Compañera de nuestros días.

Tres mujeres de La Peña en el Alto Aragón, esposas de sindicalistas de la CNT. Incendiaron sus casas y fueron rapadas, marcadas con
cruces y humilladas publicamente. Consiguieron fugarse y llegar hasta las líneas republicanas después de vagar varios días por el
monte con sus hijos (Imagen tomada del Blog Sol y Moscas de Florentino Areneros) 



Imagen de tierra.

La compañera de los días del hombre ha llevado en España una vida humillada, apaleada, moribunda. Me refiero a la mujer nacida encima del jergón pobre del pueblo, en el rincón ceniciento de la aldea, sobre la misma extensión del campo. Áspera y triste de carne desde su nacimiento, como si fuera la obra cansada de un arado secular y una besana rendida, la campesina española aparece ante mí con su imagen de tierra y encina escuálida, con su silencio expresivo, con sus ojos de abatimiento, por los que su alma avanza llena de llanto íntimo, de dolor encarcelado. No es una mujer: es una corteza que se apoya en unos pies duros, que sube por un vientre donde los partos dejan huellas de torrente, que se derriba en unos pechos sin lozanía, cabizbajos desde la adolescencia, marchitos y requemados, desde que comenzaron a ser pechos. El sol, el hambre, la pena, el trabajo, han mordido las facciones y las proporciones de esta mujer que pudo ser bella y que resultó terriblemente hermosa bajo el arco de su pañuelo. Tengo muchos motivos para pegar martillazos contra los culpables de la tristeza de las campesinas de España: mi madre ha sido, es una de las víctimas del régimen esclavizador de la criatura femenina. Enferma, agotada, empequeñecida por los grandes trabajos, las grandes privaciones y las injusticias grandes, ella me hace exigir y procurar con todas mis fuerzas una justicia, una vida nueva para la mujer.


Con el sudor de su frente.

Creció sobre la tierra con dificultad de rama pobre de sabia, y la abundancia de hijos de su madre y la escasez de pan pesaron pronto sobre sus brazos de chiquilla hambrienta. Desgastó las losas de su casa fregándolas arrodillada en sus ocho, diez, doce años; perdió pelo en las palizas que recibió de su madre si no fregaba con el esmero que se exigía, y lloró dentro de muchos inviernos de frio lavando la ropa de sus hermanos al agua de nieve que hay en todos los arroyos a las cuatro de la mañana. Recuerdo a mis hermanas cuando escribo estas palabras y recuerdo a todas las hermanas de los pobres. Yo he visto sangrar manos queridas sobre las piedras donde las sábanas habían de recobrar la blancura perdida en el trascurso de los sueños del hombre que trabaja, suda y lleva a la cama restos de barbecho, polvo del camino, trozos de madera combatida por los hachazos, resina, semillas. A los catorce años la chiquilla ganaba un jornal humillante recogiendo aceituna, espigando rastrojos, trillando centeno, cogiendo la fruta de los huertos de los señores amos. Luego, ya mayor, vinieron labores más rudas y desonrosas para su cuerpo: empuñó la hoz y la esteva como el hombre. Y si sus huesos y su carne, a pesar de las agotadoras faenas, se resistían a la deformación, no se masculinizaban, se alzaban prodigiosamente bellos, femeninos, eran presa forzosa del rico que poseía la tierra de su padre.


Indignante situación.

A fuerza de respirar una atmósfera brutal, la campesina se hizo a vivir en ella con resignación, y el palo, el salivazo, todo cuanto la humillaba y envilecía, llegó a parecerle cosa de irremediable origen. Así llega hasta nosotros con una mentalidad reducida, sin horizontes y con unas manos varoniles, encallecidas, que se ven que son de mujer cuando cogen el hijo entre sus dedos y lo acarician: Entonces, debajo de la oscuridad que les dio el sol y los callos se transparentan delicadeza, rasgos, gestos que solo a unas manos maternas corresponden. Llega hacia nosotros y parece fatigada, sin ganas de hacer otra cosa que tomar compañero, parir y resistir sobre sus espaldas, las indignas cargas que se le han ido echando durante varios siglos.


Luchamos porque sea otra.


Es preciso conmoverla en lo más hondo con el ademán más noble. Es preciso encauzar esa fe religiosa que la domina, y que es el afán de su corazón terrestre vuelto al cielo por habérsele negado en la tierra su expansión amorosa. Al hombre de este tiempo corresponde sacar el generoso cuerpo, acostumbrado a la esclavitud, a la libertad sana y a la claridad de la alegría. Los hijos brotados de las entrañas de esta mujer luchan, sueñan, mueren y viven para ello y para las demás pasiones populares en los páramos de Castila, en las piedras de Extremadura, en los olivos de Andalucía y en las montañas mineras de Asturias. Obra de esta mujer son nuestros soldados reivindicativos y ella es la que siente la inmensidad del peso doloroso y glorioso de sus muertes y de sus vidas. Ella es la que reviste de luto hasta el último rincón de su corazón y su casa y nosotros somos los que plantearemos en ellos un resplandor alegre de victorias. Nuestras madres, nuestras novias, nuestras mujeres han de venir pronto hacia nosotros a través de la risa, por una avenida de trigales, ante un firmamento despejado de pólvora, con rastrillos relucientes al hombro.


