Lo Último

Dolores Gil Zapatero, mi madre.


Mi madre, Dolores Gil Zapatero, nació un 30 de Marzo de 1914 en un pueblo de La Rioja, Cervera del Rio Alhama, 

Se casó el 27 de Abril de 1936 por lo civil con Sebastián, un anarquista cuya familia era de derechas. Cuando el dictador dio un golpe de estado a la República, mi madre tuvo que huir al monte junto a su marido,  Estaba embarazada no se dé cuanto tiempo y aborto. Su hermana tuvo que ir a buscarla al monte a anjones,  como se dice por allá. La bajó, la llevó a que la atendiera el médico y a continuación la detuvieron por su relación con Sebastián, "el negro", como le llamaban.

La metieron en la cárcel. La familia de Sebastián querían protegerla. Cada noche entraba una hermana de mi madre “la chiquita”  para dormir con ella y si pasaba algo llamaba a la familia del marido. Compartía celda con dos maestras de 30 y 40 años. Ambas eran de Casalarreina (La Rioja) y a las dos las dieron el paseíllo.

Mi madre se salvó gracias a la familia de Sebastián, que no pudo evitar que la violase un guardia civil, Sebastián mandó una carta a su familia avisando que si le pasaba algo a  Dolores quemaba el pueblo de arriba a abajo. El no se entero de la violación. Lo que temía era que la dieran el paseillo. 

Mi madre se puso muy enferma y la llevaron a casa, donde estuvo un año encerrada con dos guardias civiles a la puerta por si escapaba.

Sebastián tuvo que huir sin ella. Se fue a Francia, donde estuvo en varios campos de concentración, desde los que le escribía cartas a mi madre. Después marchó a la República Dominicana y jamás se volvieron a ver, a pesar de que  mi madre hizo todo lo que pido para viajar a su lado durante doce largos años.

En el año 1949 mi madre conoció a mi padre, Ignacio, otro represaliado del dictador  que se pasó cinco años preso en distintas cárceles por pertenecer a Izquierda Republicana. Se casaron por la Iglesia, aunque más bien quiso la Iglesia casarla,  porque era del dominio público que mi madre seguía casada con Sebastián por lo civil que es lo que vale. Así que pasó a ser bígama.

Cuando mi padre murió en el año 1972, a mi madre no la querían dar la pensión de viudedad argumentando que no estaba casada.

Mi madre fue una gran mujer y se carteaba con muchísima gente. Unos amigos la presentaron a Joaquín Ruiz Giménez (padre) el cual le arregló el asunto de la bigamia a la que la había abocado la Iglesia y no tuvieron más remedio que pagarle la pensión.

Mi hermano y yo fuimos hijos naturales. Mis padres no tenían libro de familia. Siempre fuimos hijos de rojos, ya que vivíamos en un pueblo pequeño y se sabía todo, aunque nunca negáramos nada.

Mi padre murió sin pasaporte. Nunca se lo quisieron entregar.  En los años sesenta recibió una citación para para que se personase a un juicio en Zaragoza. Cuando inició el viaje, a la altura de la Ciudad de los Ángeles, donde murió mucha gente a causa de unas casas mal construídas, se enteró que Franco había dado una anmistía a muchos presos por no meter en la cárcel a los responsables del accidente de las casas.

Mi padre quedó absuelto. Hace poco tiempo comencé a investigar en archivos y descubrí que sobre las espaldas de mi padre había dos penas de muerte.

Mi padre no vivió para ver muerto al dictador. Mi madre si, ya que vivió 93 años.


Dolores Maeztu.



24 de noviembre de 1941.

Arturo Torres, mi abuelo, en compañía de Julián Jiménez Sanz, compañero de cárcel y vida





Traspasó el portón del Seminario Mayor de Cuenca arrastrando los pies, intentando mantenerse erguido para que su columna fuera capaz de sujetar su cuerpo. Había perdido tanto peso que a duras penas lo conseguía durante algunos minutos seguidos, pasados los cuales su osamenta, que era incapaz de obedecer las órdenes de su cerebro, se doblaba por la zona lumbar tras un chasquido de dolor.

Hacía un frío intenso, seco, que le golpeaba el rostro y le sacudía los doloridos huesos. Intentaba sostener el atillo que colgaba de su mano derecha que aunque no pesaba mucho, era una carga más. Su escueto contenido lo componía una muda, útiles del afeitado y unos cuantos documentos entre los que se encontraba el más valioso, un informe de la Comisión Provincial de Clasificación y Excarcelamiento de detenidos presos en Cuenca que un día antes había decidido decretar que era beneficiario de la prisión atenuada, “por hacer más de seis meses que le fue ratificada la prisión sin que haya sido elevada su causa a plenario ni declarada su peligrosidad por la autoridad competente, en cumplimiento de los artículos 6, 11 y 12 del Decreto de 2 de septiembre último"

Lo único que entendía de ese documento es que podía volver a casa con Juana y los chicos, a los que a excepción de Arturo no había vuelto a ver. También sabía que seguía siendo un preso y que su libertad estaba condicionada al comportamiento que tuviera fuera de la cárcel, por lo que tendría que vivir bajo la amenaza del retorno. Bajar la cabeza, aún más, no estaba entre sus deseos. El no tenía de que redimirse, no se arrepentía de nada porque no había cometido ningún delito.

Se encontraba cansado, muy cansado. Tenía 47 años pero parecía un anciano. Dos años, dos meses, y veinte días había permanecido privado de libertad,  conviviendo con el hambre, el hacinamiento, la falta de higiene, los malos tratos y la arbitrariedad de los mandos de la prisión.

Se detuvo un momento y cerró con fuerza los ojos. Los recuerdos se agolpaban en su cabeza.

-¡Rediós, cuantas muertes!¡Cuanto dolor innecesario!- murmuró entre dientes, temeroso de ser escuchado por alguien.

Desde que fue detenido no había dejado de padecer y de soportar el sufrimiento que le rodeaba. Primero en la provincial, ese espacio inquisitorial repleto de celdas frías con ventanas sin cristales hacia las que disparaban los centinelas. Allí se acostumbró a dormir en el suelo, baldosa y media para cada preso y su petate.

Cuando en la provincial ya no había sitio ni para un alfiler le trasladaron a la habilitada del Seminario en la plaza de la Merced. Aún tenía presente en su memoria el día que bajó la calle de San Pedro con un centenar de compañeros. Allí había más espacio al principio y también más hambre. El rancho diario lo componía una docena de garbanzos o veinte granos de arroz que flotaban en un caldo marronáceo y turbio.

