Lo Último

1291. El poeta Jef Last lucha a nuestro lado.


Las grandes potencias, a las que nuestra pobre y grande España vuelve hoy los ojos con odio, con confianza o recelo, devoran la presencia arrinconada en nuestra memoria actual, de algunos países. Y, sin embargo, desde hace algún tiempo la solidaridad internacional nos prueba también su ayuda desde un Estado pequeño. Entre ellos vamos a destacar uno: Holanda. Y un hombre, Jef East, entre tantos hombres como hoy, venidos desde los más distantes rincones de la tierra, luchan a nuestro lado como verdaderos y entusiastas voluntarios.

Ningún suceso de estos últimos años, de guerra o revolución, ha impresionado tanto a las gentes de mi país, como la guerra de España. Esto ha dicho Jef East, escritor y poeta holandés. Jef Last, que ha sido secretario de la Alianza de Intelectuales de Holanda y delegado en el Congreso de Escritores, en Moscú en 1934, tiene publicadas novelas y volúmenes de poesía. Su obra se halla traducida a cinco idiomas. En «Zuiderzée», uno de sus libros más famosos, se describe el desesperado esfuerzo del capitalismo holandés para salvar la crisis económica de su país. «Camaradas» y «Dos Mundos» son colecciones de poemas en los que late una viva preocupación social. En «Cantos de marineros» alude a la vida penosa de los pescadores del Zuiderzée. En la colección de el «Mono azul» hay un poema de Last, traducido por Alberti.

Jef Last vino a España dejando su brumoso país de flores, en los primeros días de septiembre, y esto explica que no lucha en la Brigada Internacional, sino como teniente del Batallón Sargento Vázquez. Desde su llegada, Last combatió sin descanso al lado de Mangada y luego en Madrid. Los lectores holandeses conocen ya sus «Cartas de España» escritas desde el frente. Hace poco obtuvo un primer permiso de tres semanas que aprovechó para volver a su patria y contar allí a los apacibles holandeses la verdad sobre la guerra española, que mezquinos intereses y almas bajas desfiguran y tuercen. Durante la estancia en su país Jef Last hablaba diariamente tres o cuatro veces sobre España. Empezaron pronto a llover las dificultades para que el escritor holandés siguiese con su propaganda. En Harlem, Jef Last escuchaba un discurso que alguien leía y de vez en cuando aplaudía con la gente. A su lado, el hombre que leía, hablaba de España y alguna vez se oía clara y heroica la palabra «miliciano». Entonces Last aplaudía y su secretario continuaba leyendo el propio discurso que Jef había escrito, para evitar la prohibición de hablar que sobre él pesaba. Los vecinos de la ciudad de los tulipanes, oyeron apenados cómo los niños madrileños mueren diariamente destrozados por las bombas de Alemania y de Italia. Jef Last no pudo en los días restantes de su permiso volver a las salas con humo donde los obreros escuchan los mítines.

Por aquellos días la princesa Juliana se casaba en Harlem y la socialdemocracia holandesa movilizó la policía de la ciudad y de la región, para que vigilase el cortejo feliz de la princesa..., mientras, en un barrio apartado, Last, tranquilamente, hablaba a los pescadores de la resistencia heroica de los madrileños.

Los mejores escritores holandeses, dice Jef Last, incluso los católicos, simpatizan con nuestra causa. Y cita a Van Duinkerken, uno de los escritores más celebrados, y a Van Walschap, a quien Jef tiene como el mejor orador de lengua holandesa. Desde luego que la gran prensa católica combate al Gobierno republicano, a pesar de que Holanda se ve de cerca amenazada por la rapacidad nazi. Los católicos del país se hallan divididos.

Estando allá todavía con permiso, sigue hablando Jef Last, se celebraba en Amsterdam el Congreso del Partido Comunista. Después se hizo una colecta. Una mujer, no teniendo qué darme, me dio su anillo.

En Frisia, un anciano de sesenta y cuatro años, vino a pie desde un pueblecito distante dos horas, sólo para oírme hablar de España, y me dio para los niños españoles más del diez por ciento de su salario de cuatro florines, que es el socorro que recibe como parado. Todavía en Leuwarden un ferroviario le dijo: cada dos años, la compañía nos da un chaquetón gordo para el trabajo. El que llevo, todavía está en buen uso. Toma el nuevo para ti, que vas a España.

