuertemente poseído el Campesino de uno de sus ataques de valor, se encontraba en medio de una febril actividad, organizando las columnas en retirada, abroncando a sus oficiales, empujando sin miramientos a los ensimismados soldados, mientras de sus boca salían pestes contra el Comandante de la 209 que había tomado por su cuenta la misma decisión (también contraviniendo órdenes) que ahora tomaba el temperamental Jefe de la 46 División. Las unidades comenzaron la evacuación. Poco tardaron en topar con los gallegos de la 81 División rebelde, que repuestos de la inicial sorpresa diezmaron a los hombres en vanguardia: dinamiteros que trataban de abrirse paso por la helada vega de Teruel a golpe de bomba de mano y rociada de naranjero. En la amarga derrota de Teruel, los soldados de la República de la 46 División, con el corazón encogido de pavor, con los pies congelados y las manos comidas por todos los males de la piel al frío expuesta, caminaron veloces hacía sus ya lejanas líneas desoyendo los ayes de quienes abatidos por los disparos caían irremisiblemente perdidos a toda esperanza. Muy pocos fueron los que, valerosos, se detuvieron para ayudar al camarada herido. Pues era llegada la peor de toda las horas que al hombre pueden acometer, era llegado el momento cruel de la verdad, donde los soldados, atacados desde todos los ángulos, no encuentran otra salvación que la huida a sangre y fuego, disparando contra todo, y sin perder un segundo en volver la vista atrás ni atender peticiones de ayuda. Pues en estos trances, cada hombre queda como lo que es, si valiente, seguro que más aún, si cobarde, hasta el ridículo, y si ni lo uno ni lo otro destacando, cual es el caso de la mayoría, pues inclementes a los ayes y los ruegos del caído, para salvar así el propio pellejo, que es todo lo que uno quiere conservar cuando se está aterrorizado. Y en la oscuridad, relampagueando los disparos y la metralla, ensordecidos por los certeros morterazos de la infantería de la 83 División rebelde que se había cruzado con su hermana la 81, para entre todos acabar con la escapada de los hasta hacía horas defensores del Teruel republicano, los hombres del Campesino, ora detenidos, ora cargando salvajemente, pero en todo momento haciendo nutrido fuego, avanzaron y avanzaron por la margen del recién cruzado río, perdiendo efectivos, pero ganando terreno. Estaba la noche negra, iluminada por bengalas de guerra, rota por morterazos y ráfagas de fusil ametrallador. La columna, ahora detenida, cerca eran ya de las doce de la noche, tenía delante una derruida majada. Los exploradores en cabeza desconfiaron. A la retaguardia el enemigo castigaba la columna y era urgente continuar el avance. Del Campesino no se sabía nada. Sus vehículos habían tomado seguramente la carretera y se habían perdido en la noche. De las otras columnas en retirada también se ignoraba su paradero. Un Capitán que tenía las manos vendadas y que a duras penas podía sostener su Astra, hacía desesperadas señas a los hombres en cabeza para que avanzaran. Los exploradores, veteranos de Brunete, no querían arriesgarse y se arrastraron por entre la húmeda jara hasta unos veinte metros de la construcción. Entonces oyeron voces pidiendo el santo y seña, ¡eran navarros! Les rociaron de granadas, aunque muchas quedaron cortas, y los rebeldes apostaron una Fiat que segó las apretujadas filas de la vanguardia. El Capitán se levantó y corrió. Iba rabioso, gritando quién sabe qué. Alcanzó la casa y entró baleando a diestro y siniestro con su pistola automática. Los requetés supervivientes huyeron. La columna continuó el camino. Unos soldados que venían corriendo desde atrás, tropezando con la rala vegetación y enloquecidos por el pánico adelantaron a los exploradores. El Capitán quiso detenerlos, pero los soldados, con el rostro cruzado por el espanto, le esquivaron. Todos habían tirado sus armas y se habían despojado de la manta y el capote para poder correr mejor, únicamente, y bien prieta en la rígida mano, llevaban la bayoneta. Los exploradores consiguieron atrapar a uno de ellos. ¿Qué pasaba con la retaguardia de la columna? Ya no existía. Todos habían muerto, y a algunos que se habían rendido, los habían degollado, pues a nuestra ya muy cercana espalda, avanzaba decidido un sanguinario tabor de regulares dispuesto a aniquilarnos. El soldado se zafó y se dio a la fuga. El Capitán ordenó a la columna que avanzara con rapidez, se dirigió luego a la sección de exploradores, apenas una docena, y les pidió que se quedaran con él, parapetados en la majada, para detener a los moros y así salvar los restos de la 101. Entre los exploradores había dos de Asalto, que se negaron aduciendo que tenían órdenes de concentrarse no sé donde. Uno de ellos llevaba la insignia de la Compañía de Ametralladoras. El Capitán no se dejó impresionar por la cháchara de los dos guardias. Ordenó al resto de los hombres que se parapetaran. Después examinó la Fiat, que era una maquina de 8 mm. que podía disparar cintas o cargadores rígidos. La ametralladora estaba en buen uso y no faltaba munición. Mandó a los dos de Asalto que atendieran la máquina enfilándola hacía el mismo río que apenas se distinguía por una tenue bruma en la oscuridad. Después se sentó mismamente sobre un cadáver rebelde y revisó los macutos de los muertos, encontrando para su fortuna abundante coñac, que inmediatamente repartió. Al rato creyeron oír movimientos y se aprestaron para el combate, pero resultaron ser rezagados de la División. Uno de ellos, un cabo, portaba una DP y estaba herido en la frente. Todos estaban derrengados y se acomodaron como pudieron, pues se encontraban incapacitados para seguir. El Capitán les pasó la botella y les preguntó qué de dónde venían. El cabo de la ametralladora ligera, antes de responder, siquiera de beber, se roció la frente con el coñac. Un hondo gruñido le nació del pecho, pero apenas le duró unos segundos, procediendo luego a darse un largo trago del licor. Los presentes le miraron espantados.