¡Ay, Seminario de Cuenca,
quién lo ha visto y quién lo ve,
que ayer para curas era,
y hoy para dolores es!
(Peraile, 1991)

Dolores. Terribles dolores es lo que sintió las tres veces que regresó de "diligencias". En esas visitas las declaraciones de los acusados en vez de con papel y lápiz se tomaban con verga de toro retorcida. Era entonces cuando los compañeros le curaban con sal y vinagre las heridas, al igual que él había hecho otras veces con ellos.

Sabía lo que eran aquellas noches interminables traspasadas de dolor e insomnio. Noches enteras deseando que amaneciera.

Esa había sido su vida durante dos años, dos meses y veinte días.

Regresaba a casa el vencido, para algunos escarmentado y con la lección aprendida, para él, repleto de dignidad, la misma que le acompañó, junto al silencio, durante toda su vida.


María Torres
Nieta de un republicano español
http://memoriadebusqueda.blogspot.com.es/




1196. Los palacios reconquistados.





(...) Les referí a los poetas rumanos, para gran regocijo de ellos, mi visita anterior a otro palacio noble. Fue el palacio de Liria, en Madrid, en plena guerra. Mientras el enemigo marchaba con sus italianos, moros y cruces gamadas, dedicado a la santa tarea de matar españoles, los milicianos ocuparon aquel palacio que yo había visto tantas veces al pasar por la calle de Argüelles, en los años 1934 y 1935. Desde el autobús dirigía una mirada respetuosa,no por vasallaje hacia los nuevos duques de Alba que ya no podían someterme a mí, irredento americano y poeta semibárbaro, sino fascinado por esa majestad que tienen los callados y blancos sarcófagos.

Cuando vino la guerra, el duque se quedó en Inglaterra, porque su apellido es en realidad Berwick. Se quedó allí con sus cuadros mejores y con sus más ricos tesoros. Recordando esta fuga ducal les dije a los rumanos que en China, después de la liberación, el último descendiente de Confucio, que se enriqueció con un templo y con los huesos del difunto filósofo, se fue a Formosa también provisto de cuadros, mantelerías y vajillas. Y además con los huesos. Allí debe estar bien instalado, cobrando entrada por mostrar las reliquias.

Desde España, por aquellos días. salían hacia el resto del mundo tremebundas noticias: "Histórico palacio del duque de Alba, saqueado por los rojos", "Lúbricas escenas de destrucción", "Salvemos esta joya histórica".

Me fui a ver el palacio ya que ahora me dejaban entrar. Los supuestos saqueadores estaban a la puerta con overol azul y fusil en la mano. Caían las primeras bombas sobre Madrid desde aviones del ejército alemán. Pedí a los milicianos que me dejaran pasar. Examinaron minuciosamente mis documentos.

Ya me creía listo para dar los primeros pasos en los opulentos salones cuando me lo impidieron con horror: no me había limpiado los zapatos en el gran felpudo de la entrada. En realidad los pisos relucían como espejos. Me limpié los zapatos y entré. Los rectángulos vacíos de las paredes significaban cuadros ausentes. Los milicianos lo sabían todo. Me contaron como el duque tenía esos cuadros desde hace años en su banco de Londres, depositados en una buena caja de seguridad. En el gran hall lo único importante eran los trofeos de caza, innumerables cabezas cornudas y trompas de diferentes bestezuelas. Lo más notorio era un inmenso oso blanco parado en dos patas en medio de la habitación, con sus dos brazos polares abiertos y una cara disecada que se reía con todos los dientes. Era el favorito de los milicianos que lo cepillaban cada mañana. 

Naturalmente que me interesaron los dormitorios en que tantos Alba durmieron con pesadillas originadas por los espectros flamencos que en las noches llegaban a hacerles cosquillas en los pies. Los pies ya no estaban allí, pero sí la más grande colección de zapatos que nunca he visto. Este último duque nunca aumentó su pinacoteca, pero su zapatería era sorprendente e incalculable. Largas estanterías acristaladas que llegaban al techo guardaban millares de zapatos. Como en las bibliotecas, había escaleritas especiales, quizás para cogerlos delicadamente de los tacos. Miré con cuidado. Había centenares de pares de finísimas botas de montar, amarillas y negras. También había de esos botines con chalequillo de felpa y botones de nácar. Y cantidades de zapatones, zapatillas y polainas, todos ellos con sus hormas adentro, lo que les daba la apariencia de que tenían piernas y pies sólidos a su disposición. Si se les abría la vitrina, correrían todos a Londres detrás del duque! Podía darse uno un festín de botines,  alineados a lo largo de tres o cuatro habitaciones. Un festín con la mirada y sólo con la mirada, porque los milicianos, fusil al brazo, no permitían que ni siquiera una mosca tocara aquellos zapatos. "La cultura", decían. "La historia", decían. Yo pensaba en los pobres muchachos de alpargatas deteniendo al fascismo en las cumbres terribles de Somosierra, enterrados en la nieve y el barro.

Junto a la cama del duque había un cuadrito efimarcado en oro cuyas mayúsculas góticas me atrajeron. Caramba!, pensé, aquí debe estar impreso el árbol genealógico de los Alba. Me equivocaba. Era el "If" de Rudyard. Kipling, esa poesía pedestre y santurrona, precursora del Readers Digest, cuya altura intelectual no sobrepasaba a mi juicio la de los zapatos del duque de Alba. Con perdón del imperio británico!

El baño de la duquesa será incitante, pensaba yo. Tantas cosas evocaba. Sobre todo aquella madona recostada del Museo del Prado, a quien Goya le colocó los pezones tan aparte el uno del otro, que uno piensa cómo el pintor revolucionario midió la distancia añadiendo un beso a cada beso hasta dejarle un collar invisible de seno a seno. Pero el equívoco continuaba. El oso, la botinería de zarzuela, el "If" y, por último, en vez de un baño de diosa encontré un recinto redondo, falsamente pompeyano, con una tina bajo el nivel—del suelo, cisnecillos siúticos de alabastro, cursi—cómicos lampadarios, en fin, una sala de baño para odalisca de película norteamericana.

