25 de julio de 2014

1030. El nacionalismo en Galicia. Los orígenes.






“Para nosotros los gallegos el nacionalismo racista es un delito y un pecado. Nunca mediremos los diámetros de nuestro cráneo, ni se lo mediremos a nadie para ser admitido en nuestra comunidad” (Castelao)


Gabino Alonso Hernández / Vigo, 24 Julio 2014


Introducción teórica al nacionalismo.

Se ha descrito que un proceso nacionalista consta siempre de tres fases evolutivas:

Fase 1: Las minorías intelectuales descubren la identidad diferencial de la nación

Fase 2: Agitación nacional en la cual las elites intentan ganar a sus conciudadanos para la causa mediante la formulación de sus reivindicaciones.

Fase 3: El movimiento nacionalista minoritario trata de convertirse en un movimiento de masas.

Partiendo de que una nación es una “Comunidad imaginada” en la cual los individuos se auto comprenden como miembros de la misma mediante la concurrencia de determinados rasgos o características “objetivas” seleccionadas: Lengua, cultura, territorio, raza,  no es la nación la que genera el nacionalismo, sino el nacionalismo el que produce la nación.


Los inicios del nacionalismo en Galicia.

La inicial formulación del discurso nacionalista gallego tiene lugar en los movimientos que se autodenominaban “regionalistas”. A finales del siglo IXX surgieron organizaciones como “Asociación Regionalista Gallega” (1981) de carácter liberal; “Junta de defensa de Galicia” (1893), formada por católicos y tradicionalistas  y la “Liga Gallega”  (1897), de origen federal. Todas ellas promovían una muy diversa articulación política de Galicia.

Los liberales estaban bajo la dirección de Manuel Murguía y la definición de Galicia como nación no era aceptada por muchos de ellos que preferían la denominación de “Región Gallega”  y de “regionalismo" para su movimiento. Murguía sentó las primeras bases ya en 1865 de la concepción de Galicia como nación: “Galicia tiene territorio perfectamente delimitado, raza, lengua distinta, historia y condiciones especiales creadas gracias a esa misma diversidad… constituye, pues, una nación porque tiene todos los  caracteres propios de una nacionalidad”. La experiencia de la I Republica y el cantonalismo llevaría a Murguía a desestimar la alternativa federal que implicaría un estado propio para Galicia en el seno de una federación española,  tal y como proponían los republicanos federales con Aureliano Pereira a la cabeza. Murguía descartaba al mismo tiempo la republica a favor de la monarquía parlamentaria.

Por su parte, el sector católico-tradicionalista con su líder Alfredo Brañas, se postulaba de diferente manera, reclamando para Galicia la recuperación de las viejas instituciones políticas y un catolicismo fundamentalista: “No hay más patriotismo que el que nace de una fe sincera”. No reivindicaban “la autonomía” sino “las libertades gallegas” entendidas por los antiguos fueros, libertades comunales y franquicias populares, es decir, el regionalismo que valora más la Galicia tradicional como una crítica radical de la libertad. “Galicia es esencialmente agrícola: la industria fabril y el comercio no tiene vida propia; el movimiento vertiginoso de las fábricas, el humo espeso de las fundiciones, el rodar incesante de los vehículos, no constituye la fisonomía social de nuestra tierra”.


En el siglo XX.

En la primera parte del siglo XX hay dos años señalados que dan lugar a la plena realidad de la concreción nacional de Galicia: 1916, en que aparecen las  “Irmandades da fala” y 1918 con la celebración de la Asamblea Nacionalista de Lugo.

En 1920 Vicente Risco será el formulador de la teoría nacionalista gallega. Partía de considerar a Galicia como una entidad objetiva y natural, que existía desde siempre ajena a la voluntad de la gente. El nacionalismo no la creaba, sino que su misión era recuperar la propia identidad y despertar en el pueblo gallego la conciencia de sus particularidades. Curiosamente, Vicente Risco, terminó con un cambio de posición hacia políticas reaccionarias y manifestando su apoyo al franquismo.

En los años 1930 y 1931, aparecieron muchas agrupaciones de signo galleguista de ámbito local como consecuencia del fracaso de la VI Asamblea de las Irmandades da Fala. Valentín Paz Andrade formó en Vigo el “Grupo Autonomista Galego”. Sus ideales eran una Galicia autónoma en la que el pueblo participaría en la resolución de sus problemas sin interferencias exteriores, con autonomía reconocida en la constitución, con derecho al uso del gallego y con igualdad de derechos entre hombres y mujeres. Este discurso en sus línea maestras formaría el futuro alegato del “Partido Galleguista” fundado en 1931.


Camino de la Madurez.

Con la proclamación de la II República y de una nueva constitución que permitía las autonomías, se concretó para el nacionalismo la creación de sus estructuras organizativas y el ámbito de su discurso e influencia.