—¿Queréis creer que me lo hizo un camarada? —dijo.

La brecha tenía muy mal aspecto. Precisaba al menos de cinco o seis puntos, y además, entre los cuajarones de sangre seca, se adivinaba el mismísimo hueso.

—¿Cómo fue eso? —le preguntaron.

—A nuestra compañía le ordenaron esta tarde quedarse en Teruel para proteger la retirada, pero todo el mundo huyó. Un camarada Comisario y yo decidimos proteger la entrada por la carretera de Montalbán, y allí estuvimos aguantando el evite hasta que se agotaron las municiones —aquí le dio una palmada a la DP—. Lo malo fue que los fascistas ya habían entrado en Teruel y tuvimos que escondernos por las callejas y los escombros. Vimos muchos hombres de la División, se rendían. Ya saliendo, nos detuvo una patrulla. Corrimos pero alcanzaron al Comisario. Al saltar un parapeto me topé con estos —y señaló a los tres soldados con los que había venido—, pero un majadero, creyéndome fascista, me atacó con la bayoneta... Me zafé con fortuna, pero ya veis...

Se hizo un prolongado silencio. La helada madrugada caía sobre sus hombros, y los soldados se acurrucaron unos contra otros. El coñac se acababa. Algunos se amodorraban. Entonces, uno de los recién llegados, un soldado jovencito embutido en un enorme abrigo, señalo al ametrallador y le dijo quedamente al capitán:

—Él lo mató. Le abrió la cabeza a culatazos.

En efecto, el culatín de la DP estaba ensangrentado. El Capitán, sin dejar de darse palmadas, para combatir la helada, y sin levantar la voz, le preguntó al cabo de la ametralladora:

—¿De verdad lo mataste?