Miguel Hernández
«Compañera de nuestros días»
Publicado en Frente del Sur núm. 1, Página 3, 21 de marzo de 1937


Firma con el pseudónimo de Antonio López








1157. Me llamo barro aunque Miguel me llame.

Miguel Hernández Gilabert
(Orihuela, 30 de octubre de 1910 – Alicante, 28 de marzo de 1942) 




Me llamo barro aunque Miguel me llame.
Barro es mi profesión y mi destino
que mancha con su lengua cuanto lame.

Soy un triste instrumento del camino.
Soy una lengua dulcemente infame
a los pies que idolatro desplegada.

Como un nocturno buey de agua y barbecho
que quiere ser criatura idolatrada,
embisto a tus zapatos y a sus alrededores,
y hecho de alfombras y de besos hecho
tu talón que me injuria beso y siembro de flores.

Coloco relicarios de mi especie
a tu talón mordiente, a tu pisada,
y siempre a tu pisada me adelanto
para que tu impasible pie desprecie
todo el amor que hacia tu pie levanto.

Más mojado que el rostro de mi llanto,
cuando el vidrio lanar del hielo bala,
cuando el invierno tu ventana cierra
bajo a tus pies un gavilán de ala,
de ala manchada y corazón de tierra.

Bajo a tus pies un ramo derretido
de humilde miel pataleada y sola,
un despreciado corazón caído
en forma de alga y en figura de ola.

Barro en vano me invisto de amapola,
barro en vano vertiendo voy mis brazos,
barro en vano te muerdo los talones,
dándote a malheridos aletazos
sapos como convulsos corazones.

Apenas si me pisas, si me pones
la imagen de tu huella sobre encima,
se despedaza y rompe la armadura
de arrope bipartido que me ciñe la boca
en carne viva y pura,
pidiéndote a pedazos que la oprima
siempre tu pie de liebre libre y loca.

Su taciturna nata se arracima,
los sollozos agitan su arboleda
de lana cerebral bajo tu paso.
Y pasas, y se queda
incendiando su cera de invierno ante el ocaso,
mártir, alhaja y pasto de la rueda.

Harto de someterse a los puñales
circulantes del carro y la pezuña,
teme del barro un parto de animales
de corrosiva piel y vengativa uña.

Teme que el barro crezca en un momento,
teme que crezca y suba y cubra tierna,
tierna y celosamente
tu tobillo de junco, mi tormento,
teme que inunde el nardo de tu pierna
y crezca más y ascienda hasta tu frente.

Teme que se levante huracanado
del blando territorio del invierno
y estalle y truene y caiga diluviado
sobre tu sangre duramente tierno.

Teme un asalto de ofendida espuma
y teme un amoroso cataclismo.
Antes que la sequía lo consuma
el barro ha de volverte de lo mismo.


Miguel Hernández
El rayo que no cesa (1934-1935)



1156. Recordando a Marcelino Camacho.

Marcelino Camacho Abad (Osma-La Rasa, Soria, 21 de enero de 1918 - Madrid, 29 de octubre de 2010)



"Su vida fue la autoconstrucción de un dirigente obrero, que luchó como peón de la Historia en la Guerra Civil, y que, a partir de la derrota personal y de clase, se movió como un héroe griego positivo, en la lucha contra el destino programado por los vencedores, personal y coralmente... Toda su vida será un trabajador que considera que el mundo no está bien hecho. Es decir, que no está hecho a la medida de los débiles". (Manuel Vázquez Montalbán) 



La reconstrucción del movimiento obrero

La derrota de la República, el 28 de marzo de 1939, supuso no solo la pérdida de las grandes conquistas sociales obtenidas durante el período de 1936 a 1939 en la zona republicana, sino también otras más limitadas conseguidas en épocas anteriores. Terminada la guerra, fueron disueltas las organizaciones sindicales de clase UGT y CNT, incautados sus locales, perseguidos sus militantes y la huelga considerada como delito de sedición. Fusilados o desaparecidos gran parte de los dirigentes sindicales; encarcelados, perseguidos o exiliados los restantes, se inició una época terriblemente difícil para los trabajadores. Simultáneamente, la represión física se completó con la liquidación del espíritu de clase, creando los sindicatos verticales, la CNS. La dictadura franquista trató de domar a los obreros y obreras poniéndoles una doble camisa de fuerza, material e ideológica. 

El preámbulo de la Ley de Bases de la Organización Sindical de diciembre de 1940 decía: «Cuantos con un servicio de producción contribuyen a la potencia de la Patria, quedan así, como consigna de nuestro Movimiento, ordenados en milicia».

Como puede verse es la misma filosofía de la Alemania de Hitler o la Italia de Mussolini. La Central Nacional de Sindicatos y los Sindicatos Nacionales eran la base de encuadramiento social, y así lo establecía la ley: «Constituyen el fondo de encuadramiento y disciplina en el que se inserta la articulación de los intereses económicos de los que son exponentes los Sindicatos Nacionales». 

El artículo 1.º de esta ley señalaba: «Los españoles, en tanto colaboran en la producción, constituyen la Comunidad Nacional-sindicalista como unidad militante en disciplina del Movimiento». El artículo 2.º decía que la jefatura de esa comunidad la asumía la Delegación Nacional de Sindicatos de Falange, y el artículo 19 determinaba: «… todos los mandos de los Sindicatos recaerán, necesariamente, en militantes de Falange Española Tradicionalista y de las JONS». Esta cláusula del artículo 19 fue derogada en 1953, cuando se alcanzaron los niveles económicos de 1935, se firmaron los acuerdos sobre la instalación de las bases militares de los EE UU y acabó el período de autarquía. 