El Partido Galleguista inicialmente era un movimiento cultural, social y político minoritario. No fue hasta su fracaso electoral de 1934 cuando comenzó a caminar hacia una mayor organización y alcanzar atractivo político, con la resolución del conflicto interno entre conservadores y republicanos que dio lugar varias escisiones de los conservadores. Fundaron “Dereita Galleguista” en 1936 con Vicente Risco como cabeza visible;  un grupo de afiliados en Pontevedra de tendencia católica liderados por Filgueira Valverde y otra escisión de afiliados de Santiago  capitaneada por Morquera Perez, Fontenla y Manuel Beiras.  Esto permitió la escora definitiva hacia las fuerzas republicanas del Partido Galleguista con Castelao y Boveda como máximos representantes. El Partido cambio su forma de actuación y entró a formar parte del Frente Popular, aceptando un estatuto de autonomía de mínimos.

Aparecieron los órganos de prensa como “A Nosa Terra”, “El Heraldo de Galicia“ e instituciones como “El Seminario de Estudos Galegos” o la “Misión Biológica de Galicia”, que dieron soporte y publicidad a los ideales del nacionalismo gallego y permitieron asentar sus bases ideológicas.

En las elecciones de febrero de 1936 el Frente Popular con la colaboración del Partido Galleguista logra 286.000 votos en Galicia, saliendo electos Castelao por Pontevedra y Suarez Picallo y Villar Ponte por la Coruña. Esta colaboración permitió el plebiscito y la aprobación del primer Estatuto de Autonomía para Galicia en 1936.

El golpe de estado contra la República, la inmediata Guerra Civil y el franquismo, rompieron de forma abrupta el movimiento nacionalista gallego, dando comienzo “a longa noite de pedra”.





24 de julio de 2014

1029. El hombre que aprendió de los cerebros reventados en la Guerra.

Justo Gonzalo, en el Congreso Nacional de Neuropsiquiatría celebrado en Madrid en 1954,
una de sus escasas exposiciones públicas.




Manuel Ansede /esmateria.com / 10/07/2012

Una hija de Justo Gonzalo lucha por rescatar del olvido absoluto a uno de los neurocientíficos españoles más ilustres del siglo XX.

“Por fin a Justito le estará dando el aire gracias a la guerra”, decía a sus familiares la madre de Justo Gonzalo, mientras su hijo, hasta entonces un ratón de biblioteca, esquivaba bombas en el frente durante la Guerra Civil española, en 1937. Era uno de los médicos que acompañaban al batallón del comunista Enrique Líster. Tras estudiar en 1934 en la Universidad de Viena y en 1935 en la Nervenklinik de la Universidad de Fráncfort, en la Alemania nazi, Gonzalo se acostumbró rápido a dormir durante meses en la trinchera con el mismo uniforme andrajoso. Un día, uno de sus mandos se acercó a él y le preguntó que por qué iba tan desastrado. “¿Aquí a qué hemos venido? ¿A presumir o a luchar?”, le espetó.

Así era Justo Gonzalo (1910-1986), uno de los neurocientíficos españoles más brillantes durante la primera mitad del siglo XX y ahora completamente olvidado. En un país en el que más de la mitad de los ciudadanos no es capaz de mencionar el nombre de un solo científico, ni siquiera Einstein, no es raro que Justo Gonzalo sea un desconocido en España. Lo asombroso es que ni siquiera sea conocido entre los propios científicos.

De niña, su hija, Isabel Gonzalo Fonrodona, acudía al laboratorio de su padre a limpiar el hollín que entraba por la ventana desde la estación de trenes de Atocha. Las locomotoras de carbón teñían de negro el Hospital General de Madrid, en la calle Atocha, 106, pegado a lo que hoy es el Museo Reina Sofía. Ahora, esta profesora de Óptica Cuántica de la Universidad Complutense de Madrid lucha por rescatar del olvido los estudios de su padre. “Él pensaba que sus investigaciones se moverían solas, que tenían alas, y ahora están metidas en una caja”, lamenta en su casa de Madrid, rodeada de cientos de legajos y fotografías de su padre.

Gonzalo aguantó en el frente a lo largo del año 1937 hasta que Gonzalo Rodríguez Lafora, discípulo de Ramón y Cajal, le reclamó para su centro de traumatizados del cráneo de Godella (Valencia). Allí cambió su destino. Su hija Isabel pasa las páginas de sus álbumes de entonces: más de un centenar de mutilados de guerra con heridas en la cabeza, minuciosamente documentados con fotografías y radiografías. La autoexigencia de Gonzalo llegaba a la obsesión. En agosto de 1938, por ejemplo, descubrió que uno de sus pacientes, conocido en los textos como Caso M, sufría episodios en los que veía el mundo prácticamente al revés, un trastorno hoy conocido como metamorfopsia invertida. Fue su paciente durante décadas. 