El cabo ni siquiera se digno devolverle la mirada al Capitán:

—Hoy he matado a muchos —dijo con repentina ronquera.

Poco a poco, en la improvisada posición fue quedando todo el mundo dormido. Al amanecer, grandes y terribles voces los despertaron. ¡¡Eran los moros!! Las bayonetas de los máuser les apretaban el pecho. Les ordenaron enderezarse con las manos en alto. Fueron desarmados y conducidos a un oficial de Regulares, que al ver al capitán republicano le preguntó a qué División pertenecían. ¡Vaya!, ¡los hombres del Campesino! Se admiró el oficial al conocer la respuesta:

—¡Ya vais quedando menos! —añadió.

Y dando media vuelta desapareció. Entonces, los moros sacaron sus gumías y los degollaron en una terrible orgía de sangre. El cabo intentó correr y fue el único que murió por disparos. El mayor de los moros, un veterano de Annual, se quedó con todos los relojes. A continuación arramblaron con las botas y los abrigos. Luego se fueron pues continuaban la persecución. Allí sobre la helada vereda del Turia quedaron los quince cadáveres, horriblemente ensangrentados, algunos profanados, como en las interminables guerras de África, españolitos degollados por feroces guerreros del Rif, solo que en aquella ocasión los conducían la misma chusma de oficiales que no supo morir con dignidad en el desastre del 21.

Y cuando de amanecida, la 46 división alcanzó las líneas amigas, nueve de cada diez hombres de la 101 brigada mixta estaban muertos (de los 900 hombres en dotación de la brigada en el momento de relevar a los internacionales en Teruel, solamente salieron ilesos 84). Pero a Líster, eterno censor de Valentín González (casi siempre con razón), le parecieron pocos. No así a los voluntarios de la primera de Navarra a los que les quedaría un recuerdo imborrable. No era la primera vez que se enfrentaban estos requetés a unidades de choque del Ejército Republicano. Y los de Navarra y sus compañeros castellanos viejos, al recontar sus muertos, heridos, mutilados y bajas por congelación, se dijeron a sí mismos que en aquella batalla, todos habían perdido. Más aún cuando al entrar aquella penosa tarde en Teruel, la ciudad, en su descarnada realidad, les cayó pesadamente sobre su ánimo, pues toda la tristeza, la sangre, y las derrotas allí consumadas, se ofrecían claramente a la vista al contemplar los tristes restos de una pequeña y fría ciudad de provincias, muerta.


Mike Blacksmith




1228. Llamo al toro de España.





Miguel Hernández quiso representar a través de el toro al pueblo español. A ese pueblo que ahora más que nunca necesita decirse: Despiértate, Levántate, Esgrímete,  Desencadénate, Yérguete, Víbrate, Revuelvete, Truénate, Abalánzate, Atorbellínate ... Sálvate.



Alza, toro de España: levántate, despierta.
Despiértate del todo, toro de negra espuma,
que respiras la luz y rezumas la sombra,
y concentras los mares bajo tu piel cerrada.

Despiértate.

Despiértate del todo, que te veo dormido,
un pedazo del pecho y otro de la cabeza:
que aún no te has despertado, como despierta un toro
cuando se le acomete con traiciones lobunas.

Levántate.

Resopla tu poder, despliega tu esqueleto,
enarbola tu frente con las rotundas hachas,
con las dos herramientas de asustar a los astros,
de amenazar al cielo con astas de tragedia.

Esgrímete.

Toro en la primavera más toro que otras veces,
en España más toro, toro, que en otras partes.
Más cálido que nunca, más volcánico, toro,
que irradias, que iluminas al fuego, yérguete.

Desencadénate.

Desencadena el raudo corazón que te orienta
por las plazas de España, sobre su astral arena.
A desollarte vivo vienen lobos y águilas
que han envidiado siempre tu hermosura de pueblo.

Yérguete.