Sin embargo, aunque derrotados como clase, los trabajadores no nos sometimos fácilmente, luchamos desde el interior unos, y desde el exilio otros. Las guerrillas que se mantuvieron al terminar la guerra fueron desarrolladas y estimuladas especialmente por los comunistas, mientras otras fuerzas, que esperaban ser llamadas al poder por los aliados occidentales después de terminar la Segunda Guerra Mundial contra el nazifascismo, practicaron una especie de «pasividad». Ambas posiciones, guerrilla y pasividad, aunque radicalmente diferentes, constituyeron dos ejes fundamentales de la proyección político-social que se caracterizaron, en la práctica, por una subestimación de la lucha de masas hasta 1948. 

Los hombres que estaban en la lucha guerrillera eran los militantes más destacados y a ella se dedicaban también la mayor parte de los recursos económicos de que se disponía, ya que esta lucha armada se consideraba fundamental y decisiva en el contexto de la Segunda Guerra Mundial. Los que creyeron que los aliados los iban a restablecer en el poder, simplemente esperaron; practicaron el más puro «attentismo», la pasividad, creyendo que el final de la guerra supondría automáticamente la desaparición de las diferentes formas de dictadura fascista o filofascista. Lo uno y lo otro conducía a subestimar la acción sindical como base esencial de la lucha de masas. Por supuesto, el juicio que la Historia reserva es radicalmente distinto para los que actúan que para los que permanecen pasivos.


Los sindicatos tradicionales, encerrados, en la clandestinidad

Los trabajadores conservábamos vivo el sentimiento antifascista; habíamos sido derrotados, pero no ganados para la dictadura y sus sindicatos verticales. Por eso, y pensando en la restauración de las libertades, tratamos de reconstruir las viejas organizaciones de clase, UGT y CNT, mostrando así nuestra repulsa a los sindicatos del régimen. Se consideraba indignos o traidores a quienes actuaban en ellos con alguna responsabilidad, aunque fuera mínima, ya que como decía la ley todos los mandos debían ser militantes de Falange, algo que modificaron después. 

En los primeros momentos la represión se abatió sobre los que pretendieron continuar la acción de los sindicatos desde la clandestinidad. Maso Riera, secretario general de la CNT, fue fusilado a finales de 1939, y tres años más tarde Pallarols; otros comités nacionales fueron también desarticulados. Se produjeron igualmente numerosos intentos de reconstruir la UGT y otras organizaciones, como sucedió en Valencia cuando Martínez Amutio organizó unas Alianzas Obreras. A la ejecutiva de UGT la detuvieron varias veces, la primera de ellas en 1944. En el exilio, en esas fechas, hubo paralelamente dos ejecutivas de UGT; una con Trifón Gómez y Rodolfo Llopis en cabeza, mayoritaria en el exterior, y otra dirigida, después de la dimisión de Largo Caballero en la guerra, por su antiguo secretario general, Rodríguez Vega, acompañado por Amaro del Rosal y otros. Estas ejecutivas reprodujeron las divisiones surgidas con la Junta de Casado en el mes de marzo de 1939 en la zona republicana. Yo militaba en esta última hasta que, en 1957, pasé a la Oposición Sindical Obrera (OSO) antes de que nacieran las Comisiones Obreras. 

Igualmente se reconstituyó la CNT en el exilio en 1944, pero al optar una parte por colaborar con los partidos de izquierda, llevaría a sus filas la división entre los que se denominaban políticos y los apolíticos, división que ya existía en el exilio en México y que aún arrastran en nuestros días, aunque actualmente con escasa o nula influencia entre los trabajadores. 

Hasta 1951 los españoles no recuperamos el nivel económico que teníamos en 1935, antes de la Guerra Civil, y esa recuperación se hizo sobre la base de una superexplotación contra la que no cabía la menor oposición. La resistencia en aquellos años fue heroica porque los peligros que se corrían eran enormes. Hubo numerosas huelgas y luchas obreras en este período, en 1945 y primer semestre de 1946, pero fue el Primero de Mayo de 1947 en Bilbao y Euskadi el que pasó a la historia por ser el acto más amplio y más profundo de todas las protestas de este período. Fue convocado unitariamente por UGT, STV, CNT, las fuerzas políticas de la oposición y el Consejo de la Resistencia y, aunque no fue secundado en el resto del país, durante varios días el desafío del proletariado vasco y de los antifranquistas de Euskadi mantuvo en jaque a las fuerzas de la dictadura. 

Aquellas luchas eran, en cierta medida, explosiones heroicas, pero en gran parte residuales del potencial obrero anterior. Era la protesta desesperada porque los aliados no cumplieron sus promesas de restablecer la libertad sindical, y las libertades democráticas, expulsando, como lo hicieron en otros países, a los regímenes fascistas que apoyaron a las potencias del Eje. También eran consecuencia de la difícil situación económica de los trabajadores y de las ansias de libertad del primer pueblo que no se resignó y luchó contra el fascismo.