Al Caso M alguien le disparó en la cabeza en mayo de 1938. El proyectil atravesó su cráneo y salió dejando un orificio con forma de estrella. Por el camino desgarró parte de las circunvoluciones cerebrales. Gonzalo observó los efectos de la lesión durante más de 40 años. Fue la base de sus nuevas teorías sobre el funcionamiento del cerebro.


La nueva dinámica cerebral.

Cuando acabó la Guerra Civil, Rodríguez Lafora se exilió en México, huyendo de los franquistas. Sin embargo, Gonzalo decidió quedarse, pese a haber acompañado como médico a los rojos. “Todo el mundo le preguntaba que por qué no se había ido. Y él respondía: ¿Cómo me voy a ir si tengo aquí a los heridos?”, recuerda su hija.

Isabel pasó años intentando reeditar la gran obra de su padre, Investigaciones sobre la nueva dinámica cerebral, publicada en dos tomos monumentales en 1945 y 1950. “El libro se agotó rápidamente, pero de forma incomprensible no se volvió a reeditar”, lamenta el neurólogo Manuel Arias, del Complejo Hospital Universitario de Santiago de Compostela, en uno de los pocos estudios que se han realizado sobre la obra de Gonzalo. En los dos volúmenes, de unas 800 páginas, el neurocientífico describió el concepto de dinámica cerebral, integrando las teorías que concebían el cerebro como un todo único con las teorías que proponían que las diferentes áreas del cerebro tienen distintas funciones.

Durante seis meses, Isabel dedicó todo su tiempo libre a recopilar y ordenar parte de la obra de su padre. Cuando propuso al CSIC que reeditara Investigaciones sobre la nueva dinámica cerebral, se encontró con un sorprendente “no”. Sólo la Universidad de Santiago de Compostela ha aceptado reeditar la obra, con una tirada de 300 ejemplares. También se puede descargar gratis en internet.

Gonzalo, pese a que hoy el organismo no saque pecho, perteneció al CSIC desde 1942 hasta su jubilación, en 1980. Entonces era una institución muy diferente a la de ahora. Franco la había creado en 1939 para “imponer al orden de la cultura las ideas esenciales que han inspirado nuestro Glorioso Movimiento, en las que se conjugan las lecciones más puras de la tradición universal y católica con las exigencias de la modernidad”, según reza el acta fundacional. La nueva dictadura incluso había derribado el auditorio de la Junta de Ampliación de Estudios, el embrión del CSIC que pagó los estudios de Gonzalo en Austria y Alemania, y sobre su solar había levantado una iglesia consagrada al Espíritu Santo. Todo un símbolo de la nueva era.


Odio al fascismo.

El físico Blas Cabrera, que organizó la visita de Einstein a Madrid en 1923, se fugó a México. El químico Joan Oró también escapó, a EEUU, donde acabó participando en la conquista de la Luna con la NASA. Y así una lista interminable que dejó vacíos de talento los laboratorios españoles. Pero Gonzalo se quedó. Había estado en el bando rojo, pero fue clasificado como “indiferente”. No fue depurado. “¿Y cómo llaman a esto Consejo Superior de Investigaciones Científicas? Deberían llamarlo Consejo Inferior”, bramaba. “La cosa fascista no la podía soportar. Decía que por menos de nada te pegaban un tiro”, recuerda su hija.

Entre 1942 y 1944, en condiciones penosas, sin apenas instrumental, recorrió algunas cárceles franquistas para explorar a los soldados heridos en la cabeza. Donde otros veían sólo un agujero de metralla en el cráneo, Gonzalo veía una tecla tocada en el piano del cerebro. Pese a las dificultades, entonces llegaron sus grandes éxitos. En 1948, dos de los neurólogos más prestigiosos del mundo, Morris Bender, pionero en el estudio de los tumores cerebrales, y Hans-Lukas Teuber, introductor de la neurociencia en el Instituto Tecnológico de Massachusetts, escribieron: “Hasta la fecha, la literatura americana e inglesa ha fracasado a la hora de producir una monografía de un alcance similar al Dinámica Cerebral de Justo Gonzalo”. Poco después, en 1950, fue premiado por la Real Academia de Medicina. Pero, poco a poco, comenzó su declive.

“Nunca buscó elogios y nadie logró convencerle para que publicara sus estudios en revistas científicas internacionales”, recuerda su hija. Gonzalo era tan autoexigente que se negaba a publicar sus estudios por capítulos. Primero quería acabar sus investigaciones. Jamás se fue de vacaciones. “Nos íbamos con mi madre y él se quedaba investigando”, rememora Isabel.

El 8 de abril de 1957, uno de sus antiguos alumnos le escribió desde el Rockefeller Institute for Medical Research de Nueva York. El premio Nobel de Medicina Edgar Adrian había visitado el instituto y el discípulo de Gonzalo aprovechó para mostrarle los dos volúmenes de Investigaciones sobre la nueva dinámica cerebral. Adrian hojeó los libros, sentenció que era una teoría “bien fundada” y sugirió que fuera publicada en una revista especializada en inglés, como Brain. Gonzalo nunca lo hizo.