Jef Last no descansaba un momento. La policía y la administración holandesa tampoco. Expiraba el permiso de tres semanas, cuando Jef Last, ciudadano holandés, natural de Lemmer, en Frisia, que había dado a su país la gloria de sus obras, dejó de ser holandés por obra y gracia de la socialdemocracia de su país, que no podía consentir que Jef Last luchase desde España por el mejoramiento de los pescadores del Zuiderzée, por los «Camaradas» de su libro, los obreros que ganan terrenos al mar, por todos los camaradas del mundo. El miliciano Last era, desde ahora, incompatible con la flemática ciudadanía holandesa, donde la seriedad monta flacas bicicletas y las rubias muchachas saben pedalear graciosamente.

El joven poeta volvía a España hablando de nuestra guerra en las capitales del camino. En Bruselas habló como miliciano flamenco, pues ya no podía llamarse holandés, ante varios millares de hombres. Y no tardó en llegar la prohibición. La sala estaba abarrotada de público, había muchos estudiantes y profesores, dada su calidad de escritor, y hasta asistían algunas autoridades universitarias. Fué un auténtico cordón intelectual que libró a Last de que la policía cumpliera la orden de arresto que llevaba.

Y aquí está de nuevo. Hace poco salió para incorporarse a su batallón, que lucha en Madrid.

Al llegar de nuevo a España, Last dice que se siente feliz como si entrara en su propia casa. En su batallón, «Sargento Vázquez», Last es el único holandés, pero en España luchan en nuestras filas otros camaradas holandeses. Para todos ellos, holandeses sin patria, pero más holandeses que nunca, España crea su mejor ciudadanía.


Bernardo Clariana
Hora de España II
Valencia, Febrero  1937




1290. Euskera Ez.

Fotografía de Virxilio Vieitez




Bilbao las recibió con una llovizna inmóvil. En la puerta de la estación del ferrocarril la anciana desplegó un paraguas de hombre y dio el primer paso con la niña pegada a su cuerpo. La niebla de agua desdibujaba los contornos de la ciudad. Las cosas se mostraban en una lejanía amenazante y las gentes parecían caminar a un centímetro del suelo. La anciana se las arregló para apretar el pañuelo negro de su cabeza sin soltar la cesta que llevaba al brazo. Vestía el luto abrochado de las aldeanas viejas y arrastraba por sus narices una respiración tortuosa. La boca la tenía clausurada por una línea dura de labios azules.

Se detuvieron en la esquina del edificio. Cuando se les acercó el guardia municipal la niña levantó la cara para mirar a su abuela y los labios de la anciana se apretaron tanto que se hicieron blancos. El hombre observó sus atuendos de aldea y les preguntó qué buscaban. La niña volvió a mirar a la anciana, que parecía de piedra. 

—La cárcel —musitó con transparencia.

El guardia miró con curiosidad a la anciana. Luego escrutó a su alrededor, sofocó la voz y repitió la pregunta, ahora en euskera. La anciana no alteró la postura de su boca.

—¿Es sorda? —preguntó el guardia.

La niña respondió también en castellano. 

—Le han dicho que si la oyen en euskera será peor para su hijo. Y no sabe más.

El guardia las situó al extremo de una calle que subía. Permaneció quieto viéndolas sumergirse en una densidad traslúcida. En la cuesta la respiración de la anciana se hizo más abrupta, pero no se concedió una sola pausa. Por la calzada subían y bajaban camiones penosamente, como en una operación de guerra. La acera era tan angosta que sólo cabía un paraguas y el de la anciana desplazaba a los demás en su avanzar terminante. La tela negra salpicaba resonancias de tambor con las goteras de los aleros. La niña oía a la altura de su oreja el esfuerzo fragoroso de los pulmones de su abuela. Cuando alcanzaron el alto, la anciana recuperó su respiración sin separar los labios y sin detenerse.

Localizaron la cárcel sin error. La vieron en la distancia, mojada, como si fuera de cartón. Era uno de esos edificios con el aire taciturno inconfundible de las prisiones. La niña volvió a mirar a su abuela y ésta apretó los labios como cuando se encontró con el guardia y otra vez se le pusieron blancos.

La niña tenía doce años, pero se movía con la gravedad de las personas adultas. Era espigada, con unos ojos tristes que no correspondían a su edad, y apenas retenía otro tiempo que no fuera el de la guerra. También vestía un luto total. Y si miraba tanto a su abuela era para acordarse que no debía llorar.