Pero la represión desarticuló las viejas organizaciones sindicales, que se sumieron en la clandestinidad más absoluta y, sin contacto con los trabajadores, el sindicalismo tradicional acabó por desaparecer de la escena, con la excepción de algunos núcleos aislados de UGT en Asturias o en Bilbao, por ejemplo. Aquí terminó una primera fase, a la que la dictadura puso su broche de oro con los acuerdos para la instalación de las bases militares norteamericanas en España que dieron paso al fin del aislamiento político y de la autarquía.

Pasada la primera etapa y durante un largo período de represión, hubo un reflujo del movimiento obrero sindical. La gravedad de los riesgos que había que asumir condujo a que la masa de trabajadores sin partido no ingresara en los pequeños grupos clandestinos de UGT o de CNT por temor a las represalias. Perdido el contacto con las amplias masas de asalariados, esos pequeños núcleos sindicales fueron condenados al estado de hibernación, como mínimo, y a veces incluso a su desaparición definitiva. Fue preciso reflexionar y hacer un análisis profundo de las causas originarias de este estado de postración, así como de los principios del movimiento sindical y de su táctica en las condiciones de regímenes de carácter fascista. Lo que estaba claro era que con los métodos y organizaciones propias de una sociedad democrática, en una situación de clandestinidad no se podía hacer un trabajo de masas.


Marcelino Camacho, 
"Confieso que he luchado", 1990


















1155. Así fué la defensa de Madrid. II - El planteamiento de la Batalla (6)

La misión.

El Mando Superior fijó al general Miaja la misión asignada a la defensa en un documento que le fue entregado en sobre cerrado, al despedirse el Gobierno para marchar a Valencia al anochecer del 6 de noviembre, cuando se le designó comandante de la plaza.

Al propio tiempo se le entregó otro sobre cerrado al general Pozas, comandante del Ejército del Centro, cuyo Cuartel General debía instalarse en la cuenca del Tajuña o del Tajo (Tarancón), precisándosele la conducta que debía observar dicho ejército.

Ambos sobres tenían que ser abiertos al amanecer del día. Nunca llegué a conocer las razones que podían aconsejar esta limitación, en una situación de guerra que evolucionaba rapidisimamente.

Según se comprobó en ambos documentos, las misiones, atribuciones, responsabilidad y autonomía operativa que se fijaba o concedía a dichos jefes no concordaban bien; y medió la circunstancia que muy bien pudo ser obra del azar, que tales documentos ocuparan el sobre que no les correspondía, es decir, en el dirigido al general Miaja se introdujo la orden de la misión asignada al general Pozas, y en el de este general la que se fijaba a Miaja.

Pero quiso también el azar que por el carácter apremiante de lo sucesos, la gravedad de las circunstancias, que se hacía agobiante aquella noche del 6, y para evitar que ésta transcurriese sin adoptar las ineludibles disposiciones de primera urgencia para la defensa de una ciudad que iba a ser atacada en plazo de pocas horas, y se con jurase, cuando menos, la confusión subsiguiente, el general Miaja resolvió no esperar al amanecer del 7, cuando ya estarían lejos de Madrid el CG del Ejército del Centro y el Gobierno y, con ello se habrían multiplicado las dificultades para un entendimiento rápido y directo con ambos escalones del Comando Superior.

Mediada la noche, el general Miaja abrió el sobre que se le había entregado: contenía la directiva que el jefe del Gobierno y comandante supremo de las fuerzas de la República daba al general Pozas, pero no la misión que a él le correspondía y de la que tan sólo oralmente se le había adelantado su significado más sencillo.

Sin duda, se había producido una confusión en el curso de tan importante documento, pero el efecto mínimo que tal error burocrático iba a provocar sería que se retrasase el conocimiento de la misión concreta que la Defensa debía cumplir, así como las condiciones que el Mando Supremo estimaba que debían observarse en su desarrollo. Sin embargo, conocer lo esencial era bastante y se sabía: defender la capital de España; lo demás, las condiciones de esa defensa, en poco podían mermar el alto significado de tal misión.

Por fortuna se pudo encontrar al general Pozas antes de que se ausentara de Madrid, deshacer el error en que se había incurrido y conocer cuanto debía conocerse, pues el general Pozas también resolvió abrir su sobre antes de alejarse de Madrid con su Cuartel General, y había sufrido la misma sorpresa, cayendo en igual incertidumbre por ignorar el mandato expreso que se dictaba al Ejército del Centro.

Observamos ahora que en el oficio al general Miaja se le ordenaba taxativamente:

1. «La defensa de la capital a toda costa».

2. Llevar esa defensa hasta el límite y en el caso de que a pesar de todos los esfuerzos haya de abandonarse la capital.

3. Si los defensores fuesen expulsados de Madrid «las fuerzas deberán replegarse en dirección a Cuenca para establecer una línea defensiva en el lugar que le indique el General Jefe del Ejército del Centro». 

4. El comandante de la Defensa debía estar siempre en contacto y subordinación con el comandante del Ejército del Centro para los movimientos militares, y del que recibirá para la defensa.

La idea de abandono del objetivo que aparece en el inciso 2 contradice el mandato terminante del 1. El abandono está militarmente descartado cuando se ordena la defensa a toda costa, porque en caso de cumplirse el mandato se perece en él o se es expulsado de la posición a viva fuerza: el comandante de la Defensa optó por acatar el primer punto renunciando a toda idea de abandono.

