1 de septiembre de 2014

El Lehendakari Aguirre y el préstamo a Franco.





Interrogado por el redactor diplomático de la Agencia "Internacional News Service". M. Elie Vaissi, acerca de la decisión del Congreso americano sobre el préstamo a la España franquista, el presidente Aguirre hizo en 1950 las siguientes declaraciones:

"Por Aplastante mayoría, la Asamblea de Estrasburgo ha expresado su deseo de que España integre la organización europea cuando sus  representantes nazcan de elecciones libres y de acuerdo con un régimen constitucional. Al mismo tiempo ha adoptado otro transcendental acuerdo al permitir, en el futuro, tomar parte en sus trabajos como observadores y colaborar en ellos a los representantes exilados de países dictatoriales, citando concretamente a España y a los pueblos de la cortina de hierro. Así estará representada toda Europa, la Europa que desea y aspira a la libertad.

“La trascendencia de estos acuerdos, radica en que consagran un principio universal, a saber, que la libertad solo puede ser dignamente defendida por hombres y pueblos libres. Los acuerdos de Estrasburgo son la respuesta terminante de Europa al reciente acuerdo del Congreso americano otorgando 62,5 millones de dólares al dictador Franco. Si la guerra contra el totalitarismo soviético ha de tener lugar un día en defensa de la libertad de Europa, la advertencia de Estrasburgo pone de manifiesto cuan absurda y peligrosa es la actitud de loa senadores y diputados americanos.

"El préstamo a Franco, por su propia mezquindad, no soluciona nada. En cambio, ha roto con la norma moral y ha puesto ante el mundo en entredicho las Intenciones del congrego americano, despreciando los principios sin los cuales América pierde toda su autoridad, únicos por Ios cuales los pueblos lucharon con ardor.

"Se ha repetido muchas veces por los defensores de la ayuda a Franco que éste es el único modo de hacer evolucionar al régimen de la dictadura a la, democracia. Aun admitiendo la sinceridad de esta opinión, extraña que no se ponga ninguna condición a esa ayuda. En Estrasburgo han expresado el deseo de ver a España representada, pero una vez que esta representación responda a la voluntad popular. Lo contrario sería admitir en la Asamblea de Europa las sombras de Hitler y de Mussolini, con gran alegría de Stalin. Todavía hay en los escaños de Estrasburgo representantes europeos que recuerdan que los submarinos alemanes atacaron a las naves de la libertad desde sus bases de aprovisionamiento de Baleares y Vigo. Si de ello dudan los senadores y diputados americanos, que se lo pregunten a los Servicios de Inteligencia y al Departamento de Estado de Estados Unidos.

"La glorificación del régimen totalitario de partido único, de prensa única y de sindicato único, vigente en España, no ha concluido aún. Ha correspondido a la República Dominicana, “modelo de democracia”, presentar ante las Naciones Unidas una propuesta pidiendo la revocación de la resolución de 1946, condenatoria del régimen de Franco. No cabe ya desafío más insolente a todo principio democrático, ni burla más sangrienta para los que murieron por la libertad en dos guerras y para los que siguen cayendo en Corea para restaurar la decencia en las relaciones entre los pueblos.

"Se dice en determinadas esferas políticas y diplomáticas que el caso de España hay que sacarlo de la U. N., dejando que se resuelva como corresponde, en el marco de a Europa occidental. Para sacarlo de la U. N. —afirman— conviene concluir con "el caso español", presente en todas las Agendas, y nada mejor para ello que aprovechar las relaciones normales con el envío de embajadores y admitir a la España de Franco en dos o tres Agencias técnicas. El error está en que de esta forma harán permanente el caso español, porque los amigos del dictador pedirán su inclusión, con la discusión consiguiente, en todas y cada una de las numerosas agencias especializadas de las Naciones Unidas. Esta discusión la desean Franco y Stalin para sus fines particulares. El dictador español porque necesita de victorias morales para sobrevivir, y el dictador ruso porque aprovechará esta ocasión, por sí o por sus satélites, para acusar a las democracias y más particularmente a América, de insinceridad y defección a los ideales democráticos. Contra toda esta confusión ha reaccionado Europa en Estrasburgo, de acuerdo con el buen sentido del presidente Truman y del secretario Acheson, que no ha sido seguido por el Congreso americano, preocupado por intereses más locales que nada tienen que ver con otros de carácter más grave y universal”. 





31 de agosto de 2014

Testimonio de Juan Gil-Albert sobre Federico García Lorca.