Ya me retiraba con sombrío desencanto cuando tuve mi recompensa. Los milicianos me invitaron a almorzar. Bajé con ellos a las cocinas. Cuarenta o cincuenta mozos y servidores, cocineros y jardineros del duque, seguían cocinando para sí mismos y para los milicianos que custodiaban la mansión. Me consideraban honrosa visita. Después de algunos cuchicheos, vueltas y revueltas, recibos que se firmaban, sacaron una polvorienta botella. Era un "lachrima christi" de cien años, del cual apenas me dejaron beber unos cuantos sorbos. Era un vino ardiente, con una contextura de miel y fuego, al mismo tiempo severo e impalpable. No olvidaré tan fácilmente aquellas lágrimas del duque de Alba.

Una semana después los bombarderos alemanes dejaron caer cuatro bombas incendiarias sobre el palacio de Liria. Desde una terraza de mi casa vi volar los dos pájaros agoreros. Un resplandor colorado me hizo comprender en seguida que estaba presenciando los últimos minutos del palacio.

—Aquella misma tarde pasé por las ruinas humeantes —digo a los escritores rumanos para concluir mi relato—. Allí me enteré de un detalle conmovedor. Los nobles milicianos, bajo el fuego que caía del cielo, las explosiones que sacudían la tierra y la hoguera que crecía, sólo atinaron a salvar el oso blanco. Casi murieron en la tentativa. Se derrumbaban las vigas, todo ardía y el inmenso animal embalsamado se obstinaba en no pasar por las ventanas y las puertas. Lo vi de nuevo y por última vez, con los brazos blancos abiertos, muerto de risa, sobre el césped del jardín del palacio.


Pablo Neruda
"Confieso que he vivido. Memorias"
Capítulo 10 - Navegación con regreso.


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1195. Cuando Miaja luchaba al mismo tiempo contra Franco y contra Largo Caballero.





El Gobierno fugitivo ha conseguido rehacerse en Valencia y lanza desde ahí una nota en la que intenta justificar su huida. Aunque ésta no era ya ningún secreto para los madrileños, hasta ahora no se le había dado estado oficial por temor al efecto desmoralizador que pudiera producir.

En las avanzadas los oficiales leen esta nota a los combatientes, que se encogen de hombros despectivamente. ¿El Gobierno? ¿Qué importa el Gobierno? ¿Qué más da que se vaya o que se quede? A ellos lo único que les interesa es el enemigo que tienen enfrente. Ya llegará la hora de ajustarles las cuentas al Gobierno y a todos los políticos. Al miliciano que se está batiendo desesperadamente en los arrabales de Madrid lo único que le preocupa es que el enemigo no pase. «¡No pasarán!», grita obsesionado. Quiere armas, municiones, comida, abrigo y mando. Nada más.

En los últimos días el miliciano ha podido advertir que tras él hay un mando enérgico, una mano de hierro providencial que le sostiene con tesón y acude rápidamente a sus necesidades. Los emisarios del frente que han ido al Ministerio de la Guerra a reclamar elementos para seguir la luche dicen al volver a las trincheras.

—El Gobierno no está en Madrid, pero en el Ministerio me han dado lo que necesitaba con muchas menos dificultades que antes. Eso es todo.

Pero en Valencia, el Gobierno de Largo Caballero empieza a sentirse inquieto ante el predicamento que en tres días, solo en tres días, ha tomado el defensor de Madrid y volviendo celosamente por sus fueros se apresura a recordarle que su autoridad es puramente delegada. Miaja reitera su adhesión y su fidelidad al Gobierno de la República. Lo único que quiere es que le dejan la libertad de movimientos que necesita para defender Madrid. A lo que no se resigna es a que una herrumbrosa máquina burocrática le entregue al enemigo atado de pies y manos.

—La vida de los hombres que defienden Madrid vale para mí más que todos los requisitos administrativos —dice Miaja.—. Hago lo que me parece oportuno. Ya rendiré cuentas.

Esta es su última palabra.


Hambre, guerra y buen humor.

Encerrado en su despacho, el general Miaja trabaja durante veinte horas diarias. Tres o cuatro horas de sueño a última hora de la madrugada le bastan para conservar la energía. Hay que atender no solo al frente, sino a la retaguardia.

El problema más grave es el del abastecimiento. En Madrid hay todavía depósitos de víveres considerables, pero están en poder de organismos incontrolables, principalmente de la FAI. Los anarquistas, inverosímilmente previsores, se han incautado de grandes cantidades de subsistencias que tienen ocultas y defendidas por sus más bizarros milicianos. «¡Solo la FAI come carne!», exclama amargamente el vecindario.

Hay que arrancar estos víveres de las manos de los anarquistas. El general Miaja sale triunfante de este empeño en el que el Gobierno había fracasado reiteradamente, y el pueblo de Madrid come al fin la carne que buenamente hay.

Otro problema grave es el de proporcionar prendas de abrigo a este improvisado ejército que está en las trincheras envuelto en papel de periódicos. Es inútil emprender ninguna nueva requisa. Todo está ya requisado. Las tiendas y los almacenes fueron saqueados en los primeros días de la revolución por bandas de titulados milicianos que no han ido nunca al frente y andan por las calles de Madrid con cazadora de piel y botas altas de montar, mientras los que luchan en las trincheras se mueren de frío. Se hace popular una cancioncilla de cierto sabor clásico que critica esta tremenda injusticia. Dice así:

Cuando se viene a Madrid
lo primero que se ve
son los emboscados, madre,
sentados en los cafés.
Los chaquetas son de cuero,
los pantalones también,
y a los que vienen del frente
las vergüenzas se les ven.

En las últimas requisas que se intentan no se encuentran más que toallas y los infelices de las trincheras las utilizan como bufandas a falta de cosa mejor. Hay que empezar por montar los talleres en que han de confeccionarse las prendas de abrigo. Se moviliza a las costureras y se requisan las máquinas de coser que estaban pignoradas. Se distribuyen madejas de lana a millares de mujeres para que elaboren jerséis de punto. Pero los milicianos que están en las trincheras no quieren las prendas de punto. Los piojos se les meten en la trama y no hay manera de soportarlas.

De lo único que hay profusión es de cubrecabezas. Los gorros más disparatados y bizarros se venden a bajo precio en la Puerta del Sol. Cada miliciano se encasqueta el que más le gusta. Predominan los cubrecabezas con orejeras a la manera rusa. En medio del caos de la guerra y la revolución Madrid conserva su gusto por lo pintoresco; su fantasía, el penacho, el airón.