“Un ejemplo de altruismo”.

“Mi padre era una persona muy especial”, admite Isabel, mostrando una fotografía de la boda de Justo Gonzalo con su madre, Ana María Fonrodona, en 1945. Es impactante. La iglesia aparece vacía, sin nadie más allá del cura y de los recién casados. En otra ocasión, pone como ejemplo, el neurocientífico tuvo que estrechar la mano de Franco en un acto. “Mi padre le puso mala cara, Franco también le puso mala cara y mi padre se asustó”, recuerda entre risas Isabel.

Esa independencia de Gonzalo mató su carrera. En 1966, las autoridades decidieron expulsarle de la Facultad de Medicina, donde impartía una asignatura del curso de doctorado. Ni siquiera las protestas de profesores y alumnos lograron su readmisión. Cinco catedráticos, incluyendo al médico Carlos Jiménez Díaz, pidieron por carta el regreso de Gonzalo, recordando que era “un ejemplo claro de altruismo, ya que su recompensa económica fue mero simbolismo”.

Nunca volvió. Cada día más aislado, el neurocientífico consiguió que su piso en la calle Serrano de Madrid fuera reconocido como centro oficial del CSIC, cuenta su hija. Allí pasó sus últimos años, rodeado de unos 5.000 libros y 2.000 vinilos de música clásica. En 1986, murió. Y, poco después, su casa se vino abajo. Donde durante años Gonzalo se asomó a los misterios del cerebro humano, ahora hay una sucursal de un banco.


Médicos que 'fusilaban' a sus pacientes.

En 1937, cuando ya se había acostumbrado a las trincheras de la Guerra Civil española, Justo Gonzalo se vio envuelto en el mismo dilema que otros médicos durante la contienda. Uno de los soldados, a escondidas, se disparó en una pierna y dijo que le había herido el enemigo. Buscaba, como hacían cientos de hombres aterrados por la guerra, un certificado médico que lo devolviera a casa. Era una deserción camuflada. Pero Gonzalo, por la trayectoria del proyectil, sabía perfectamente que el soldado se había disparado a sí mismo. “Si mi padre decía que se había disparado, fusilaban al desertor, así que nunca lo dijo, aunque lo supiera. Siempre disimulaba y hacía como que no lo sabía”, recuerda su hija Isabel.



23 de julio de 2014

1028. Recuerdos de la Guerra Civil española VI

Madrid, Ciudad Universitaria, diciembre de 1936




El resultado de la guerra civil española se determinó en Londres, en París, en Roma, en Berlín, pero no en España. Después del verano de 1937, los que veían las cosas tal y como eran se dieron cuenta de que el gobierno no podría ganar la guerra si no se producía un cambio radical en el escenario internacional. Si Negrín y los demás decidieron proseguir la lucha se debió en parte a que esperaban que la guerra mundial que estalló en 1939 lo hubiera hecho en 1938. La desunión del bando republicano, de la que tanto se habló, no estuvo entre las causas fundamentales de la derrota. Las milicias populares se organizaron deprisa y corriendo, estaban mal armadas y hubo falta de imaginación en sus planteamientos militares, pera nada habría sido diferente si se hubiera alcanzado un acuerdo político global desde el principio. Cuando estalló la guerra, el trabajador industrial medio no sabía disparar un arma y el pacifismo tradicional de la izquierda constituía un gran obstáculo. Los miles de extranjeros que combatieron en España eran buenos como soldados de infantería, pero entre ellos había poquísimos que estuvieran especializados en algo. La tesis troskista de que la guerra se habría ganado si no se hubiera saboteado la revolución es probablemente falsa. Nacionalizar fábricas, demoler iglesias y publicar manifiestos revolucionarios no habría aumentado la eficacia de los ejércitos. Los fascistas vencieron porque eran más fuertes: tenían armas modernas y los otros carecían de ellas. 

Ninguna estrategia política habría compensado ese factor. 

Lo más desconcertante de la guerra civil española fue la actitud de las grandes potencias. La guerra la ganaron en realidad los alemanes y los italianos, cuyos motivos saltaban a la vista. Los motivos de Francia y Gran Bretaña son menos comprensibles. Todos sabían en 1936 que si Gran Bretaña hubiera ayudado a la II República, aunque sólo hubiera sido con unos cuantos millones de libras esterlinas en armas, Franco habría sucumbido y la estrategia alemana habría sufrido un serio revés. Por entonces no hacía falta ser adivino para prever la inminencia de un conflicto entre Gran Bretaña y Alemania; incluso se habría podido predecir el momento, año más o menos. 

