1146. Inmolados nestes campos fronte a o mar tenebroso por amar causas xustas.

Ejecución en  el Campo da Rata el 23 de octubre de 1936  / Pepe Sáez (Revista Latina de Comunicación Social, 2010)




“Inmolados nestes campos fronte a o mar tenebroso 
por amar causas xustas”
(Isaac Díaz Pardo)



María Torres / 23 octubre 2014

En las proximidades de la Torre de Hércules de La Coruña, faro romano hoy declarado patrimonio de la humanidad, se encontraba en 1936 la prisión provincial, las baterias de costa de Punta Herminia, un polvorín del ejército y el Campo de la Rata (Campo da Rata). Este último es un descampado frente al mar en el que el 14 de abril de 2001 se inauguró un monumento, obra de Isaac Díaz Pardo, "saldando así la deuda contraída con hombres y mujeres que acabaron en el paredón de la intolerancia franquista, por sostener y defender sus ideas" (1)

Las ejecucciones en el Campo da Rata comenzaron el 25 de julio de 1936 y se realizaban a plena luz del día. Los coruñeses eran invitados a asistir a los fusilamientos como si de una fiesta se tratara. Es más, había palco de autoridades y a veces banda de música para acompañar son sus acordes el sonido de las balas. Había que aplicar un escarmiento ejemplar y sembrar más miedo del que ya existía.

El 23 de octubre de 1936, fueron fusilados en este siniestro espacio ocho reclutas del regimiento de infantería de la ciudad, acusados de sublevarse contra sus mandos sublevados. Los ocho habían nacido y residían en La Curuña. Sus nombres: Antonio Barreiro Méndez , Manuel Ferreiro Novo, Juan González Horta, Luis Lopez Gómez, Fernando Negreira Sánchez, Luis Neira Suárez, Manuel Obelleiro Meijide, Manuel Seoane Díaz. Cuatro de ellos: Antonio Barreiro Mendez, Manuel Obelleiro Meijide, Manuel Ferreiro Novo y  Luis Neira Suarez, pertenecían a las JJLL (Juventudes Libertarias).

La ejecucción fué pública. A lo largo del trayecto desde la prisión provincial hasta el Campo da Rata, los ocho jóvenes se abrazaban y aclamaban a la República. Daban vivas a Azaña y a la Libertad saboteada por un golpe de estado. Sus voces se unieron al frío viento atlántico hasta quedar silenciadas por el estruendo de las balas, los compases marciales de la banda de música y los aplausos de muchos miserables que presenciaban el acto.

Pepe Sáez, fotógrafo de Ribadavia, entonces convertido en soldado y centinela del polvorín, observaba desde una garita el macabro espectáculo. Disponía de una cámara fotográfica y sacó una instantánea que guardó junto con un plano del fusilamiento durante más de cincuenta años. La imagen clamaba por salir de su escondite y un día de 1988 es entrega al escritor Daniel Cortezón, quien se la hizo llegar a Isaac Díaz Pardo, autor del monumento en homenaje a los asesinados del campo da Rata y de la frase que encabeza este texto: “Inmolados nestes campos fronte a o mar tenebroso por amar causas xustas” ("Inmolados en estos campos frente al mar tenebroso por amar causas justas").


 Plano de la ejecución realizado por  el fotógrafo Pepe Sáez
(Revista Latina de Comunicación Social, 2010)



(1) Isaac Díaz Pardo




1145. Así fue la defensa de Madrid. II - Planteamiento de la Batalla (2)





El Estado Mayor.

En el obligado análisis que se debe hacer de los medios cuando se trata de exponer las condiciones de desarrollo de un suceso bélico no es normal considerar las posibilidades de acción del primero y principal auxiliar del mando, que es el EM, por ser éste un órgano que, bien o mal dotado, siempre está al lado del jefe y tiene sus funciones y su deber rigurosamente prescrito.

Tampoco es normal considerar, en la malla de medios que el jefe ha de manejar para conducir la batalla, ciertos organismos que en rigor no se bailan encuadrados en la estructura orgánico– militar de las fuerzas. Me refiero a lo que entonces se llamó la Junta de Defensa de Madrid.

Sin embargo, en el curso de esta batalla, y particularmente por la forma en que abordaron su función, es necesario decir algunas palabras sobre ambos organismos. Se trata en verdad de una batalla distinta (en su montaje y en su desarrollo) de las que normalmente se toman como modelo para el estudio del arte de la guerra.

Estos dos organismos se crearon precipitadamente, cuando la batalla ya estaba iniciándose: el primero utilizando personal sustraído de los Estados Mayores del ministro y del Ejército del Centro, y el segundo con representantes de todos los partidos políticos, cuyos presidentes, o comités ejecutivos, iban a desplazarse a Valencia con el Gobierno, al finalizar la jornada del día 6.

Para dirigir el primero fue designado jefe el que esto escribe, con facultades para elegir el personal que habría de integrarlo; y yo, que siempre he creído que la jerarquía y la antigüedad deben ser rigurosamente respetadas en la milicia, cuando fui designado para aquella función, me consideré obligado a alegar ante el general Asensio (que fue quien me comunicó oralmente el nombramiento por orden del ministro, lo que luego confirmaría por escrito el comandante de la Defensa que yo era uno de los jefes menos indicado para asumir aquel cargo, por ser de los de menor jerarquía y antigüedad en aquellos Estados Mayores, de donde habían de salir los integrantes del nuevo Estado Mayor. La respuesta que recibí fue categórica: «Son órdenes y hay que cumplirlas». No obstante, al presentarme al general Miaja, nombrado comandante de la Defensa, le hice la misma alegación, porque era necesario eliminar previsibles fricciones en el funcionamiento del nuevo órgano; sin embargo, obtuve una respuesta análoga. Así, mi acceso a un puesto de tan alta responsabilidad como era la jefatura del EM de las fuerzas que debían realizar la defensa de la capital se hizo por las vías legales, disciplinadamente y sin intromisiones políticas, ya que yo me mantenía totalmente al margen de tales actividades.

En el ambiente que presidía nuestra contienda, insistir, por mi parte, para no aceptar la designación me pareció improcedente, porque desde el comienzo de la guerra lo de la jerarquía y la antigüedad eran cosas que en gran medida habían sido barridas por los convencionalismos políticos. Además, empleando el argot militar, la situación era tan «fea» que una actitud de resistencia podía parecer cobardía o falta de resolución para afrontarla. 