No te van a castrar: no dejarás que llegue
hasta tus atributos de varón abundante,
esa mano felina que pretende arrancártelos
de cuajo, impunemente: pataléalos, toro.

Víbraté.

No te van a absorber la sangre de riqueza,
no te arrebatarán los ojos minerales.
La piel donde recoge resplandor el lucero
no arrancarán del toro de torrencial mercurio.

Revuélvete.

Es como si quisieran quitar la piel al sol,
al torrente la espuma con uña y picotazo.
No te van a castrar, poder tan masculino
que fecundas la piedra; no te van a castrar.

Truénate

No retrocede el toro: no da un paso hacia atrás
si no es para escarbar sangre y furia en la arena,
unir todas sus fuerzas, y desde las pezuñas
abalanzarse luego con decisión de rayo.

Abalánzate.

Gran toro que en el bronce y en la piedra has mamado,
y en granito fiero paciste la fiereza:
revuélvete en el alma de todos los que han visto
la luz primera en esta península ultrajada.

Revuélvete.

Partido en dos pedazos, este toro de siglos,
este toro que dentro de nosotros habita:
partido en dos mitades, con una mataría
y con la otra mitad moriría luchando.

Atorbellínate.

De la airada cabeza que fortalece el mundo,
del cuello como un bloque de titanes en marcha,
brotará la victoria como un ancho bramido
que hará sangrar al mármol y sonar a la arena.

Sálvate.

Despierta, toro: esgrime, desencadena, víbrate.
Levanta, toro: truena, toro, abalánzate.
Atorbellínate toro: revuélvete.
Sálvate, denso toro de emoción y de España.

Sálvate.


Miguel Hernández
"El hombre acecha", 1938




1227. Las palmeras se hielan.






I

Cierta mañana gélida de Madrid, bordeados todavía de nieve endurecida los filos de las aceras, Braulio, que caminaba lenta y doloridamente por el Salón del Prado hasta el hospital, levantando la vista en un breve descanso, recibió de súbito por todo su cuerpo un baño de penas: las palmeras que decoraban en varias filas el paseo, todas, se habían helado. Allí permanecían, enarcadas aún las cabezas, en un seco descenso de surtidores fijos, color de barro triste, sucio. A Braulio con la guerra, y sobre todo después del balazo que le dejara como olvidada en sueño la pierna derecha desde el arranque de la ingle, se le había afilado de tal modo la sensibilidad, que las más leves cosas naturales, relacionadas entre sí por los efectos de la lucha —un pájaro cantando sobre un árbol partido, una flor entreabriendo junto al hoyo cavado por una granada, un perro pensativo ante un montón de escombros...—, le entraban por la piel en oleadas de frío, que al subir a los ojos se le resolvían en lágrimas.

«¡Se han helado las palmeras, las pobres palmeras de Madrid!», díjose Braulio casi en voz alta, sorprendido de que los autos y camiones no aminoraran su carrera, parándose; extrañado de que todos los transeúntes del paseo no dedicasen siquiera con la vista un comentario mínimo a aquel nuevo dolor caído sobre la endurecida capital de España.

Pues son las únicas palmeras que podían ofrecer los madrileños. Muy jóvenes aún, pero camino de remontar los primeros balcones del Banco y quién sabe si con el calor y el tiempo, hasta la esfera del reloj. Ellas solas eran las que ponían bajo los tensos cielos fríos, que trae el Guadarrama, un poco de sur y de perfil mediterráneo en este seco corazón de la Península. Ahora se han muerto. No han podido aguantar este segundo invierno de guerra castellano.

Braulio era del Sur, de un pueblo costero de la provincia de Cádiz. Estudiante de... ¿De qué había sido estudiante Braulio? Ni él mismo lo sabía. Primero había intentado ser pintor. Luego, médico. Después, arquitecto. Pero no consiguiendo aprobar ni el preparatorio de esta carrera, se matriculó al curso siguiente en la Universidad con el fin de alcanzar algún día —¿de qué año?— una cátedra de Historia.