Lo consignado en el inciso 4 hacía inexplicable la servidumbre impuesta de no abrir los sobres hasta el amanecer del día 7, pues si el general Pozas debía dar las órdenes para la defensa era natural que lo hiciese antes de partir (acción prevista por el Comando Superior para antes del amanecer) y a base de la misión general de su ejército. También parecía obligado que ambos generales considerasen conjuntamente el problema militar, sin que se aplazasen las órdenes que hubiera de dictar el general Pozas, pues la pérdida de tiempo podía hacerlas inaplicables.

En otro orden, los conceptos subrayados en el 4 fueron motivo de confusión y provocaron algunas fricciones, por fortuna sin transcendencia, por el buen sentido con que procedieron ambos generales: se interpretaron tales conceptos en el sentido de que la idea de subordinación, operativamente sólo se refería a los movimientos y a la conducta defensiva que pudiera derivarse de un repliegue, mas no en lo que se refería a la estricta defensa de la ciudad a toda costa, por cuanto las funciones de mando en la capital, política y militarmente, iba a ejercerlas el comandante de la plaza, como presidente nombrado de la Junta de Defensa, y porque, como tal, actuaba en funciones delegadas directamente por el Gobierno, sin interferencia del Ejército del Centro.

Resulta por demás evidente que si el contenido de ambos sobres hubiera seguido cambiado hasta el amanecer del día 7 otros efectos inevitables derivados de aquel error hubieran podido ser:

a) Que ambos generales se habrían encontrado al amanecer del día 7 sin saber qué mandato expreso recibían, y, en contradicción, el general Miaja, a quien se imponía la defensa «a toda costa», sólo se enteraba de la idea de maniobra hacia el Tajuña o el Tajo que se señalaba al general Pozas para el Ejército del Centro, induciéndoles así a admitir la idea de repliegue [7]. A su vez el general Pozas se enteraba de que su subordinado y él sólo eventualmente — en caso de fracasar la defensa de la capital— podían pensar en la retirada a la línea del Tajo o del Tajuña, y si tal maniobra la imponía el adversario apremiantemente (como las de anteriores jornadas), tendría que hacerlo dirigiendo la maniobra desde un PC improvisado y prácticamente desconectado de todo su frente de maniobra, por carecer de la necesaria red de transmisiones desde Tarancón.

b) Que para deshacer el error, pasando el contenido de cada sobre a su verdadero destinatario, y que éstos conocieran con tiempo útil su verdadera misión (teniendo en cuenta la distancia de Tarancón a Madrid) habrían sido necesarias de dos a tres horas: o sea, que el general Miaja no habría conocido su misión de defensa «a toda costa» hasta ese tiempo, después que hubiera comenzado el ataque; y si como consecuencia del ataque las milicias, por obra de la desmoralización, se hubieran retirado en desorden, como vino sucediendo en los combates del sur de Madrid, las probabilidades de derrota se habrían multiplicado y ni el general Pozas habría podido cumplir con oportunidad y eficacia lo que se indica en el inciso 3, ni el general Miaja orientar su retirada hacia Cuenca, o coordinar su repliegue con el de las fuerzas de la serranía, por no existir en tal momento un mando que gobernase el conjunto de la acción, ni unas órdenes precisas para dar articulación a la maniobra.

c) Cabe añadir a las circunstancias expuestas la derivada de los sucesos que se habían producido la noche del 6 en Tarancón (detención, por una unidad de Milicias, de algunos ministros y autoridades cuando se desplazaban hacia Valencia, como protesta por su salida de la capital en los momentos de peligro para la ciudad), a virtud de la cual el general Pozas tuvo que quedar provisionalmente con su CG en el valle del Tajuña.

d) No se puede decir que aquellas horas de la noche del 6 al 7 el Comando de la Defensa hubiera permanecido pasivo hasta las 6 de la mañana (hora indicada para abrir el sobre), pero sí se puede afirmar que no se habría explotado al minuto el tiempo de que se disponía antes del ataque y que algunas de las importantes disposiciones que se dictaron habrían quedado diferidas hasta conocer el documento encerrado en el sobre.

Expuesto el hecho comentado y las circunstancias que en él concurrieron, dejo libre el campo a la especulación, pero afirmo que aquel error burocrático, o minúsculo, pudo tener repercusiones gravísimas en orden a la defensa de la capital.

El pensamiento del Mando Superior, conocido oralmente por el general Miaja antes de partir aquél para Valencia, fue interpretado admitiendo que debía garantizarse la defensa de la capital por lo menos durante siete días para que aquel Mando Superior montara y llevara a cabo, bajo su alta dirección, una maniobra o fuerte contraataque que debía desembocar desde el valle del Jarama (región de La Marañosa) sobre la retaguardia enemiga, a fin de cortar sus comunicaciones con Toledo y Extremadura.

Se sabía que tal maniobra debía ser realizada por una parte de las Brigadas que estaban organizándose en Levante (1.ª, 2.ª, 3.ª, 4.ª, 5.ª, 6.ª nacionales y XI y XII internacionales), algunas de las cuales ya estaban en la fase de transportes hacia la zona de maniobras. De dicha acción se esperaba por el Mando Superior un resultado decisivo, pues se pretendía batir al enemigo o, cuando menos, obligarle a retirarse del frente de la capital.