¿A quiénes elegir para que me secundaran en aquella labor? Lo hice sin titubear: a los compañeros que, por conocerles bien, sabía de su abnegación, de su patriotismo, de su sentido de responsabilidad y, principalmente, que estaban desvinculados de lazos o compromisos políticos de cualquier índole, pues, aunque el problema de conjunto era evidentemente político, yo lo medía esencialmente en su significado militar, nacional y humano.

No sólo es injusta sino calumniosa alguna manifestación, como la que aparece en la página 169 de la obra de Zugazagoitia  (sobresaliente periodista, pero no historiador) al describir el ambiente de Madrid durante los primeros días de la defensa, quien dice lo siguiente: «En el Ministerio de la Guerra las defecciones eran constantes. El sesenta por ciento de los jefes de Estado Mayor se pasaron al adversario sin que nadie pudiera hacer nada por impedirlo, dado el desconcierto que se había introducido en aquella casa. Entre los oficiales evadidos los había de filiación republicana, personas de absoluta confianza para el régimen, para las que la guerra ya no tenía color… Margarita Nelken, según mis informes, se había convertido en una autoridad en el Palacio de Buena Vista, donde permanecía horas y horas, ordenando con un tono menos insinuante que el de su manera habitual…»

Puedo afirmar rotundamente que lo subrayado por mí es falso, aunque los informantes del periodista y la propia señora Nelken creyeran que mandaba; pero no sólo era ella quien así lo creía y lo hacía público entre sus contertulios y partidarios, persuadiéndoles más o menos alegremente de que si algo salía bien era por obra de sus consejos; en verdad, al comienzo, eran muchos los que se creían mandar: periodistas, jefecillos políticos, comisarios, agitadores…, mas en realidad sucedía que su fogosidad, hablada o escrita, contribuía a mantener exaltada la moral, pero que los hombres a quienes habían venido manejando más o menos arbitrariamente se les estaban escapando de su control o de sus manos, y desde aquella noche un órgano nuevo, el Comando de la Defensa, comenzaba a mandar militarmente, lo que no había sucedido hasta entonces. Los hechos eran elocuente testimonio.

Y en cuanto a las deserciones de los oficiales del Estado Mayor del Ministerio, al que yo pertenecía, y del Ejército del Centro, al que se vinculó la Defensa indirectamente, como después se explicará, es igualmente falsa la afirmación de Zugazagoitia; y no sólo en lo que se refiere al Estado Mayor, sino a la mayoría de los oficiales que permanecían en Madrid, tildados de «desafectos» (simplemente por no estar afiliados políticamente a ningún partido), y sin ejercer cargos de mando, responsabilidad civil o castrense; muchos de ellos acudirían al llamamiento que en la primera jornada haría el jefe de la Defensa (nos hemos de referir más adelante a él), afrontando un deber que, por desmoralización, renunciaron a cumplir en el puesto de peligro, algunos de los que, ejerciendo funciones de mando, o rectoras de alguna actividad, o en cargos civiles, marchaban a Valencia acompañando al Gobierno, y a otros que quedaban en Madrid, persuadidos de que ya no había nada que hacer, pero garantizando su salida oportuna, guardándose en el bolsillo su pasaje en algún avión (entre ellos el periodista de referencia).

Más concretamente: de los jefes y oficiales que integraron el Estado Mayor de la Defensa, solamente uno de ellos declinó mi llamamiento, por razones que yo estimé justas; los demás marcharon a Valencia o continuaron en gran parte en el EM del Ejército del Centro o en puestos de responsabilidad, donde prestaban sus servicios. Si posteriormente se produjo alguna defección no le habría costado mucho trabajo al historiador saber por qué se produjo, ni quiénes la provocaron con su derrotismo… 

Pues bien, los camaradas a quienes me dirigí para formar el EM de la Defensa respondieron resueltamente y sin titubeos; para convencerles les había hablado sin súplicas ni razonamientos; les planteé la cuestión de manera concreta y clara, y en cuanto comprobé que estábamos en completo acuerdo les rogué una conducta de absoluta lealtad en la colaboración con el comando tanto en la interpretación de la grave situación que se ponía en manos del general y en las nuestras como en el criterio con que debíamos trabajar sirviendo lealmente al comandante de la Defensa y al bien público.

Todos los elegidos, menos dos, eran de mayor antigüedad que yo y solamente uno de aquéllos se excusó con razones dignas de respeto. De su trabajo eficacísimo en los seis largos meses que me cupo la honra de ser jefe del Estado Mayor, y de su espíritu de sacrificio para sacar del caos a Madrid, para reorganizar el ejército, para restablecer la disciplina, para resolver las situaciones gravísimas que se nos plantearon, para despreciar o vencer las miserias y las desconfianzas en que se nos quiso envolver, y para cumplir la obligación de cada día sin otra ambición que la del mejor servicio a nuestra patria, todo elogio que yo pueda hacer me parecerá siempre pobre.

Comenzamos nuestra tarea sin dossiers ni despachos organizados; algunos antecedentes, algunos planos, una balumba de papeles, indescifrables muchas veces, y algunas notas personales con los datos que cada cual poseía de su actuación anterior. Se trabajaba en «bloque» más que en «equipo», y a la regular organización del EM no llegamos a través de directivas escritas, de órdenes, de deslinde disciplinario de facultades, encerrándose cada uno en su oficina y entendiéndose rutinariamente con el jefe a la hora del despacho o de la firma.

En la primera semana de la defensa, afrontábamos los problemas de cada instante y de cada día, indistintamente, tal y como surgían. Realizábamos nuestra labor en el mismo local y, durante los primeros días, en la misma mesa de trabajo, una muy amplia, de mármol, que había en el despacho de ayudantes del ministerio, contiguo al despacho del ministro, donde se había instalado el general Miaja.

No había turnos para el trabajo; solamente para las comidas; y se dormía —más bien se dormitaba— cuando se podía. Durante los cuatro primeros días de labor creo recordar que no durmió nadie.

El lector sabrá disculpar estos detalles, aparentemente pueriles. Los cito porque revelan cuán distinta es la realidad de las situaciones angustiosas de guerra, de lo que los libros y los reglamentos muestran al hablar del ambiente técnico en que se fraguan los planes de las operaciones o de una batalla.

Me ha parecido también necesario mostrar así, crudamente, aquel ambiente, para desvirtuar ciertas versiones de que la defensa de Madrid la organizaron los jefes soviéticos Gorev y el encubierto bajo el alias de «Martínez», y que la dirigió el Partido Comunista.