Las detuvieron a la puerta del muro. Un teniente de tricornio y bigote lineal se les puso delante con las manos en el correaje. 

—Qué desean.

La anciana siguió mirando al frente aunque ya había dejado de ver el edificio. El teniente repitió la pregunta. El bigote se le rompió con una mueca y regresó al resguardo del cuerpo de guardia.

—No tengo prisa —sonrió—. Mi puesto acaba a las seis.

Los otros guardias asomaron la cabeza. La anciana sostuvo el paraguas con más firmeza que nunca y la presión de un labio contra otro casi le produjo dolor. Paradas sobre el guijo de la puerta ambas daban la impresión de que la lluvia sólo caía para ellas. Entonces la niña empezó a buscar en la cesta de su abuela. La anciana le ayudó, temblando, pero la niña la miró a los ojos y supo que no tenía miedo. Salió del paraguas llevando un papel tieso. Cuando lo entregó al teniente el agua lo había ablandado.

El teniente sonrió aún más al tropezar con el sello del obispo. Regresó ante la anciana con los ojillos semicerrados. 

—Es su hijo —le preguntó.

La anciana sintió en su cara la mirada de la nieta y no movió un solo tejido. El teniente le blandió el papel ante los ojos.

—Además de muda es ciega —añadió. 

Los guardias volvieron a asomar la cabeza para mirar. De sus figuras aún se desprendía la guerra. 

—Diga algo —ordenó el teniente a la anciana. Se metió el papel en el bolsillo y cruzó los brazos sobre el pecho. La niña le obligó a volverse tirándole de la guerrera. El teniente chocó con una mirada lacerante.

—Usted sabe que no le entiende —dijo la niña—. Que sólo habla nuestra lengua.

Sostuvo la mirada del hombre hasta obligarle a hablar. 

—Pues que no salga de casa. 

—Lleva más de un año sin ver al padre —dijo la niña.

El teniente contempló a ambas desde el horror de aquella cárcel de posguerra. Se irritó consigo mismo al advertir que dudaba. Siguió mirando a la niña, ya sin ningún deseo de hacerlo. Luego le devolvió el papel, y en el momento de darle la espalda dibujó en el aire una indicación con la mano.

Cruzaron un patio desolado. En una esquina había tres hombres limpiando con una manguera la caja de un camión, de cuyas labias desprendían costras de color de hígado. En la puerta del edificio les salió al paso un guardián de barba rubia y tierna. La niña le entregó el papel que llevaba en la mano. El hombre lo leyó meticulosamente y después las miró a ellas como si hubiera olvidado que las dejó allí. Giró sin pronunciar una palabra y se alejó por un corredor oscuro. La niña se preguntó cómo no ponía remedio al pesado pistolón que le golpeaba el muslo. Una repentina ráfaga de viento las azotó por la izquierda y la anciana levantó a su nieta el cuello de la chaqueta con la misma mano que llevaba la cesta. La niña no olvidaría jamás aquella boca de la abuela cosida como con pernos, ni su rostro terroso cada vez más sereno. Observó que su expresión había dejado de delatar su necesidad de hablarle. Sus ojos le transmitieron con nitidez y con un sosiego increíble que no olvidara el recado que tenía para el padre ni el único ruego que tenía que hacerle al enemigo.

El guardia regresó detrás de un hombre gordo con cara de sueño. Les habló parado a tres metros. 

—Nadie puede ver a los condenados a muerte. 

Su voz quebradiza produjo la impresión de que había contado un chiste. Las dos figuras de la puerta no se movieron.

—Es la norma —concluyó, parapetándose en la frase.

El de la barba rubia le marcó con el dedo un lugar del papel. El hombre gordo extrajo unas gafas del bolsillo de su guerrera, las abrió con una sola mano y las encajó en su rostro. Al darse cuenta de la fuerza de lo que había escrito emitió un gruñido. —Habría que encerrar al clero en las sacristías-. Metió la mano en la cesta que llevaba la anciana y sacó un paquete. 

—¿Qué es?

—Pan, tortilla y chorizos para el padre —dijo la niña.

El guardián puso en sus manos el paquete. 

—Ponlo en ese balde.