Las trágicas horas que se viven no han extinguido el buen humor del pueblo. Como el general Mola ha dicho en son de reto que dentro de muy poco tiempo tomará café en la Puerta del Sol, los madrileños han colocado en mitad de esta gran plaza una mesa con una taza, una cafetera y un letrero que dice: «Para el general Mola». La gente que pasa se detiene, ríe y comenta; así va sobrellevando con buen ánimo el horror de la guerra. El general Mola pereció sin poder ir a tomar aquella taza de café que los madrileños le tenían preparada.

El problema que más preocupa a Miaja, después de la guerra, es el del orden público. Tanto como al derrumbamiento del frente teme a la descomposición de la retaguardia. En Madrid hay miles y miles de partidarios del general Franco que acechan el momento crítico para entrar en acción. Ellos son los que provocan los tiroteos que constantemente se producen en el interior de la ciudad. Por otra parte, los partidos políticos y las centrales sindicales, recelosos unos de otros, han armado a   sus afiliados y en cualquier momento es posible un choque entre los elementos antifascistas de diversas tendencias. Los periódicos de los diferentes partidos se atacan furiosamente como si el enemigo común no estuviera a las puertas de Madrid.

Miaja, en la reunión celebrada por la Junta de Defensa dos días después de haberse marchado el Gobierno, aborda de frente el problema. En la retaguardia hay demasiados fusiles. Es lo sucesivo los militantes de los partidos políticos no podrán ejercer la vigilancia en las calles. El general Miaja dicta una orden terminante: «Se concede un plazo de veinticuatro horas para que todos los ciudadanos entreguen sus armas. Pasado el plazo, las personas a quienes les fueren ocupadas armas serán consideradas facciosas».


Miaja derrotado ... por el Gobierno de Valencia.

Casualmente llega a conocimiento del general Miaja que el Gobierno ha circulado órdenes para que las tropas que ocupan el frente de la Sierra, desde El Escorial hasta Buitrago se replieguen hacia el Este en el caso probable de que Madrid no pueda resistir. Esta orden de retirada discrecional puede provocar una catástrofe. Una falsa alarma, un momento de confusión, y los ochenta kilómetros del frente de la Sierra pueden quedar desguarnecidos.

—¡El agua! —clama Miaja angustiado.

Si esas fuerzas se retiran de sus posiciones los embalses que abastecen Madrid de agua potable quedarán en poder de los rebeldes y será imposible toda resistencia.

Pero el defensor de Madrid no tiene ninguna jurisdicción sobre esas tropas y para anular las «previsiones» del Gobierno tiene forzosamente que extralimitarse como ha tenido que hacer cuando a viva fuerza y contrariando las órdenes del Gobierno se ha apoderado de los depósitos de armas de Albacete.

Desde Valencia, el Jefe del Gobierno y Ministro de la Guerra señor Largo Caballero empieza a inquietarse seriamente. En Madrid es un general quien gobierna y este general que ha conseguido agrupar en torno suyo a todas las fuerzas de la capital procede autónomamente, por sí y ante sí, como si el Gobierno de la República no existiera. El súbito prestigio de este general levanta en el espíritu suspicaz de Largo Caballero el fantasma de un posible dictador. Sus recelos son tan grandes que no vacila en comprometer la heroica defensa de Madrid obligando al general Miaja a que vaya inmediatamente a Valencia para rendir cuentas de su actuación. Miaja se niega rotundamente.

—No puedo salir de Madrid en estos momentos —contesta—. El pueblo creería que yo también desertaba ante el enemigo.

Largo Caballero insiste. La cinta del teletipo del Ministerio transmite reiteradamente y con más apremio cada vez las órdenes terminantes del Gobierno para que deje Madrid.

—Salga usted secretamente —dispone Largo Caballero.

—Imposible. Se divulgaría la noticia de mi escapatoria clandestina y los efectos serían más catastróficos.

Como el general Miaja se niega rotundamente a ir a Valencia una delegación del Gobierno formada por tres ministros vuelve a Madrid. Uno de ellos, el señor Álvarez del Vayo, que a pesar de ser Comisario General de Guerra abandona también su puesto en la noche del seis de noviembre, asiste a la reunión de la Junta de Defensa y ante ella el general Miaja reitera su lealtad y su subordinación al Gobierno en cuanto no comprometa o
dificulte la defensa de Madrid.

Alguien insinúa entonces que precisamente la junta de Defensa ha sido creada para frenar posibles ambiciones personales de quien se encargase de la defensa de Madrid y el general Miaja al oírlo contesta con una estrepitosa carcajada.

No; las preocupaciones de Largo Caballero son ridículas. La lealtad y la subordinación del general Miaja permanecen inconmovibles. Él, lo único que quiere es que le dejen defender Madrid eficazmente. No tiene ninguna ambición; no aspira a ejercer ningún poder personal; la Junta de Defensa, los partidos políticos, las centrales sindicales, el ejército y el pueblo de Madrid tienen una ciega confianza en su lealtad republicana. Puede el Gobierno seguir tranquilamente en Valencia.

Los emisarios de Largo Caballero tienen que rendirse a la evidencia. El defensor de Madrid no es ninguna amenaza para las instituciones democráticas, no hay en él ni la sombra de un dictador.

No obstante estas seguridades el señor Largo Caballero seguirá mirando recelosamente el prestigio de Miaja y valiéndose de ruines triquiñuelas burocráticas intentará hostilizarle constantemente.

Llega esta hostilidad a extremos bochornosos. Faltan trajes de abrigo para los aviadores y para confeccionarlos se precisan unas   cremalleras que legalmente han de ser adquiridas por el Ministerio de la Guerra en Valencia. Como los aviadores no pueden seguir volando arrebujados en mantas y periódicos Miaja ordena que se adquieran inmediatamente y sin más trámites las cremalleras necesarias. Largo Caballero le envía acto seguido una comunicación recordándole que tales compras solo pueden hacerse por el Departamento ministerial que él dirige y reiterándole una vez más que debe acatar sus órdenes. Miaja no puede sufrir más y contesta secamente por el teletipo:

—No olvido en ningún momento el acatamiento debido a Valencia y le ruego me sustituya en el cargo que me ha encomendado.

El defensor de Madrid ha sido derrotado… por el Gobierno de Valencia.