Como jefe del EM afirmo rotundamente que eso es falso, como es rigurosamente cierto que el agregado militar soviético, coronel Gorev, cooperó eficazmente con el comandante de la Defensa, cuya autoridad en ningún momento dejó de ejercerse; como igualmente en ningún momento intervinieron las funciones del EM. Si algunas circunstancias han podido inducir a emitir aquel juicio, la verdad es que ni el comando ni la Junta de Defensa fueron regidos por el Partido Comunista ni por ningún otro partido. La independencia política de la mayor parte de los jefes del EM, y de las columnas, y la conducta de la Junta son testimonios elocuentes. Si pudo haber algún acto o suceso de su particular iniciativa, como con ocasión de la llegada de las primeras escuadrillas y tanques, y si pudo haber —y las hubo— fricciones en el empleo de las armas rusas y el personal que las manejaba, no fueron otras que las inevitables en horas tan confusas como las que entonces vivimos. Oportunamente, y en elogio suyo, trataré de la personalidad del agregado militar soviético, coronel Gorev, como igualmente será realzada en sus justas proporciones la labor disciplinaria y de organización llevada a cabo por el V Regimiento y por los centros de organización de las sindicales y comités de los partidos republicanos, que rivalizaban en sus esfuerzos de colaboración, pero que también crearon graves situaciones, cuando alguno de ellos trató de imponerse.

Pero volvamos al tema en sí. Durante esa noche memorable de Madrid, el fantasma del miedo hizo una drástica depuración, eliminando lo superficial, inservible o maleable, para dejar al descubierto la roca viva; es decir, barrió lo que había de superfluo o infecundo a flote, y que llevaba de un lado a otro la marejada de las pasiones, y realzó lo que pudiera haber, y realmente había, de grandeza en la gente abnegada, que salía a la superficie alumbrando la verdad; y la balanza, para gloria de Madrid, iba a inclinarse enseguida del lado de la verdad, según vamos a ver.

Pocas veces un Estado Mayor, ante una situación apremiante y gravísima, habrá trabajado con mayores dificultades, menores medios y menos burocraticamente, pero con mayor eficacia, luchando contra las fuerzas materiales y espirituales de enemigos visibles e invisibles, devolviendo bien por mal y, si vale la metáfora, equipando una cuadriga desvencijada que había de correr —que ya estaba corriendo— tirada por potros salvajes cuyas riendas, nosotros, el Estado Mayor, debíamos poner en manos del comandante de la Defensa.

Y así fue, dejando eliminadas todas las resistencias, entre las cuales no eran las peores las que nos proporcionaba la lucha en el frente de combate, sino más bien, y en muchas situaciones, las que se nos creaban en el campo propio.

Percibíamos claramente que el desorden en el frente y en la retaguardia era tan considerable que era ingenuo pretender que con una o algunas «órdenes» pudiera corregirse en un plazo brevísimo como lo exigía la situación. Pero al fin, con mayor fortuna de la que esperábamos, y antes de que transcurriese un mes, veíamos «entrar en caja» todo el mecanismo, y nuestro EM, correctamente organizado, trabajaba en orden perfecto, con las funciones bien delimitadas, en un ambiente de hermandad más que de camaradería y con rigurosa lealtad a nuestro jefe, quien nos honraba con una confianza sin límites y por quien en ningún momento nos vimos frenados ni intervenidos.

Así se pudo librar a Madrid del caos social, político y militar del 6 de noviembre y llevar las tropas a una victoria, bien patente al renunciar el adversario al empeño a que se había lanzado en aquella fecha: la conquista de la capital de España.


General Vicente Rojo
"Así fué la defensa de Madrid"
Capítulo  II - Planteamiento de la Batalla (2)
Asociación de Libreros de Lance de Madrid, 2006
















1144. Pau Casals y su carta a Charles De Gaulle.

Pau Carles Salvador Casals i Defilló 
(Vendrell, 29 de diciembre de 1876 - San Juan de Puerto Rico, 22 de octubre de 1973)





Carta de Pau Casals al General De Gaulle
25 de marzo de 1963


«Señor presidente: me permito escribirle porque me he enterado, por la prensa, de que su Gobierno parece tener la intención de tomar determinadas medidas con respecto a los refugiados políticos españoles que se vieron obligados a establecerse en Francia veinticuatro años atrás.

Como yo mismo soy un refugiado, y me siento solidario de mis compatriotas, considero un deber recordarle que cualquier medida de expulsión o confinamiento adoptada contra esos españoles sería recibida dolorosamente por todas las personas que permanecen fieles a ciertos valores humanos.

Mi general: durante los años sombríos de la ocupación hitleriana, desde la pequeña ciudad de Prades escuchaba sus llamamientos retransmitidos por la radio como unos llamamientos a la esperanza. No ignora usted quiénes eran entonces los que deseaban ardientemente la liberación de Francia, y los que, por el contrario, se alegraban de todas las victorias de los ocupantes. Permita que le diga que para todos nosotros sería un terrible desengaño que el mismo hombre que simbolizaba la esperanza adoptase unas medidas - ¡veinte años después!- contra aquellos que le sostenían con su entusiasmo y su acción. (En Annecy existe un monumento elevado a la memoria de los españoles que dieron su vida por liberar a Francia.) Quizá soy un romántico anticuado, pero, a mi entender, el destino de un solo justo es más importante que las combinaciones diplomáticas.

Conozco a Francia desde hace más de sesenta años, y nunca podría olvidar los maestros y los amigos que, en este país, me acogieron y me alentaron en momentos difíciles; sin embargo, lamentaría muchísimo verme decepcionado por un hombre al que tanto había admirado.»


Respuesta del presidente de la República francesa
9 de abril de 1963


«Mi querido maestro (Mon cher maître): ha tenido la amabilidad de comunicarme las inquietudes que le provocan los rumores que ha propagado cierta prensa.

Puedo asegurarle que estos rumores carecen en absoluto de fundamento, y que el Gobierno francés no tiene en modo alguno la intención de adoptar medidas discriminatorias contra los españoles refugiados en su territorio.
Celebro poder aprovechar la oportunidad que se me presenta con ese motivo para manifestarle mi profunda admiración por su gran talento, y le ruego que quiera aceptar, mi querido maestro, la expresión de mis sentimientos más distinguidos y más cordiales.» 