A veces, sobre un tinglado, y a ser posible al aire libre, se disponía el teatrillo ambulante de la Barraca. Su inspirador y jefe era Federico García Lorca que, al igual que sus faranduleros, hacía los viajes vestido con un mono azul [...]. Las capitales de provincia recibían, de paso, la visita de los cómicos de la lengua. [...]. En uno de sus desplazamientos, conocí a Federico. Su nombre comenzaba a estar en todos los labios como sinónimo de alegría, antes de convertirse en reclamo trágico. Digo de alegría en su acepción española, o más concretamente andaluza, y que se refiere siempre a un estar alegre, la juerga, forrado con tal densidad de tristeza, que lo interior rezuma sobre lo exterior y modifica la carátula del que ríe, haciéndola, sin corregirle la mueca de los labios, llorar.

García Lorca debía haber rebasado, por los años treinta y cuatro-treinta y sies, la treintena, y había perdido ya seguramente esbeltez de talle que su tierra concede a la juventud [...]. No era alto, y aun un poco ancho, de pecho y de cara, quedándole los brazos descolgados y medio curvados en el aire para ser movidos, con soltura, al andar. La cabeza la traía puesta sobre un cuello corto, y un tanto ladeada, con esa disposición medio impertinente que adquiere en ciertas mujeres del pueblo, y que hacía pensar en su madre, al dignidad. Sus rasgos no eran finos, más bien labradores, la nariz corta, los labios entreabiertos, los ojos gachones, y su grado de color era rematado por la presencia de uno o dos lunares surgidos al azar, o como brotes hereditarios, sobre la piel gruesa de la mejilla cobriza. Su cabello lacio estaba peinado, según se llevaba entonces, sin raya y hacia atrás, pero sobre su cabeza plana se le desprendía un mechón, de los lados, hacia las orejas. El nudo de su corbata era grande y flojo, nunca perfectamente centrado, y aunque vestido a la moda, se dejaba ver en sus atuendos ese desajuste del gusto propio de las razas aborígenes cuando hacen la transposición del suyo a los cánones europeos. [...] Hablaba, y mucho más en provincias, como si pontificara, aunque al modo cañí ligeramente pasado por el barniz culto de la Residencia de Estudiantes [...]. Decía frases suamemente acicaladas que parecía dibujar en el aire con su mano morena de analfabeto prodigioso y ponía para ello, una cara muy seria cuando más divertida era su ocurrencia, como si quisiera con ello sacralizar su humor. De la silla saltaba la taburete del piano, tocaba, cantaba, improvisaba, adentrándose en los veneros de su inspiración popular en espera de que la corriente internacional de la fama arrastrara, hasta el último rincón del orbe, el eco de su voz, y estar con él era un mezcla jugosa y picante de asistir, a la vez, a una reunión "vanguardista" y a una merienda con chocolate de señorits casaderas. [...] Federico era andaluz nato poniendo en solfa al mundo. Pero como su vena más que festiva era dramática, la broma en su boca se convertía en puro sarcasmo, viva plasmación de un relámpago verde, de una malevolencia plástica.


Juan Gil-Albert
"Memorabilia"



30 de agosto de 2014

1070. Batallón Deportivo, futbolistas en la defensa de Madrid.





Miguel Ángel Lara / Marca.com 

En septiembre de 1936 las tropas sublevadas el 18 de julio se acercaban a Madrid. Talavera de la Reina había caído, el Ejército de Marruecos se aproximaba a la capital de España y el día 4 Azaña, presidente de la República, solicitó al socialista Largo Caballero la formación de gobierno tras el fracaso del presidido por José Giral. Faltaban dos meses para que el frente se estabilizara en Madrid, pero las calles madrileñas eran un hervidero en las que se estaba gestando el ‘No pasarán’ que iba a durar hasta la entrada de las tropas franquistas el uno de febrero.

Los deportistas del Madrid republicano no se iban a quedar al margen de la defensa de la ciudad y la formación de tropas gremiales. A mediados de septiembre se creó el Batallón Deportivo, en el que la Federación Española de Fútbol tendría un papel esencial. Ocupada por milicianos la Federación Castellana de Fútbol, la Española decidió ceder sus poderes y con los fondos que existían se decidió la formación del Batallón Deportivo, en el que además de futbolistas había boxeadores, atletas, árbitros… La sede del Madrid F.C., en el Paseo de Recoletos, se convirtió en la sede del Batallón.

Los uniformes del Batallón Deportivo lucían insignias bordadas con los colores con los que la selección española había jugado sus partidos hasta el inicio de la guerra. A la primera compañía que se formó se le puso el nombre de José Sunyol, el ex presidente de la Federación Catalana y del Barcelona y miembro de Ezquerra que había sido fusilado en el madrileño puerto de Guadarrama por los rebeldes.

Al mando de una de las unidades se colocó el árbitro Balaguer, uno de los más populares del fútbol español y cuya experiencia bélica en la campaña de Marruecos le daba galones. “Aquí me tienen que hacer más caso que en el campo”, bromeaba con el periodista Francisco Díaz Romero en los primeros días de instrucción del Batallón.