Pero la clase gobernante británica, del modo más mezquino, cobarde e hipócrita, hizo cuanto pudo por entregar España a Franco y a los nazis. ¿Por qué? La respuesta más evidente es que era protofascista. Indiscutiblemente lo era, pero cuando llegó la confrontación final, optó por oponerse a Alemania. Siguen sin conocerse las intenciones que sustentaban su apoyo a Franco, y es posible que en realidad no hubiera ninguna intención clara. Si la clase gobernante británica es abyecta o solamente idiota es una de las incógnitas más intrincadas de nuestro tiempo, y en determinados momentos, una incógnita de importancia capital. 

En cuanto a los rusos, sus motivos en relación con la guerra española son completamente inescrutables. ¿Intervinieron en ella, como creían los izquierdosos, para defender la democracia y frustrar los planes nazis? En ese caso, ¿por qué intervinieron a una escala tan ridícula y al final dejaron a España en la estacada? ¿O intervinieron, como sostenían los católicos, para promover la revolución? En ese caso, ¿por qué hicieron todo lo posible por abortar todos los movimientos revolucionarios, por defender la propiedad privada y por ceder el poder a la clase media y no a la clase trabajadora? ¿O intervinieron, como sugerían los troskistas, únicamente con intención de impedir una revolución en España? En ese caso, ¿por qué no apoyaron a Franco? La verdad es que la conducta de los rusos se explica fácilmente si se parte de la base de que obedecía a principios contradictorios. Creo que en el futuro acabaremos por pensar que la política exterior de Stalin, lejos de ser una astucia diabólica -como se ha afirmado-, ha sido sólo oportunista y torpe. 

De todos modos, la guerra civil española puso de manifiesto que los nazis, a diferencia de sus oponentes, sabían lo que se traían entre manos. La guerra se libró a un nivel tecnológico bajo y su estrategia fundamental fue muy sencilla: el bando que tuviera armas, vencería. Los nazis y los italianos dieron armas a sus aliados españoles, mientras que las democracias occidentales y los rusos no hicieron lo propio con los que deberían haber sido sus aliados. Así pereció la República española, tras haber «conquistado lo que a ninguna república le falta»

Si fue justo o no animar a los españoles a seguir luchando cuando ya no podían vencer, como hicieron todos los izquierdistas extranjeros, es una pregunta que no tiene fácil respuesta. Incluso yo pensaba que era justo, porque creía que es mejor, incluso desde el punto de vista de la supervivencia, luchar y ser conquistado que rendirse sin luchar. No podemos juzgar todavía los resultados de la magna estrategia de la lucha contra el fascismo. Los ejércitos andrajosos y desarmados de la II República resistieron durante dos años y medio, mucho más, indudablemente, de lo que esperaban sus enemigos. Pero no sabemos aún si de ese modo alteraron los planes fascistas o si, por el contrario, se limitaron a posponer la gran guerra y a dar a los nazis más tiempo para calentar los motores de su maquinaria bélica. 


George Orwell
Recuerdos de la Guerra civil española
Capítulo VI


Recuerdos de la Guerra civil española VII



22 de julio de 2014

1027. Recuerdos de la Guerra civil española V







La columna vertebral de la resistencia antifranquista fue la clase obrera española, sobre todo los trabajadores urbanos afiliados a los sindicatos. A largo plazo -y es importante recordar que sólo a largo plazo-, la clase obrera sigue siendo el enemigo más encarnizado del fascismo, por la sencilla razón de que es la que más ganaría con una reorganización decente de la sociedad. A diferencias de otras clases o estamentos, no se la puede sobornar eternamente. 

Decir esto no es idealizar la clase obrera. En la larga lucha que siguió a la Revolución Rusa, los derrotados han sido los trabajadores manuales y es imposible no creer que la culpa fue de ellos. 

Los obreros organizados han sido aplastados una y otra vez, en un país tras otro, con métodos violentos manifiestamente ilegales, y sus compañeros extranjeros, con los que estaban unidos por un sentimiento de teórica solidaridad, se han limitado a mirar, sin mover un dedo. ¿Quién puede creer ya en el proletariado internacional con conciencia de clase después de los sucesos de los diez últimos años? Las matanzas de trabajadores en Viena, Berlín, Madrid o donde fuera, parecían tener menor interés e importancia para sus camaradas británicos que el partido de fútbol del día anterior.

Con todo, eso no altera el hecho de que la clase obrera seguirá luchando contra el fascismo aunque los demás cedan. Un rasgo sorprendente de la conquista nazi de Francia ha sido la cantidad de defecciones que ha habido entre los intelectuales, incluso entre la intelectualidad política de izquierdas. Los intelectuales son los que más gritan contra el fascismo, pero un respetable porcentaje se hunde en el derrotismo cuando llega el momento.

Saben ver de lejos las probabilidades que tienen en contra, y además, se los puede sobornar, pues es evidente que los nazis piensan que vale la pena sobornar a los intelectuales. Con los trabajadores sucede al revés: demasiado ignorantes para ver las trampas que les tienden, creen con facilidad en las promesas del fascismo, pero tarde o temprano siempre reanudan la lucha; y así debe ser, porque siempre descubren en sus propias carnes que las promesas del fascismo no se pueden cumplir. Para amordazar de una vez por todas a la clase trabajadora, los fascistas tendrían que subir el nivel de vida general, cosa que ni pueden ni probablemente quieren hacer. 