1143. Así fué la defensa de Madrid. II - Planteamiento de la Batalla (1)

Sierra de Guadarrama, vista panorámica del despliegue defensivo del Ejército republicano, incluyendo varias pieza de artillería
(Albero y Segovia)





El terreno.

El teatro de operaciones donde se va a desarrollar la batalla está enclavado en la Meseta meridional de las dos que forman la gran terraza de ambas Castillas. Se halla separada de la septentrional por las grandes sierras de Gredos y Guadarrama, y por el conjunto de serranías que forman el sistema Carpetano hasta los Altos de Medinaceli, donde este sistema empalma con el Ibérico y donde desarrolla la comarca en que confluyen las provincias de Soria, Guadalajara y Zaragoza.

Desde esa gran arista orográfica, el terreno desciende hacia el sur, desarrollando sus espolones de forma suave, y apareciendo la región de Madrid como una extensa llanura, levemente accidentada en algunas de sus comarcas. Los obstáculos orográficos no son de sobresaliente importancia para las operaciones que se van a relatar, pues a través de todos ellos es posible y relativamente fácil la maniobra de las Fuerzas Armadas.

Las regiones verdaderamente accidentadas de este TO se revelan: en la parte occidental, al sur de la sierra de Gredos; en la parte oriental, en las tierras que ocupan el Alto Tajo y la serranía de Cuenca; y en la región central, a ambos lados de la carretera de Burgos a Madrid que cruza el sistema Carpetano por Somosierra.

En el sur, el TO queda cerrado por los montes de Toledo y las pequeñas serranías que se inician al norte de Ciudad Real y mueren, por el este, en el valle del Guadiana, a la altura de Alcázar de San Juan.

En verdad, ninguna de las regiones claramente montañosas interesa de manera directa al cuadro operativo en que va a desenvolverse la batalla. Su interés se concreta al hecho de fijar condiciones a los Sistemas de Fuerzas que monten la maniobra en torno a lo que será el objetivo esencial de la lucha: Madrid.

En el aspecto hidrográfico, en la zona de maniobras de la batalla, se desarrolla de norte a sur, descendiendo de las serranías en esa dirección buscando el cauce del Tajo que cruza la zona de E a O, después de describir un gran arco en su curso alto, al E de Guadalajara.

Los afluentes del Tajo que desempeñarán un importante juego como factores tácticos en la maniobra son: al O de Madrid, el Guadarrama y el Manzanares; al E, el Jarama, con sus afluentes el Henares y el Tajuña. El propio río Tajo corre al S de Madrid.

En orden a las comunicaciones, es sabido que Madrid constituye el principal nudo de ferrocarriles y carreteras de España y que el trazado de ambos sistemas es radial. La lectura del croquis nos libera de su descripción. Oportunamente consignaremos las obras que se realizaron en el curso de la batalla para perfeccionar las comunicaciones y garantizar su mantenimiento.

Así como en lo que respecta a la red ferroviaria no dispone el TO de ninguna en circunvalación que ligue los ejes radiales, la red de carreteras se halla muy bien enlazada por transversales y aparece complementada con pequeños ramales que se derivan de ellas, todo lo cual puede apreciarse en el citado croquis.

Topográficamente, el contorno de Madrid interesa para conocer el desarrollo de la batalla. Asentada la capital en el valle del Manzanares, que lame sus linderos en el frente SO (por donde se produciría el ataque), no tiene en sus inmediaciones más que pequeños accidentes de escaso relieve. La zona de maniobras se desarrolla por el S en lo que prácticamente es una extensa llanura, sólo perturbada por colinas aisladas, o que forman sistemas de desarrollo limitado, como las que se alzan sirviendo de divisoria de aguas entre los ríos Guadarrama, Manzanares, Jarama y Tajuña, o de algunas quebradas y barrancas de cauce normalmente seco.

Tanto esa zona sur como la oriental están despejadas de bosques. Estos existen en forma de grandes manchones al O y al N, en un terreno orograficamente más revuelto; de un modo general predominan las extensas capas de matorrales, más que el bosque alto y espeso.

Pese a la existencia de esos matorrales, toda la zona de maniobras se presta a la observación terrestre y aérea, de las que solamente escapan algunas zonas de alto arbolado y las que se hallan edificadas.

Ambas clases de obstáculos jugarán un papel sobresaliente en la maniobra y en la batalla, haciendo pesar su valor como factores tácticos en las acciones de fuego y movimiento, en el encubrimiento y en la sorpresa, y resultando notablemente favorables para la defensa.


Los medios.

Desde el comienzo de la guerra el Gobierno se había lanzado a la lucha en los distintos frentes organizando «Columnas» que puso en su mayor parte bajo el mando de jefes profesionales. Los partidos políticos o los dirigentes sindicales organizaron otras, siendo ellos mismos quienes ejercían el mando, con o sin asesoramiento técnico. Tal fue el primer efecto del derrumbamiento del Estado a consecuencia del Alzamiento.

La totalidad de las columnas eran manejadas desde el Ministerio de la Guerra por el ministro, como jefe supremo, y su EM, pero sin que los diferentes frentes de lucha tuvieran mandos de conjunto que articulasen las columnas que en ellos se empleaban. Esos frentes fueron los del Norte, Aragón, Centro, Andalucía y Extremadura. Los dos primeros se mantenían con relativa autonomía.

En el TO del Centro, concretamente, aparecían: la columna del coronel La Calle, que cubría la carretera de Aragón al sur de Sigüenza; la columna del general Bernal, sobre el eje que conduce a Burgos por Somosierra, y la columna del general Riquelme, que cerraba las carreteras que convergen sobre Madrid por el Guadarrama y Navacerrada; en el S la columna del general Asensio, que operaba sobre la carretera de Talavera de la Reina a Madrid. A esta columna se incorporaron las fuerzas que pudieron replegarse sobre la capital al caer Toledo en poder del adversario. Entre las dos últimas columnas citadas, otra secundaria, a las órdenes del coronel Mangada y reclutada por éste en los primeros días, cubría la zona de El Escorial.

En el mes de octubre, cuando las tropas procedentes de África ya estaban cerca de Madrid, el general Pozas fue nombrado jefe del Ejército del Centro, con jurisdicción sobre las fuerzas que cubrían la capital, y al atardecer del de noviembre de 1936, cuando la capital ya estaba directamente amenazada, fue designado el general Miaja jefe de la defensa de Madrid y se pusieron a sus órdenes las tropas y medios dislocados entre el río Guadarrama, al O de Boadilla del Monte, y Vaciamadrid, en la confluencia de los ríos Jarama y Manzanares, al sureste de la capital.