De imaginación rápida, atolondrada, a Braulio le entusiasmaba, casi sin él saberlo, la indisciplina mental, la falta de método, el desorden en el estudio. Era un mal estudiante inteligente, turbia de vaguedades líricas la cabeza, tan serio como alborotado de pronto, tan violento como suave, tan huraño como divertido, tan bueno y largo de corazón como capaz del odio menos disimulado, más mortal y lleno de calculadas agujas.

«¡Pero no habrá matado el frío las palmeras de Cádiz —¡aquellas umbrosas y frescas de la Plaza de Mina!—, ni tampoco las de la Isla, las del Parque del Puerto, las de Jerez de la Frontera, las de Sanlúcar y, Guadalquivir arriba, las prestigiosas palmeras sevillanas! No, no se habrán helado», pensó Braulio, reanudando difícilmente la marcha, acordándose también en seguida de los grandes palmares levantinos, que había conocido en un San Juan de tracas y cohetes antes de la guerra.

No es que a Braulio le entusiasmara aquel árbol. En el viejo pleito poético entre el pino del Norte y la palmera del Mediodía, él, desde su adolescencia, era más partidario del pino.

«Recuerdo uno de la orilla del mar —siguió pensando—, grande, de los llamados parasol, en cuya inmensa copa llena de las palabras del viento parecía descansar todo el cielo de la bahía. Ahora tendrá ese pino, si vive, más de ciento cuarenta años.»

Se le escalofriaron las sienes ante la aparición de aquella perdida imagen de su infancia. Y se vio a sí mismo, pequeño, mal colegial que hace novillos cuando menos tres veces por semana, entre los lentiscos y las jaras que cercaban el tronco, azuzando a su perro —el «Rayo»— contra un verde y como esmerilado lagarto que se revolvía, iracundo, sobre su misma cola, inyectados los ojos de un sol de atardecer picado en sangre.

«¡Con qué increíble rapidez giraba aquel verde demonio, presentándole al perro, que se refrenaba temeroso, rígidas las patas, dos hileras abiertas de diminutas púas, entre las que salía un cortado jadeo desafiante y trágico! Al fin, y pasada una hora de feroces acometidas, de las que siempre habían salido ilesos ambos contendientes, el «Rayo», cayendo como su nombre sobre su vertiginoso enemigo, lo partió en dos pedazos de una instantánea dentellada, alejándose al punto hacia la mar en una rauda carrera de victoria, colgándole de entre los dientes, igual que una sangrante hoja extraña, medio cuerpo de su contrario, aferrado por la cabeza. Mientras, la seccionada cola del pequeño demonio brincaba haciendo raras eses junto a las puntas inquietas de mis zapatos. ¡Qué bien corrí yo luego hasta casi caída la noche, persiguiendo al «Rayo» por la orilla!»

Ante esta nueva imagen de aquella tarde andaluza de su niñez, Braulio se entristeció, parándose de nuevo, fatigado de su pierna, y buscando el auxilio de un banco del paseo. Una baja palmera helada le llovía sobre la frente.

«Los árboles, como yo y como tantos otros —continuó diciéndose—, también sufren la guerra, también la sienten en su carne, lo mismo que el soldado. ¡A cuántos árboles heridos he visto llorar savia de los ojos abiertos en sus troncos por las balas de los combates! ¡Con qué dolor más humano derramaban resina, hechos fuentes de lágrimas, los pinos de la sierra! ¡Qué crujido más triste el de unos olmos descuajados de golpe por una granada! Sí, sienten como nosotros. Tiemblan, lloran y pierden el sentido y se les oye a veces suplicar con el aire que se les venden las heridas, que se les retire a un hospital de tierra donde poder enraizarse de nuevo.»