Y mientras tanto, el enemigo entra en Madrid.

No se comprende a Miaja. Los gobernantes de la República, recelosos y escarmentados, no comprenden que un general pueda utilizar su prestigio personal como no sea para ejercer un poder arbitrario y dictatorial. El espectro amenazador de la dictadura se alza siempre ante ellos.

Nada más distinto de un dictador que este hombre sencillo, oscuro, sin ambición, sin ninguna prosopopeya, sin la más mínima vanidad personal. Su fuerza indiscutible que desde el primer momento subyuga a sus jóvenes y entusiastas colaboradores, su energía indomable y su rudo carácter de militar que sabe mandar, están devotamente al servicio de la democracia. Su único anhelo es cumplir la misión que se le ha encomendado: defender Madrid.

Los «latigazos» que le dan desde Valencia —así los califica él mismo— le llenan de amargura y hubiera mantenido su dimisión abandonando su heroica tarea si no hubiese ocurrido algo que le hace prescindir súbitamente de toda lo que no sea la guerra misma.

¡El enemigo ha entrado en Madrid! Las columnas rebeldes han conseguido abrirse paso por la Ciudad Universitaria y avanzando por el Parque del Oeste han llegado a las calles de la capital. El general Miaja en aquel instante olvida todas sus amarguras y se lanza personalmente a la pelea.

Es el día 17 de noviembre. El enemigo está en los alrededores de la Cárcel Modelo. En la calle de Cea Bermúdez una mujer entreabre curiosa una ventana porque ha oído hablar en un idioma extraño y ve un grupo de moros que avanzan pegándose a las paredes con el fusil en ristre.


Manuel Chaves Nogales
La defensa de Madrid - Capitulo 7
















La Defensa de Madrid es una recopilación de dieciséis artículos periodísticos de Manuel Chaves Nogales publicados en dieciséis entregas semanales, entre el 5 de agosto y el 22 de noviembre de 1938 en la revista mexicana Sucesos para todos bajo el título Los secretos de la defensa de Madrid con ilustraciones de Juan Helguera. En 1939 fueron publicados en el diario británico Evening Standard bajo el título de The Defender of Madrid, en doce entregas, del 16 al 28 de enero.

María Isabel Cintas Guillén, tras un exhaustivo trabajo de investigación, reunió los artículos en un libro publicado en 2011, editado por Renacimiento.





1194. Las mujeres de los rojos.

Quisiera escribir un himno
a un pobre racimo humano:
las mujeres de los rojos
que en España nos quedamos,
para las que no hubo escape,
Para las que no hubo barco.
Las que nos quedamos solas
con sus niños en los brazos.
Sin más sostén ni más fuerza
que el que daba el estrecharlos
como prendas de un amor
contra nuestros pechos flácidos.

Todos perdimos la guerra,
todos fuimos humillados.
Pero para las mujeres
el trance fue aún más amargo.
Largas colas en Porlier
con nuestros pobres capachos.
Caminatas bajo el sol
con los pies semidescalzos.
Caminatas sobre el hielo
tiritando en los harapos.



Largas, duras caminatas
en busca de algún trabajo.
Cansancio y humillación
si lograbas encontrarlo.
Y si no lo conseguías,
humillación y cansancio.
por el pan de nuestros hijos,
siempre un combate diario.
¡Esos días siempre solas,
esos días largos, largos,
que fueron semanas, meses,
que duraron tanto, tanto,
que entre dolor y entre lágrimas,
se convirtieron en años!.

Nuestros hombres en la cárcel,
nuestros hombres exiliados,
nuestros hombres cada día
cayendo como rebaños
en manos de furia ciega
de matarifes fanáticos.
Y las mujeres seguimos,
a nuestro modo luchando
y esa guerra, sólo nuestra
Esa guerra la ganamos.

Los hijos de nuestros hombres
Quedaron en nuestras manos
Y supimos inculcarles
un culto casi sagrado
Por los nuestros, los ausentes,
los padres que les faltaron.
Se los pusimos de ejemplo
porque siguieran sus pasos
y logramos convencerles
de que eran buenos y honrados,
aunque en la calle, en la escuela,
les dijeron lo contrario.
Éramos pobres mujeres
y supimos elevarnos
sobre el dolor, sobre el miedo,
sobre el hambre y el fracaso.
Y criamos nuestros hijos
dignos de sus padres, bravos,
serios, dignos, responsables.
Los íbamos cultivando
pilares para un futuro
que aún parecía lejano
y en el que siempre creímos
con los puños apretados.

Quisiera escribir un himno,
grande, estupendo, fantástico,
de pobres mujeres débiles
con heroísmos callados,
de esfuerzos y sufrimientos
que eran el vivir diario
Y, a pesar de ello supieron,
con un esfuerzo titánico
ir manteniendo la llama
de amor al padre lejano,
al padre que estaba preso
o alque habían fusilado.
Yo quisiera a voz en grito
poder entonar un cántico
Que dijera todo eso,
que bastante hemos callado.
Las mujeres de los rojos
que en España nos quedamos
creemos tener, al menos,
el derecho de contarlo.


Consuelo Ruiz




1193. Que la tierra le sea leve.

El 20 de noviembre de 1975, me dieron la noticia: ¡Franco ha muerto!

¡Que la tierra le sea leve!, fue mi respuesta a los numerosos medios de comunicación que me asediaron.

No destapamos botellas de champán.

A través de Radio Pirenaica, expresé mi emoción y mis preocupaciones.

Como el despertar de una angustiosa pesadilla, nuestro pueblo ha conocido la muerte de Franco. Franco ha muerto, pero la España eterna, la España de la democracia y de la libertad, la España que dio vida a un mundo, vive en su pueblo maravilloso, capaz de todas las hazañas; y España, a través de las Juntas Democráticas, de la Plataforma de Convergencia, que en torno a la alternativa democrática unen a todas las fuerzas políticas fundamentales que quieren vivir en una patria de paz y de democracia, comienza a abrir nuevos caminos, venciendo no pocas dificultades, pero segura de restablecer en nuestro país la convivencia entre los españoles que no fue posible con el franquismo.

En España comienza a amanecer, y ese amanecer de hoy, rompiendo con las tinieblas del pasado, es el amanecer de una España en la que el pueblo será el principal protagonista, en que de nuevo sean reconocidos los derechos de los hombres y de los pueblos de nuestra patria multinacional y multirregional.