La niña lo depositó cuidadosamente en el fondo de un balde que había en el suelo. El guardián las condujo a una estancia atravesada por dos tabiques de alambres formando pasillo. La abuela y la nieta esperaron un tiempo interminable estremecido por golpes de cerrojo en todo el edificio. Con el último estruendo de hierros se abrió una puerta al otro lado de los tabiques y apareció una figurita irreconocible. La anciana pegó el rostro a la alambrada y apretó con vigor un labio contra otro para no traicionar su voluntad.

La niña se aferró con los dedos a los alambres. Miró con vehemencia para comprobar si aquel era realmente su padre. Estuvo a punto de escapársele el idioma de su cocina, pero descubrió a tiempo al guardián apostado a dos pasos. 

—¿Está usted bien, padre? —dijo en castellano. El hombre no acertaba a hablar. La niña comprendió que no creía del todo que ellas estuvieran allí. 

—Padre.

Los brazos del hombre seguían caídos. No los movió para hablar. 

—Sí. Sí. Bien. ¿Y en casa?

La niña vio cómo la abuela bebía con su expresión las palabras del hijo que no entendía. La anciana despegó los labios para dejarlos temblar. 

—Todos bien —dijo la niña. 

El hombre miró a su madre. 

—Ama.

A la anciana se le escapó un aire de emoción por la rendija de su boca.

—Eh —exclamó el guardián—. Quiero oír que lo que hablan no sea maldito vasco.

La anciana realizó un esfuerzo potente para recuperar la clausura de sus labios. 

—Ama —repitió el hombre.

Llevába la misma boina y el mismo tabardo de caza con que lo apresaron en Santoña con medio ejército del Norte, tres años antes. La cárcel lo había reducido a la mitad de su peso. Las pisadas del guardián que recorría las celdas llamando a los veinticuatro muertos de cada noche, le había vuelto los cabellos blancos. 

—Cuántas vacas tenéis en la cuadra —preguntó. 

—Sólo tres —dijo la niña—. Quitamos cinco cuando tú... 

—Están sanas. 

—Sí.

Luego le preguntó por qué no había venido el abuelo. 

—No se atrevió a verte aquí.

El hombre no tuvo necesidad de volverse hacia su madre porque desde el principio las abarcaba a las dos en una misma mirada. 

—Ama.

La anciana se apretó más contra la verja. 

—Rezad por ella —dijo el hombre. La niña supo que se refería a la madre asesinada en Gernika tres años antes. 

—Sí —contestó.

El hombre no pudo reprimir el ruido de su respiración.

—¿Ya seguís guardando las semillas en el arcén? 

—Sí —dijo la niña.

—Si no podéis con las tres vacas quitad alguna más. 

—La abuela me dice que le diga que cuando usted tenía once años le pegó aquel plastazo en la cara no para castigarle por no sé qué, sino porque a ella se le había quemado el guiso y estaba de mal humor, y que le perdone ahora.

La niña palpó con pulcritud el estremecimiento del padre.

El guardián dio un fuerte chalo de mando. 

—Pasó el tiempo. Despídanse. Los botones del tabardo del padre oprimieron la alambrada. 

—Ama.

La niña no se atrevía a decir adiós para que no acabara todo. Recibió una mirada azul de su abuela y dio tres pasos hacia el guardián.

—Sólo pide una palabra en euskera. 

—Está prohibido.

—Es la última que podrá decir al padre en este mundo. 

—No es posible. 

—Sólo una palabra. 

—No. 

—Sólo una. 

El guardián titubeó. 

—Una sola —dijo.

La niña regresó junto a su abuela y la miró moviendo la cabeza hacia abajo.

La anciana se concentró. Empuñó con fuerza la cesta para emprender el regreso al caserío y esperó a serenar su respiración. Siguió concentrándose con ahínco. Antes de desprenderse de la palabra la impregnó de treinta y siete años, día a día, de convivencia con el hijo, desde el parto a aquella jaula para fieras. Al saborear por anticipado que la oiría él, descubrió que ni con una muerte más podrían derrotar su mundo los enemigos. Recogió con entereza el nuevo rostro cuadriculado del hijo para el recuerdo y se sintió de hierro por dentro al pronunciar: 

—Agur.


Ramiro Pinilla 
"Historias de la Guerra Interminable"





1289. Más que a vanguardia.

Dinamiteros especialistas en tiro con honda (Foto: Alberto y Segovia)



Se combatía intensamente en torno a Castralvo y sobre la carretera. Las fuerzas del interior de Teruel sostenían su defensa sin que el fuego hecho sobre la plaza por la artillería enemiga, ni las constantes pasadas de la aviación quebrantasen su brío. Perdido el Mansueto y ocupado Valdecebro, su situación se hacía ya insostenible.