Braulio sabía muy bien del dolor de los árboles. Parapetado bajo una olmeda estaba con otros camaradas, cuando en medio de una catástrofe de ramas y una erupción de hojas sintió morírsele su pierna y con ella los ojos, que ya no abrió hasta notar bajo su espalda ardiendo el fresco de las sábanas de un hospital de sangre.

Braulio había sido primeramente miliciano. Su propia voluntad le hizo echarse a la calle en los días de julio, sintiendo de repente llenársele su corazón de olas populares, de orgullo de la patria, de tierra madre recién escupida, pateada, mordida a traición por unos generales a los que era preciso exterminar en seguida. Y ya, desde aquella tarde en que él por su propia mano le tomara el fusil a uno de esos héroes sin nombre caídos ante el Cuartel de la Montaña, siguió batiéndose en distintos frentes de guerra, pasando de miliciano de los días gloriosos a soldado del Ejército de la República, en donde continuó combatiendo, hasta sentir aquel desvanecerse de su pierna derecha, aquella pesadez como de arena que hacía más de tres meses arrastraba su cuerpo y que en aquel instante le había hecho sentarse sobre la tabla húmeda de un banco.

«Hoy ya no llego al hospital. Se me hace tarde», susurró al escuchar la una en un reloj de la Cibeles.

Intentó levantarse, para seguir. Un resbalar como de plomo derretido por el tubo del hueso de la pierna, le hizo sentarse nuevamente. Se hallaba muy cansado. Pasó por el paseo un joven ya viejo camarada de las primeras horas del levantamiento, reciente oficial de aviación, quien reconociendo, emocionado, a Braulio, le condujo en un coche de las Fuerzas del Aire a un pequeño chalet de las afueras, donde vivía curándose y esperando volver a la vida del frente.

Aquel día, Braulio, el mal estudiante ahora soldado, se llevó a su casa, más que el dolor físico de su herida, el infinito de aquellas pobres palmeras, heladas a lo largo del precioso paseo madrileño.


II

Braulio pasaba el sol del invierno tumbado en el jardincillo de su chalet: unas parcelas de mala tierra sin jugo, salpicadas de arbustos raquíticos y rosales depauperados. Ya no bajaba por Madrid. Ahora, en un hospital próximo, le aplicaban corriente eléctrica por series quincenales con diez días de descanso. Como el reposo y los libros le aburrían, a Braulio se le alborotaba la cabeza, barajándosele los recuerdos del frente con los de su familia en la zona facciosa, mezclándolos de odio, de ternura, de extraños sentimientos y disparatadas imaginaciones.

«Como no me den pronto de alta, me volveré loco», se decía, cayendo a veces en la cuenta de sus desbarajustados pensamientos.

Una noche se despertó en medio de uno de esos fríos y calculados bombardeos con que los otros martirizaban el sueño de Madrid.

—¡Qué bestias! —gritó, sentándose en la cama y agachando instintivamente la cabeza al zumbido de los proyectiles—.

Los odio, los odio más que nunca.

Y se tiró del lecho en busca de su fusil. Como no lo tenía, empuñó la pistola, renqueando hasta la puerta del jardincillo. Miró al cielo cruzado aún de resplandores. Las explosiones eran cercanas, pero el silencio de la ciudad, absoluto. Un verdadero silencio de muerte golpeado por una triste siembra de granadas, que se oían enterrarse en los tejados, en las calles, en las vidas calladas de la noche.

—Pero ¿qué hago yo aquí con esta pistola?

Entonces Braulio se recostó pesadamente sobre la tierra que temblaba, y pegando el oído contra ella quiso escuchar su corazón, llenarse de su sufrimiento.

—¡Cómo le crujen los huesos a España! Oigo correr su sangre, rompérsele las venas, atropellársele el pulso. Pero está viva, viva. Escucho sus entrañas convulsas. Palpo su valiente espinazo. Estoy tendido en una de sus vértebras, que quieren desunir y hacer saltar como a un tonel de cascaras. Pero sus huesos son inexpugnables. Podéis seguir tirando, manos oscuras, conciencias negras de terror y sotanas, podredumbres vendidas, torvos bandidos manejados. ¡Tirad, tirad, tirad!