Las instalaciones del Madrid en Chamartín pasaron de ser el campo de entrenamiento del equipo blanco, que en junio se había proclamado campeón de Copa en Valencia contra el Barcelona, a terreno de instrucción para las milicias deportivas.

La sede de la Federación Española, sita en la Calle Claudio Coello número 10, se convirtió en el centro de reclutamiento para los deportistas. Allí acudieron futbolistas de Madrid, Atleti, CD Nacional, del Deportivo Valladolid… La edad mínima para alistarse era de 21 años, pero en el caos que se vivían y aprovechando su buen estado físico como deportistas, muchos menores de edad pasaron a formar parte del Batallón Deportivo. La idea de Paco Hernández Coronado, Álvarez Zamanillo o Ángel Rodríguez, dirigentes de la Federación Castellana y miembros del Frente Popular, era una realidad.

A la segunda compañía se la llamó Valencia y a la tercera Alcántara, en recuerdo al primer muerto del Batallón Deportivo. Julián Alcántara, jugador del Deportivo Nacional, murió en el frente y fue enterrado en Madrid el 19 de octubre de 1936 portando su ataúd tres milicianos futbolistas: Emilín (Arenas de Guecho y Real Madrid y que emigró a Argentina al acabar la guerra), Lecue y García de la Puerta.

Si las exigencias con la edad eran laxas, las que hacían referencia a demostrar un sólido antifascismo eran extremas. Fe de ello pudo dar el madridista Félix Quesada, que se vio envuelto en acusaciones de haber tenido amigos entre los que se levantaron contra la República. Así, el 22 de septiembre, el delegado de la Federación Castellana, Juan Ribas Guixeras, tuvo que publicar un comunicado: “El veterano defensa del Madrid Félix Quesada es persona completamente afecta al régimen. No es ahora, sino de antiguo, y cuantas personas han convivido con él y le han tratado lo saben perfectamente. Organizaciones política solventes lo acreditan. Poco antes de la rebelión se hallaba, como otros parroquianos nada sospechosos, en un bar de la calle de Torrijos, donde circunstancialmente se habían reunido varios fascistas. Ocurrió un incidente y Quesada resultó lesionado, como asimismo una señorita que le acompañaba, todo ello como consecuencia de una descarga. Indudablemente. Debido a esto, es por lo que ahora Félix Quesada ha sido objeto de unas molestias absolutamente huérfanas de todo fundamento. El Batallón Deportivo Suñol , ruega a todas las organizaciones milicianas, políticas y sindicales, que consideren a Quesada, como lo que es: un deportista republicano, al servicio de la República”. Lo cierto, es que acabada la guerra, Quesada estuvo en buenas relaciones con la dictadura hasta el punto de llegar a ser seleccionador nacional en 1951.

Conocidos como ‘soldaditos de plomo', los futbolistas y deportistas del Batallón Deportivo tuvo un papel importante en batallas como las de Navalcarnero o en Usera, cuando los milicianos lograron alejar de Madrid el optimismo de los sublevados, que aseguraban que “estamos a dos pesetas en taxi del centro de Madrid”. Además de empuñar las armas encontraban tiempo para organizar partidos benéficos, como el del 24 de septiembre de 1936 entre jugadores del Batallón y una selección de Madrid y Atleti. Los ingresos fueron para los niños acogidos en la Casa Cuna y que habían quedado huérfanos desde el estallido de la guerra.



29 de agosto de 2014

1069. La herencia de la República.

Los colegios del exilio en México que rescata la labor de los maestros republicanos. / ARCHIVO AMAPOLA Y ELADIO ANDRÉS




Jordi Soler - 20 Julio 2014 / ElPais.com

Durante los primeros meses de la Guerra Civil, Daniel Cosío Villegas, que era entonces el encargado de Negocios de la embajada de México en Portugal, observó que en medio del caos que se había adueñado de España, había un valioso grupo de intelectuales que se había quedado sin medios para desempeñar su quehacer. Antes de la guerra, el Gobierno de Manuel Azaña había empezado a implementar una ofensiva humanística que buscaba situar a España en un nivel de desarrollo, científico y cultural, que le permitiera integrarse, de manera cabal, a Europa. La Reforma Educativa, inspirada en la Institución Libre de Enseñanza, que había emprendido la II República, ya era notoria en 1937; había una legión de maestros, muy preparados y con una nueva sensibilidad, que trabajaba para elevar el nivel de los alumnos españoles, y lo mismo pasaba en otros campos, había una serie de publicaciones, científicas y literarias, que reflejaban el empeño republicano de construir un país mejor. Había en España, para decirlo pronto, evidencias de un renacimiento cultural. Todo este panorama lo observaba Daniel Cosío Villegas desde Portugal, y cuando empezó la guerra, y vio que de prosperar el golpe militar aquel empeño iba a desvanecerse, pensó que México tendría que ofrecer ayuda a los intelectuales españoles, ofrecerles un asilo temporal en lo que terminaba la guerra, una casa donde pudieran dar clase, escribir, continuar con sus investigaciones porque al ayudarlos, y aquí es donde la lucidez de Cosío brilla de manera especial, México se beneficiaría enormemente de sus conocimientos y de su cultura, pues era entonces un país que batallaba todavía contra los fantasmas de la Revolución Mexicana.