Desde Valdecebro a Villaespesa; sobre la Muela, Santa Bárbara y el Mansueto; hacia la Galiana se extendía una línea ininterrumpida de fuego que envolvía el casco de Teruel. Iban tres días de luchar sin descanso en la batalla más grande que jamás se ha librado en esta guerra.

Las escuadrillas de bombardeo, en número extraordinario, incendiaban a un tiempo con sus bombas, el campo de los alrededores de la ciudad, donde más fuerte era el combate, Cerro Gordo, la Muela de Teruel y la de Villastar, la carretera de Sagunto, el Escanden y los pueblos de nuestra retaguardia. A veces se trababan en pelea los aparatos de caza de tina y otra parte; pero la aviación fascista era más numerosa y, a pesar de todo, aunque se le atacaba, podía mantener sin tregua sus bombardeos.

A lo largo de todo el frente, en una extensión de unos veinte kilómetros, se levantaba una humareda densa, como una barrera cerrada que hacía invisibles desde el observatorio a los que combatían. La tierra vibraba sacudida por las explosiones.

Aquella noche llegaron a primera línea los soldados de nuestras dos Brigadas. El 31 de diciembre, la 47 División había cortado en un brioso ataque el intento de ocupación de Teruel realizado por los fascistas en el sector sur de este frente. Con la reconquista de la Muela, hecha a punta de bayoneta, se les cerró el paso y en los combates que siguieron fracasó de una manera rotunda el total de su ofensiva por el sur. Poco más de un mes había transcurrido desde entonces y nuestros soldados volvían a enfrentarse con el enemigo para desbaratar los planes de su nueva ofensiva.

Desde la carretera de Sagunto, por donde llegaron hasta el frente, las fuerzas de la 47 División emprendieron la marcha hacia la derecha para situarse en las posiciones del sector norte.

Cerro Gordo está frente al Mansueto y a escasos kilómetros de él su cima es pelada, apenas si crece en ella algún que otro matojo, como ocurre en todos estos montes que rodean a Teruel; pero nada más que se inicia la pendiente hacia el llano, sus laderas se cubren de pinos. La abundancia y el verdor de estos, el suelo pedregoso, lo afilado del aire, todo recuerda a Navacerrada y a Balsain, parece el mismo paisaje; para los hombres de la 47 División, como si volviesen al escenario de las jornadas de Cabeza Grande, cuando avanzaron hasta los muros de La Granja.

Todo esto es muy hermoso y, si por un instante cediera el tiroteo y el resonar seguido de las explosiones, ¡qué gusto tenderse entre estos pinos bajo este sol tan suave! 

Pero ahora es muy otro su oficio. Bajo sus ramas se montan los fusiles, los tanques se disponen a iniciar la marcha, los soldados van presurosos de una parte a otra. La aviación fascista ronda en lo alto y con frecuencia las ráfagas perdidas vienen a estrellarse contra el suelo o a herir los troncos de los árboles.

Los momentos son graves. Hay que atajar, cualquiera que sea la cuantía del material que en ello emplee y el número de sus hombres, la ofensiva del enemigo, contenerla a las puertas de Teruel sin dejar que progrese desde allí ni un solo paso. Los fascistas han realizado extraordinarias concentraciones. La más importante en Valdecebro. Sin duda van a intentar una vez más, y con mayor cantidad de elementos, abrirse paso hacia el interior de la plaza rompiendo por el norte sus defensas. Las ametralladoras del Mansueto tiran sin descanso.

Nuestros soldados van a atacar Valdecebro para distraer las fuerzas del enemigo e impedir que las concentre contra los encerrados en la ciudad. El Segundo Batallón de la 69 Brigada es uno de los que tomarán parte en este ataque. El primero, que también estaba dispuesto, de momento queda de reserva y sus soldados al saberlo lloran de rabia.

La batalla se ha encendido de pronto, como una explosión inmensa, desde el sector norte a toda la línea. Se combate en todas partes con violencia espantosa. El enemigo pretende, al tiempo que caer al asalto sobre Teruel, que tiene cercado, romper nuestro frente por la parte de la carretera. Para provocar su derrumbamiento realiza un esfuerzo inimaginable. La artillería y la aviación materialmente deshacen los montes y el campo en una extensión de varias decenas de kilómetros.