La lucha de la clase obrera es como una planta que crece. La planta es ciega y sin seso, pero sabe lo suficiente para estirarse sin parar y ascender hacia la luz, y no cejará por muchos obstáculos que encuentre. ¿Cuál es el objetivo por el que luchan los trabajadores? Esa vida digna que, de manera creciente, saben que ya es técnicamente posible. La conciencia de este objetivo tiene flujos y reflujos. En España, durante un tiempo, las masas obraron conscientemente, avanzaron hacia una meta que querían alcanzar y que creían que podían alcanzar. Esto explica el curioso optimismo que impregnó la vida en la España republicana durante los primeros meses de la contienda. La gente sencilla sentía en sus propias entrañas que la República estaba con ellos y que Franco era el enemigo; sabía que la razón estaba de su lado, porque luchaba por algo que el mundo le debía y estaba en condiciones de darle.

Hay que recordar esto si se quiere enfocar con objetividad la guerra civil española. Cuando se piensa en la crueldad, miseria e inutilidad de la guerra -y en este caso concreto, en las intrigas, las persecuciones, las mentiras y los malentendidos- siempre es una tentación decir: «Los dos bandos son igual de malos; me declaro neutral». En la práctica, sin embargo, no se puede ser neutral, y difícilmente se encontrará una guerra en la que carezca de importancia quién resulte vencedor, pues un bando casi siempre tiende a apostar por el progreso, mientras que el otro es más o menos reaccionario. El odio que la República española suscitó en los millonarios, los duques, los cardenales, los señoritos, los espadones y demás bastaría por sí solo para saber lo que se cocía. 

En esencia fue una guerra de clases. Si se hubiera ganado, se habría fortalecido la causa de la gente corriente del mundo entero; pero se perdió y los inversores de todo el mundo se frotaron las manos. Esto fue lo que sucedió en el fondo. Lo demás no fue más que espuma de superficie.


George Orwell
Recuerdos de la Guerra civil española
Capítulo V





1026. Una canción.


Recordando a Max Aub. 
(París, 2 de junio de 1903 – Ciudad de México, 22 de julio de 1972) 



 A Joaquín Díez-Canedo


El sol restalla y la tierra está sorda. Nada tiene sombra. Sólo bajo las piedras está la frescura, el agua y la muerte. También el sudor es sordo. Allá, abajo, el riachuelo está seco; cauce de piedras, cantos, arena y polvo: lecho de nadie.

Se desprende una hoja de olivo, y cae: acontecimiento. Gira lenta, roncera, despacio, sostenida por el calor, antes de depositarse, parsimoniosamente, en el polvo ardiente del olivar. Una hoja de olivo es una hoja pequeña, una hoja gris y pequeña, gris de polvo y sol, verde.

Entonces llega la canción, una canción lejana de sierra lejana, de campo lleno y sombras de atardecer; la canción que se lleva adentro y que, de pronto, viene por el aire irrespirable del mediodía de fuego. La canción vieja del mundo viejo.

Olivar vetusto, blanda ladera rojiza, piedras blancas de los bancales y la hoja del olivo cayendo por el azul del cielo.

La canción, la vieja canción.

Todo existe. Sí: ahora suena un tiro y hay un muerto tirado, panza arriba, tras el tercer olivo, a la derecha. Un muerto de mi compañía. Un muerto que me hace compañía. Un compañero muerto en campaña, en el campo, al duro sol que merodea allá arriba, verdadero.

La canción, la vieja canción, que viene del otro lado del muerto.

España, toda España.

(Las moscas verdes sobre la herida negra: apretadas, juntas, quitándose el puesto las unas a las otras, procurando que la sangre no se seque, pequeño oasis, fuente imperceptible ya barrosa y borrosa. Ahí, con sus trompas, no dejando que se seque. ¡Que mane, dios de las moscas verdes, que mane todavía un poco, que no se seque! Las moscas verdes, tornasoladas, calientes, en piña, amontonadas, a granel, semillas de muerte, pléyade familiar, ya más de él que de ellas. Racimo moviente, única vida que le queda. Y el sol, tremendo, a plomo.)

Hasta la noche no se le puede buscar.

Ahora disparan a la izquierda, pero con desgana: las balas que más duelen. Morir en un ataque es cosa leve, o rechazándolo: no le pasan a uno por encima. Se puede más. Pero así, tontamente, ¡habiendo tanto aire!, que le den a uno por casualidad. Balas perdidas. Disparar por no hacer otra cosa, por no dormirse.

Olivar al mediodía, leve declive escalonado. Chicharras. Achicharrado.