Así fue como en 1938, en plena Guerra Civil, un grupo de intelectuales españoles se instaló en una institución, creada especialmente para ellos, de nombre La Casa de España, con el apoyo del presidente Lázaro Cárdenas y bajo el aura intelectual de Alfonso Reyes. Un año después los republicanos perdieron la guerra y su proyecto humanístico fue arrasado por la brutalidad militar del General Franco.

En 1939 casi medio millón de españoles huyeron a Francia y fueron internados en una serie de campos de concentración que hoy constituyen una de las páginas más oscuras de la historia francesa. Lázaro Cárdenas, que era un hombre convencido de que a los exiliados había que tenderles la mano, desplegó en Francia un operativo diplomático para rescatar a los republicanos que se habían quedado sin país; ya no se trataba solo de un proyecto para rescatar intelectuales, sino de una operación masiva de la que podía beneficiarse cualquier español que deseara reinventar su vida en México. De manera que el Gobierno mexicano, en ese operativo que ha quedado como uno de los episodios más emocionantes de la diplomacia internacional, fletó una serie de barcos que se llevaron, entre 1939 y 1942, a 25.000 españoles a México. El primero de aquellos barcos, el Sinaia, llegó a Veracruz hace, precisamente, 75 años.

En cuanto terminó la guerra, La casa de España, que había recibido un año antes a los intelectuales de la República, cambió su nombre a El Colegio de México, esa entrañable institución que sigue, hasta hoy, enriqueciendo al país. Pero la riqueza que aportó el exilio republicano a México no proviene solo de los intelectuales, los científicos y los artistas que ya tenían un nombre y un prestigio, y que pronto empezaron a nutrir las aulas de la UNAM y del Instituto Politécnico Nacional; o a colaborar en proyectos como el del Fondo de Cultura Económica, o a fundar editoriales como Era o Joaquín Mortiz. La verdad es que no hay espacio aquí para escribir los nombres de todos los exiliados ilustres que llegaron a México y se fueron integrando, algunos con más éxito que otros, en todos los campos y a todos los niveles, así que haré, sin más ánimo que dar una idea de lo que era aquella selecta multitud, un breve apunte testimonial, una corta e imprudente ráfaga: José Gaos, Joaquín Xirau, Indalecio Prieto, Remedios Varo, Eulalio Ferrer, Ignacio Bolivar, Emilio Prados, Luis Cernuda, Luis Buñuel, Leon Felipe, José Moreno Villa, Manuel Altolaguirre, Max Aub, Elvira Gascón y un largo, y sustancioso, etcétera.

Pero todo lo que aportó esta zona ilustre del exilio, como decía más arriba, es solo una parte de la riqueza que invirtió, de manera involuntaria, la República española en México; la otra parte, por cierto constituida por la gran mayoría, era una multitud de exiliados sin nombre, que se habían preparado para elevar el nivel de su país y que se veían de pronto, con todo ese conocimiento, en otro país que los invitaba a aplicarlo; porque el gobierno de Lázaro Cárdenas estaba precisamente en esa gesta, quería sacar a México del sopor revolucionario y orientarlo hacia la modernidad, por esto los exiliados, que eran lo mejor y lo más moderno de España, eran un elemento crucial de su proyecto.

Los exiliados no contemplaban regresar a España mientras el Gobierno golpista estuviera en el poder y esta condición, como ya empezaba a verse que las democracias del mundo no se movilizarían a favor del Gobierno legítimo de la República, los hacía ver a México como un país en el que permanecerían algunos años, y a la oportunidad que les había brindado el General Cárdenas como el inicio de una nueva vida, que no sería demasiado larga, porque en cuanto se fuera el dictador podrían regresar a España. Ninguno imaginaba, desde luego, que a Franco le quedaban, en ese año de 1939, treinta y seis años en el poder, ni que la mayoría, después de ese tiempo tan largo, ya ni siquiera se plantearía regresar, porque ya serían más mexicanos que españoles.