La evaluación de los medios de la defensa sólo podía hacerse aproximadamente a causa de la confusión que imperaba en un frente que reiteradamente, desde los combates librados en la zona de Talavera de la Reina, venía siendo batido y arrollado (el coronel Puigdengolas, que lo mandaba, acababa de morir en la línea de fuego).

En dicho frente las unidades se renovaban o reforzaban de manera precipitada o sin control, ya fuese por las dificultades con que se tropezaba en la lucha, por las influencias políticas, o por las interferencias creadas por los jefes de los partidos o sindicatos, que habían organizado unidades de milicia. Tales injerencias escapaban muchas veces al control del Mando Superior, aunque éste se hallase en manos del Ministro.

Se sabía que existían numerosas unidades incompletas que actuaban entre las carreteras de Toledo y Extremadura, por las que avanzaba el adversario; pero se desconocía su volumen, su ubicación y las posibilidades con que contaban; tampoco podía precisarse con rigor dónde se hallaba el frente de combate, ni el apoyo artillero de que se disponía, a causa de sus incesantes fluctuaciones. Algo similar podía decirse de las fuerzas empeñadas desde Carabanchel, por Villaverde, hasta Vaciamadrid, y de las unidades que daban conexión al frente desde la zona de Campamento hasta las estribaciones de la Sierra.

A tal imprecisión contribuía la proximidad de los combatientes a la capital y la mayor facilidad que con ello tenían los organismos políticos o sus dirigentes para manejar a quienes designaban como sus tropas. Esos jefes, políticos o milicianos, continuaban practicando un vicio que se inició al comienzo de la guerra: el de desplazarse a Madrid cuando la ausencia de luz atenuaba el combate, so pretexto de «informar», ya fuese al mando militar o al mando político, o bien para recabar órdenes o instrucciones.

En cuanto a la disponibilidad de reservas y medios complementarios en la retaguardia, no era menor la imprecisión o la incertidumbre. En realidad, el nuevo comandante de la Defensa, al hacerse cargo de su cometido, sólo pudo reunir elementos de juicio francamente vagos o inciertos. Sin embargo, en contraste con esa imprecisión, la realidad era que a dicho jefe se le entregaba todo, la ciudad y una masa imponderable de medios, sumidos en el desorden y en el desconcierto.

Si esto era evidente en el orden material, lo mismo acontecía en el moral, ya que al sonar al atardecer del 6 de noviembre los primeros aldabonazos dados por la artillería enemiga, una crisis de tonos morales estaba fraguándose en el ambiente ciudadano de la capital, y no se podía intuir siquiera cómo iba a cristalizar, facilitando o dificultando la resolución del problema militar que se estaba planteando.

Tratemos de precisar algunas de las posibilidades del momento. En el orden humano existía una verdadera polvareda de hombres y de unidades combatientes, agrupados de manera arbitraria, irregular, aunque con la nomenclatura de la organización normal: Secciones, Compañías, Baterías, Batallones…, algunas estaban mandadas por cuadros profesionales de jerarquía modesta y la mayor parte por jefes de milicias designados por los partidos políticos o por la Inspección General de Milicias.

En todos los casos se había tenido en cuenta la conducta que militarmente habían observado como combatientes desde los primeros meses de la lucha; circunstancia, ésta, que daba a los jefes, sobre el miliciano elemental, la autoridad proveniente de su antecedente bélico [1].

Como era natural predominaban las unidades de Infantería equipadas con armas de acompañamiento; excepcionalmente, algunas de ellas disponían de escuadras o pelotones de jinetes; otras contaban con algún carruaje blindado de manera rudimentaria y, muy excepcionalmente, de alguna pieza de artillería.

Para dar una idea de la pulverización orgánica de nuestras unidades combatientes, me basta señalar este dato: cuando en el curso de los combates de los primeros días logramos conseguir información sobre las unidades de que disponía el teniente coronel Barceló que con su columna [2] cubría el frente de nuestra ala derecha, apoyándose en Majadahonda–Boadilla del Monte [3] y que actuaba conjuntamente con la 3.ª Brigada y las tropas batidas de Fernández Cavada (Aravaca–Húmera y Pozuelo) contra el flanco izquierdo de los atacantes, supimos que en aquella base había reunido los restos de diversas pequeñas unidades con efectivos variables entre 40 y 600 hombres. De ellas siete eran restos de unidades de tropas regulares (Batallón de Instrucción, Guardias de Asalto, Seguridad, Aviación, Compañías de los Regimientos de la primitiva guarnición de Madrid y Campamento, y Caballería a pie); los demás eran unidades de milicias (Columna vasca, Compañías del V Regimiento, Batallón Dimitrov, Batallón Pestaña, Batallón Acero, Juventudes Campesinas, Columna Libertad, Batallón España y otros) de las cuales, aunque algunas se titulaban Batallones, eran meras agrupaciones de 200 a 300 hombres, algunas sin cuadros; de dichos batallones sólo uno disponía de 600 hombres y otro de 400.

De las demás columnas (Cavada, Enciso, Escobar, Mena…) cabe decir lo mismo; existían en ellas algunas pequeñas unidades «autónomas», cuyos efectivos eran inferiores a cincuenta hombres. Las dificultades que en el orden táctico habían de vencer los comandantes de columna no necesitan ser subrayadas.

El armamento era muy variado en todo el frente y se hallaba profusamente mezclado: en fusiles, disponíamos de los calibres 6.5, 7.0, 7.62 y 7.92, a los cuales se sumarían bien pronto los 7.7, 8.03 y 8.0, al llegar unidades procedentes de otros frentes o al adquirir en el extranjero algunas partidas de armas.

Había cinco calibres distintos de ametralladoras, tres de morteros, ocho de artillería… incluidas algunas piezas arrumbadas en los parques; su reparto entre las columnas no respondía a ningún criterio y, debido a la circunstancia de que ese armamento había sido entregado a los combatientes según la urgencia de empleo en uno u otro lugar, y al trasiego de éstos de una a otra unidad, era frecuente encontrar unidades armadas con fusiles y ametralladoras de los más variados calibres. Esto crearía enormes dificultades de abastecimiento, hasta que en el proceso de reorganización, de que trataremos en otro lugar, se lograse unificar el correspondiente a cada unidad.