Desde el Puesto de Mando, entre el borbollar constante de la fusilería y las ametralladoras, entre el humo de las explosiones, allí donde los pinos se pierden en el llano, se ve avanzar a nuestros hombres hacia el pueblo, o aguantar inmóviles, pegados al terreno, las nubes de metralla que caen sobre ellos.

La lucha tíene violentas alternativas, pero siempre el empuje de nuestros soldados, su tesón, les saca triunfantes de las duras pruebas. Desde esta altura se distingue todo el escenario de la batalla como sobre un tablero, y esa línea oscura, ondulante, que avanza, que retrocede y vuelve a avanzar son los hombres de la 47.

Hay un momento angustioso. Nos miramos unos a otros con desesperación. El jefe de Estado Mayor observa por el binocular, inmóvil, rígido. El teléfono se agita como nuestra sangre; circulan rápidas, tajantes, las órdenes. 

Sobre el campo, lentos, se despliegan los tanques, Pero el enemigo abre una barrera compacta de artillería frente a su avance, y un momento se advierte que titubean. Un instante nada más, en que todo vacila como si el mundo fuera a desplomarse.

Nuestra congoja se hace densa; parece agolparse dentro de nosotros la de todos los que allá abajo esperan de un golpe ser arrasados por la muerte.

Fué entonces cuando delante de los tanques se lanzó un soldado, un hombre que apenas se le veía como un punto sobre el campo, una parte de nada entre las explosiones, y cambió de raíz el sesgo del combate. En avalancha, como una sola, cerrada masa que nada puede detener su paso, que vence los hombres, los árboles, las piedras, que todo lo arrolla, nuestros tanques se volcaron sobre el enemigo, y tras ellos la infantería rebasó sus atrincheramientos. Fué un empuje brutal. Los fascistas huían alocados, en desbandada. Valdecebro comenzaba a ser evacuado, a pesar de que, teniendo la fortaleza que es el Mansueto a su espalda, podían prolongar larga y favorablemente su defensa. Una oleada de pánico sacudía las filas del contrario, como a las nuestras de coraje.

El enemigo desplazó gran parte de las fuerzas concentradas en los otros sectores hacia este, y en él se peleó durante todo el día. A la noche, nuestra línea quedaba firmemente establecida frente a Teruel y sus defensores rompieron el cerco que los aprisionaba logrando evacuar todo el material.

No sólo los fascistas habían visto fracasar su proyecto de asalto a la ciudad, sino el de abrirse paso entre nuestras filas y avanzar hacia el Escandón por la carretera. Las bajas sufridas en aquellos días de combate eran enormes, y, fracasado el último y más fuerte de sus intentos para prolongarla, su ofensiva quedaba paralizada de nuevo.

Del soldado de aquella hazaña no logró saberse el nombre. Tras de ella volvió a fundirse con sus demás compañeros. Se sabía, sí, que era uno de los muchachos del Segundo Batallón de la 69. Pero esto era lo de menos; igual pudo haber sido del Primero, de la 49, de cualquiera de los de la División. Su grandeza precisamente estribaba en esto, en haber encarnado en si a la División toda en las jomadas de fines de febrero en el frente de Teruel.


Vicente Salas Viu, "Tres historias ejemplares"
Cerro Gordo, Teruel, abril de 1938 
Hora de España
Valencia, Junio 1938



1288. Ana Faucha.

Ana Faucha era una viejecita del sur de España. No le quedaba en la vida más que un hijo preso en la cárcel de Valdenoceda. Esta madre se sentía morir, pero no quería dejar este mundo sin ver por última vez a su hijo. Ana Faucha no tenía recursos, vivía pidiendo limosna. Pero era una mujer del pueblo, tenía el temple de las madres españolas. Y sin pensarlo más se puso en marcha, decidió ir a pie a la cárcel donde se encontraba su hijo. Y andando, pidiendo limosna por los caminos y en los pueblos que encontraba a su paso, formando un pequeño paquete de comida con lo mejor que recogía, siguiendo las vías del ferrocarril, esta madre cruzó el mapa de España. Yo no sé cuántas semanas o cuántos meses tardaría esta madre en llegar a Valdenoceda, pero llegó. Imagino cómo saltaría su corazón cuando por fin vio la cárcel donde penaba su hijo. Se acercó a la ventanilla de comunicaciones y dio el nombre de su hijo. El funcionario miró un fichero y respondió “Usted no puede ver a su hijo porque está chapado en una celda de castigo”. Aquella madre no comprendía, no le cabía en la cabeza y el corazón que después de haber andado media España no pudiese comunicarse con su hijo, porque estaba castigado en celda. (Me contaba este episodio un amigo mío que estaba de ordenanza en la ventanilla de la cárcel). Desde entonces, todos los días, aquella madre se acercaba tres y cuatro veces a la ventanilla de paquetes y recibía la misma contestación. A todas las horas se la veía rondar la cárcel, acercarse a los muros, golpearlos con sus manos pálidas, como pidiéndoles una explicación.