El olor del sol, y el fusil a mano. Y la canción lejana. ¿Quién canta? Uno de por aquí, o aquel bizco, de Córdoba. No se mueve nada. ¡Que nadie se mueva! Mediodía. Nada se mueve. ¡Oh, torcidos troncos retorcidos, grises, que continuáis creciendo al ritmo de la tierra!

La canción, otra vez, y una hormiga. Una vieja canción cualquiera:

En el alma te tengo
tan a lo vivo, 
que despierto soñando
siempre contigo. 
Y en despertando
me digo yo a mí mismo: 
vamos soñando.

Seguidilla de la tierra: yo soy el muerto. La hormiga, negra, sube por el tronco, vivo y muerto. Vivo y muerto, como yo. Uno vive siempre y siempre está muerto; fuera y dentro: de arriba a abajo; de las raíces al pelo.

La canción, la vieja canción.

La guerra, estamos en guerra. Matar y morir. La hormiga se metió por un gran agujero. Sol de mediodía. Ni un soplo. Las chicharras y el silencio.

Olivar: olvidar. Y dormir. Pero si me duermo, me puedo morir sin darme cuenta, y siempre hay que morir con los ojos abiertos.

¿Quién eres tú?

(A veces uno vuelve solo a casa, después de la lluvia. El cielo está más azul, con nubes. Los charcos brillan entre el lodo. Los setos verdes y negros. La hierba, todavía mojada. Los zapatones embarrados, los carriles con aguas paralelas, de trecho en trecho, plata. La niebla dormida en las laderas de los oteros. Transido. El airecillo frío. Allá arriba. Parece mentira que sea también España.)

El olivar, oro.

Yo soy el muerto, todavía vivo. Yo vivo, todavía muerto. Me pegaron un tiro entre los dos ojos. Sordo sudor sordo, mudo. Mediodía de plomo ensordecedor. Peso hundido, mudo. ¿Quién recuerda el recuerdo? Yo. Pero, ¿qué recuerda el recuerdo?

Quema el cerrojo. Si atacaran, ¿qué haría yo? Pegarme a la tierra, entre el tronco y esta piedra. Olivar, ¿te estremeces? ¿Es posible que sea el viento? No: la calentura del sol. Todo quieto, todo blanco, todo rojo.

La hormiga ha vuelto a salir del agujero del tronco, empujando algo blanco, un grano. ¡Qué sueño! ¿Qué sueño? Y aquél -¿de Córdoba?- otra vez, cantando:

En el alma te tengo
tan a lo vivo, 
que despierto soñando
siempre contigo. 
Y en despertando
me digo yo a mí mismo: 
vamos soñando.

Allá, entre las líneas, por el arroyo -ni nuestro, ni de ellos- de pronto, cola al aire, husmeando, un perro.


Max Aub
De Laberinto mágico



21 de julio de 2014

1025. Recuerdo de Antonio Carrasco a su abuelo.






Ahora es a mí a quien le toca explicar mi historia, tu historia, nuestra historia, con mi voz.

Vaya por delante mi abrazo a todos aquellos que hoy, como hiciéramos nosotros en su día, vivirán momentos inolvidables, para aquellos que experimentaran ese torrente de emociones que  recorrerá su cuerpo y su historia.

Esa historia que no está en los libros, ésa que se nos ha trasmitido de palabra, la historia de todas y cada una de nuestras familias. Palabra a veces fluida y otras vomitada con rabia, de los labios de aquel que no te miente. Palabras del padre, la madre, el tío o tía o de la abuela, nunca del padre o abuelo que dejó aquí sus huesos y su esperanza.

Palabras que no buscaban arrancar el odio en nosotros, los nietos. Palabras que pretendían solo arrancar ese motorcito que no para en nuestra cabeza, la razón. Y solo a través de la razón, conocer algún día la verdad. Y aquí estamos hoy para eso, porque la razón al igual que la verdad solo tiene un camino.

Hoy ese camino que muchos y desde lejos habéis recorrido hasta Valdenoceda, ha sido, imagino, un  rodar por el recuerdo, por la ilusión y el reencuentro.

Estos últimos días, asistimos al despliegue necesario de medios, para poder encontrar el cuerpo de la hija asesinada, de viajeros, pescadores o soldados accidentados y  sepultados en el fondo de los mares, de las víctimas de terremotos, de infinidad de desastres. Y así es como debe ser, para descanso del periplo sin luto de sus familiares, porque el luto es necesario, pero solo lo puedes llevar a cabo ante la conciencia de ese cuerpo recuperado, lo demás es angustia, resignación, dolor…mucho dolor. Pero no luto.

Nadie en su sano juicio puede condenar el uso de dinero público destinado a tal menester, cueste lo que cueste, repito, nadie.

Y es que esos cuerpos encontrados, alivian, nos dan la certeza de que lo presagiado es cierto aunque no queramos creerlo. Nos sacan de la locura, para hacernos caer de bruces en la pena. La absoluta pena de que el ciclo natural de la vida, se trunque y nos deje desmembrados antes de tiempo.