México fue el único país del mundo que, en 1937, en la sede de la Sociedad de Naciones, en Ginebra, defendió el Gobierno legítimo de Manuel Azaña, y condenó el golpe de Estado de Franco y la intervención de Alemania e Italia en la Guerra Civil, ante el silencio y la pasividad del resto de los países que optaron por mirar hacia otro lado. Desde entonces México rompió relaciones diplomáticas con el Gobierno español y mantuvo su posición, su rechazo a la dictadura, hasta 1977, cuando el general Franco llevaba más de un año muerto.

En 1939, cuando empezaron a llegar a Veracruz los barcos cargados de exiliados republicanos, México era un país enorme donde había solo 18 millones de habitantes (hoy hay casi 120 millones) y todo estaba por hacerse; el presidente Lázaro Cárdenas acababa de expropiar la industria petrolera e implementaba una serie de políticas sociales que intentaban sacar a México del atraso en que se encontraba, modernizarlo y abrirlo al mundo. Un poco antes de que llegaran los republicanos, hubo un episodio que ilustra la vocación cosmopolita que tenía aquel Gobierno, la idea de que el asilo político, el acoger personas que venían de otros países, enriquecería a la sociedad mexicana. En 1936 el presidente Lázaro Cárdenas dio asilo a León Trotsky, el líder político ruso que llevaba años mudándose de un país a otro, buscando un sitio donde establecerse. Trotsky llegó a la ciudad de México, como huésped de la Casa Azul de Frida Kahlo y Diego Rivera, era un político perseguido del que ningún Gobierno quería hacerse cargo y, mientras llegaba el desenlace trágico que lo esperaba en su nuevo exilio, se convirtió, junto con sus anfitriones, en un polo de atracción que convocaba todo tipo de fuerzas políticas y culturales, tanto que el poeta francés André Breton, que también fue huésped de esa casa en esa misma época, identificó que México era un país donde, en aquel año de 1938, reinaba cierto "clima mental". Cuento esto porque me parece que en esos años había en México, efectivamente, un clima mental que permitió que los exiliados pudieran rehacer su vida. Dentro del proyecto de modernización del General Cárdenas los republicanos eran una pieza fundamental; visto a la distancia, desde el siglo XXI, para México era crucial tener una inmigración como aquella. Desde la distancia todo parece lógico y elemental, pero lo cierto es que el Gobierno mexicano tuvo que hacer un esfuerzo importante para rescatar a esos 25.000 republicanos, y para ayudarlos a situarse una vez que llegaron al país. Sin la visión que tenían del exilio Cárdenas y sus diplomáticos, sin ese idealismo, sin ese clima mental que detectó el poeta francés, México le hubiera dado la espalda a los republicanos, como lo hicieron el resto de los países.

Mientras André Bretón contaba en Francia de ese clima que había encontrado en México, los republicanos españoles, esa multitud de exiliados sin nombre, desembarcaban en Veracruz, y se encontraban con ese país donde podían ejercer sus oficios y aplicar sus conocimientos. SinaiaIpanemaMexique, eran los nombres de los barcos, que hoy tienen un eco mitológico, de donde bajaban médicos, ingenieros, arquitectos, maestros de escuela, químicos y farmacéuticos, pero también campesinos y gente sin ninguna preparación. Ahí mismo, en el puerto, eran recibidos por voluntarios, y destinados a las zonas del país donde eran más útiles y así, de golpe, comenzaron a llegar a las ciudades y a los pueblos de México, a enriquecerlos, todos esos españoles que se habían quedado sin casa.

Buena parte de ese gran proyecto de la República, que la Guerra Civil expulsó de España hace 75 años, fue heredado por México: no se perdió, cambió de país, en lugar de desvanecerse. Esto es, precisamente, lo que hay que celebrar.





28 de agosto de 2014

1068. Amparo Barayón Miguel.

«Llevas en tí - respondió una voz-
la melancolía de los crímenes que no has cometido
y de las muertes que no sabes cómo encarar» 
Ramón J. Sender "El verdugo afable"


María Torres / 28 Agosto 2014

El 28 de agosto de 1936, Amparo Barayón es detenida y encarcelada en condiciones inhumanas junto a su hija Andrea. Amparo tenía 32 años. Andrea siete meses. En la noche del 11 de octubre, Amparo es ejecutada extrajudicialmente en la tapia del cementerio de San Atilano de Zamora junto a otras dos mujeres y su cuerpo depositado en una fosa común. El día anterior habían arrancado a Andrea de sus brazos para entregarla en un orfanato («los rojos no tienen dere­cho a criar hijos»). Pidió confesarse y lo hizo ante un cura que en nombre de la "santa madre Iglesia", le negó la absolución “por no estar casada por la Iglesia y vivir en pecado”. En su certificado de defunción figura como soltera.