Visto el problema de conjunto en el cuadro del Ejército del Centro, resultaba evidente que la defensa de Madrid no podía quedar desvinculada de la de las fuerzas de la sierra dependientes de dicho ejército, como tampoco de la que pudiese llevar a cabo el Mando Superior al sur de la capital, con tropas frescas.

Cualesquiera que fuesen los resultados de tal operación, ésta tendría repercusiones para la defensa de Madrid y en la subsiguiente actividad del Sistema de Fuerzas de todo el ejército.

En todo caso, a la defensa de Madrid le interesaba saber: 1.º, qué ayuda podía recibir para cumplir su misión, en vista de la penuria de medios que aquella noche se revelaba, y 2.º, cómo debía coordinarse su maniobra con la de las fuerzas de la sierra, a las que inexorablemente estábamos ligados, en la buena y en la mala fortuna.

Para estimarlo así basta observar que la totalidad del frente defensivo, en el momento que iba a iniciarse la batalla (véase croquis 1), se apoyaba en la serranía, formando un extenso semicírculo por el norte y el oeste para entrar en la llanura del sur de Madrid, dejando en nuestro poder Boadilla del Monte, Pozuelo de Alarcón, Húmera y Carabanchel Bajo; quedaba controlada por las fuerzas leales la línea del Manzanares y el Jarama hasta Ciempozuelos y, desde este punto, seguía la ribera del Tajo, para desprenderse de ella eventualmente en la cabeza de puente de Toledo y, más allá, aguas abajo, después de Talavera de la Reina, donde doblaba hacia el sur para enlazar con lo que después sería el frente del Ejército de Extremadura.

Por el norte, el frente de combate abandonaba la serranía en Lozoya, cubría Buitrago y el embalse de Lozoya, pasando por el sector de Guadalajara, donde dejaba en nuestro poder Tamajón, Cogolludo, Jadraque, Almadrones y Cifuentes, al este de cuyo caserío seguía el cauce del Alto Tajo hasta los montes que circundan Albarracín por el sur, donde enlazaba con el frente de Aragón.

Todas las fuerzas desplegadas en ese extenso frente formaban una gran bolsa que iba desde Vaciamadrid hasta Cifuentes, y sus comunicaciones gravitaban hacia Levante, donde se hallaba realmente nuestra base de abastecimiento y hacia la cual estaban orientados los ejes carretero y ferroviario.

Resultaban así evidentes estas dos conclusiones: que la caída de cualquier porción de dicho frente, en la parte que dependía del Ejército del Centro, repercutiría peligrosamente en las posibilidades de conservación de la capital e, inversamente, que la caída de ésta haría extremadamente difícil para el Ejército del Centro el repliegue del frente de la sierra y la conservación de sus comunicaciones con Levante. Ambos riesgos cobraban mayor valor, en razón de la penuria de medios y la desorganización de las fuerzas, y porque a lo largo del frente existían numerosos espacios que se hallaban simplemente vigilados.

Aunque la responsabilidad defensiva del comando de la capital se contraía, según ya se ha dicho, al espacio comprendido entre el río Guadarrama (al O de Boadilla del Monte) y Vaciamadrid (al SE de la capital), si se había de resistir una embestida medianamente reiterada, era necesario prever las reservas de que íbamos a necesitar para alimentar nuestra propia maniobra.

El Ejército del Centro no disponía de ellas, porque las de la serranía habían acudido a cubrir el frente creado por el avance de las fuerzas del flanco izquierdo enemigo, desde Navalagamella hasta el río Guadarrama.

Al reorganizar las fuerzas se hacía indispensable crear nuestras propias reservas, fijando su volumen, ubicación y clase de tropas, según la traza que diéramos a nuestra maniobra defensiva, si era posible darle alguna con aquella polvareda de combatientes. Mas como la formación de tales reservas no era cuestión que pudiera resolverse en una ni en dos jornadas, urgía recabar del Mando Superior el envío de unidades y medios procedentes de la retaguardia. Así se hizo, reclamándolas con urgencia, con apremio, tal y como la situación aconsejaba.


General Vicente Rojo
"Así fué la defensa de Madrid"
Capítulo  II - Planteamiento de la Batalla (6)
Asociación de Libreros de Lance de Madrid, 2006



















1154. Rafael Alberti, visto por Pablo Neruda.

La poesía es siempre un acto de paz. El poeta nace de la paz como el pan nace de la harina.

Los incendiarios, los guerreros, los lobos buscan al poeta para quemarlo, para matarlo, para morderlo. Un espadachín dejó a Pushkin herido de muerte entre los árboles de un parque sombrío. Los caballos de pólvora galoparon enloquecidos sobre el cuerpo sin vida de Petófi. Luchando contra la guerra, murieron en Grecia. Los fascistas españoles iniciaron la guerra en España asesinando a su mejor poeta.

Rafael Alberti es algo así como un sobreviviente. Había mil muertes dispuestas para él. Una también en Granada. Otra muerte lo esperaba en Badajoz. En Sevilla llena de sol o en su pequeña patria, Cádiz y Puerto de Santa María, allí lo buscaban para acuchillarlo, para ahorcarlo, para matar en él una vez más la poesía.

Pero la poesía no ha muerto, tiene las siete vidas del gato. La molestan, la arrastran por la calle, la escupen y la bejan, la limitan para ahogarla, la destierran, la encarcelan, le dan cuatro tiros y sale de todos estos episodios con la cara lavada y una sonrisa de arroz.