Prácticamente no existían armas de defensa contra aeronaves (DCA) y contra Carros de combate (Ac). El apoyo que pudieran prestarnos la Aviación o las unidades blindadas no se podía controlar ni prever, pues la defensa de Madrid carecía de esos medios y los que disponía el Mando Superior eran manejados directamente por el mismo. Solamente sabíamos que se disponía de algunos aviones llamados en el argot miliciano «natachas» (para pequeño bombardeo y vuelo rasante, de escasa eficacia) y «katiuskas», de bombardeo; muy pronto se recibirían los «chatos», de caza, y posteriormente se adquirieron los llamados «moscas». Aquél era muy maniobrero, y el último muy rápido y de mayor potencia de fuego.

En lo que respecta a Carros de combate, habían llegado los primeros modelos T–26 de fabricación rusa, pero ninguna unidad fue adscrita a la Defensa, si bien cooperaron con ésta muy activamente desde finales de noviembre. Al comienzo de la batalla, el pequeño número de carros ligeros de que disponíamos [4] se adscribieron a las columnas del flanco derecho.

En el frente de Madrid, y expresamente en el sector sur, por donde amenazaba la maniobra adversaria, se habían hecho fortificaciones por el Estado Mayor del ministro, y sobre el plano, unos estudios para montar un sistema de obras defensivas que las tropas habrían de ocupar cuando se replegaran sobre la capital. Formaba dicho sistema un conjunto de centros de resistencia de relativa eficacia para cubrir linealmente la ciudad y, a la vanguardia, algunas obras aisladas tratarían de dislocar la maniobra enemiga dando tiempo a la ocupación de aquellos centros.

El conjunto de tales obras estaba muy lejos de poderse considerar terminado cuando el enemigo se acercó a la plaza, y prácticamente, en la confusión reinante, no se podía pretender su ocupación de una manera ordenada y dirigida. Tal vez las obras más retrasadas, situadas en el propio lindero de la ciudad, pudieran guarnecerse en el último repliegue, y no se debía perder la esperanza de que en ellas llegase a consolidarse la resistencia.

En cualquier caso, parecía frustrada la previsión del Mando Supremo de fortificar la periferia de Madrid, contribuyendo a ello la falta de conexión entre la dirección de las obras defensivas —a cargo de elementos civiles sin relación con el Mando Militar— y los comandantes de las diversas columnas. Las tropas y sus jefes desconocían la localización de las avanzadas, que ya se habían terminado, y en su repliegue pasaron junto a ellas sin ocuparlas.

Es notoriamente exagerada la referencia de la Enciclopedia Espasa (Suplemento 1936–39), cuando dice que «la capital de España se había convertido en un inmenso reducto con su foso natural…» y en cuyas barricadas «cada casa era un fortín». Esto pudo tener visos de verdad durante el curso de la batalla, en algunos sectores, por imperativos del vigor del ataque y la tenacidad de la resistencia, y por el intenso esfuerzo que, día y noche, realizaron las unidades destinadas a esos trabajos, pero distaba mucho de ser cierto en el momento de iniciarse el ataque.

En otro orden de ideas, y sólo como ironía, se puede admitir lo que en diversos textos se ha dicho de que el Gobierno tenía montado un plan de defensa a base del empleo de 50 000 voluntarios internacionales. Si aquel plan existió lo guardaría algún turista en su cartera para mostrárselo a nuestros adversarios. En cuanto a los 50 000 combatientes internacionales no los vimos jamás en Madrid ni fuera de Madrid. De los efectivos que llegaron a la plaza para cooperar en la defensa trataremos en el momento oportuno.

El mantenimiento del Sistema de Fuerzas de la defensa estaba prácticamente asegurado por los propios organismos que desde la capital habían venido abasteciendo los frentes hasta entonces. Y aunque muchos de sus elementos directivos se desplazaron a Valencia con el Gobierno, la maquinaria o mecanismo de abastecimientos de todo orden quedaba montado en Madrid.


General Vicente Rojo
"Así fué la defensa de Madrid"
Capítulo  II - Planteamiento de la Batalla (1)
Asociación de Libreros de Lance de Madrid, 2006













1142. A mi abuelo, Fabián Valencia Lerga.

Sabemos que el silencio absuelve a los verdugos. Los nietos de aquella generación que fue víctima de una represión institucionalizada, no hemos querido aprender de nuestros padres los silencios, y aunque al igual que ellos el sufrimiento nos acompañe, queremos recordar.

Ha llegado a nuestras manos el relato de Olga, nieta de Fabián Valencia, asesinado en Tafalla hace 78 años, el 21 de octubre de 1936.

Cuarenta y un años despúes, ella misma sacó de la tierra donde habían sido arrojados, los restos de su abuelo. Las imágenes que acompañan a este texto hablan por si solas.

No, los nietos no olvidamos. Queremos saber la verdad, queremos Justicia y reparación del daño.

Nunca alcanzaremos un Estado realmente democrático mientras que no se reconozca y repare el daño, mientras no rescatemos los cuerpos que yacen en las todas las fosas y dignifiquemos la memoria de los represaliados, mientras no obtengamos una condena de las atrocidades del régimen de Franco, mientras que los franquistas sigan viviendo en la impunidad.



*


A mi abuelo.

Ese 12 de Octubre de 1936, unos días antes de ese fatídico 21 de Octubre en la «fiesta de la raza» en Salamanca, Millán Astray gritaba «muera la inteligencia» y «viva la muerte».  Fue la antesala de lo que iba y estaba sucediendo a la joven democracia Española a la que no dejaron desarrollarse por la mezquindad de los mediocres. 

Mi abuelo Fabián Valencia Lerga (21 Enero 1903), de profesión albañil lo sacaron de su casa y fue encarcelado en Julio del 36 sin ningún motivo, dejando a su mujer Claudia embarazada de 8 meses y a su hija Isabel de 2 años. Mi madre nació un 16 de Septiembre de 1936 y lo que primero pensó mi abuela Claudia fue llevar a su niña a la cárcel a que su padre la conociera. Le negaron la entrada porque iba con esa criaturita. Sin otro pensamiento en aquellos momentos tan duros y dolorosos, se fue a la parte trasera de la cárcel donde había un pinar y levantando el bultito hacia la cárcel esperaba que su marido fuera capaz de ver a su nueva hija. La doble desgracia es que mi madre jamás conoció a su padre ni tampoco su padre la conoció a ella.