Arriba tiritaba el cielo de Madrid, impasible de estrellas. Braulio, sin despegar el oído de la tierra, lo miraba.

Seguía el cañoneo.

—En medio de todos tus temblores, de los latigazos que te estremecen, pero no te acobardan, oigo a cien capas de profundidad fluir la música ensangrentada de tus ríos, el silbo prolongado de tus bosques ardiendo y tus llanuras calcinadas, el fiero llanto de tus hermosos pueblos y ciudades destruidos. Oigo las voces de tus niños, oigo el estertor de tus madres, los gritos de tus soldados... Te oigo toda entera, a ti, patria mía escupida, enlodada, pisoteada, llena de torrentes de crímenes, de cataratas de asesinos, de...

No pudo decir más, y se echó a llorar en la noche contra la tierra de España.

Aminoraba el cañoneo.

Braulio, entumecido, dolorida la pierna, y siempre empuñando la pistola, volvió a su cuarto.

—Los odio, los odio, los odio.

Y se durmió al son de este estribillo que le salía del alma.

—Tengo que dedicarme a odiarlos —se dijo al día siguiente—, reposando en su feo y minúsculo jardín.

Mas dentro de ese odio caía parte de su familia.

—Han asesinado a mi mejor amigo. ¿Comprendéis que se pueda matar al agua clara? Lo ocultaban los buenos mayorales de una de las dehesas de mi tía la viuda. Lo remataron en un pajar, como a un perro. ¿Y quiénes fueron sus verdugos? Se me parte la lengua al decirlo. Mis propios hermanos.

Esto se lo había relatado detalladamente a Braulio un evadido de su mismo pueblo, llegado al amanecer a las líneas leales por el frente de Córdoba. Y él lo creía a ciegas.

—Sí; tengo que dedicarme a odiarlos. A todos. Sin excepción. Caiga quien caiga.

Y empleó el resto del invierno en componer insultos e invectivas contra los facciosos españoles y sus cómplices extranjeros. Ensayaba componer esas verdades, bien escribiéndolas o dibujándolas. Pero no encontrando nunca aquellas palabras o líneas que reprodujeran siquiera vagamente lo que le mordía la sangre, desgarraba el papel, enfureciéndose consigo mismo.

—Quiero llegar al odio frío, sistemático; al odio calculado, preciso, al que heladamente y en cualquier momento pueda yo despertar en mí y utilizar como convenga. Como nos convenga —rectificó—. Volveré al ejército más pertrechado de odio que nunca. Escribiré algo así como un diccionario del insulto contra los fascistas, una interminable letanía de odio, que haré repetir a los soldados hasta lograr clavársela en el tuétano de los huesos.

Pero volvía a desesperarse diariamente viendo lo pobre del idioma, lo mezquino de la expresión cuando ésta responde a un deseo de muerte por hambre de justicia. Y rompía cien veces lo escrito.

—Me convenzo: esto no sirve para nada. «La palabra —como dijo el férreo poeta ruso de la Revolución de Octubre— la tiene el camarada Mausser.» El hablará por mí en cuanto me cure, que será pronto. 


III

Una de las tantas y aburridas mañanas, sentado, como siempre, en su jardincillo, se dio cuenta, de pronto, de que a los míseros arriates les había brotado un suave bozo verde y que los pobres rosales se perecían por apuntar unos minúsculos capullos. Se asomó por el filo de la verja. Hacía cerca de un mes que no iba al hospital. Esperaba con el alta del médico la vuelta de la «normalidad». La normalidad para Braulio era la vida en la trinchera, su trabajo como soldado de la República.

—Mi trabajo de ahora.