Entre los pañales de la pequeña Andrea se encontraba la última carta que su madre pudo escribir: “No perdones a mis asesinos, que me han robado a Andreína, ni a Miguel Sevilla, que es el culpable de haberme denunciado. No lo siento por mí, porque muero por ti".

El destinatario de esa carta era Ramón J. Sender, que cuando ocurrieron los hechos se encontraba en el frente y no se enteró del fatal destino de su mujer hasta tres meses después, en enero de 1937. Amparo había muerto por Sender literalmente, pues a quien les hubiera gustado fusilar era a él. Según Mauro Armiño, “al que buscaban por anarquista y rojo para llevarle al paredón era a él, a Ramón J. Sender. Al no encontrar al escritor, aplicaron el código bíblico que la Inquisición había practicado en los viejos tiempos: mata hasta la séptima generación. Los falangistas que asesinaron a Barayón no se limitaron a la esposa. Un hermano y dos cuñados murieron también durante las represiones.” Amparo era católica, sin militancia política, pero independiente y progresista. Sin duda pagó con su vida la hostilidad que despertaba su marido ante un gran colectivo de intransigentes y de enemigos políticos.

Pertenecía a una familia de clase media acomodada, propietaria del “Café Iberia", una fábrica de hielo y una tienda de artículos eléctricos.  Actuaba como catequista en la parroquia de San Juan y cuentan que su imagen era la de una mujer de clase media encasillada en la denominación "de derechas de toda la vida". Pero a pesar de ello, Amparo, mujer independiente, sensible y alegre, que no simpatiza con el ambiente reaccionario de su ciudad, decide abandonar Zamora y vivir sola en Madrid. Encuentra trabajo en Telefónica y conoce a Ramón en una tertulia literaria en 1931. Se enamoran y optan por vivir juntos. El embarazazo de su primer hijo en 1935 les decide a contraer matrimonio en una ceremonia civil en El Escorial. Los reaccionarios de Zamora, esos que sí eran de la derecha de toda la vida, nunca comprendieron como pudo unirse al revolucionario aragonés.

En julio de 1936 Ramón J. Sender y Amparo Barayón, se encontraban de vacaciones en su casa de San Rafael (Segovia) con sus dos hijos: Ramón de dos años y Andrea de seis meses. Allí les sorprende la sublevación militar. Deciden que Amparo se refugie con los niños en la casa familiar de Zamora, porque "en Zamora nunca pasa nada", mientras que Ramón regresa a Madrid por el monte para unirse al Quinto Regimiento, con quien participa en los primeros combates de Guadarrama y llega a alcanzar el grado de capitán del batallón «Amanecer» del Ejército Popular Republicano. Posteriormente, es nombrado jefe de Estado Mayor de la Primera Brigada Mixta.

Pero Sender, lamentablemente se equivocaba y Zamora no era un lugar seguro para Amparo y sus hijos. Tampoco podía prever en aquellos primeros días, el apetito voraz de sangre de la jauría franquista, que también se cebó con el hermano del escritor, Manuel Sender, alcalde de Huesca entre 1932 y 1934, fusilado el 13 de agosto y con dos hermanos de Amparo, ejecutados unas semanas antes que ella.

Saturnino Barayón, el mayor, estaba afiliado a Izquierda Republicana, desempeñó el cargo de Concejal en 1931 y el de gestor de la Diputación con el Frente Popular. Encarcelado en Zamora, fue llevado a Toro el 26 de julio y fusilado en el despoblado de Tejadillo.  Antonio Barayón,  el hermano más pequeño, era socialista y trabajaba como técnico electricista. Ingresó en la prisión de Toro el 14 de agosto. Catorce días después es entregado a un falangista para ser conducido a Zamora, ciudad a la que nunca llegó.

A pesar de acabar con sus vidas, los tres hermanos Barayón, después de muertos, serían sometidos a la Comisión Provincial de Incautación de Bienes y a la Ley de Responsabilidades Políticas.

Amparo es denunciada por Miguel Sevilla, falangista y cuñado, («amigo de todos los asesinos»). Interrogada en varias ocasiones es sometida a arresto domiciliario durante los primeros días. El asesinato de sus hermanos la hace conducir su protesta ante Raimundo Hernández Comes, gobernador militar de Zamora, quien decide encarcelarla.