Yo no sé cuánto tiempo hubiera estado aquella madre esperando para ver a su hijo, pero apareció muerta en una cuneta cercana a la cárcel, como un pequeño pájaro, cubierta de nieve, abrazada al paquete que inútilmente fue formando para su hijo.

Dan ganas de gritar: ¡ASESINOS, aguardaremos mil años si es preciso pero os acordaréis de esta muerta! Así murió Ana Faucha, símbolo de las madres de los presos, a la puerta de una cárcel de España.


Marcos Ana

"Traigo una voz encarcelada"
Extracto del discurso de Marcos Ana pronunciado en el acto público en homenaje a los presos antifranquistas, celebrado en el Mahatma Gandhi Hall de Londres el 3 de junio de 1962, y editado en Buenos Aires por la Organización para la Amnistía General en España y Portugal.

Recogido en "Te llamo desde un muro"




Cuadro de Laxeiro de 1963, inspirado en la historia de
Ana Faucha en 1963. (Carbón/papel. 99 x 69 cms.
Colección privada. Pontevedra)





























1287. La ARMH gana el Premio de Derechos Humanos concedido por ALBA.





Desde Abraham Lincoln Brigade Archives, nos han solicitado la difusión de este comunicado informando de la concesión de el Premio de Derechos Humanos a la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, dotado con 100.000 dólares, cuya entrega se realizará el próximo 9 de mayo.

Nuestra enhorabuena a la ARHM, por su extraordinaria labor y por este premio. NUestro agradecimiento a ALBA por tenerla presente.



COMUNICADO


La Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica gana el Premio de Derechos Humanos concedido por ALBA en Estados Unidos. 

Nueva York - El 9 de mayo de 2015, los Archivos de la Brigada Abraham Lincoln (ALBA) otorgará el Premio ALBA/Puffin al Activismo en Pro de los Derechos Humanos a la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica en España (ARMH). Dotado con 100.000 dólares, el Premio ALBA/Puffin es uno de los mayores premios de derechos humanos en el mundo, otorgado anualmente por ALBA y patrocinado por la generosidad de la Fundación Puffin, con el objetivo de honrar a las Brigadas Internacionales y conectar su legado inspirador con causas contemporáneas.

“Gracias al trabajo de la ARMH, en España se ha conseguido derribar el muro de olvido que existía en torno a las víctimas de aquel nefasto periodo” —ha afirmado el juez Baltasar Garzón.

Más de 114.000 cuerpos yacen, sin identificación, enterrados en fosas comunes, víctimas de la represión durante la Guerra Civil Española (1936-1939) y la posterior dictadura franquista (1939- 1975). Desde el retorno de la democracia en 1978, decenas de miles de españoles han anhelado localizar y exhumar los restos de sus seres queridos para honrar su memoria y darles un entierro digno. Sin embargo, desde hace casi cuatro décadas, el Estado español prácticamente ha ignorado los derechos de las víctimas del fascismo español.

La ARMH surgió a raíz de la lucha del periodista Emilio Silva para exhumar los restos de su abuelo de una fosa común en el noroeste de España, donde fue ejecutado por un grupo de pistoleros falangistas en octubre de 1936. En el año 2000, con la ayuda de un equipo de voluntarios, el Sr. Silva desenterró el cuerpo de su abuelo junto con los de otros doce republicanos. La exhumación fue ampliamente difundida y muchos otros españoles se dirigieron posteriormente a Silva con el deseo de recuperar a sus propios familiares.