Esos cuerpos, además, facilitan el engranaje del repulsivo y burocrático legal sistema de la muerte. Burocracia que permite finalmente ser subsidiario de indemnizaciones, compensaciones y pensiones para ello legisladas, por nimias que estas sean.

¿Y los nuestros? Nuestros muertos. ¿No merecen acaso el mismo trato? ¿Tan indignas fueron sus vidas? o ¿Quizás es que lo indigno fue su muerte, y por eso no convienen ...

Aquel que se atreve a asegurar que gente como tú o como yo, solo hemos buscado a los nuestros y nuestra historia, la que se nos a escrito con la voz del huérfano o la viuda cuando ha habido dinero por medio, debe tener su ser relleno con odio y no con razón. Quizás la voz de algún huérfano o viuda lo envenenó con esa semilla. Sin duda fue un huérfano o viuda de los que también sufrieron ausencia y dolor, pero que a pesar de haber recuperado a su muerto, a pesar de encontrarle un monumento en cada plaza de un pueblo, a pesar de haber sido recompensado con una paga, con un estanco, con honores, etc… Aún así siguió odiando y con su voz pudrió al niño que escuchaba. Ese niño que hoy es político, y cobra un sueldo pagado por todos, los que piensan como él, los que no, y también todos los que estamos aquí.

Y sí, para hacer todo este trabajo faraónico de recuperar a los nuestros como para todo, hace falta dinero. Y sí, las subvenciones son necesarias, tan necesarias como para otras cosas que a mi no me afectan, pero que van para el bien de otros.

Recordarle a ese representante del pueblo, que juntando la deuda de pensiones de orfandad, de viudedad, de discapacidad o de daños y perjuicios o del trabajo sin remunerar que hicieron nuestros abuelos en las prisiones a lo largo y ancho de la península, esa deuda que contrajo la dictadura con todos nosotros; deberíamos tener suficiente y sobraría para exhumar todos los cuerpos y construir 20 o 30 improductivos aeropuertos más. Pero en fin, eso es lo que tiene ocultar o maquillar la historia. La rabia no se acaba matando al perro, la rabia se acaba cuando se investiga y se encuentra la vacuna para que no te afecte. La rabia estará ahí, pero con la vacuna, ni usted señor representante del pueblo, ni yo… la padeceremos, y dejaremos de tener miedo el uno del otro. ¡Haga usted el favor, señor representante del pueblo!. En fin, como decimos en Cataluña: Joans, Peps i assès, hi han a totes les cases. (Juanes, Pepes y Burros, hay en todas las casas).

Este 2014, sin duda ha marcado mi vida. Nada más empezarlo, mi padre, el huérfano de quien aquí descansa, nos dejó. Hoy el huérfano soy yo, y mi tipo de orfandad es la que todos deberíamos experimentar. La que te deja vacío del cuerpo de tu padre,  pero te deja pletórico de enseñanzas, de vivencias, de recuerdos, de vida. Todavía hoy, cuatro meses después de su muerte, no he tenido la necesidad de llorarlo. Una buena amiga, psicóloga para más señas, ante mi preocupación de este hecho, me resolvió: -No es tan extraño Antonio, tuvisteis una magnífica relación, os disteis el uno al otro, todo lo que padre e hijo son capaces de ofrecerse mutuamente y el poder subsanar el no saber donde estaba enterrado su padre, ayudándole a marchar con la herida cerrada, sin duda alguna, tiene mucho que ver con cómo te sientes.

Y eso, mi bienestar tras su muerte, no tiene precio, pero si agradecimiento:

Gracias Asociación de familiares de presos de Valdenoceda. Gracias Pepe por arrancar todo esto y mantener la marcha puesta, seguro que lo vas a seguir haciendo durante mucho tiempo, ese pie no se va a levantar del acelerador tan fácilmente.

Ya hace tiempo que soy nieto, hijo, padre y como he dicho antes este 2014 ha marcado mi vida profundamente. Ahora, también soy abuelo. ¡Abuelo! ¡Ahora soy yo, el abuelo!

Ahora es a mí a quien le toca explicar mi historia, tu historia, nuestra historia, con mi voz. Y esa criaturita de dos semanas que hoy me impide estar aquí para acompañar a estas familias a vivir lo que yo tuve el privilegio de haber vivido, sabrá de ti, de tus compañeros, de tus sueños.

Mi padre en su poesía, la que descansa junto a tus huesos, te decía que a pesar de lo que te hicieron, de lo que nos robaron, los Carrasco seguimos aquí, en  pie.

Doy fé de qué así es, y la llegada de tu tataranieta lo confirma.

Felicidades a todos aquellos que hoy tenéis la suerte de recoger eso que a otros les parecen solo huesos, pero que encierran la esencia de todas y cada una de nuestras familias, y mi ánimo a todos aquellos que aún no lo podéis hacer, el día llegará.


Antonio Carrasco
Valdenoceda 12 de Abril de 2014