Todo empezó un 18 de octubre cuando se celebraba el funeral del teniente Castiella del ejército sublevado y muerto en el frente. La homilía del sacerdote invitaba a sublevarse contra los presos con estas palabras “….estos honrados hijos del pueblo, defensores de la Patria y la Religión, están muriendo en el frente y los enemigos de la Patria y de la Iglesia siguen vivos”. Se organizó una manifestación amenazante hacia la cárcel donde querían sacar a los presos y quemarlos vivos. Entre los carlistas y falangistas de uniforme se sumaron los matones a sueldo. Frustrado el linchamiento, los carlistas en su mayoría se dirigieron a las autoridades para conseguir los permisos de fusilamiento aludiendo al clamor popular que así lo pedía.

Dos días más tarde comunicaron a los presos que les iban a trasladar a Burgos y que no se acostaran. La orden iba firmada por el General Solchaga. A las dos y media de la mañana del 21 de octubre un numeroso grupo de requetés de Pamplona llego a la cárcel y leyeron la lista de los que iban a ser “trasladados”. En total se contabilizaron 64 personas de los cuales 27 eran de Tafalla y entre ellos estaba mi abuelo Fabián (33 años). Llenaron dos autobuses de la Tafallesa y al ver que los autobuses se desviaban de Pamplona tomando dirección a Monreal algunos forcejearon. Cuando llegaron en el paraje llamado “la Tejeria” habían ya preparadas varias fosas. Los sacaron en grupos, atados con alambre por parejas, mientras varios curas daban la confesión (¡malditos todos!). Tras asesinarlos, un requeté supuestamente les daba el tiro de gracia tirándolos a continuación a las fosas. Acabada la matanza los cuerpos fueron cubiertos con una capa de cal y enterrados por los horrorizados vecinos, a quienes se les obligo a participar. Cuando se localizaron las fosas y se sacaron los huesos 41 años después, estos seguían impregnados de esa cal, y muy poquitas calaveras tenían ese tiro de gracia. Doy crédito de lo que vi pues ayude a sacar a mi abuelo. 

Hubo 502 fusilados en toda la Merindad y al menos 3.162 en todo Navarra un lugar donde no hubo nunca “frente de guerra” al triunfar el golpe desde el primer día, sin hablar de las viudas a las que se las hacia ingerir aceite de ricino y se las rapaban la cabeza. Mi abuela Claudia no sufrió esa humillación y todavía no sabemos por qué.

No quiero remover heridas pero tampoco quiero dejar mi pasado en el olvido. La “memoria histórica” molesta a los franquistas convertidos en demócratas. En Navarra esta derecha criminal sembró las cunetas de asesinados y lo peor es que nunca fueron juzgados por esos crímenes (entre otros el “Chato de Berbinzana”) y encima esos “demócratas” quieren que sigamos callados.  ¡Ya está bien!!!


Olga Uyarra.







1141. Así fué la defensa de Madrid. I - Encuadramiento del tema.

Situémonos en el momento crucial de la lucha, cuando Madrid se convierte en objetivo de guerra. Va a comenzar la batalla de Madrid, el hecho singular por excelencia del conflicto que me propongo estudiar.

Se había planteado ese objetivo como decisivo en la guerra española desde los primeros días del Alzamiento, cuando el Gobierno decidió hacer frente a la rebelión para intentar abatirla; la primera crisis favorable a los leales se produjo al lograr la redención, en las serranías al norte de la capital, de las columnas que venían a atacarla desde el norte; ahora iba a cristalizar otra crisis. Podía pensarse en la pérdida del objetivo por cuanto las fuerzas de las columnas marroquíes llegaban por el sur arrollando a las milicias hasta las puertas de la capital y ésta, como objetivo, cobraba su más alto significado en los órdenes estratégico y táctico, tanto nacional como internacional.

Han transcurrido tres meses y medio de lucha. Esta aún tiene significado miliciano. Se han hecho presentes en los dos bandos cooperaciones extrañas al ámbito español, y el mundo europeo, a través de un comité irónicamente titulado de No Intervención, pero integrado por los gobiernos que ven en la discordia sangrienta en que ha caído España la posibilidad de un «buen negocio» para sus intereses económicos o para sus ambiciones imperialistas, no duda en dar al problema proyecciones universales, comprometiéndolo con las ideologías que baten el mundo, explotando el hecho de que tales ideologías ya habían prendido en el suelo español.

Dejemos planteada clara y categóricamente esa verdad, no sólo para comprender cabalmente los sucesos que va a desarrollarse a lo largo de los cinco meses que durará la batalla, sino para que, después de conocido su desenvolvimiento, queden perfectamente claras estas otras dos verdades:

1.ª Que la Segunda Guerra Mundial, iniciada diplomáticamente en Munich seis meses antes de la terminación de la guerra española, y desencadenada militarmente cuatro meses después de ese final por las potencias responsables de la derrota del pueblo español, sería el testimonio contundente del crimen internacional cometido contra España; y 

2.ª Que fue precisamente en el curso de esta memorable batalla donde los hombres de España y del mundo quedaron divididos en dos tendencias inconciliables porque, a pesar de la victoria de Madrid aquel comité hizo posible que con los despojos del pueblo español quedaran enterrados los ideales universales y cristianos de libertad y justicia, abriendo el campo a la expansión mundial del totalitarismo.

Por las deformaciones que en ambos bandos se han hecho de la batalla de Madrid y por la aviesa explotación que algunos escritores han prestado al suceso en sus aspectos político, social y moral, considero que para mí es un deber, porque fui jefe de Estado Mayor de la Defensa, decir lo que sé de ese acontecimiento histórico. Es posible que les interese tenerlo en cuenta a quienes algún día aborden la empresa de escribir la verdadera historia de nuestra guerra.

Por ello he tratado de plantear el tema con amplitud y desarrollarlo tan completamente como me ha sido posible, abarcando todas sus manifestaciones. Ninguna debe omitirse porque en las causas profundas del suceso, en la conducta de los combatientes y en las consecuencias que tuvo su victoria se resume toda la grandeza de una obra militar y ciudadana, así como la justicia y la razón que asistía al pueblo español en aquella lucha suscitada por un acto de rebeldía contra el Gobierno; acto financiado y planteado por fuerzas e intereses públicos, económicos, ideológicos y sociales, y llevado a cabo por una parte de las Fuerzas Armadas. No cuadra al objeto de este libro analizar tal cuestión, pero sí estimo de interés dejarla precisada inicialmente, en los términos en que acabo de hacerlo.