¡Qué lejos de aquel otro, monótono y sin ganas, de los días universitarios! Pero ¿es que alguna vez había sido estudiante? ¿Cuántos años hacía? ¡Cómo la guerra aleja todo, cuántas capas de olvido y de distancia tira sobre las cosas!

—Me gusta, me entusiasma saber, y saber mucho; pero el método, la disciplina, la asistencia diaria a las clases... ¡Horrible! Cuando termine esto, seré... ¿Qué seré entonces? Porque la Historia como carrera no me agrada. ¿Cuál es mi vocación? Pero ¿la sé yo acaso? Bueno, bueno, ¿para qué torturarme? Ya saldrá, ya saldrá... si es que no paso antes a ser abono de estos trigos.

Trigos recientes, pelusones, agitados, parecían perseguirse como esterones verdes tendidos entre las casas dispersas, los chalets en construcción, el trazo borroso de las calles futuras de aquella barriada detenida.

—¡Pues si ha llegado la primavera! Y yo aquí metido, sin enterarme.

Salió, y se echó a andar por una veredilla.

—¡Pero si ando como nunca! ¡Si el pie me llega al suelo! ¡Pero si voy sin bastón! ¡Mejor que antes de la guerra!

De pronto, echó a correr.

—¡Pero si corro! ¡Qué maravilla! ¡Estoy curado!

Aquel mismo día, los médicos le dieron de alta, y uno de los jefes de su brigada le comunicó, felicitándolo, su ascenso a capitán.

«¡Quién sabe si mi carrera será ésta: la de las armas! —pensó al ver aparecer las tres barras bordadas sobre las bocamangas de su uniforme—. A lo mejor, sí.»

Y el nuevo capitán corrió a tomar el mando de su compañía.

A la semana de su ascenso, bajaba Braulio un amanecer, al frente de sus hombres, por una calle céntrica de la ciudad. Madrid se sonrosaba solo, orgulloso y tranquilo, como si nadie lo acechara. Cantaban entre dientes los soldados una canción de héroes, partida con un estribillo de burla para los otros. El duro redoble de los pasos ponía como un severo acompañamiento a aquel canto de guerra, nuevo para los oídos de Braulio.

«Habrá surgido en estos meses, porque no lo conozco.»

E intentó aprendérselo en seguida, ya que en la guerra hay que cantar, porque no puede haber heroísmo sin cántico, epopeya sin melodía.

Repitiéndose iba en voz baja y distraídamente el estribillo, cuando alzando la vista, se encontró Braulio de repente en el Salón del Prado, marchando por el centro del paseo, custodiada su margen derecha por —¡oh milagro, que le hizo estremecer hasta las raíces de los cabellos!— aquellas mismas palmeras heladas de los primeros meses de su herida, pero ahora florecidos sus troncos de unas crestas de dedos finos, largos, verdes, iniciándose ya en su esbeltez temblorosa ese arco lleno de gracia de las palmas.

«¡Pero si viven, si han resucitado con la primavera! ¡Buen médico de árboles el que las ha salvado!», pensó Braulio recordándose su cuerpo inútil, tendido al sol del invierno en aquel feo jardín de las afueras.

Allí estaban, allí seguían, ricas de nueva infancia, serradas las pencas de los troncos, lisos ya como los de cualquier árbol, saludando su mano recién nacida a los héroes del pueblo que desfilaban ante ellas, con los ojos al frente, sin doblarlos ni siquiera un instante para contemplarlas.

«Vivas, vivas, como yo. Hemos reflorecido a un mismo tiempo.»

Y los soldados no comprendieron por qué su capitán, de pronto, con una voz extraña, balbuciente, y en un gesto de júbilo, les ordenaba:

—¡Canten... canten...! Cantemos, camaradas... Sí, esa nueva canción... Todos juntos... ¡Venga...! ¡Vamos!


Rafael Alberti, 1938
Relatos y Prosa
Editorial Bruguera, 1980