Durante muchos años se señalaba como ejecutor del asesinato a Segundo Viloria, quien años atrás la había cortejado sin éxito. Parece ser, según la investigación de Manuel González,  que el autor material de la muerte de Amparo Barayón fue Gregorio Martín Mariscal Hernando, de 40 años, sargento de milicias, funcionario de Correos y uno de los más violentos protagonistas de la represión en Zamora. «Junto con otros falangistas de renombre en Zamora es el responsable material de numerosos asesinatos a lo largo y ancho de la provincia, muchos de ellos sin que las autoridades del momento se enteraran». La firma de Martín Mariscal figura en el expediente carcelario como la persona que se hizo cargo de la detenida la noche del 11 de octubre de 1936. Fué quien apretó el gatillo en esa ocasión y en otras muchas pues estaba sediento de sangre, tanto como el General Cabanellas, que cuando llegó a Zamora el 30 de julio de 1936 dijo: «No hay sangre. Quiero más sangre».

El caso de Amparo Barayón es uno de los más conocidos, pero el más sangriento tuvo lugar en El Piñero en la madrugada del 20 de septiembre de 1936, día en que este falangista asesinó a diez vecinos. Este ser miserable fallecería de un cáncer en 1951, cuando ya estaba establecido en Madrid, ciudad a la que pidió el traslado. Diez años después de su muerte no hubo nadie que quisiera ocuparse de sus restos. 

Los hijos de Ramón y Amparo habían quedado en zona franquista. El escritor se trasladó a Francia y con la colaboración de la Cruz Roja Internacional pudo recuperarlos en la primavera de 1938. Es entonces cuando acepta la invitación del Gobierno republicano para participar en una serie de conferencias propagandísticas en los Estados Unidos y los niños son ingresados en Duremont, un campo infantil de refugiados en Calais.

En marzo de 1939 Ramón J. Sender abandona definitivamente España y se marcha al exilio llevando de la mano a dos niños absolutamente desamparados que fueron depositados al cuidado de la escritora Julia Davis en Nueva York, y que crecieron y maduraron alejados de su padre, acogidos por una familia americana.

Ramón J. Sender encerró en sus recuerdos la triste historia de Amparo y jamás la dejó salir. Su hijo, Ramón Sender Barayón escribió en 1988, en memoria de su madre, el libro "Muerte en Zamora" y la niña que transportaba en sus pañales la última carta de su madre desde la prisión de Zamora, creció y se hizo monja benedictina.

Que difícil resulta enterrar a algunos muertos.



27 de agosto de 2014

1067. Elizaveta Parshina: La dulce dinamitera.

Gloria Planells / El Mundo / 05-06-02

Su vida fue un prodigio de acción y de conciencia. La mirada congelada de un niño, sepultado bajo los restos de un carro volcado en un bombardeo durante la Guerra Civil Española, significó para Elizaveta Parshina su compromiso definitivo con las armas.

El incidente ocurrió en Motril, durante los días de la "Caravana de la Muerte", la columna de 150.000 refugiados malagueños que huía hacia Almería, ametrallada por los cañones de los cruceros "Canarias" y "Baleares" y los cazas alemanes e italianos. Aquello marcó el inicio de una nueva vida, la de soldado, para esta brigadista rusa que, como otros miles de voluntarios, llegó a tierras españolas deseosa de defender la legitimidad de la democracia y la libertad del pueblo de España contra los fascistas.

Elizaveta Parshina adoptó el nombre de Josefa Pérez Herrera desde que en octubre de 1936 aterrizó en la Ciudad Condal. Al poco tiempo comenzó a trabajar en Albacete como traductora en el Estado Mayor de la Aviación Soviética, pero nunca olvidó su obsesión de juventud por combatir en el frente.

No pertenecía al Partido Comunista ni poseía rango militar alguno, pero sus nociones de castellano le permitieron ingresar en las filas del XIV Cuerpo de Guerrilleros del Ejército Republicano, también llamado "Niños de la Noche", un destacamento de campesinos y obreros andaluces, gran parte de ellos fuera de edad militar -o muy jóvenes o demasiado mayores- la mayoria malagueños que, como ella reconocía, "no habían cogido un arma en su vida, pero aprendían rápidamente", empezando sus primeras operaciones guerrilleras en localidades costasoleñas como Vélez-Málaga o Fuengirola, Málaga.

No era habitual en la época defenderse en dos idiomas, por lo que la labor de Elizaveta en las situaciones delicadas era fundamental. Artur Sprogis, veterano de la 1ª Guerra Mundial, el consejero soviético que dirigía la compañía de reconocimiento y exploración, y que más tarde se convertiría en su marido, le advirtió en más de una ocasión: «Si hoy no traduces bien, acabaremos todos volando por los aires».

Y es que el consejero ruso asesoraba a los miembros del cuerpo guerrillero en el manejo de explosivos. De ahí que el papel de Parshina fuera tan importante. Mano a mano, consejero e intérprete dinamitaron cuatro puentes de carretera y uno de ferrocarril, así como varias capturas de prisioneros tras las líneas enemigas.