El frente de guerra que separaba a los bandos beligerantes ya había quedado definido, aunque un tanto inconcretamente en algunos Teatros de Operaciones (TO), al terminar los meses del verano de 1936. Su trazo general era el representado en el croquis anexo (n° 1). Como núcleo aislado y envuelto por fuerza del gobierno solamente subsistía por entonces el del Santuario de Nuestra Señora de la Cabeza, al este de Córdoba (Sierra Morena).

El TO del norte ya se hallaba totalmente aislado del resto de la España leal. El saliente de Málaga, en el TO del sur, aún estaba por entonces (al empezar la batalla de Madrid) en poder del Gobierno; y en el sinuoso trazado con que se mostraba el resto del frente, presentaba, como particularidades, el gran bolsón de Teruel, que amenazaba la costa levantina, y el de Ciudad Real, de sentido inverso, adversario, enlazaban, pasando por Extremadura, la región de Castilla la Vieja con Andalucía. En ese cuadro de conjunto y mientras permanecían todos los frentes de lucha en tensión hostil se desarrollarían las operaciones para la conquista y defensa de la capital desde los primeros días de noviembre de 1936 hasta los últimos de marzo de 1937.

Así queda encuadrada militarmente la batalla de Madrid en el marco general de la guerra; pero antes de abordarla, y en razón de los complejos caracteres que va a tener su desarrollo, la comprensión correcta del suceso obliga a hacer otro encuadramiento; el que le corresponde como problema nacional y humano.

Recordemos, para ello, que a la batalla de Madrid se llega después de tres meses y medio de una crisis nacional de significado más que revolucionario, caótico, en la que el Estado había quedado fundamentalmente derrumbado en la totalidad de su estructura orgánica y espiritual, desde las raíces de sus soportes políticos y sociales hasta la cumbre de las ideas. La savia que de éstas podía fluir, envenenada por sectarismos extremistas, había podrido el árbol y de la sociedad destruida solamente quedaba en pie, envuelto en la turbia polvareda del hundimiento, el hombre: unos hombres desconcertados e indefensos y, los menos, contaminados del virus de una revolución que venía germinando largo tiempo en la masa social, desde las crisis monárquicas del siglo XIX y, más agudamente, durante el siglo XX. En el tiempo que precede a la época de este estudio los desmanes sociales se habían multiplicado.

El panorama era el mismo en toda España. El caos todavía estaba dando por entonces (noviembre) sus últimos coletazos; pero aún no se había terminado, y aquellos hombres seguían sin luz para orientarse hacia una meta que se mantenía oculta en la nebulosa de las pasiones, sin asideros firmes para resistir los vientos huracanados de esas mismas pasiones y poder verse libres de la suciedad que, como residuos de un naufragio, aún seguía a flote.

En las horas difíciles, cuando todo se derrumba en torno nuestro, si la voluntad no se ha abatido, el hombre encuentra en su fe el más firme punto de apoyo, y en su propia conciencia la luz que alumbra su camino. Quizá tenga que caminar sobre escombros, sorteando el lodazal, aventando la inmundicia, pero se puede avanzar y se avanza hacia una meta clara y por una vía justa. El hombre sólo se deja dominar por la vorágine o arrastrar por el temor cuando su deber se le aparece confuso, indeterminado, o es convencionalmente entendido. Pero llegado el punto crítico en el que la lucha nos anuncia la muerte implacable de lo que nacional y humanamente es más querido: el patrimonio y la libertad, la confusión y los convencionalismos se esfuman y el hombre reaparece en toda su grandeza; con esa grandeza espiritual con la que Dios quiso dotar tanto a los seres humildes y sencillos como a los doctos y sabios.

Ese fenómeno o crisis se produjo en los hombres que tomaron parte en la batalla de Madrid. Es prematuro, y no es correcto, discurrir sobre ellos a priori. Ha de ser el lector quien haga la interpretación que le dicte su conciencia, después de conocer las circunstancias del desarrollo del suceso. Por eso, las breves consideraciones que acabo de hacer no han tenido otro objeto que realizar esa sobresaliente particularidad, para que los hechos sean más comprensibles y fijar el tono del ambiente social en que comenzaba a librarse la batalla de Madrid. Las palabras de Bruto, pronunciadas en el Senado romano dos mil años antes, iban a cobrar todo su valor:

Perder la libertad es de bestias; dejar que nos la quiten, de cobardes.

Quien por vivir queda esclavo, no sabe que la esclavitud no merece nombre de vida, y se deja morir de miedo a dejarse matar.

Para terminar con el encuadramiento del tema que estoy haciendo, solamente añadiré que la dirección de la guerra y de las operaciones estaba en manos del jefe de Gobierno, auxiliado por un Estado Mayor manejado, a la sazón, por el general Asensio, quien desempeñaba la función de subsecretario de Guerra.

El primer Gobierno presidido por el Sr. Largo Caballero, que remplazó al del Sr. Giral en los primeros días de septiembre, fue ampliado a fines de octubre para dar cabida a mayor número de organismos políticos y sindicales, estando constituido en la época del suceso que examinamos del siguiente modo:

Presidencia y Guerra: Largo Caballero; Estado (Relaciones Exteriores): Sr. Álvarez del Vayo; Marina y Aire: Sr. Prieto; Gobernación: Sr. Galarza; Hacienda: Sr. Negrín; Instrucción Pública: Sr. Hernández; Industria: Sr. Peiró; Comercio: Sr. López; Obras Públicas: Sr. Just; Justicia: Sr. García Oliver; Agricultura: Sr. Uribe; Comunicaciones: Sr. Giner de los Ríos; Trabajo: Sr. de Gracia; Sanidad: Sra. Montseny; Propaganda y Prensa: Sr. Esplá; Ministros sin Cartera: Sr. Giral, Sr. Ayguadé, Sr. Irujo.

La presidencia de la República la ejercía don Manuel Azaña, quien tenía como jefe de la Casa Militar al general don Carlos Masquelet. Eran presidentes del poder legislativo don Diego Martínez Barrio; del Tribunal Supremo don Mariano Gómez; del Gobierno autónomo de Cataluña el Sr. Companys y del Gobierno autónomo de Euskadi el Sr. Aguirre.


General Vicente Rojo
"Así fué la defensa de Madrid"
Capítulo I - Encuadramiento del tema.
Asociación de Libreros de Lance de Madrid, 2006