Yo conocí a Rafael Alberti en las calles de Madrid con camisa azul y corbata colorada. Lo conocí militante del pueblo cuando no había muchos poetas que ejercieran ese difícil destino. Aún no habían sonado las campanas para España, pero ya él sabía lo que podía venir. El es un hombre del sur, nació junto al mar sonoro y a las bodegas de vino amarillo como topacio. Así se hizo su corazón con el fuego de las uvas y el rumor de la ola. Fue siempre un poeta aunque en sus primeros años no lo supo. Después lo supieron todos los españoles, más tarde todo el mundo.

Para los que tenemos la dicha de hablar y conocer la lengua de Castilla, Rafael Alberti significa el esplendor de la poesía en la lengua española. No sólo es un poeta innato, sino un sabio de la forma. Su poesía tiene, como una rosa roja milagrosamente florecida en invierno, un copo de la nieve de Góngora, una raíz de Jorge Manrique, un pétalo de Garcilaso, un aroma enlutado de Gustavo Adolfo Bécquer. Es decir, que en su copa cristalina se confunden los cantos esenciales de España.

Esta rosa roja iluminó el camino de los que en España pretendieron. atajar al fascismo. Conoce el mundo esta heroica y trágica historia. Alberti no sólo escribió sonetos épicos, no sólo los leyó en los cuarteles y en el frente, sino que inventó la guerrilla poética, la guerra poética contra la guerra. Inventó las canciones que criaron alas bajo el estampido de la artillería, canciones que después van volando sobre toda la tierra.

Este poeta de purísima estirpe enseñó la utilidad pública de la poesía en un momento crítico del mundo. En eso se parece a Maiakovski. Esta utilidad pública de la poesía se basa en la fuerza, en la ternura, en la alegría y en la esencia verdadera. Sin esta calidad la poesía suena pero no canta. Alberti canta siempre.


Pablo Neruda
"Confieso que he vivido. Memorias"
Capítulo 6 - Salí a buscar caídos

Fotografía: Rafael Alberti en 1936 (Chim)





1153. Así fué la defensa de Madrid. II - El planteamiento de la Batalla (5)

La Quinta Columna.

Así como al hacer la valoración de los medios propios juzgamos necesario decir algo del Estado Mayor y de la Junta de Defensa, ahora, en este análisis del factor adversario, nos sentimos obligados a considerar un elemento nuevo que aparece por vez primera en la historia militar, condicionando la situación de manera premeditada y organizada. Tal es la Quinta Columna.

En todas las guerras hubo quintas columnas; pero su incorporación al arte de combatir como factor integrante de la maniobra y de acción encuadrada en los planes es realmente una innovación que aporta a la belicología la Guerra de España.

Forman la Quinta Columna los elementos que, encubiertos en el campo adversario, se mantienen positivamente organizados para participar de manera activa en la lucha, en condiciones de tiempo y espacio previstas, tan pronto como suene la hora de la decisión, tanto en las acciones que la preceden como en la rápida explotación del éxito, cuando éste se alcance.

Actúa esencialmente en el interior del campo enemigo y principalmente en su retaguardia, de tal modo que se desarticulen la organización, las posibilidades materiales de lucha y el manejo de los medios, se interfieran las comunicaciones, se desgaste o abata la moral, se reduzca la potencialidad y todo, en fin, quede desbaratado de una manera acorde con las tropas operantes para hacer más fácil, voluminosa, rápida y decisiva la derrota. Realmente es una columna operativa con fuerza y poder para actuar por la espalda sobre las tropas organizadas que mantienen noblemente la lucha en el frente.

No se trata de simples espías o saboteadores, de agentes desmoralizadores, ni de meros agitadores, sino de una malla fuertemente tejida, que se tiende sobre todas las actividades en las cuales se pueda restringir o anular la capacidad de acción, el poderío de las columnas combatientes o el de los comandos.

Esa Quinta Columna, que ya estaba montada en Madrid desde antes del comienzo de la guerra, según han revelado sus propios componentes, había fracasado al iniciarse el conflicto y durante los cuatro primeros meses de actividad bélica; pero ahora, cuando se trataba del asalto a Madrid, podía entrar en juego de manera decisiva, haciendo imposible que el Gobierno lograra lo que aún podía conseguir: la conservación de la capital.

De aquí que, sabiendo la existencia de ese poder oculto, el mando tuviera que adoptar la decisión de hacerle frente para anularlo si entraba en acción y, eso, tanto por la ayuda que representaba para los atacantes como por el caos social que su actuación pudiera provocar en la ciudad: aquello tenía una evidente repercusión militar; lo segundo representaba un gravísimo peligro de significación humana.

No entra en los textos del arte de la guerra la consideración de este factor en la lucha en campo abierto, porque, en este caso, la Quinta Columna tiene una actuación muy limitada; pero cuando se trata de la defensa de una ciudad de más de un millón de almas, su consideración es ineludible y tiene ese doble significado que ya hemos señalado, pues es sabido que muchas derrotas, lo mismo en la acción estratégica que en la táctica, se inician y cristalizan en la retaguardia, y se consuman, a veces, a pesar del triunfo de las fuerzas en el frente de combate. Los guerrilleros, también de raíz española, y los paracaidistas, producto de la última conflagración, responden igualmente a esa clase de acciones sobre la retaguardia, pero de ningún modo hay que confundir sus actividades bélicas ni su organización con las de las quintas columnas.