Y en estos momentos de gran emoción, mi primer pensamiento se dirige a nuestros presos, a todos los presos políticos, que deben ser puestos inmediatamente en libertad; y ésta debe ser la principal preocupación de todos los que luchan y desean el restablecimiento de un régimen democrático en España.


Dolores Ibarruri
Memorias de Pasionaria (1939 - 1977) 
Editorial Planeta, 1984






1192. El 19 de noviembre de 1933 amaneció con sufragio universal.




«Para orgullo de la superioridad masculina
estamos seguros de que ellas nunca podrán
superar nuestros absurdos»
Wenceslao Fernández Flórez




María Torres/ 18 noviembre 2014

Hace 81 años, 6.800.000 mujeres españolas (más de la mitad del censo electoral) votaron por primera vez en las elecciones legislativas del 19 de noviembre de 1933. Unos días antes lo habían hecho las mujeres vascas en el referéndum del Estatuto de Autonomía.

Antes y después de su aprobación, el voto femenino gozaba de un amplio rechazo entre la mayoría de los hombres que no veían ni querían el momento de la equidad para las mujeres. Incluso llegaron a afirmar que la concesión del sufragio universal tampoco interesaba a las mujeres.

La artífice de ese logro fué Clara Campoamor, que a pesar del aislamiento al que fué sometida por parte de todos sus correligionarios, de los ataques recibidos por la mayoría de diputados y apoyada tan solo por una minoria socialista, consiguiò que el 1 de octubre de 1931 el Pleno del Congreso de los Diputados aprobara el derecho de las mujeres al sufragio por 161 votos frente a 121, ratificado el 1 de diciembre de ese mismo año en una votación aún más ajustada: 131 votos a favor frente a 127. Se consagraba por tanto la “igualdad” entre hombres y mujeres, permitiendo a las mujeres mayores de 23 años participar en las votaciones, no sólo como candidatas sino también como electoras.

Votaron en contra del sufragio femenino el partido Radical (excepto Clara Campoamor y cuatro diputados más), el Partido Republicano Radical Socialista y Acción Republicana. A favor el Partido Socialista (a excepción de Indalecio Prieto con su famosa frase de «se ha dado una puñalada trapera contra la República», y su grupo), el sector conservador de la derecha española y pequeños grupos republicanos como la Agrupación al Servicio de la República)

Aunque el sufragio universal situó a España en la vanguardia de Europa en cuanto a derechos electorales, si repasamos la prensa de la época, comprobaremos la crispación que el asunto del sufragio causaba en los medios, incluso de "izquierda":









«La señorita Campoamor lucha bravamente frente a casi todos los jefes de minorías, pero la impresión es que será derrotada» (El Heraldo de Madrid)

«Milite donde milite desde ahora, la mujer lleva a la lucha un espíritu de intransigencia y defiende siempre las soluciones más radicales. Dígase lo que se diga, la mujer española no está preparada para intervenir en la vida pública" "Para otorgar el voto a la mujer española se ha alegado que ya lo tienen la alemana y la inglesa. Bueno; pero da la casualidad de que ni la inglesa ni la alemana van al confesonario» (El Heraldo de Madrid)

«Y cuidado que, con gusto, en principio, no aceptamos nosotros la concesión del voto a la mujer. Nosotros creemos que el lugar propio de la mujer, de su condición, de sus deberes, de su misión en la vida, es el hogar. Y nos parece mal que de él se la arranque, y aunque en ella se fomenten o despierten vocaciones que la atraigan a la calle. Estamos ciertos de que es desgraciada una sociedad donde la mujer no se contenta con ser esposa y madre.» (El Debate)






«Segaremos trigo verde» «... Defiende la implantación rápida de los derechos de la mujer. Con ella votarán a favor los socialistas, y en contra es de suponer que los demás sectores de la Cámara, que tienen el justificado temor de que aún la mujer no está capacitada lo suficientemente para acudir a las urnas... Se impone un poco de calma en las damas, y repetimos nuestra creencia, que han de debutar con unas modestas elecciones municipales. Y ya es bastante.» (La Voz)

«Se entabló un amplio debate sobre el voto de la mujer. Los partidos radicales, todos, se han mostrado aquí profundamente reaccionarios. Querían conceder el voto a la mujer, pero no en la Constitución, sino en la ley Electoral,  para condicionado y hacerlo desaparecer si les era adverso. Temen que los curas y los frailes influyan decisivamente en la mujer... ¿Y qué hicieron entonces con su labor anticlerical? La Cámara, por una gran mayoría, proclamó el derecho de igualdad. Esto irritó y desconcertó extraordinariamente a los partidos burgueses..., que están dominados por un pesimismo sombrío que los incapacita para la lucha.» (El Socialista, 1 de octubre de 1931)

«No se ha otorgado el voto a los jóvenes de veintiún años, olvidándose de que a esa edad la juventud española discierne sobre temas políticos con más preparación y sentido que las mujeres a los cuarenta» "El voto hoy en la mujer es absurdo, porque en la inmensa mayoría de los pueblos el elemento femenino, en su mayor parte, está en manos de los curas que dirigen a la opinión femenina, se introducen en los hogares e imperan en todas partes. Hoy la mujer española, especialmente la campesina, no está capacitada para hacer uso del derecho del sufragio de una manera libre y sin consejos de nadie. Con lo que hoy ha acordado el Parlamento. La República ha sufrido un daño enorme y sus resultados se verán muy pronto.» (La Voz, 1 de octubre de 1931)





«La concesión del voto a las mujeres, acordada ayer por la Cámara, determinó un escándalo formidable, que continuó luego en los pasillos. Las opiniones eran contradictorias. El banco azul fue casi asaltado por grupos de diputados que discutían con los ministros y daban pruebas de gran exaltación. Es posible que la trascendental votación de anoche tenga consecuencias graves en otro orden nacional.» (La Voz, de 2 octubre de 1931)

«Los comentarios después del resultado otorgando el voto a la mujer fueron muy apasionados. En los pasillos los radicales y algunos radicales socialistas anunciaban que, como represalia, no harían ninguna concesión cuando llegue el momento de discutir las relaciones entre la Iglesia y el Estado, llegando incluso a la rebeldía con los jefes si ordenaban cosa que se opusiera a este propósito. Los diputados discutían con varios ministros primera votación, y se distinguían en su apasionamiento los radicales socialistas y los radicales, que estimaban que la concesión del voto a la mujer es un gran peligro para la República.» (El Sol, de 2 de octubre de 1931)