Rebelde y con un corazón sediento de aventuras, su mayor virtud a lo largo de la contienda española fue la preocupación que mostró en todo momento por sus compañeros y por sus familias. Como relata en "La Brigadista" -libro que ella misma escribió y que publicó La Esfera de los Libros hace unos meses-, «no estábamos en absoluto preparados para la muerte de nuestros compañeros. Creo que aquello fue lo más duro de la guerra».

El amor que sentía por los suyos era totalmente correspondido y de ellos se ganó la reputación de ser paciente y discreta. Amante de las flores, lo que más detestaba Elizaveta era estar siempre rodeada de piedras o zarzas, «...con las flores tan bellas y perfumadas que hay en España». La visión de las flores era la esperanza que ayudaba a la brigadista a salir adelante una y otra vez.

Parshina tenía en alta estima a los habitantes de la tierra en que luchaba. Le conmovía en especial la canción española, en la cual decía que «se oculta la inagotable energía y vitalidad de generaciones enteras de ese pueblo tenaz y trabajador. Las canciones españolas despiertan en los que las escuchan fuerzas poderosas y ansias de libertad».

Elizaveta Parshina nació en 1913 en la ciudad de Oriol, donde la I Guerra Mundial y la Revolución Bolchevique eclipsaron su infancia con escenas de fusilamientos, levas masivas y regresos del frente de miles de soldados inválidos.

A su regreso a la URSS tras la Guerra Civil Española, Parshina contrajo matrimonio con su comandante Artur Sprogis en el XIV Cuerpo Guerrillero, y fue una de las tres primeras mujeres que consiguieron ingresar en la Dirección General de Inteligencia soviética, el temido SMERSH.

Al final de 1943, por necesidades familiares empezó a trabajar en una tienda de libros en Moscú. Tres años después, la Dirección General de Inteligencia la envía a Checoslovaquia. Regresa a la URRS y decide retirarse de su actividad como espía en el NKVD, trabajando en un instituto de investigación científica donde permanece hasta su jubilación en 1970. Y a partir de ese momento se dedica a escribir, sobrevive con una exigua pensión de poco más de 130 euros y engrosa las filas de la asociación Archivo Guerra y Exilio (AGE), siendo una de sus mas entusiastas colaboradoras.

Elizaveta Parshina, brigadista rusa, nació en Oriol (Rusia) en 1913 y falleció el 27 de junio de 2002 en Moscú.



26 de agosto de 2014

1066. Victoria Kent y la liberación de París.





Victoria Kent fue testigo excepcional de la liberación de París, ciudad en la que pasó cuatro años que dejó plasmados en su único libro: "Cuatro años en París (1940-1944)".  Durante la Guerra española fue secretaria de la Embajada de España en París, y se ocupó de los niños evacuados, a los que encontró acomodo en colonias infantiles francesas. Tras la caída de la República, su nombre pasó a engrosar la lista de busca y captura que la policía franquista entregó al Régimen de Vichy. Refugiada en la Embajada de México y en un pequeño apartamento del Bois de Boulogne, permaneció en París en condiciones extremas, perseguida por la Gestapo y la policía franquista hasta el final de la II Guerra Mundial bajo la identidad de Madame Duval





¿Nos lleva la corriente o somos nosotros la corriente misma? Ríos humanos corren alborozados por las arterias de París. Vamos en esta corriente hasta l'Etoile.

El calor es asfixiante pero la tierra ya no es parda; en ella luce hoy el azul, blanco y rojo. Aquella tierra parda ha sido aventada; hoy las Avenidas son azul, blanco y rojo ... El cielo no está ya surcado por el plomo, aviones de plata, bajo una luz nueva, brillan bajo el bello Arco del Triunfo, dan la bienvenida derramando ese sedante impalpable que está compuesto de seguridad y confianza.

París recobra su vida.

Los árboles son racimos humanos. Los agentes no pueden contener la masa imponente.

Allí están, bajo el Arco. Dejan los coches oficiales, y la multitud, rotos los diques, rodea sus liberadores. Muchachos y muchachas de la Resistencia forman guardia de honor. Liberados y liberadores descienden a pié los Campos Elíseos. La ovación es delirante y continua.

"¿Y esos tanques? ¿Veo claro? ¿Son ellos? Sí, son ellos. Son los españoles. Veo la bandera tricolor; son los que atravesando el África, llegan hasta los Campos Elíseos. Los tanques llevan nombres que son una evocación "Guadalajara", "Teruel", y son los primeros desfilando por la gran avenida.

París aplaude. París aplaude a los españoles curtidos en una lucha de nueve años, que sonríen hoy al pueblo liberado.

París aplaude a la España heroica de ayer, a la España libre, democrática y fuerte de mañana. Parece un sueño…Parece un sueño"


Victoria Kent
"Cuatro años en París (1940-1944)"