Pues bien, en el caso de la defensa de Madrid, el peligro de la Quinta Columna resultaba patente, y no porque lo hubieran descubierto los defensores, sino porque el adversario lo había hecho público desde el comienzo de la guerra, a través de su prensa y propaganda; manifiesto y grave error, que provocó represalias sobre los sospechosos de pertenecer a ella.

En lo que se refiere a la batalla de Madrid, los indicios de que dicha columna estaba alerta se manifestaron el mismo atardecer del 6 de noviembre; pero su actividad quedó rápida y automáticamente cortada, por iniciativa de las tropas de Milicias que permanecían en los cuarteles de la capital. Después, durante la batalla, en razón del curso favorable que tuvo para los defensores, la actuación de la Quinta Columna careció de eficacia operativa, aunque supo mostrarse muy activa en algunos períodos, tratando de provocar la desmoralización y las deserciones entre los combatientes, así como desarrollando actividades informativas al servicio de las tropas atacantes.

De la existencia y presencia de la Quinta Columna tuvo el Comando de la Defensa información abundante y constante. Se reveló también a través de innumerables hechos de los que se hablará oportunamente, entre los que destacan el incidente de la Embajada de Finlandia y la explosión en la estación Diego de León del metropolitano.

Era notorio que potencialmente y aunque no estuvieran encasilladas, pertenecían a ellas muchas gentes de las derechas políticas y sociales residentes en Madrid; mas no por esto fueron objeto de represalias. Algunos fueron denunciados con fundamento, o por simples sospechas; los organismos de control los fichaban como «desafectos» y las fuerzas de orden público los vigilaban.

Otros permanecieron encarcelados durante la guerra o gran parte de ella sin más consecuencias; algunos, más hábiles, podían circular y actuar libremente con documentación que lograban a través de los amigos que ignoraban aquella circunstancia, o que aviesamente les facilitaban los propios quintacolumnistas incrustados en organismos militares y civiles, centros políticos de izquierdas, sindicatos, industrias, etc.; constituían una verdadera plaga que habría de salir a la superficie en los momentos de crisis.

El denominador común que vinculaba sus acciones era, manifiestamente, el odio de raíces políticas e ideológicas, el peor que puede alentar al hombre, para incurrir en los más graves desmanes, lo mismo en las derechas que en las izquierdas, abriendo campo a la deshumanización social, signo lamentable de nuestro tiempo, lo que en Madrid se revelaría anticipadamente.


General Vicente Rojo
"Así fué la defensa de Madrid"
Capítulo  II - Planteamiento de la Batalla (5)
Asociación de Libreros de Lance de Madrid, 2006


















1152. Zenobia.

Recordamos a Zenobia Camprubí Aymar (Malgrat de Mar, Barcelona, 31 de agosto de 1887 – San Juan de Puerto Rico, 28 de octubre de 1956) en el aniversario de du fallecimiento.


“No sé a quién se parecería. Con quién compararla. Con quién medirla. Qué calificativos aplicarle una vez que, dentro de su tránsito de vida, me la encuentro desnuda y sola en su amplitud de ser vibrante, candela inagotable, rescoldo que nace y se renace en los abrazos y risas múltiples de entrega interminable. Zenobia Camprubí no es un nombre atado en la nada. Una viajera con fulgor de espumas, ni siquiera el oleaje que viene y va, es el todo posible, es el permanente imposible que calma e impulsa, es el fragor de las estancias más cálidas, es el retorno deseado, es la longitud de la caricia.

Una vez dentro de ella, mirándola por los ángulos de su pulso constante, creeremos que no sólo se sostuvo firme en la proa del vivir, sino que supo atar todos los vientos, que manejó el timón del sueño con la firmeza y la esperanza de la llegada al mejor puerto, a cualquier puerto, a cualquier lugar para recomenzarse como quien nace cada día. No la busquen en la desolación y el desamparo.

Multiplicada hacia todas las corrientes, la entrega no es su palabra, ni la desembocadura a ningún río del desaliento. Armó abatimientos y tejió el gran paraguas protector para aquellos que caminasen en su mismo camino. Entendió el desprendimiento como una filantropía necesaria de la especie. Intuyó la luz que le acompañaba sin dejar de ser la luz que poseía. Zenobia Camprubí no termina su biografía en el lugar de los olvidados. En cada acercamiento a sus pasos se nos reverdece, cada vez más florecida sintiéndola transparente y silenciosa por un jardín de palabras. Tuvo la poesía necesaria en el arcón más cercano y la palabra exacta casi brotada en su piel. Siempre se despojó con la fuerza de lo incontenible.

Hurgó entre las luces y evitó las sombras. Recogió tras las lluvias las mejores aguas. Filtró la sustancia de lo que era para darlo en la dosis precisa. Miró lejos y distinguió la profundidad del compañero.

No retuvo su tiempo, lo vivió, lo encapsuló para entregarlo con su medida. Conductora de su época, se anticipó a las estaciones y estas la recompensaron con la constancia inagotable de una mujer para todos los tiempos.

Sencillamente Zenobia.


Antonio Ramírez Almanza
"Cenobia Camprubí con luz propia"
(Centenario de la estancia de Zenobia en La Rábida)
Edición de la Fundación Zenobia-JRJ y la UNIA. 2009