«No somos enemigos de la concesión del voto a la mujer. Estimamos que debe concedérsela ese derecho de ciudadanía, pero a su tiempo, pasados cinco años, diez, veinte, los que sean necesarios para la total transformación de la sociedad española. Cuando nuestras mujeres se hallen redimidas de la vida de esclavitud a que hoy están sometidas, cuando libres de prejuicios, de escrúpulos, de supersticiones, de sugestiones, dejen de ser sumisas penitentes, temerosas de Dios y de sus representantes en la tierra y vean independizada su conciencia. La mujer española, en general, por sus condiciones de vida, por su educación, por los limitados horizontes de su apagada existencia, tiene su consuelo en la fe religiosa. Su esperanza en la oración, su refugio en la iglesia... » (La Libertad, 2 octubre 1931)





«Resuelta la edad del voto, se discute el voto de la mujer. Aunque al principio más parece que lo que se discute es la edad y no el voto. El Sr. Ayuso dice cosas terribles. Quiere que la mujer no tenga el voto hasta los cuarenta y cinco años, porque en esa edad "se fija por los tratadistas la estandarización de la edad crítica en la mujer latina". Estas palabras indignan a la Srta. Clara Campoamor que arremete contra el Sr. Ayuso y le lanza con voz sorda una palabra antiparlamentaria. Afortunadamente la discusión se eleva rápidamente hasta culminar en una votación desconcertante. Parecía que la opinión de la Cámara era contraria al voto femenino, y, sin embargo, se vota lo contrario. Luego en los pasillos se oyen frases gordas: - ¡Esto ha sido una puñalada a la República! ¡Hemos votado como unos inconscientes! Y quedan las espadas en alto.»  (Crisol, 10 de octubre de 1931)

«Los demócratas burgueses tienen miedo a la democracia... Como sabemos que todo su radicalismo es verbalista no nos ha sorprendido lo ocurrido. Son republicanos, viejos republicanos, defensores de la igualdad de derechos para uno y otro sexo, pero sólo en la verborrea fácil del mitin. Luego se asustan, y cuando la Constitución concede el voto a la mujer, no sólo como un derecho, sino como un deber, tiemblan de pánico.» (El Socialista, 2 de diciembre de 1931)

Y ahora le toca el turno a los testimonios y manifestaciones de algunos de los representantes de la Cámara, de abrumadora mayoría masculina. No olvidemos que las únicas parlamentarias eran Victoria Kent, del Partido Republicano Radical Socialista y Clara Campoamor del Partido Radical. Más tarde se incorporó Margarita Nelken del Partido Socialista (elegida en las elecciones parciales del 4 de octubre de 1931). Tres mujeres de un total de 465 diputados.





«iSe ha dado una puñalada trapera a la República!» (Señor Prieto)

«Es lo más grave que se ha votado hasta ahora, porque ha de favorecer enormemente a las derechas.» (Señor Guerra del Río)  

«Era preciso mantener a toda costa el principio constitucional, que no significaba ningún peligro para la República.» (Señor Companys)

«Sin entrar a discutir el fondo del asunto, había que considerar que la política se hallaba ante dos incógnitas: una la aplicación de la nueva ley electoral con sistema proporcional, y otra el sufragio femenino, por lo que era prudente no hacer las dos a la vez.» (Señor Martínez Barrios)

«Estoy conforme con el voto a la mujer, pero mi discrepancia es solamente por cuestión de oportunidad. Creo que no estamos aún en tiempo de someter la República española a una experiencia tan peligrosa.» (Señor Sánchez Román)

«No hay, a mi juicio, motivo alguno de preocupación, sobre todo si la República actúa con habilidad.» (Señor Alcalá Zamora)

«No puedo aceptar que el voto de la mujer pueda poner en peligró la República. Lo que estimo absurdo es la actitud de las minorías.» (Señor Maura)

«Ha sido una votación inconsciente. Hasta ahora, Alianza Republicana ha venido actuando como conservadora, como conservadora de la República, pero roto el pacto por los socialistas, que en esta votación se han unido a las derechas, nosotros llegaremos a los mayores radicalismos, y si mañana se propusiese que colgasen de los faroles a todos los frailes, nosotros y los radicales lo votaríamos.» (Pedro Rico)

«Negar el voto por entender existía el peligro de que votase a los elementos de derecha era negar el principio fundamental de la democracia.» (Doctor Marañón)

«La concesión del voto era necesaria en buen principio democrático.» (Sr. Albornoz)





«Socialistas y derechas han creído que el voto reforzaría sus sufragios. Los grupos genuinamente republicanos estimaban que a ello se debía ligar después de un intenso período de preparación. Nadie ignora que Francia ha sido siempre una gran escuela de democracia, y si aparta de la lucha electoral a la mujer no es para inferirla un agravio, sino para mantenerla al margen.» (Sr. Salazar Alonso)

«He votado en favor porque no solamente es justo, sino también necesario. Los mismos argumentos de peligros ocultos escuchados en la Cámara fueron los que se emplearon en otros países y el resultado es bien patente. No hay ningún peligro para la República con la concesión del voto a la mujer. Tantas reaccionarias y beatas como en España, o más, hay y ha habido en Inglaterra, Alemania, etc., y sin embargo ellas han dado una nota siempre liberal en su actuación.»  (Jósé Ortega y Gasset)

«Dar el voto a la mujer en España era atentar contra la estabilidad de la República. Las mujeres, en su mayoría, son derechistas. En Inglaterra, desde que tuvieron el voto dieron el triunfo a los conservadores. Las mujeres inglesas han terminado con el histórico partido liberall.» (Santiago Alba)

Según relata Clara Campoamor en El voto femenino y yo, el voto a la mujer pesaba como losa, más que sobre el corazón, sobre el hígado de muchos españoles. Llovieron las lamentaciones. La juventud republicana de Bilbao dirigió a los jefes de las minorías parlamentarias un telegrama de protesta por entender que el voto femenino suponía para Vizcaya el fracaso de las ideas republicanas y el retraso por varias generaciones. Incluso unos fieles republicanos navarros escribieron al Heraldo manifestando que «era delito de lesa patria conceder el sufragio a la mujer».