El Sr. Silva fundó la ARMH en el año 2000. En sus 15 años de existencia, la ARMH ha llevado a cabo más de 150 exhumaciones de fosas comunes por todo el territorio nacional y recuperado los restos de más de 1.300 víctimas del régimen de Franco, aproximadamente un 8% de los desparecidos. La Asociación ha hecho este trabajo con casi ningún apoyo estatal, olvidada por un gobierno que desde el año 2011 ha suprimido todas las ayudas destinadas a actividades relacionadas con las víctimas de la Guerra Civil y el franquismo. La ARMH trabaja con expertos forenses exhumando e identificando víctimas para establecer una base de datos de ADN y ha trabajado para poner los derechos de las víctimas y la justicia transicional en la agenda política española. A través de su labor de promoción a nivel nacional e internacional, el Grupo de Trabajo de Naciones Unidas sobre Desapariciones Forzadas comenzó a incluir a España en sus informes a partir de 2003.

“La ARMH ha restaurado 114.000 nombres sin rostro. Promoviendo la verdad, la justicia y la reparación de las víctimas fascistas, la ARMH ha conseguido perpetuar el legado antifascista y de justicia social de la Brigada Lincoln.” —Manuel Rivas, escritor y poeta, nominador de la ARHM.

Parte de una iniciativa diseñada para mantener vivo el legado de las experiencias, aspiraciones y el idealismo de la Brigada Abraham Lincoln, el premio ALBA/Puffin da apoyo a causas activistas actuales. El premio fue creado por el filántropo y visionario Perry Rosenstein, presidente de la Fundación Puffin, que en 2010 estableció un fondo dotado para este premio.

Ceremonia de entrega de premios:
Sábado, 9 de mayo a las 14:30 horas. 
Japan Society 333 East 47th St. Nueva York, NY 10017

Los Archivos de la Brigada Abraham Lincoln. Después del estallido de la Guerra Civil Española (1936-39) alrededor de 40.000 hombres y mujeres de 52 países, incluidos 2.800 de Estados Unidos, viajaron a España para unirse a las Brigadas Internacionales y luchar contra el fascismo. Los voluntarios de EE.UU. llegaron a ser conocidos como la Brigada Abraham Lincoln. Fundada en 1979, los Archivos de la Brigada Abraham Lincoln (ALBA) es una organización educativa sin fines de lucro que promueve la sensibilización pública, la investigación y el análisis con respecto a la Guerra Civil Española y su significado histórico, político y artístico, sustentado en un importante archivo ubicado en la Biblioteca Tamiment de la Universidad de Nueva York. Las miles de cartas, folletos, carteles, escritos, fotografías y películas almacenadas allí son consultados por investigadores y estudiantes de todo el mundo. ALBA también auspicia exposiciones, publicaciones, presentaciones y programas educativos para maestros de escuelas secundarias, con el fin de preservar el legado de activismo progresista de la Brigada Abraham Lincoln como inspiración para generaciones presentes y futuras.

Otros ganadores del Premio ALBA/Puffin para los Derechos Humanos al Activismo en Pro de los Derechos Humanos incluyen a Kate Doyle y Fredy Peccerelli, que trabajan para exponer violaciónes de los derechos humanos en Guatemala, United We Dream, una red nacional de organizaciones de activistas inmigrantes dirigidas por jóvenes que luchan por los derechos de millones de inmigrantes indocumentados en los Estados Unidos, y Bryan Stevenson, abogado que lucha para cambiar el sistema criminal de EE. UU.

La Fundación Puffin. Desde su fundación en 1983, la Fundación Puffin Ltd. ha procurado abrir las puertas de la expresión artística mediante la concesión de becas a artistas y organizaciones de arte menos privilegiadas a raíz de su raza, género o filosofía social. Al adoptar como símbolo al frailecillo —un pájaro cuyos lugares de anidación han sido amenazados por el avance de la civilización pero que ha podido regresar a su hábitat natural gracias a los esfuerzos de ciudadanos activistas— la Fundación ha querido así expresar cómo concibe su misión, la cual consiste en garantizar que las artes sigan creciendo y enriqueciendo la vida. Con ese mismo fin, la Fundación se ha aliado con otros grupos y personas interesados. La Fundación Puffin ha apoyado la misión educativa de ALBA desde hace varios años.

Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica en EspañaDesde el año 2000, con la colaboración de numerosas personas, la Asociación ayuda a decenas de familias a recuperar los restos de sus seres queridos y a cientos de ellas a conocer el destino que corrieron sus familiares. La Asociación trabaja para dignificar el pasado, pedir justicia a los que la merecieron y no la tuvieron, y profundizar la democracia.