El doctor Roberto Novoa de la Federación Republicana Gallega como argumento biológico en contra de la concesión del voto se manifestó así: «A la mujer no la dominaban la reflexión y el espíritu crítico, se dejaba llevar siempre por la emoción y el histerismo no era una simple enfermedad, sino la propia estructura de la mujer.»

Ante la pregunta ¿Qué cartera ministerial le daría a una mujer?, publicada en la Revista Estampa en 1932, transcribimos las repuestas facilitadas por algunos de los entrevistados:


«Ninguna... no son propios de la mujer los cargos que lleven aneja autoridad.» (José María Gil Robles)

«Yo le daría la suya: la del espejito y la barra de carmín. Pero si no quedaba más remedio que darle una cartera de ministro a una mujer, le daría la de Estado... Es que en nuestra época la diplomacia no debe tener secretos.» (Ángel Lázaro Machado)

«Ninguna. Mejor crearía para ella una que solo por ella pudiera ser desempeñada eficazmente: la de Acción femenina... así podría cumplir sin que la mujer se transformase en una virago pedantesca, ni los hombres quedaran humillados en lo que constituye su legítima superioridad intelectual.» (José Francés)


El gran dolor de Clara Campoamor fue que la aprobación del sufragio femenino se obtuvo sin el apoyo de los "demócratas" republicanos. 

Pero, ¿que opinaban las mujeres? Las mujeres de cualquier edad y condición estaban interesadas en la política y querían participar en ella.


He aquí algunos ejemplos:





«Las mujeres españolas esperan recibir de los diputados de la República su primera lección de ética política, al vedas mantener las leyes que ellos votaron en el Parlamento concediéndoles el derecho al sufragio en igualdad de condiciones que al varón. ¡Diputados! ¡Sed consecuentes! ¡No malogréis la esperanza de las mujeres republicanas que esperan anhelosas servir a la República con pleno sentido de responsabilidad! ¡No despreciéis su concurso leal!» (Benita Asas Manterala, Asociación Nacional de Mujeres Españolas)

«Cuatrocientos cuarenta y cinco diputados y dos diputadas. Cerca de cuatrocientos se llaman de "ideas avanzadas". El resto defiende lo que cree la tradición. Dejando a un lado a los familiares femeninos de 108 electores de derechas y socialistas, quedan los núcleos femeninos de los cientos de miles de electores burgueses, pero "de ideas avanzadas". A estos núcleos tienen miedo los diputados. Estos hombres, los diputados están convencidos de que entre ellos y las mujeres de sus familias y las de sus electores se interpone otro hombre, el cura, por el cual ellos se confiesan vencidos. Pero entonces no deberían presentarse ante sus -electores como capaces de luchar por favorecerlos, cuando tan fáciles de vencer son.»  (Matilde Huici, El Sol)

«Lo abrigan precisamente aquellos que más y mejor descuidaron el dar a la mujer conciencia de su propia responsabilidad, el valor de su propia estimación y los que la dejaron más indefensa en poder de sus llamados directores espirituales. El hombre de la clase media ha sido en política más o menos avanzado, pero desde luego, en el hogar su intervención desdichadísima ha supuesto siempre el atraco, la reacción y la rutina.» (Matilde Muñoz)










«El voto hoy en la mujer es absurdo, porque en la inmensa mayoría de los pueblos el elemento femenino, en su mayor parte, está en manos de los curas, que dirigen a la opinión femenina, se introducen en los hogares e imperan en todas partes.» (La Voz, 1 de octubre de 1931)

«En estos momentos, y si se tratara de conceder el voto a las mujeres obreras, no vacilaría. Pero como no es sólo eso y yo desconfío de que las mujeres de las clases media y alta sientan la República, mi voto es resueltamente adverso a la concesión.» (Victoria Kent, El Heraldo de Madrid 10 de octubre de 1931) 

«Lo que yo propugno es algo en que las derechas españolas tienen sin remedio que estar absolutamente conformes, por el revuelo que se produjo entre ellas al instaurarse el sufragio universal. Sostenían, y hasta quizá no les faltaba razón, que el pueblo carecía de la preparación necesaria para intervenir de pronto en la política nacional, que muchos de los presuntos electores no iban a tener ni siquiera noción de lo que significaba aquello que se ponía a votación, que el obrero, por falta de preparación, decían entonces esas derechas, iba labrar un campo abonado al caciquismo, y otras muchas cosas más que en este momento no recuerdo. Pues bien; yo he pensado mucho en los argumentos de mis contrarios políticos, y he creído, como ya le he dicho, que quizá tuvieran entonces razón. Y como ahora se presenta un caso exactamente igual, me he dicho: ¿Cómo voy a permitir que la historia se repita ...? »(Victoria Kent en una entrevista a Josefina Carabias publicada en La Voz, noviembre 1931)





En las elecciones del 19 de noviembre de 1933 ganaron los partidos de centro-derecha y derecha, la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas), dirigida por José María Gil Robles, lo que dio lugar al bienio radical-cedista o bienio negro de los años 1933-1936. Muchos pensaron que se confirmaba la teoría de Victoria Kent, que se opuso al voto femenino en aquellos momentos por considerar que estaría influenciado por la iglesia. 

Es absurdo culpar a las mujeres de esta victoria. Además de la desunión de las izquierdas, se pudo comprobar en todas las mesas electorales como votaban los obispos, las monjas y los frailes de clausura. Se compraron votos, se regaló dinero y se ejecutó una eficaz campaña política desde los púlpitos a la vez que se realizaban mítines en las sacristías. Como señalaba en su editorial el periódico Humanitat de 22 de noviembre de 1933: «Ha sido toda una tropa lívida y negra del fanatismo religioso, que ha utilizado una ley de la democracia para apuñalar a la democracia.»

No olvidemos que tres años después, y también con el voto de las mujeres, ganó con sobrada mayoría el Frente Popular.

A Clara Campoamor se la culpó de favorecer el triunfo de las derechas: «A mi pudiéronme cargarse todos los políticos imaginarios de la mujer, y pasárseme todas las cuentas del menudo rencor. Lo que no espero ocurra es que se eleve una voz, una sola, de ese campo de la izquierda, de quien hube de sufrirlo todo, por ser el único que ideologicamente me interesa, y al que aún aislada sirvo» (El voto femenino y yo)

El día que la mujer española pudo votar por primera vez en unos comicios, Clara Campoamor y Victoria Kent perdieron su escaño.